domingo, 27 de febrero de 2011

Desarrollo y cristianismo


 Caravaggio, Los jugadores de cartas (1595), 
también conocido como Los tramposos


Desde su principio hasta el final, la encíclica Caritas in veritate declara su afirmación más importante: “La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad” (n. 1). “La fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano” (n. 78).
    Puede llamar la atención la contundencia con que se expresa esta capacidad plena del Evangelio para impulsar el auténtico desarrollo humano. Esto no equivale a negar la capacidad que otras perspectivas  puedan tener para contribuir al desarrollo en modo alguno.
     Para captar adecuadamente el mensaje y el tono de la encíclica, cabe destacar algunas de sus claves. Articuladas en diversos planos (teológico, cultural, económico-político), esas claves principales pueden desgranarse en los siguientes puntos.
     En primer lugar, la continuidad de esta encíclica con las otras dos, sobre el amor y la esperanza (pues sólo quien tiene una visión completa de la persona, de su capacidad de donarse y proyectarse hacia un don cada vez mayor, puede contribuir a su desarrollo integral).
     En segundo lugar, la continuidad histórica del texto con la encíclica Populorum progressio (1967), de Pablo VI. Este documento giraba en torno al concepto de “desarrollo humano integral”, cuyas raíces pueden encontrarse en la filosofía del “humanismo integral” (Maritain), que impulsó todo un proyecto político de fondo cristiano.
     Los últimos Papas han perfeccionado la visión del “hombre cristiano” —que en último término viene de San Pablo—, por medio de una perspectiva más profundamente antropológica, cristológica y eclesiológica.
     Tercero, Caritas in veritate explica el “desarrollo humano integral” a través de la relación entre la caridad y la verdad. Esta relación ha sido antes que reflexionada por la teología, vivida plenamente por Cristo en su redención, y consumada por el Espíritu Santo a partir de Pentecostés; y como fruto posterior, también vivida por muchos cristianos (los santos) en todos los tiempos.
     La relación entre la caridad y la verdad afecta a todas las personas y grupos humanos, porque es vocación del hombre y de la sociedad, capaz de fundar una ética universal sobre la ley natural. Esa relación entre caridad y verdad puede y debe ser plenamente vivida en la perspectiva cristiana de la Iglesia como familia de Dios, con una misión de reconciliación que implica la promoción humana en todos los niveles. Por eso es necesario estar alerta, para que el ruido de la fiesta del bienestar no impida escuchar la llamada de los excluidos: “Mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una conciencia incapaz de reconocer lo humano” (n. 75).
     Sobre ese plano teológico de fondo, la encíclica va desgranando los frutos y la crisis de la globalización (resultado de la encrucijada de la ideología tecnicista, el eclecticismo cultural y el relativismo, una visión mecanicista de la vida, el ateísmo práctico impuesto a veces desde el Estado, etc.), así como las oportunidades (la introducción del principio de la gratuidad y el don en la economía, una orientación personalista y a la vez promotora de la participación, el horizonte de una verdadera “ecología humana” fundada en la fraternidad, etc.) y los desafíos (como el laicismo y el fundamentalismo) que se presentan actualmente.
     Por tanto, los cristianos han de trabajar con sus conciudadanos, conscientes de que “el desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común” (n. 71). Esa rectitud comienza otorgando la primacía a la vida espiritual.
     Se entiende bien que la contribución del cristianismo al desarrollo humano no radica en una única visión cultural y política de las cosas, sino en una transformación interior del corazón humano que, abriéndose al amor verdadero, lo sitúa ante su responsabilidad personal y social, y por tanto ante la libertad y la diversidad, con todas las consecuencias.


Palabras de San Josemaria en Tajamar


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(una primera versión de este texto fue publicada en "La Gaceta", el 11-VIII-2009)

jueves, 24 de febrero de 2011

Eucaristía y compromiso



El camino cristiano es siempre, de algún modo, un revivir personalmente la vida, la muerte y la resurrección de Cristo. Algunos lo han hecho de modo particularmente intenso; así sucedió con muchos africanos en los años noventa, como representa la película “disparando a perros” (Shooting dogs, M. Caton-Jones, 2005; ver reseña), concretamente en Ruanda.
            La acción se desarrolla en un campo de refugiados tutsi, custodiado por un destacamento de la ONU, y rodeado de hutus en actitud más que amenazadora. El director de la escuela del campo es el padre Christopher, que cuenta con un ayudante, Joe, joven maestro británico.
            En la catequesis, Christopher les dice a los niños que Jesús no está solamente en la Eucaristía: “Jesús está en todas las cosas. Está en todos los corazones humanos, en todo lo que vemos, tocamos y sentimos”. Y les va explicando que Jesús sacrificó, en la cruz, su vida por todos nosotros, sólo por un motivo: el amor. Esta escena anuncia el tema de fondo del proceso interior de Cristopher.
            Son enjundiosas las conversaciones entre el sacerdote y el maestro, con frecuencia justo antes de la celebración de la misa. 

Escenas de "Disparando a perros"

            En una primera conversación, el maestro le pregunta por qué no dejar la misa para después y organizar mejor  las necesidades de alimentos entre la gente. El sacerdote le contesta que esas personas tienen ante todo necesidad de Dios, y anima a Joe a participar en la Misa. Es impresionante la celebración, sencilla y alegre, con canciones y sobrias danzas, como deben de ser las misas de las comunidades cristianas africanas. También impresiona ver el modo igualmente sencillo y sentido de un bautismo administrado por Christopher –después de hacer de comadrona en el plano natural–, incorporando a un niño a la comunidad de los cristianos. No menos impresionante, en la catequesis con los más jóvenes, resulta la secuencia a raíz de la pregunta de una de ellas sobre si Dios ama también a los que están fuera de la verja, gritando y esperando la ocasión para matarlos a machetazos. Tras un breve silencio, el sacerdote le responde: “Dios no ama todo lo que hacemos. Eso es cosa nuestra. Pero ama a todos sus hijos”.
            En otra ocasión, ante el sacerdote ya revestido para celebrar la Misa, el maestro le espeta que a los asesinos les dará igual que sea sacerdote o blanco.
            –“¿Es que usted desea morir”?
            –“No se trata de eso”, replica Christopher, que inmediatamente deberá arriesgar su vida en busca de medicinas para el recién nacido.
            Mientras tanto, los cadáveres de los que no han tenido la suerte de ser defendidos de los asesinos, yacen no lejos de allí, comidos por los perros…
            Después de una matanza ante sus propios ojos, Joe le pregunta a Christopher:
            – “¿Cuánto dolor puede tolerar un hombre… ¿Podemos encontrar un sentido a tanto dolor?”
            –“Así lo espero”, le responde Christopher.
            –“Ya, Dios lo sabe. Quizá deberíamos preguntarle a él, si es que está todavía por aquí…”.
            Y la respuesta del sacerdote, titubeante: –“Quizá haya llegado la hora de preparar nuestros equipajes…”.
            En la escena siguiente, está Christopher solo. Como si se hubiera enterado de esa conversación, entra Marie, jovencita de la catequesis, para preguntarle al sacerdote si les va a abandonar. Y él le responde que por muchas cosas terribles que sucedan, ellos están en su corazón y estarán hasta su muerte. Es un paso más en el camino interior del sacerdote.
            Después los soldados de la ONU reciben la orden de evacuar a los no ruandeses. Les dan media hora, que el padre Christopher emplea en dar la primera comunión a los niños y jóvenes que había preparado. Mientras, los soldados arrían sus banderas.
            “Según las enseñanzas de la Iglesia –termina el sacerdote– debemos renacer; pero ahora fortalecidos por la Eucaristía, en esta comunidad”. Los soldados abandonan el campamento, no sin haberse negado –como piden algunos de los que se quedan– a disparar sobre los refugiados, al menos sobre los niños, para hacerles la muerte más rápida.
            Joe se sube a uno de los camiones. Pero, al ver a Christopher de pie en tierra, desciende un momento para rogarle que le acompañe:
            –“¿No viene usted?”
– “Debo quedarme”.
–…“¿Por qué hace esto?”
            – “Me preguntaste, Joe, dónde está Dios en todo lo que pasa aquí, en este sufrimiento. Sé exactamente dónde está. Está justo aquí –señala mirando alrededor– con estas gentes, sufriendo. Su amor está aquí, más intenso y profundo que el que yo jamás había experimentado. Y mi corazón está aquí, Joe, mi alma. Si me voy, pienso que nunca volveré a encontrarla. Que seas fiel en todo, Joe”.
No hace falta ya decir que, poco después, Christopher pierde la vida para ayudar a escapar de la masacre a algunos más jóvenes. Y muere manifestando a su asesino un único sentimiento: el amor. No es extraño que se considere como mártir al padre Vjeko Curic, franciscano misionero nacido en Bosnia-Herzegovina, que es la figura real e histórica a quien Christopher pone rostro. “Su sacrificio –dice Maríe al final de la película– fue una prueba de amor. También nosotros deberíamos aprovechar todo el tiempo que se nos ha dado”.
Juan Pablo II destacó el esfuerzo del padre Curic para “rescatar y ayudar a sus semejantes por la gloria de Dios y el amor al prójimo”.
Hoy sigue habiendo muchos sacerdotes y religiosos en todo el mundo, que dan su vida por el mismo ideal, como también muchos fieles laicos lo hacen cada día, aunque no sea en forma violenta, santificando las alegrías y las penas que acompañan siempre el “vivir” en cristiano la vida ordinaria. 
La Eucaristía comporta el compromiso de ocuparse de las necesidades materiales y espirituales de los demás.  Sin eso, como ha escrito Benedicto XVI, la celebración eucarística resultaría fragmentaria. En ocasiones los educadores nos preguntamos cómo pedir ese compromiso -verdaderamente cristiano y con todas sus consecuencias- a los demás, sobre todo a los jóvenes. Habría que empezar asumiéndolo primero nosotros mismos.


(una primera versión fue publicada en www.cope.es, 4-II-2010)

miércoles, 23 de febrero de 2011

De diamantes y catedrales

(Sobre el templo y el trabajo)


 
En su obra inacabada, Ciudadela (reeditada en castellano por Alba, Barcelona 1998), Saint-Éxupéry imagina un pueblo próspero, que tenía unas grandes minas. De allí se extraían las piedras que luego, purificadas, se convertían en diamantes. Con ellos se iba construyendo un templo maravilloso. Y todos vivían para la edificación del templo: “El sudor, las fatigas, el embrutecimiento, se transformaban en diamantes y luz”.


Trabajar y vivir  para algo más grande que uno mismo

Existían por el diamante, no en sí mismo, sino porque les llevaba a engrandecerse y transcenderse (“no vives de las cosas, sino del sentido de las cosas”). Su trabajo de sacar y acarrear las piedras se transformaba en una ofrenda de fiesta. Cada diamante era “un año de trabajo cambiado en estrella”, era “movimiento de amor”. En aquel sacrificio se daban a su dios y a los demás, y recibían todo de ellos. Por eso los diamantes eran el sentido de su vida y de su muerte. Eran como “su arpa para cantar”.


Pero un día se rebelaron: “¡Yo, yo, yo!”, decían, y “rehusaban someterse al diamante”. “Yo”, decían, golpeándose el vientre, como si hubiera alguien ahí dentro. “Lo mismo que si las piedras del templo dijeran: Yo, yo, yo…”.
Ya no querían llegar a ser “otra” cosa que, asumiendo el todo de su vida, les elevara sobre sí mismos. Únicamente querían sentirse alabados por sí mismos, y no por aquello que podían llegar a ser y construir. En lugar del diamante, se proponían a sí mismos como modelo. Pero ahora eran feos, porque sólo eran bellos en el diamante. “Porque las piedras son bellas en el templo. Porque el árbol es bello en el dominio, Porque el río es bello en el imperio. Y se canta al río: ‘Tú, el que nutres nuestros rebaños; tú, sangre lenta de nuestras llanuras; tú, el conductor de nuestros navíos…’ Pero ellos se estimaban (a sí mismos) como mira y como fin. Y se interesaban únicamente en lo que les servía, no en servir a algo más alto que ellos mismos”.
Y por eso… “asesinaron a los príncipes, redujeron a polvo los diamantes para repartírlos entre todos, metieron en los calabozos a los que, buscadores de la verdad, hubieran podido dominarlos un día”. “Ya es hora, decían, que el templo sirva a las piedras”.
“Y todos se marchaban enriquecidos, pensaban ellos, con su pedazo de templo, ¡pero desposeídos de su parte divina y transformados en simples escombros!”



Cada templo es un símbolo de la Iglesia, familia de Dios al servicio de todos

Recordé esta historia, muchas veces repasada, mientras leía la predicación de Benedicto XVI el 19 de abril de 2008, en la catedral de San Patricio, Nueva York (un día yo también recé allí, sumergido entre los rascacielos, al borde de la Quinta Avenida). Una predicación enraizada en las enseñanzas de los apóstoles (especialmente de Pedro) y en la Tradición de los Padres de la Iglesia.
El Papa dijo que la catedral es “casa de oración para todos los pueblos” en medio del trasiego de Manhattan, y que sus vidrieras “ilustran el misterio de la Iglesia misma”, cuando se ven “desde dentro”; aunque los pecados y las debilidades, propias y ajenas, oscurezcan con frecuencia esa visión. Y yo me acordaba de aquél dicho medieval: “La Iglesia, no son las piedras, son los cristianos”. En los templos se representa cómo, desde el corazón de los hombres, el Espíritu Santo alienta la edificación del cosmos bajo la guía segura del “aparejador” del universo (Cristo).
Como aquella catedral, la Iglesia ha sido diseñada con “una unidad nacida de la tensión dinámica de diferentes fuerzas que empujan la arquitectura hacia arriba, orientándola hacia el cielo”; una unidad que se consigue por la conversión y el sacrificio (la entrega) de cada uno, según sus dones, al servicio de todos. Dios quiere que los hombres lleguen a ser espléndidos diamantes, “piedras vivas del templo que Él está levantando justamente ahora en el mundo”. Como “faros de esperanza”, por la penitencia y el perdón, la humildad y la pureza. 




Catedral de San Patricio, Nueva York

Las torres de esa catedral recuerdan “la constante nostalgia del espíritu humano de elevarse hacia Dios”. Aunque han sido superadas físicamente por los rascacielos, no son superables en su significado espiritual. Así les dijo el Papa a los jóvenes el día siguiente en el Yankee Stadium: “La auténtica libertad, la libertad de los hijos de Dios, se encuentra sólo en la renuncia al propio yo”. Sólo con los ojos de una fe vivida nos encontramos realmente a nosotros mismos y adquirimos “la magnífica visión de un mundo transformado por la verdad liberadora del Evangelio”; con una atención preferencial por los más indefensos, como los niños que están aún en el seno materno, los pobres, los necesitados y los sin voz.
Así descubriremos que nuestra vida puede ser valiosa si no como un diamante, al menos como un poco de sal o de luz, en las familias, los trabajos y las culturas, la promoción de los Derechos humanos y la paz, el ecumenismo y el diálogo con las religiones, el ocio y el deporte, la salud y la enfermedad… colaborando para vivificar e iluminar la edificación de ese Templo que no se termina.


Benedicto XVI en la Catedral de Nueva York


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Este texto fue publicado por vez primera en www.religionenlibertad.com, 1-V-2008
y reproducido en el libro "Al hilo de un pontificado: El gran 'sí' de Dios"
ed. Eunsa, 2010

martes, 22 de febrero de 2011

El papel de la Teología en la universidad



Es un hecho que la teología está presente en muchas universidades del mundo (sobre todo en Estados Unidos y Alemania). Prestigiosas facultades de teología ocupan un lugar natural en el concierto de los saberes universitarios.
Si en nuestros países latinos se planteara la presencia de la teología en las universidades públicas, no es difícil imaginar la indignación de laicistas combativos, que pondrían el “grito en el cielo”…
Pero más allá de una cuestión de “corrección política”, cabe preguntarse si la teología tiene un lugar propio en la universidad, y, si es el caso, qué papel le corresponde.
Esta pregunta presupone otra: ¿No es una pretensión ilegítima, –sobre todo por parte de la Iglesia católica– el que la fe esté presente en el diálogo intercultural? ¿No pertenecen la fe y la religión al ámbito de lo no racional, de lo ajeno a la cultura, al mundo de las emociones y sentimientos, que deben quedarse en la esfera de lo privado, dentro de la conciencia de cada uno, y que sólo podrían manifestarse en los templos?
En junio de 2007 Benedicto XVI se dirigió a los participantes en el Primer Encuentro de Profesores y Rectores de de las Universidades Europeas, reunidos bajo el tema “Un nuevo humanismo para Europa. El papel de las Universidades”. En esa ocasión llamó la atención sobre tres cuestiones interrelacionadas. 


Ayudar a buscar la verdad más plena y la razón más profunda

 En primer lugar recordó que “históricamente, el humanismo se desarrolló en Europa gracias a la interacción fecunda entre las diversas culturas de sus pueblos y la fe cristiana”. Hoy Europa se sitúa ante la crisis de la modernidad. Una crisis que tiene que ver no tanto con la preocupación sobre el hombre y sus anhelos, sino más bien con un humanismo paradójicamente cerrado a la verdad más plena y profunda sobre el hombre, que consiste en su apertura a la trascendencia, su apertura a Dios.
La segunda cuestión que planteó el Papa fue la necesidad de ampliar nuestra idea de racionalidad. Si la razón se limita a la “dimensión meramente empírica” de la realidad (es decir a lo que se ve y se toca, se pesa y se mide), entonces el resultado es irracional, puesto que la razón de por sí está abierta también a otras dimensiones de la realidad, como son, sobre todo, la verdad y el amor.



Facilitar la unidad y la comunicación entre los saberes

A este propósito se preguntó, en tercer lugar, por la aportación del cristianismo al humanismo del futuro. Para denominar el horizonte que el cristianismo plantea, empleó la expresión “civilización del amor”. “Los profesores universitarios, en particular –señaló– están llamados a encarnar la virtud de la caridad intelectual, redescubriendo su primordial vocación a formar las generaciones futuras no sólo mediante la enseñanza, sino también a través del testimonio profético de la propia vida”. A esta vocación del profesor universitario corresponde la vocación de la universidad misma, que, como indica su nombre, debe buscar la unidad y la comunicación entre las diversas disciplinas, sin ceder a la fragmentación propia de las especializaciones. Según el Papa, esto pertenece a la identidad cultural de Europa, y por tanto a su contribución en el diálogo con otras culturas.
Concluía Benedicto XVI que la metodología interdisciplinar en la universidad –que el proceso de Bolonia quiere impulsar– se enriquecerá si cuenta con la colaboración de los teólogos, de modo que la luz del Evangelio pueda esclarecer la cultura contemporánea. 


La teología ayuda a vivir con más coherencia la fe cristiana

Todo ello implica la pregunta por la teología misma, su naturaleza y su método. La teología parte del mundo creado y la vida cristiana. Su objetivo es comprender mejor a Dios para vivir una vida más plena. Decía Benedicto XVI en marzo de 2007 a una delegación de los teólogos de Tubinga que la teología plantea en la universidad la cuestión de la verdad y su sentido para las personas. Plantea las preguntas radicales para la vida del hombre que las ciencias, por su propio método, no pueden resolver. Y, poniéndose a la escucha de la fe cristiana, hace posible la respuesta de la fe en el mundo de hoy.
La teología no ha de ofrecer, pues, una reflexión puramente académica, sino que al modo de los Padres de la Iglesia, ha de ser una expresión de la vida cristiana que facilite un marco de referencia para la pedagogía de la fe y el apostolado. Hoy es necesario aprender, por ejemplo, de San Juan Crisóstomo. Como observaba Benedicto XVI en septiembre de 2007, el Crisóstomo supo poner de relieve la dimensión pastoral de la teología; es decir, “la coherencia entre el pensamiento expresado por la palabra y la vivencia existencial”.
De esta manera –como sugirió más adelante al presentar la teología del Pseudo- Dionisio Areopagita (14-V-2008)– la luz de la verdad y del amor puede iluminar la razón para que descubra la belleza de Dios. La teología auténtica es ciencia y “sabiduría de la cruz”, conocimiento y, más aún, participación del Amor que transforma el mundo. Por eso el modelo de toda teología es la “ciencia de los santos” (audiencia general 21-X-2009). También por eso, los verdaderos teólogos son los que, haciéndose pequeños ante Dios, permiten que Él les toque en el corazón y en la existencia (cf. homilía a la Comisión teológica internacional, 3-XII-2009). Tal es, en efecto, el horizonte de la teología que hoy –y siempre– puede iluminar la cultura contemporánea y servir a la universidad. 



(publicado en www.forumlibertas.com, 10-V-2010)

Celibato y matrimonio


Soleil levant,
C. Monet (1872)

La víspera de la conclusión del Año Sacerdotal (10-VI-2010), un sacerdote eslovaco, misionero en Rusia, le pidió a Benedicto XVI que profundizara en el sentido del celibato sacerdotal. Resultó muy oportuno que inscribiera su pregunta en el contexto de la Eucaristía, raíz de la identidad y del ministerio sacerdotal.
El Papa desarrolló su explicación sobre el sentido del celibato a partir de la Eucaristía y lo relacionó con el matrimonio.
En la Eucaristía –como también al perdonar los pecados– el sacerdote celebra “en la persona de Cristo”, es decir, permitiendo ser asumido por el “yo” de Cristo, que es al que sirve de instrumento.
Esa unificación con el yo de Cristo “atrae” al sacerdote también a la vida nueva de Jesús resucitado. Una vida que está más allá del matrimonio (Mt 22,23-32). Y “en este sentido, el celibato es una anticipación. Trascendamos este tiempo y sigamos adelante, y así nos ‘atraemos’ a nosotros mismos y a nuestro tiempo hacia el mundo de la resurrección, hacia la novedad de Cristo, hacia la vida buena y verdadera”.
Se trata, por tanto, de una anticipación de la vida futura del cielo, hecha posible por la gracia de Dios. Y aquí está, según el Papa, un motivo principal por el que hoy no se entiende el celibato (cabría añadir: no sólo el celibato sacerdotal, sino también el celibato en la vida religiosa y en la condición laical): porque no se piensa ya en el futuro que Dios nos prepara, donde Dios nos espera; “parece suficiente solo el presente de este mundo. Queremos tener solo este mundo, vivir solo en este mundo”. Pero “así cerramos las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia”. Pues bien –añade Benedicto XVI–, “el sentido del celibato como anticipación del futuro es precisamente abrir estas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del futuro que es vivido por nosotros ya como presente”.
En otros términos, el sentido del celibato es vivir dando testimonio de la fe cristiana, que implica la vida eterna, la vida propia de Dios; y, con ello, dar testimonio, ante todo,  de “que Dios existe, que Dios tiene que ver con mi vida, que puedo fundar mi vida sobre Cristo, sobre la vida futura”.
Tiene su lógica –seguía explicando– que para los agnósticos el celibato sea un “gran escándalo”, puesto que supone considerar a Dios como realidad y vivir en consecuencia. Este escándalo parece que tiene más peso que la moda de no casarse.
De hecho, “en un cierto sentido, puede sorprender esta crítica permanente contra el celibato, en un tiempo en el que está cada vez más de moda no casarse”. Claro que este no-casarse tiene un significado totalmente distinto al celibato; “porque el no casarse se basa en la voluntad de vivir solo para sí mismos, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de tener la vida en todo momento en una autonomía plena, decidir en cada momento qué hacer, qué tomar de la vida; es por tanto un ‘no’ al vínculo, un ‘no’ a la definitividad, un tener la vida sólo para sí mismo”.
En cambio, “el celibato es precisamente lo contrario: es un ‘sí’ definitivo, es un dejarse tomar de la mano por Dios, entregarse en las manos del Señor, en su ‘yo’, y es por tanto un acto de fidelidad y de confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio; es precisamente lo contrario de este ‘no’, de esta autonomía que no quiere obligarse, que no quiere entrar en un vínculo; es precisamente el ‘sí’ definitivo que supone, confirma el ‘sí’ definitivo del matrimonio”; es decir, de la forma bíblica y natural de relacionarse el hombre y la mujer que está en la raíz de nuestra cultura. 
En definitiva, “el celibato confirma el ‘sí’ del matrimonio con su ‘sí’ al mundo futuro, y así queremos seguir y hacer presente este escándalo de una fe que pone toda su existencia en Dios”.
En efecto –puede resumirse todo ello–: cuando la fe flaquea, se oscurece la vida futura y con ello surge el fantasma del miedo al compromiso, sea en el celibato, sea en la vida matrimonial, por querer aferrarse y encerrarse en el presente individualista, cerrando los ojos a la belleza y la fuerza de la vida eterna que la fe anuncia e inaugura.
Somos conscientes, observa Benedicto XVI, de que junto a este gran escándalo que produce la fe, y que el mundo no quiere ver, están también “los escándalos secundarios de nuestras insuficiencias, de nuestros pecados, que oscurecen el verdadero y gran escándalo, y hacen pensar: ¡Pero no viven realmente fundados en Dios!”.
   “¡Pero –responde– hay mucha fidelidad!” Y “el celibato, precisamente las críticas lo muestran, es un gran signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo”. Por eso debemos rezar a Dios “para que nos ayude a hacernos libres de los escándalos secundarios” de modo “que se haga presente el gran escándalo de nuestra fe: ¡la confianza, la fuerza de nuestra vida, que se funda en Dios y en Jesucristo!”

(publicado en www.cope.es, 18-VI-10)

El panorama de la Nueva evangelización

La primera conferencia de Mons. Fisichella como presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización (pronunciada el 6-II-2011, en la Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín) pone claramente de relieve que la nueva evangelización ha de partir de cristianos convencidos. Cristianos que no se refugien en un romanticismo nostálgico del pasado ni caigan en un horizonte utópico, y que vivan su fe en el presente contexto cultural, sin “recluirse” en las iglesias. Solo así puede afrontarse el resultado negativo del proceso de secularización. Es decir, el hecho de que la secularización (el intento de construir un mundo al margen de Dios) ha degenerado en secularismo.

domingo, 20 de febrero de 2011

Los jóvenes y el testimonio de la fe




John Denver, El águila y el halcón

"Soy el águila, vivo en lo alto, en las catedrales rocosas que llegan al cielo.
Soy el halcón y hay sangre en mis plumas, 
pero el tiempo pasa y pronto se secarán.
Y todos los que me ven, todos los que creen en mí, 
comparten la libertad que siento cuando vuelo.
Ven a bailar con el viento del oeste 
y tocar la cumbre de las montañas,
navegar sobre los cañones y hasta las estrellas,
y alcanzar los cielos y esperar el futuro,
y todo lo que podemos ser y no somos".



El mensaje de Benedicto XVI para la convocatoria de la Jornada Mundial de la Juventud (Madrid 2011) abre a los jóvenes un panorama fascinante. Ante todo subraya la preocupación por encontrar un “lugar de trabajo, y con ello la de tener el porvenir asegurado”, lo que constituye hoy un “problema grande y apremiante”. A la vez, los jóvenes aspiran a “una vida más grande” y nueva, “la vida misma, en su inmensidad y belleza”. No se trata de un sueño utópico, porque el hombre está creado para el infinito, lleva en sí la “huella” de Dios, fuente de la Vida.
            Sin embargo, no lo tienen fácil en la cultura actual, sobre todo en Occidente: “Se constata una especie de ‘eclipse de Dios’, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza”. Una consecuencia importante es el relativismo, que “no genera verdadera libertad, sino inestabilidad, desconcierto y un conformismo con las modas del momento”.
            El lema de la Jornada propone el modo de superar esas dificultades: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (cf. Col 2, 7). Primero las raíces. Entre las raíces de la vida humana, junto con la familia y la cultura, la Biblia destaca la confianza en Dios, centrada en la relación personal con Jesucristo. El joven Ratzinger llegó pronto a ese convencimiento: “Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole, estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica”.
            En segundo lugar, la fe se compara a los cimientos que dan al edificio de la vida “una estabilidad perdurable”. Jesús aconseja construir la casa sobre la roca de la amistad con Él, la escucha de su Palabra, la coherencia de la vida cristiana (cf. Lc 6, 47-48). Y el Papa le hace eco con su propuesta a los jóvenes: “Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos”. “Continuamente –les avisa– se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría”. Y es que “sólo la Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda, sólo la fe que nos ha sido transmitida es la luz que ilumina el camino”. Les invita al agradecimiento a Dios y sus familias que en tantos casos les han transmitido la fe, en el seno de la Iglesia.
            Benedicto XVI impulsa a los jóvenes a rechazar el individualismo: “No creáis a los que os digan que no necesitáis a los demás para construir vuestra vida”. Denuncia el pensamiento laicista con su proyecto de “paraíso” sin Dios: “El mundo sin Dios se convierte en un ‘infierno’, donde prevalece el egoísmo, las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la falta de amor, alegría y esperanza”. Les previene para que no se dejen arrastrar por corrientes religiosas que les alejen de Cristo. Les pide que no dejen enfriar su fe y desperdiciar su vida; que no se dejen engañar por las filosofías que ignoran a Cristo; que amplíen su capacidad de amar hasta sus enemigos; que compartan el amor con los que se encuentran en situaciones de pobreza y dificultad. 


             En definitiva, se trata de redescubrir el gran sí que Dios nos ha dado en Jesucristo: “La cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de la vida. En realidad, es lo contrario. Es el ‘sí’ de Dios al hombre, la expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho, del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre disponible para quien acepta mirar al Crucificado”. Por eso –continúa Benedicto XVI dirigiéndose a los jóvenes– quiero invitaros a acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos aspiramos”.
            El Papa indica los modos más importantes para el encuentro con Jesús: La Eucaristía y el Sacramento de la Penitencia; los pobres, los enfermos y los necesitados; los Evangelios y el Catecismo de la Iglesia Católica.
            San Juan en su primera carta dice que “la fe es la victoria que vence al mundo”, es decir, que ayuda a quitar lo que en el mundo hay de pecado, superar las propias debilidades y sobreponerse a toda adversidad (cf. 1 Jn 5, 4). Y para entender esto bien, es importante recordar que la fe no es una teoría, sino que comporta el testimonio de la vida cristiana, es decir, del amor y la justicia, traducido en un compromiso de servicio a la sociedad: “La victoria que nace de la fe es la del amor. Cuántos cristianos han sido y son un testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad. Han sido artífices de paz, promotores de justicia, animadores de un mundo más humano, un mundo según Dios; se han comprometido en diferentes ámbitos de la vida social, con competencia y profesionalidad, contribuyendo eficazmente al bien de todos. La caridad que brota de la fe les ha llevado a dar un testimonio muy concreto, con la palabra y las obras. Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás”.
            De este modo cabe esperar que el testimonio de los jóvenes en la era de la globalización servirá para que muchos otros descubran el sentido de su vida y la alegría del encuentro con Cristo.
            Por eso es lógico que los jóvenes se preparen bien para el encuentro de Madrid, sobre todo en el plano espiritual, a través de la oración y la escucha de la Palabra de Dios junto con el apoyo recíproco. Que aspiren a una fe viva, una caridad creativa y una esperanza que imprima dinamismo a su existencia.
            Así el testimonio de la fe es el horizonte, el camino y la meta de la vida plenamente comprendida y alcanzada, tal como todos la soñamos, especialmente los jóvenes: el sueño –realizable con esfuerzo– de un mundo que puede ser trasformado en “civilización del amor”, frente a tantos egoísmos y espejismos, vacíos e inútiles. 


De Sydney-2008 a Madrid-2011


*     *     *
 Texto publicado por vez primera en
 

Probando la verdad

 
 Jesús curando al ciego, Eustache Le Sueur (1625-1650)

El problema de ciertas teologías de la liberación no es su compromiso con los pobres, sino que ese compromiso surge más de un Cristo entendido como liberador político que como Hijo de Dios, redentor y liberador de todos los hombres. Afirmada la naturaleza divina de Cristo y su misión, hay que proclamar muy alto que Él es el redentor, y por tanto el liberador, sobre todo de los más pobres y necesitados: es decir, de los que viven en la miseria material o en la miseria espiritual (en una y en otra, en una o en otra), pero están dispuestos a acoger el don de la vida divina, con Su riqueza y Su libertad. Ese don lleva a vivir desprendido de uno mismo, de la propia imagen, de la propia comodidad, para servir a los demás.
     Es posible que muchos tengamos que hacer más esfuerzo para participar en la misión, que la Iglesia tiene, de llevar el Evangelio a todos los hombres, “preferencialmente” a los más necesitados: interesarnos más por los pobres, sintonizar con su lenguaje y sus problemas reales. Que debamos caminar hacia una participación mayor en la edificación de la Iglesia, a todos los niveles, según la condición de cada uno en la Iglesia y en el mundo. Que tengamos que aprender a estar “más sencillamente entre la gente sencilla”, apreciar mejor la cultura popular, poner más corazón en el trato con los más débiles, tener más compasión, más misericordia. Que, por usar palabras de san Pablo, tengamos que hacernos más “todo para todos”.  Jesús no separaba el hambre de pan y el hambre espiritual. Las “obras de misericordia” son corporales y espirituales, y deben ir unidas a un esfuerzo por contribuir a superar realmente, no sólo criticar, las estructuras injustas. La cadena de la injusticia se acaba rompiendo cuando se vive el mandamiento más “escandaloso” de Jesús: “Amad a vuestros enemigos”. Es lo que constituye, en palabras de Benedicto XVI, el núcleo de la “revolución cristiana”.
     Pero todo eso es un don de Dios. Por tanto no es posible sin una vida de relación con Dios, sin un radical rechazo del mal (comenzando por el más radical de los males: el pecado), dentro y fuera de uno mismo; con el respeto por la libertad de los demás, pero sabiendo decir que no a lo que es incompatible con el amor y la justicia.
     No es el compromiso con los pobres lo que caracteriza sin más a los cristianos, puesto que ese compromiso debería brillar en toda persona. Es el compromiso cristiano con los pobres. El cristiano comprometido con los pobres es el que se empeña por mejorar la lacra de la pobreza material y por anunciar la Vida que procede de Cristo. El amor del cristiano por el hombre y por el Hombre descubre que eso sólo puede realizarse coronando la entrega del pan con la donación del Pan vivo, la Eucaristía. Pues el acontecimiento de Cristo es el único e insospechado acontecimiento que da pleno sentido a la vida humana. Este compromiso con los pobres y necesitados debería caracterizar a un país o una ciudad, una empresa, familia o grupo donde haya una mayoría de cristianos.
     Este ideal cristiano es incompatible con el aburguesamiento material o espiritual. Dicho positivamente: exige el sacrificio, palabra que significa “hacer sagrado”; no principalmente a base de dolor, sino de amor. Sólo el amor, que supone el “olvido” de uno mismo, nos hace parecidos a Dios, seguidores de Cristo.
     Ahora bien, como observaba Dorothy Day parafraseando a Dostoievski, el amor aparece con frecuencia en los sueños de un modo ideal y romántico; pero en la realidad puede llegar a ser tremendo. Puede llegar a costarte la vida. Está escrito: “No es el discípulo mayor que su maestro”.
     El amor es la prueba de la verdad, dijo el Papa en Brasil. Precisamente por ser esencial y por ser signo de la verdad, el amor cristiano ha de manifestarse según la “lógica cristiana”: desde un hondo compromiso en la oración y en los sacramentos, desde una vida gastada como ofrenda a Dios y servicio a todas las personas. Y eso implica  tanto las obras de misericordia como el compromiso en la promoción humana. Sin este amor, claramente mostrado hacia los más pobres y abandonados, sería lógico que nadie nos creyera o nos siguiera. Si se apagara este amor…, como decía la pequeña Teresa, los cristianos dejarían de ser apóstoles y testigos. Dejarían de ser cristianos.


Centro hospitalario Monkole (Kinshasa) 

 *     *    *


El texto fue publicado por primera vez en www.analisisdigital.com, 27-V-2007
Reproducido en el libro "Al hilo de un pontificado: el gran 'sí' de Dios"
ed. Eunsa, 2010

martes, 15 de febrero de 2011

Gratuidad

Caminaba por la calle a hora punta. Me sobresaltó el estruendo de una moto de gran cilindrada que se detenía junto a mí. Una figura con traje negro, salpicado de remaches, me espetó, mientras se quitaba el casco a toda prisa:
– “Padre, padre, quisiera hacerle una pregunta”.
Tras unos segundos de expectativa, mostró por fin su rostro de motera desenfadada. 
– “Por supuesto –respondí–, a tu disposición”.
         – “Mire… yo quisiera hacer algo los fines de semana, que fuera…, bueno, que no fuera para mí misma sino para los demás. ¿Qué podría hacer?”
         Se me ocurrió aconsejarle que fuera a una parroquia cercana donde tienen bien organizado el servicio a los más necesitados, un banco de alimentos y de ropa, atención a los enfermos, visitas a las personas que están en la cárcel, etc. Y se despidió con un “Gracias, es lo que necesitaba”.
            No es muy frecuente este deseo de “dar gratis”. Diez veces nombra Benedicto XVI la gratuidad en su tercera encíclica. La Biblia muestra que Dios ha tenido la iniciativa para dirigirse como amor a los hombres, manifestado máximamente en Jesucristo. Por eso los cristianos hablamos de “gracia”, esto es lo que Dios nos da “gratis”, y los santos dieron mucho y gratis. Todo es gracia, enseñanza paulina que recogen entre muchos otros Santa Teresa de Lisieux y Georges Bernanos. En nuestro lenguaje nos queda, –“gracias a Dios”– la costumbre de dar gracias; especialmente cuando nos regalan algo que no hemos merecido, o quizá simplemente como una muestra de educación ante cualquier pequeño servicio.
            ¿Gratis? Se preguntan los “maestros de la sospecha” (como llamó Paul Ricoeur a Marx, Freud y Nietzsche) ¿No será que los cristianos dan porque esperan “a cambio” el premio del más allá?
            Sin embargo, la experiencia muestra que las personas estamos hechas para dar y recibir (ni somos cosas inertes que no pueden dar, ni somos Dios que no necesita recibir nada, pues es puro don). Somos felices cuando damos, aunque no seamos conscientes de que eso se debe a que recibimos ante todo el bien que hacemos. ¿No será esto –insiste de nuevo la sospecha– un “dar” interesado? No, porque el que da gratis experimenta la satisfacción del bien hecho sólo si obra con rectitud. En cambio, para el materialista cerrado a la trascendencia, no tienen sentido las palabras que San Pablo atribuye a Jesús: “Mayor felicidad hay en dar que en recibir”. El materialista ateo no puede explicar la alegría del don, porque la materia, incluso animada por una forma animal –valga la redundancia–, sólo se “da” necesariamente y por instinto; carece de autoconciencia y por tanto no puede experimentar el gozo que es prueba de haber encontrado, quizá en un detalle insignificante, el amor como sentido de la vida.
            La gratuidad es un signo de la trascendencia de la naturaleza humana. Dar se origina en el darse. Y sin el don de sí mismo, cualquier don, aunque pretenda ser “gratis”, puede ser manipulado por el que lo da; también puede ser rechazado por el que lo recibe, porque desconfíe de que resulte para él no un bien sino un mal. 
            Si “todo es gracia”, la humanidad no puede progresar verdaderamente si no es concediendo prioridad a la gracia, a lo gratuito. Primero a la “gracia” como amistad y unión con Dios, cuyo signo y testimonio es la paz de la conciencia. En segundo lugar, hay que dar paso a la gratuidad como actitud personal: dar sin esperar nada a cambio, lo que podría parecer humanamente un sinsentido: dar dinero, dar tiempo (aún más difícil), pero sobre todo –como queda dicho–, lo que está más al fondo: darse a sí mismo.
            En su encíclica Caritas in veritate, Benedicto XVI observa que todo lo que tenemos (comenzando por la capacidad de conocer la verdad y amar el bien) es don de Dios que hay que saber manifestar, dándose a los demás; correspondiendo a la gratuidad de Dios que desea también nuestra generosidad para contribuir a la unidad y la comunión del género humano. Tanto la caridad como la verdad son regalos que Dios nos hace y no productos ni resultado de los esfuerzos humanos. Aunque pensamos que nos podemos “hacer” a nosotros mismos, nos equivocamos: nos “hacemos” si colaboramos con Dios.
            Señala el Papa que la dimensión de gratuidad es uno de los mejores “negocios” que la economía actual –sin renunciar al beneficio– debería descubrir, porque las personas son las principales riquezas de los pueblos. La “lógica del don” es una exigencia de la caridad en la verdad. “Sin la gratuidad –escribe– no se alcanza ni siquiera la justicia”. Y añade: “El mercado de la gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley. Sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco”.
            También la naturaleza creada –la tierra, el agua y el aire– son dones recibidos, lo mismo que la conciencia y la libertad. Esto lo desconoce la mentalidad tecnicista y materialista. Pero entonces “el desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los ‘prodigios’ de la tecnología”.
            Por eso “la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano” que enseña a reconocer, en la oración, los dones de Dios y manifestar ese reconocimiento por medio de la gratuidad en nuestra vida. Y también por eso, excluir a Dios se demuestra inhumano. “La conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos”. Porque, en último término, el amor mismo “no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don”.
            Así aparece en la película London River (R. Bouchareb, 2009), donde el amor se abre paso contando con el dolor.


Una primera versión de este texto fue publicada en 
www.religionconfidencial.com, 14-IX-2009,
y reproducida en el libro 
"Al hilo de un pontificado: el gran 'sí' de Dios",
ed. Eunsa, 2010

Lectura de la Biblia y vida cristiana

Icono de Cristo Pantokrator, Teófanes de Creta (1546)
Monasterio Stravonikita (Monte Athos)

 Cristo, Palabra de Dios hecho hombre y centro de las Escrituras,
por medio de la Iglesia continúa bendiciendo a la humanidad
e iluminándola con su Evangelio

*    *   *

Entre las muchas enseñanzas de la exhortación de Benedicto XVI sobre la Palabra de Dios (Verbum Domini, 30-IX-2010), cabe subrayar tres particularmente incisivas: la relación entre la Palabra de Dios y la santidad; el modo de realizar una “lectura orante” de la Biblia; la relación entre la Palabra de Dios y la alegría.

1. Palabra de Dios y santidad. Este primer punto se ofrece como conclusión de la primera parte, que explica la naturaleza de la Palabra de Dios y cómo debe interpretarse. Aquí se recogen unas palabras del Sínodo de 2008, que iluminan poderosamente todo lo que se pueda decir sobre el tema: “La interpretación de la Sagrada Escritura quedaría incompleta si no se estuviera también a la escucha de quienes han vivido realmente la Palabra de Dios, es decir, los santos”. Lo que el Papa traduce así: “La interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua” (n. 48)
Dicho de otro modo, quienes más completamente y a fondo han entendido la Sagrada Escritura son aquellos que han logrado encarnarla en sus vidas. Ciertamente, son importantes los contextos históricos y literarios de los libros sagrados, junto con los criterios que vienen de la teología: la unidad de la Escritura, el conjunto de las verdades de la fe y la tradición de la Iglesia (bajo la guía del Magisterio).
El Concilio Vaticano II declaró que la Biblia debe leerse con el Espíritu (Santo) en el que fue escrita. Por eso –se dijo en la presentación de este documento– la investigación científica de los textos es inseparable de la fe: sin la fe no hay una interpretación científica de la Escritura, y sin la investigación de los textos no habría una interpretación teológica de la Biblia. Por eso igualmente errónea sería una interpretación puramente filológica como –en el otro extremo– una interpretación meramente espiritualista o fundamentalista. Es importante, en suma, conocer la Palabra de Dios y enseñar a escucharla. Y para ello no basta una “pastoral bíblica” entendida como promoción de actividades al lado de otras, sino que se requiere profundizar e impulsar la “dimensión bíblica” de toda la formación y de toda la vida cristiana.
Y es que todo eso quedaría incompleto si la Palabra de Dios no se hiciera vida de nuestra vida. Así se entiende que “cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios”, de manera que la vida cristiana coherente es la mejor y última interpretación de la Biblia.

2. Para una “lectura orante” de la Biblia. La tradición cristiana y eclesial ha desarrollado diversos métodos para leer la Biblia. Concluyendo su segunda parte (la Palabra de Dios en la Iglesia) el documento expone qué y cómo debe ser una “lectura orante” de la Escritura; es decir, una lectura que enriquezca la oración del que lee y transforme su vida.
Ante todo es decisivo que para una “lectura orante” de la Escritura, “el lugar privilegiado es la Liturgia, especialmente la Eucaristía, en la cual, celebrando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Sacramento, se actualiza en nosotros la Palabra misma”. En torno a la Eucaristía, “la lectura orante personal y comunitaria prepara, acompaña y profundiza lo que la Iglesia celebra con la proclamación de la Palabra en el ámbito litúrgico” (n. 86).
A continuación el texto sintetiza, de manera bella y sencilla, cinco pasos para esa “lectura orante” de la Palabra de Dios (cf n. 87):
            1) Lectura del texto, procurando entender qué dice en sí mismo. Para esto –como ya se ha apuntado más arriba– hay que conocer las circunstancias en que fue escrito, los géneros literarios, etc.  (Son de mucha ayuda las ediciones de la Biblia con notas explicativas y comentarios, como la Biblia de Jerusalén, la Biblia de la Universidad de Navarra, la de la Casa de la Biblia o la publicada por la Conferencia Episcopal Española*).
            2) Meditación, buscando qué nos dice ese texto a cada uno y a la comunidad cristiana, aquí y ahora.
            3)  Oración: “¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra?”. Esta oración puede ser de petición, intercesión, agradecimiento y alabanza.
            4) Contemplación: “¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor?”. Esto es lo que se llama “discernimiento” de la voluntad de Dios. Se trata de procurar identificarnos con Su voluntad, con la “mente de Cristo” y con la vida de Cristo.
            5) Acción, pues la lectura de la Escritura tiene como objetivo que el creyente busque “convertirse en don para los demás por la caridad”. Este último paso es reflejo de lo que hemos señalado en el punto 1: quien de verdad sabe interpretar la Biblia es quien –gracias a la Eucaristía– la hace vida de su vida por el amor a Dios y a los demás, a través del compromiso y del servicio efectivo.

3. La Palabra de Dios, fuente de la alegría completa. Al principio y al final del documento se señala que la Sagrada Escritura lleva al encuentro personal con Cristo, y, por tanto, a la alegría completa (cf. 1 Jn 1, 4). “Se pueden organizar fiestas –dice Benedicto XVI–, pero no la alegría”. En efecto, la verdadera alegría precede a la fiesta y es causa de la fiesta. Esto sucede especialmente con la alegría, don del Espíritu Santo,  “que brota del ser conscientes de que sólo el Señor Jesús tiene palabras de vida eterna” (n. 123).

Una primera versión de este texto fue publicada 
en www.analisisdigital.com, 28-XI-2010


* Acerca de otras ayudas para la lectura de la Biblia, cf. F. Varo, Cómo leer la Biblia, “Palabra” n 387, 1997/1, 64-68. Vid. también el blog http://bibliadenavarra.blogspot.com/

Entre la pesadilla y la ternura. Diálogos sobre Dios

Nuestra civilización occidental ha hecho grandes progresos en el terreno científico y tecnológico. Pero en cuanto a los valores del espíritu manifiesta síntomas preocupantes: frialdad, sequedad, desorientación..., y a veces parece que avanza hacia su propia destrucción. ¿Hasta qué punto es así? 

 
La película “The Road”, La carretera (J. Hillcoat, 2009), comienza en un día del futuro. Ha ocurrido un cataclismo. La tierra se ha quedado en un sopor postapocalíptico, desolada y baldía, Se muere poco a poco. Apenas quedan animales. “Pronto desaparecerán todos los árboles del mundo”. Por los caminos van refugiados y bandas peligrosas. Hay incendios en las colinas, gritos trastornados y canibalismo. Preocupa siempre la comida, el frío y los zapatos. Y en las casas vacías cuelgan los cadáveres de muchos que se han suicidado.
            Padre e hijo –no sabemos los nombres– caminan por una carretera gris y nublada. Llevan una pistola, donde sólo quedan dos balas. Llueve, truena. De vez, en cuando, un terremoto: “Estoy aquí, aquí contigo, tranquilo –el padre le abraza–: no dejaré que te ocurra nada. Yo te cuidaré”.
            Los interrogantes sobre Dios se plantean siempre que se tocan los grandes temas, porque cada uno nos hacemos una idea de Dios. A veces lo confundimos con otras realidades, o no encontramos el mejor camino para llegar a Él. Como pasa con todas las personas, la madre de esta familia se niega simplemente a “sobrevivir”. Aunque toma una opción desesperada y huye hacia la oscuridad, nunca podremos saber qué sucedió en sus últimos momentos. Más adelante el esposo recordará cuando le dijo lo que todo enamorado podría decir: “Si yo fuera Dios, habría hecho el mundo así, exactamente así, y así te tendría”. En efecto, Dios no quiere destruir el mundo, sino que somos nosotros los que lo hemos estropeado. Tampoco ha creado el mejor mundo de los posibles (como pretendía Leibniz), sino el que le ha parecido mejor para nosotros, y cuenta con que lo cuidemos y mejoremos.
            Dios está claramente en el cuidado del padre por el hijo, pero también en la actitud del hijo: “A veces –se dice el padre a sí mismo– le cuento al chico viejas historias de valor y justicia, aunque me cuesta recordarlas. Sólo sé que el chico lo justifica todo. Y que si él no es la palabra de Dios, entonces Dios nunca habló”. Esa Palabra se descubre en la bondad en la que aún se cree, a pesar de todo lo que ha sucedido, en medio de las vacilaciones y tentaciones.
            El niño le pregunta: “Nosotros nunca nos comeríamos a nadie, ¿verdad?” Y el padre le dice que no, aunque nos muriéramos de hambre. Y eso, deduce el chico, “porque somos de los buenos… y llevamos el fuego” (es decir, el fuego que aún queda de bien y de humanidad).
            Dios está en la tremenda lucha del padre y en su oración implícita: “Cada día es una mentira… Intento prepararle para el día en que me vaya”; aunque a veces se desmorona, llora y grita clamando al cielo: “¡Por favor!”.
            También está Dios en el camino en la figura de aquél casi ciego, y en la conciencia del chico, que fuerza al padre a darle algo de comer. El vagabundo dice que el niño le parece un ángel. El padre le responde: “Para mí es un dios”. Y el mendigo replica con tono medio de misterio y de ironía: “Espero que eso no sea cierto. Estar en la carretera, así, con el último dios…, sería terrible, una situación peligrosa”. Y agrega con tono de escepticismo: “Quien quiera que creara la humanidad, no encontrará humanidad aquí”.
            Siguen, con el peligro acechando constante, pisándoles los talones. Corren. Bajo ellos la tierra se abre. Sobre ellos caen los árboles.
            En una escena que no está en la novela, se refugian en una iglesia y encienden fuego. En medio de la penumbra se distinguen algunos frescos: imágenes de santos y de un sacrificio. El padre tose sangre. El chico ha tenido una pesadilla. La cámara enfoca hacia arriba: una ventana en forma de cruz lo ilumina y preside todo. Se abrazan: “Yo le digo: cuando sueñas que ocurren cosas malas, es porque sigues luchando, porque sigues vivo; deberás empezar a preocuparte cuando sueñes con cosas buenas”. Como si le dijera: con la ayuda de la Cruz, luchamos por la vida, luego existimos.
            El cuidado del padre y la bondad y tesón del chico hacen posible el final, que queda abierto al misterio del bien, precisamente por el encuentro con una nueva familia.


*     *     *

             La película –dura pero sugerente– está basada en la interesante novela del mismo título, escrita por Cormac McArthy (premio Pulitzer, 2007), y que el New York Times (25-XI-2006) calificaba de “sencilla y sin embargo misteriosa, a la vez enigmática y cristalina”.
            En una entrevista con el novelista y el director del film, reproducida por el Wall Street Journal (20-XI-2009), se revela que muchas de las palabras entre el padre y el hijo recogen diálogos literales entre McArthy y su hijo John. McArthy fue educado como un católico irlandés, sin demasiada formación religiosa. Sin embargo reconoce: “Me atrae mucho la visión espiritual de la vida, y pienso que es importante”; añade que le gustaría vivir mejor la religión, y que le interesa más ser bueno que ser inteligente. 
            ¿Pero dónde –se ha preguntado alguien– nos pueden llevar las carreteras, cuando el mundo aparece cubierto por la ceniza gris de la mediocridad, de la oscuridad de los sentimientos, de la superficialidad que no trasciende lo publicitario? Habría que responder que sigue habiendo indicadores suficientes, en medio de la tiniebla, y que entre esos indicadores estamos sobre todo los cristianos, con el testimonio de nuestras vidas, para señalar a la humanidad el camino que le puede llevar hasta convertirse en familia de Dios (cf. "Una sola familia humana" Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y refugiado, 2011).
            Al comienzo del Sínodo para Oriente Medio (octubre de 2010), Benedicto XVI dijo que el conocimiento del verdadero Dios tiene que ver con el dolor; que las potencias que esclavizan al hombre y destruyen el mundo –como la droga, o cierta forma de vivir propagada por la opinión pública– son divinidades falsas y deben ser desenmascaradas; que “la fe de los sencillos es la verdadera sabiduría” y es también la fuerza de la Iglesia. 


(publicado en www.analisisdigital, 28-X-2010)

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