miércoles, 27 de abril de 2011

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Abrirse y abrir el mundo a Dios

Cristo y San Pedro en el lago (Centro Aletti, Roma)

Con los sacramentos, comenzando por el Bautismo, “Dios está buscándome –decía Benedicto XVI el Jueves Santo, en la misa crismal, invitando a acompañarle en su reflexión–. ¿Quiero reconocerlo? ¿Quiero que me conozca, que me encuentre?”. Y es que “Dios ama a los hombres. Sale al encuentro de la inquietud de nuestro corazón, de la inquietud de nuestro preguntar y buscar, con la inquietud de su mismo corazón, que lo induce a cumplir por nosotros el gesto extremo”, su entrega en la Cruz por amor. Por eso, “no se debe apagar en nosotros la inquietud en relación con Dios, el estar en camino hacia Él, para conocerlo mejor, para amarlo mejor”.

      Pero –se preguntaba el Papa– “¿es auténtica nuestra inquietud por Él? ¿No nos hemos resignado, tal vez, a su ausencia y tratamos de ser autosuficientes?”

      El día anterior se había referido a la “somnolencia” de los apóstoles en Getsemaní. Atención, porque no se trata de los no creyentes, sino de nosotros, los cristianos. Se trata de una “insensibilidad hacia la presencia de Dios que nos hace insensibles también hacia el mal. No escuchamos a Dios –nos molestaría– y así no escuchamos, naturalmente, tampoco la fuerza del mal, y nos quedamos en el camino de nuestra comodidad”. 

      Así parece que nos hemos contagiado de ese mal que es, según Benedicto XVI, el “drama de la humanidad”: pensar que la voluntad de Dios nos esclaviza, cuando, al contrario, es lo que nos permite entrar la verdad y en el amor, en el bien.

      Continuaba el Jueves Santo por la mañana diciendo que los cristianos son “un pueblo sacerdotal para el mundo”; y que, por tanto, “deberían hacer visible en el mundo al Dios vivo, testimoniarlo y llevarle a Él”. Ahora bien, volvía a preguntarse y preguntarnos: “¿Somos (los cristianos) verdaderamente el santuario de Dios en el mundo y para el mundo? ¿Abrimos a los hombres el acceso a Dios o, por el contrario, se lo escondemos? Nosotros –el Pueblo de Dios– ¿acaso no nos hemos convertido en un pueblo de incredulidad y de lejanía de Dios? ¿No es verdad que el Occidente, que los países centrales del cristianismo están cansados de su fe y, aburridos de su propia historia y cultura, ya no quieren conocer la fe en Jesucristo?”

      Ya en la homilía de la tarde, completaba la descripción de los síntomas (insensibilidad y somnolencia, incredulidad, cansancio y aburrimiento, desinterés por Dios y por los demás, indiferencia, distracción) y confirmaba el diagnóstico: como aquellos invitados al banquete de bodas, de que habla el Evangelio, nos falta el traje del amor. “La comunión eucarística exige la fe, pero la fe requiere el amor, de lo contrario también como fe está muerta”.

      La curación sólo puede venir, por tanto, del amor. Y el amor sólo podemos tenerlo en la medida de nuestra unión con Dios –condición primera, que pasa por el sacramento de la Confesión– y con los demás. 

      Cuatro veces rezó el Señor en su oración sacerdotal por la unidad de los discípulos. Y señala Benedicto XVI: “Esta unidad no es algo solamente interior, místico. Se ha de hacer visible, tan visible que constituya para el mundo la prueba de la misión de Jesús por parte del Padre”. Es una unidad que nace de la Eucaristía y que se llama Iglesia. Se manifiesta visiblemente cuando celebramos la misa en unión con el Papa y el Obispo. Es una unidad que nos abre a la unión con Dios y, a través de Él, con los demás. En la Eucaristía, el Señor “nos abre a cada uno más allá de sí mismo”, “nos hace uno entre todos nosotros”. Por eso, “la Eucaristía es el misterio de la íntima cercanía y comunión de cada uno con el Señor. Y, al mismo tiempo, es la unión visible entre todos”.

      Con la fe y el amor –concluía el Papa– se puede vencer la tentación del miedo, como le sucedió a Pedro al caminar sobre las aguas hacia el Señor; se puede comprender que Dios haya querido unirse “a las limitaciones de su Iglesia y sus ministros”; se puede “aceptar que no tenga poder en el mundo”; se pueden vencer los pretextos cuando nuestro pertenecer a él se hace costoso o peligroso. Pero para todo eso, necesitamos la conversión y la humildad. La Semana Santa y la Pascua son una ocasión de oro. 

(publicado en www.cope.es, 25-IV-2011)

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