jueves, 30 de junio de 2011

La Eucaristía, remedio para el individualismo

  
 J. van Wassenhove (1410-1480), La institución de la Eucaristía


De modo sencillo y profundo, y también con fuerza y originalidad, Benedicto XVI ha mostrado la importancia de la Eucaristía en el momento actual de globalización (cf. Homilía del Corpus Christi, 23-VI-2011).


Desde el corazón de Cristo, como fruto del Amor
 
      1. “Todo parte, se podría decir, del corazón de Cristo”. En la Última Cena, Jesús convierte sacramentalmente el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre, adelantando su sacrificio en la Cruz. La Eucaristía nace así en el interior de su oración, como fruto de su Amor. “Por esto sabe agradecer y alabar a Dios incluso frente a la traición y a la violencia, y en este modo cambia las cosas, las personas y el mundo”. Y esa capacidad de transformación pasa a los cristianos.

 
      ¿Cómo sucede esto? Al “recibir la comunión”, al comer el Pan eucarístico, y por la acción del Espíritu Santo, “entramos en comunión con la vida misma de Jesús, en el dinamismo de esta vida que se da a nosotros y por nosotros”. Y a través de Cristo participamos en la vida de la Trinidad y al mismo tiempo nos unimos profundamente entre nosotros, en la Iglesia, germen de unidad en el mundo.

 
      Por eso, ha explicado también el Papa: “En una cultura cada vez más individualista, como lo es aquella en la que estamos inmersos en las sociedades occidentales, y que tiende a difundirse en todo el mundo, la Eucaristía constituye una especie de ‘antídoto’, que actúa en las mentes y en los corazones de los creyentes y que siembra continuamente en ellos la lógica de la comunión, del servicio, del compartir, en resumen, la lógica del Evangelio” (Angelus, 26-VI-2011). 

 
      De esta manera, señalaba, se entiende la vida y la eficacia de los primeros cristianos, como también la de los mártires como los de Abitinia, cuando exclamaban: “!Sin el Domingo (es decir, sin la misa dominical) no podemos vivir!” Asimismo –por la Eucaristía– se explica la perseverancia de los cristianos oprimidos por régimenes totalitarios. En todo caso, observa Benedicto XVI, “la comunión con el Cuerpo de Cristo es fármaco de la inteligencia y de la voluntad, para volver a encontrar el gusto de la verdad y del bien común” (Ibid).



Un acto personal con efectos anti-individualistas
 
      2. ¿Qué consecuencia tiene esto? Según el Papa, comulgar no puede entenderse en una perspectiva individualista, pues en la Eucaristía nos hacemos miembros del cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 10, 16-17). De esta manera explica lo que acontece a partir de ese contacto personalísimo con Cristo: “Nuestra individualidad, en este encuentro, se abre, liberada de su egocentrismo e insertada en la Persona de Jesús, que a su vez está inmersa en la comunión trinitaria” (Homilía, 23-VI-2011). Y desde ahí, subraya, “la Eucaristía, mientras que nos une a Cristo, nos abre a los demás, nos hace miembros los unos de los otros: ya no estamos divididos, sino que somos una sola cosa en Él”. Más en concreto: “La comunión eucarística me une a la persona que tengo al lado, y con la que, quizás, ni siquiera tengo una buena relación, y también nos une a los hermanos que están lejos, en todas las partes del mundo”. 

 
      De ahí, prosigue Benedicto XVI, deriva “el sentido profundo de la presencia social de la Iglesia, como testifican los grandes Santos sociales, que fueron siempre grandes almas eucarísticas”. Así es, teniendo en cuenta que la presencia de la Iglesia en la sociedad no se restringe a su presencia institucional u “oficial”, por medio de los obispos o los sacerdotes, o por el testimonio de los miembros de la vida religiosa; la Iglesia se hace presente también a través de los fieles laicos (la mayoría de los cristianos). Los laicos no actúan ordinariamente representando a la Iglesia de modo oficial, sino que “son Iglesia” al tiempo que "hacen" el mundo. Es decir, en ellos la Iglesia se hace presente mientras conviven y trabajan en la sociedad, al lado de los otros ciudadanos, con coherencia cristiana.



Cristo en la Eucaristía y en los necesitados
 
      3. Pues bien, en todos los cristianos deben manifestarse las consecuencias de recibir la comunión eucarística: “Quien reconoce a Jesús en la Hostia Santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es forastero, desnudo, enfermo, encarcelado; y está atento a todas las personas, se compromete, de modo concreto, por todos los que tienen necesidad”. En otras palabras: “Del don del amor de Cristo proviene, por tanto, nuestra especial responsabilidad de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna”. Esto adquiere especial relieve en nuestra época de globalización, que nos hace cada vez más dependientes unos de otros: “El Cristianismo puede y debe hacer que esta unidad no se construya sin Dios, es decir, sin el Verdadero Amor, lo que daría lugar a la confusión, al individualismo, y la opresión de todos contra todos”. 

 
      Todo esto, que procede del amor de Cristo y que apela a nuestra generosidad es, según el Papa, la transformación que el mundo necesita, siguiendo el camino de Cristo que es Él mismo, viviendo con Él. No se trata de utopías ideológicas, ni de espejismos. “No hay nada de mágico en el Cristianismo. No hay atajos, sino que todo pasa a través de la lógica humilde y paciente de la semilla de grano que se parte para dar la vida, la lógica de la fe que mueve las montañas con el suave poder de Dios”. Así Dios “quiere continuar renovando la humanidad, la historia y el cosmos, a través de esta cadena de transformaciones, de la que la Eucaristía es el sacramento”.


Semilla de unidad y de paz
 
      En conclusión: “El Espíritu Santo, que transforma el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, transforma también a cuantos lo reciben con fe en miembros del cuerpo de Cristo, para que la Iglesia sea realmente sacramento de unidad de los hombres con Dios y entre ellos” (Angelus, 26-VI-2011). Así la Eucaristía es, por medio de los cristianos, semilla de unidad y paz en el mundo, y antídoto contra el veneno del individualismo; pues el amor que viene de Dios es más fuerte que el mal, la violencia y la muerte. 



(publicado en www.cope.es, 30-VI-2011)

martes, 21 de junio de 2011

La catequesis, transmisión de vida cristiana

 Mosaico del Mausoleo de Gala Placidia (s. V), en Ravena (Italia)
La vida cristiana que se transmite en la catequesis
es como el agua que permite "vivir de verdad"
ya durante este tiempo, y para siempre


Transmitir la vida cristiana de la fe es responsabilidad de todos y cada uno de los cristianos: “De por sí, la fe no se conserva en el mundo, no se transmite automáticamente al corazón del hombre, sino que debe ser siempre anunciada”, ha dicho Benedicto XVI ante la asamblea eclesial de Roma (13-VI-2011).



Catequesis y Enseñanza Escolar de la Religión

      En esta tarea, hoy se distinguen dos modalidades complementarias: la enseñanza escolar de la Religión y la catequesis. La enseñanza de la Religión en la escuela –pública o privada– es un derecho fundamental de las familias, que debe reconocer toda sociedad madura y libre. Esta enseñanza subraya los aspectos intelectuales del cristianismo, y se sitúa en diálogo con la formación científica y cultural. Junto a ella, la catequesis es transmisión de “vida cristiana” en el seno de las familias, con la ayuda de la parroquia y otros grupos, movimientos e instituciones eclesiales.

      “La peculiaridad de la catequesis, distinta del anuncio primero del Evangelio que ha suscitado la conversión, persigue el doble objetivo de hacer madurar la fe inicial y de educar al verdadero discípulo por medio de un conocimiento más profundo y sistemático de la persona y del mensaje de Nuestro Señor Jesucristo” (Juan Pablo II, Catechesi tradendae, 19).


La catequesis hoy

      ¿Cómo plantear hoy la catequesis? Ante todo se precisa redescubrir la vida cristiana uno mismo, el propio educador: procurar vivirla –con la ayuda de otros en el seno de la familia de Dios que es la Iglesia– en sus diversos aspectos: personales y familiares, profesionales y sociales. Además el Papa actual suele señalar la importancia de aprovechar la catequesis de niños y jóvenes para llegar a sus familias. Con estos presupuestos, se puede hablar de una metodología que atienda a tres dimensiones integrales y complementarias de la vida cristiana, que se pueden llamar, un poco esquemáticamente: la razón, la experiencia y la tradición.


Razón y fe

      a) La razón es lo propio de las personas. Por eso hay que transmitir los valores humanos (por ejemplo, a través de historias y películas que muestran a personas que hacen el bien). Al mismo tiempo se requiere el anuncio de la fe que perfecciona lo humano, y que se basa en la manifestación del amor de Dios en Jesucristo. Las “razones” de la fe no son menos razones sino mejores y más perfectas, incluso desde el punto de vista humano. Por ejemplo, los sacramentos se acomodan a la “realidad humana”: el agua que lava en el Bautismo, el pan y vino que alimentan en la Eucaristía; en la Biblia Dios “explica” su amor por la humanidad hablando del amor humano (sobre todo en el Cantar de los Cantares).

      Benedicto XVI les decía a los obispos de Brasil que los “catequistas no son simples comunicadores de experiencias de fe, sino que deben ser auténticos transmisores, bajo la guía de su Pastor, de las verdades reveladas” (11-V-2007). Habría que preguntarse si como educadores cristianos, conocemos y consultamos con frecuencia el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio.


La experiencia cristiana

      b) La experiencia cristiana se apoya en la experiencia humana, la asume, purifica y perfecciona. Para ello es preciso que la fe se haga vida, se haga carne de nuestra carne, algo así como la vida de Dios -Dios mismo- se hizo carne en Jesús de Nazaret. Ser cristiano es “encarnar” la fe en la vida personal y en la cultura que nos rodea, y que nosotros mismos contribuimos a configurar.

      Y esto comienza con la experiencia de Dios: es decir, el conocimiento y el trato personal con Jesucristo, centrado en la oración y los sacramentos. Concretamente “la catequesis eucarística y sacramental debe realmente llegar a lo profundo de nuestra existencia, ser precisamente educación para abrirme a la voz de Dios”; a la vez, “me lleva al otro porque el otro recibe al mismo Cristo, como yo. Por tanto si en él y en mí está el mismo Cristo, también nosotros dejamos de ser individuos separados. Aquí nace la doctrina del Cuerpo de Cristo, porque hemos sido todos incorporados, si recibimos bien la Eucaristía en el mismo Cristo” (Encuentro con los párrocos de Roma, 26-II-2009). También es importante la catequesis sobre el Sacramento de la Penitencia y el sentido del pecado. Como lo es una catequesis sobre la Doctrina Social de la Iglesia (cf. Discurso inaugural de la V Asamblea del CELAM, 13-V-2007).


Vida cristiana y tradición eclesial

      c) La vida cristiana se desarrolla en una tradición. Se acompaña de una historia que la transmite y una Escritura que la recoge, de un lenguaje comunicable y una existencia gozosamente compartida en la familia de Dios, que es germen de solidaridad para formar libremente, de todas las gentes, la familia universal de Dios en el mundo. Como consecuencia, es una vida de servicio a los demás, a sus las necesidades materiales y espirituales, comenzando por los más cercanos y por los más débiles. Esto lo debe promover todo catequista o educador, junto con el amor a la Iglesia y la fidelidad a su Tradición.

     De este modo la catequesis puede ser “escuela” de servicio a la sociedad y de vida cristiana auténtica; escuela de “sabiduría, es decir, un mensaje que conjuga fe y vida, verdad y realidad concreta” (Benedicto XVI, Homilía 5-IX-10). Además en la catequesis, la fidelidad a la fe de la Iglesia debe conjugarse “con una ‘creatividad catequística’ que tenga en cuenta el contexto, la cultura y la edad de los destinatarios” y que sepa mostrar la vida de fe como un “camino de belleza” (Discurso ante la asamblea eclesial de Roma, 13-VI-2011).


Lo que no es la catequesis

      Y así se entiende lo que “no” es la catequesis. No consiste en enseñar un pura teoría como conjunto de verdades abstractas o normas de un código voluntarista o moralista. No es la promoción de sentimientos “baratos” (una ingenua solidaridad a nivel meramente humano) o falsamente “piadosos” (pseudorreligiosidad sentimentalista), o de un intimismo o espiritualismo que llevase a evadirse del mundo. Tampoco se trata de impulsar una revolución fundamentalista o fanática en nombre de Dios o de la justicia. La Iglesia tampoco es un grupo de personas que piensan sólo en el “más allá” –cuyos modelos serían los clérigos o los “religiosos”–, ni un grupo de presión para conseguir posiciones o influencias humanas.


 Una escuela de sabiduría y amor

      “Todos –proponía el Papa al principio de su pontificado– debemos comprometernos seriamente, como siempre, en una renovación de la catequesis en la que sea fundamental la valentía de dar testimonio de la propia fe y de encontrar los modos adecuados para hacer que sea comprendida y acogida, pues la ignorancia religiosa ha alcanzado un nivel espantoso” (Encuentro con los obispos de Suiza, 7-XI-2006).

      Digámoslo de nuevo. La catequesis es la educación de la vida cristiana como sabiduría y amor efectivo. Es transmitir un mensaje que une la fe y la vida, la verdad y el amor. Por eso sabe conjugar los elementos esenciales de la vida cristiana con los “modos” opcionales, diversos y legítimos, de expresar la fe, celebrarla y vivirla.

      En todo caso, sobre la base del testimonio y del compromiso personal (ejemplo y palabra) del educador, y con el conveniente conocimiento de las personas y las familias, la catequesis es un don de Dios y una altísima tarea.






(publicado en www.religionconfidencial.com, 20-VI-2011)

domingo, 19 de junio de 2011

Sólo el amor mueve el mundo

Thomas C. Lehr, Veni Creator Spiritus (abstract paintings)
Agrandar la imagen
La multiplicidad de colores puede verse
como reflejo de la diversidad de dones y gracias 
que el Espíritu Santo ha repartido en la naturaleza y en las personas, 
y que encuentran su sentido pleno en el cristianismo


En el último verso de su Divina Comedia, dice Dante que “el amor mueve al Sol y las demás estrellas”. Alguien replicará que al mundo le mueven sobre todo los intereses, el dinero, el poder, etc. Otros pensarán que al mundo le mueven las ideas. Pero lo que de verdad mueve al mundo es el amor. 
      Esto se aclara plenamente cuando se vive y se comprende la fe cristiana. Lo explicó Benedicto XVI en su homilía de Pentecostés (12-VI-2011), en tres pasos: el Espíritu santo (tercera persona en Dios, uno y trino, amor del Padre y el Hijo, persona-amor en Dios), es el vínculo entre lo humano y lo divino; Jesucristo es la manifestación de la verdad del amor; la Iglesia es comunidad de amor (y, por tanto, de amistad y de alegría). 


El Espíritu Santo, vínculo entre lo humano y lo divino
 
      Primero el Espíritu Santo. “El Espíritu creador de todas las cosas, y el Espíritu Santo que Cristo hizo descender desde el Padre sobre la comunidad de los discípulos, son uno y el mismo: creación y redención se pertenecen mutuamente y constituyen, en el fondo, un único misterio de amor y de salvación. El Espíritu Santo es ante todo Espíritu Creador y por tanto Pentecostés es la fiesta de la creación”. 

 
      Esto, según el Papa, tiene como consecuencia una visión positiva del mundo y de Dios que lo creó por amor. “Para nosotros los cristianos, el mundo es fruto de un acto de amor de Dios, que hizo todas las cosas y del que Él se alegra porque es “algo bueno”, “algo muy bueno”, como nos recuerda el relato de la Creación (cf. Gn 1,1-31)”. 

 
      Si Dios es bueno, y si el mundo (el ser creado) es un acto del amor de Dios, entonces no es verdad lo que a veces se dice de Dios: que no se le puede conocer, que está lejos de nosotros, que si permite el mal, entonces no es bueno... “Por ello, Dios no es el absolutamente Otro, innombrable y oscuro. Dios se revela y tiene un rostro. Dios es razón, Dios es voluntad, Dios es amor, Dios es belleza”. Dios es amor que se comunica y se entrega en su Espíritu, tanto al crear todas las cosas como al enviárnoslo en Pentecostés. 

 
     En definitiva, cuando surgen la preguntan: ¿cómo compaginar la vida diaria con la fe, la historia humana y la salvación, las realidades terrenas (el trabajo, el amor humano, la búsqueda de la justicia) y lo propiamente divino (la santidad, la eternidad, la gracia)?, la respuesta viene luminosa: con el Espíritu Santo. Y no es una “escapatoria piadosa”, porque Él es el amor que hace participar de la santidad divina (por la oración y los sacramentos) y conduce al amor del prójimo. 



Jesucristo, rostro humano del amor


      Segundo, Jesucristo como “rostro” humano del amor. San Pablo dice que el Espíritu Santo nos lleva a reconocer que “Jesús es el Señor” (cf. 1 Co 12, 3b), lo que es un resumen del Credo. Observa Benedicto XVI que esa expresión se puede leer en dos sentidos: “Jesús es Dios, y, al mismo tiempo, Dios es Jesús. El Espíritu Santo ilumina esta reciprocidad: Jesús tiene dignidad divina, y Dios tiene el rostro humano de Jesús. Dios se muestra en Jesús, y con ello nos da la verdad de nosotros mismos”.

      Esa Verdad que es y nos comunica el Espíritu Santo –la Verdad del amor– es transformadora y unificante, respetando lo diverso de las culturas, de las lenguas, de las mentalidades: “La multiplicidad se hace unidad multiforme, del poder unificador de la Verdad crece la comprensión”. Donde estaba Babel (la confusión) surge la nueva comunidad que es la Iglesia, familia de Dios.

      Con otras palabras: el amor de Dios, que une y da vida, se nos da en el Espíritu Santo para que seamos una sola familia que trae la unidad y la vida al mundo. Y esto no es una teoría puramente espiritual, inventada para conseguir poder o influencia, una especie de mística política. Es el horizonte realista, bello y posible, que se ofrece en el Evangelio, y que se puede alcanzar por medio de la fe (don de Dios que suscita nuestra oración) y los sacramentos. 



La Iglesia, comunidad de amor

     Tercer punto, la Iglesia, comunidad de amor (y por tanto de amistad y de alegría). Para explicar la íntima unión entre Jesús, el Espíritu Santo y el Padre, el Evangelio de San Juan representa al Espíritu como el soplo de Jesús resucitado (cf. Jn 20, 22), en recuerdo del soplo divino que dio vida al primer hombre en la creación (cf. Gn 2, 7).

     El aliento y el fuego del Espíritu Santo, y con Él la nueva Ley del amor (cf. Hch 2, 2-3; Ex 19, 18) nos llega a los cristianos por la fe y los sacramentos.

     El libro de los Hechos nos habla de los primeros frutos de la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 2, 9-11), su poder unificador y vivificador, en aquel grupo de hombres y mujeres que configuraron la Iglesia naciente y se esparcieron por el orbe conocido. Nos quiere decir que “la Iglesia es católica desde el primer momento, que su universalidad no es fruto de la inclusión sucesiva de comunidades diversas. Desde el primer instante, de hecho, el Espíritu Santo la creó como Iglesia de todos los pueblos; ésta abraza al mundo entero, supera todas las fronteras de raza, clase, nación; abate todas las barreras y une a los hombres en la profesión del Dios uno y trino”.

     Esto confirma lo que confesamos en el Credo: “Desde el principio la Iglesia es una, católica y apostólica: esta es su verdadera naturaleza y como tal debe ser reconocida. Es santa no gracias a la capacidad de sus miembros, sino porque Dios mismo, con su Espíritu, la crea, la purifica y la santifica siempre”. Y todo ello conduce a la alegría, porque Cristo –el “Amigo perdido”– sigue vivo, ha vencido a la muerte y está con nosotros para darnos la alegría como don del Espíritu Santo.

     En otros términos: la Iglesia surge por la venida del Espíritu Santo, como comunidad de amor. Es la comunidad y la familia de Jesús, Verbo encarnado que sigue dando vida a cada cristiano y al mundo, por la fe, los sacramentos y el amor.

     Por eso la familia de Dios es también el lugar de la amistad y de la alegría. Pero, atención. Esto no quiere decir que el programa cristiano sea “eclesiastizar” el mundo. La misión de la Iglesia y de cada cristiano es abrir a cada persona y al mundo –en su verdad, bondad y belleza– a ese Dios, que es Amor, “Deus caritas est”, y, por tanto, al amor. Por ahí va la solución a todas las “crisis”. El amor, con hechos, es lo que mueve de verdad al mundo, Otras cosas no lo mueven, a veces lo paralizan o lo tuercen. 





(publicado en www.analisisdigital.com, 16-VI-2011)

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Veni Creator Spiritus, de la Sinfonía n. 8 de Mahler

sábado, 11 de junio de 2011

Arraigados, edificados, firmes en la fe

 JMJ Madrid 2011: Esperando a Benedicto XVI






“Os escribo, jóvenes, porque sois fuertes
y la palabra de Dios permanece en vosotros
y habéis vencido al Maligno”
(1 Jn 2, 14)


Las palabras de la primera carta de San Juan (2, 14) que encabezan estas líneas, se aplican no sólo a los cristianos jóvenes de edad, sino a todos los jóvenes de espíritu. Son fuertes ­–cabría decir– precisamente porque permanecen unidos a la Palabra que es Cristo, y por eso han vencido al Maligno, de una vez por todas.

      Esas palabras me venían a la mente al releer el lema de las Jornadas Mundiales de la Juventud previstas para Madrid-2011: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”, texto que pertenece a la carta a los colosenses (2, 7). En él se habla de tres cosas en relación con Cristo: de algo que tiene raíces, de una edificación y de la fe.


Arraigados…

     En primer lugar, arraigado está, efectivamente, quien tiene raíces, como los árboles. En los lugares secos o desérticos, un árbol es una bendición de Dios, y alrededor de él crece la vida. Los árboles son los más altos entre los seres vivos. Por eso muchos los consideraron como puentes entre la tierra y el cielo, dotados de carácter quasi divino. Rabrindranath Tagore escribió: “Calla, corazón, que estos grandes árboles son oraciones”.

     En el libro del Génesis (2, 9) se cuenta que Dios plantó en el paraíso muchos árboles, pero sobre todo dos: el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. En sentido simbólico se pueden considerar como uno solo, puesto que no hay vida propiamente humana sin conocimiento ni al revés. Nuestros primeros padres desobedecieron el precepto de no comer del árbol del bien y del mal. Así rompieron la unidad entre el conocimiento y la vida, es decir, el acceso a la sabiduría. El salmo primero compara al hombre justo con un árbol fecundo. El último libro de la Biblia, el Apocalipsis (22,2), dice que en la ciudad sagrada del tiempo final “el árbol de la vida produce frutos doce veces: cada mes da fruto; y las hojas del árbol sirven para sanar a las naciones”.

     Jesús comparó el fruto de los árboles a los frutos que deben dar las personas, y aquí se puede ver de modo más inmediato una similitud con las ramas de los árboles, que dan fruto porque su savia viene del tronco común al que están unidas. Saint-Éxupéry –que no vivió propiamente como cristiano– rezaba a su manera: “Señor, úneme al árbol al que pertenezco”. La humanidad entera es este árbol. Claramente ramas de un mismo tronco somos los cristianos, sarmientos de la misma vid, que es Cristo. Él es el verdadero árbol de la vida que surge por su entrega sobre la Cruz.


Edificados en Cristo

     ¿Qué significa ser “edificados en Cristo”? Para las religiones antiguas el edificio más importante era el templo, construido con alusiones cósmicas (la tierra, el mar, la bóveda celeste). En el Antiguo Testamento, y especialmente desde Moisés, Dios desea que se le construya un templo donde sea adorado como el Dios vivo que hizo todas las cosas y mantiene el mundo; luego los profetas fueron aclarando que lo importante no es el templo exterior sino la pureza del pueblo en relación con Dios.

     Con Jesús se manifiesta como el verdadero templo, que es su Cuerpo individualmente, y también prolongado y "engrandecido" místicamente en la Iglesia. Según San Padro, los cristianos son las “piedras vivas” de un templo donde se da culto a Dios a través de Jesucristo. Por medio de ellos y su trabajo, el mundo –sin dejar de ser lo que es– puede volver a ser ese “paraíso perdido” donde todo –hasta los árboles– habla de Dios, y, por la vida del hombre, dar culto al Dios verdadero. La edificación de ese templo es el gran drama de la historia, hacia donde caminan los destinos de los pueblos, las culturas y las religiones.

     Por si fuera poco, San Pablo les dice en su primera carta a los corintios (3, 16) que los cristianos –cada cristiano que vive en estado de gracia– son templo donde habita el Espíritu Santo, como Jesús había anunciado. De esto dan testimonio los santos, especialmente los místicos, como Santa Teresa de Ávila en su obra “Castillo interior” (séptima morada). La Trinidad comunica al fondo del alma –a esa raíz más profunda de la persona– el movimiento del amor eterno, de una manera siempre nueva.

     Y todo ello –Jesús como Templo, la Iglesia que es como su agrandarse en la historia, cada cristiano en su alma– es aún más perfecto en el cielo, donde se da gloria a Dios, en una fiesta continua, a partir de la entrada del Hijo de Dios en su ascensión, como Cabeza de la Iglesia gloriosa. En esta fiesta nos introducimos cada vez que participamos en la Misa.

     Así nos vamos edificando como un grandioso templo, del que los templos de piedra son figuras.  


     Se cuenta de aquella madre que mirando a su hijo pequeño en medio de un grandioso templo, le sugería al oído: “Tú eres, hijo, la mejor catedral”. 
 
     A propósito de este “misterio cristiano del Templo”, Jean Daniélou llegó a escribir que para el cristiano, “el único trabajo que le interesa, es hacer crecer en cada instante la vida de Cristo en él y en los demás” (Le signe du Temple, 1942), en medio de todas sus actividades y gracias a la Eucaristía, como incoación de esa Vida que encontrará después de la muerte.


Firmes en la fe

     Finalmente, el lema que ha propuesto el Papa, habla de estar “firmes en la fe”. La fe puede compararse al árbol que se enraíza a partir del encuentro personal con Cristo, de la vida con Él y el conocimiento de cuanto ello comporta. Así va creciendo el tronco del que salen las ramas y los frutos de la fe, vivida personalmente y en la Iglesia. Una fe que debe hacerse cultura; pues, según Juan Pablo II, “una fe que no se convierte en cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida”. El templo que Dios va construyendo en la historia con nuestra pobre colaboración, es también signo e instrumento de la fe.

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     San Pablo escribe, acerca de la fidelidad de Dios a sus promesas: “Jesucristo, el Hijo de Dios no fue ‘sí’ y ‘no’, sino que en él se ha hecho realidad el ‘sí’. Porque cuantas promesas hay de Dios, en él tienen su ‘sí’; por eso también decimos por su mediación el ‘Amén’ a Dios para su gloria” (2 Co 1, 19-20).


El sí de Dios y nuestro sí

     Esto equivale a decir que después del primer “sí” que Dios iba dando a todo lo creado (“Y vio Dios que era bueno”), con Cristo se ha renovado “el sí de Dios Padre” a la humanidad y sus afanes. Y “metidos” en Cristo pronunciamos los cristianos el “Amén” (así sea) a Dios y a su amor. El “sí” de Dios es lo que hace posible nuestro “sí”: que aceptemos agradecidos nuestra vida como Dios la quiere, que le seamos fieles, que cumplamos su voluntad y paticipemos de sus planes salvadores.

     Afirmó Joseph Ratzinger hace unos años que entre los cristianos, como somos miembros unidos en Cristo, el “sí” de cada uno participa del “sí” de nuestra Cabeza. Y cada uno puede transmitir al otro –aunque no exista una “simpatía” natural–, junto con el personal “sí”, un “sí” mayor que el mío propio, que le ayude a sentir ese profundo “sí” que da sentido y valor a todo “sí” humano. Si decimos ese “sí” junto con el de Cristo, especialmente a sus miembros más pobres y necesitados, iremos descubriendo que su “sí” es verdaramente un yugo suave y una carga ligera (cfr. Mirar a Cristo, Edicep 2005).


La verdad del amor, el camino de la esperanza, el fundamento de la fe

      Benedicto XVI viene expresando todo esto, en el itinerario de su pontificado, con sus hechos y sus palabras: el Evangelio es, ante todo una afirmación, un gran sí a todo lo que Dios ha creado comenzando por las personas y sus anhelos. Así se une la verdad del amor cristiano y el camino de la esperanza, desde la raiz o el fundamento fuerte y luminoso de la fe. Lo señalaba en su primera encíclica:

      “La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo está en manos de Dios... El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar”.

      Sin duda son los jóvenes –de todas las edades– los que tienen más capacidad para captar y realizar ese proyecto, que comienza por el “sí” de Dios al hombre, y que ha querido necesitar de nuestro “sí”.

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      Es lo que han vivido los santos. No sólo los que se fueron al cielo de jóvenes –o de niños–, sino todos los que supieron seguir siendo jóvenes en la madurez y en la ancianidad, con la juventud de Cristo: tanto los mártires desde los primeros cristianos como los Padres de la Iglesia, los místicos y los fundadores, los educadores, pastores y evangelizadores, y otros muchísimos que vivieron una vida ordinaria en su familia y en su trabajo, y que siguen, “ocultos” en el cielo, intercediendo por nosotros.

      Entre todos ellos, y por citar sólo los santos canonizados representativos del último siglo, cabe recordar en Alemania, a Arnoldo Janssen y Sor Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein); en Austria, Úrsula Ledóchowska; en Chile, Alberto Hurtado Cruchaga y Teresa de los Andes; en Ecuador, Miguel Febres Cordero; en España, Sor Ángela de la Cruz, Rafael Arnáiz Barón, Josemaría Escrivá de Balaguer, Josep Manyanet y Vives, Ezequiel Moreno Díaz, Jose María Rubio Peralta, Genoveva Torres Morales, Pedro Poveda Castroverde y otros Mártires de la Guerra Civil; en Francia, Joseph-Marie Cassant; en Italia, Gianna Beretta Molla, Maria Bertila Boscardin, Calixto Caravario, Annibale María di Francia, María Goretti, Jose Freinademetz, Ricardo Pampuri, Pío de Pietrelcina, Felipe Smaldone y Luis Versiglia; en Malta, Jorge Preca; en México, Rafael Guizar y Valencia, Jose María de Yermo y Parres y los Mártires de la Guerra Cristera; en Polonia, Alberto Chmielowski, María Faustina Kowalska y Maximiliano Kolbe; y en Sudán, Josefina Bakhita.

       Desde aquí queremos también honrar a estos santos y a los que, antes que ellos, dijeron “sí” a Jesucristo, siguiendo el “sí” que Él dio con toda su vida. Los que vengan detrás, serán también siempre jóvenes.

Una primera versión de este texto ha sido publicada
como presentación del libro
"Al hilo de un pontificado: el gran sí de Dios"
ed. Eunsa, 2010




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 Bob Dylan, For ever young

martes, 7 de junio de 2011

Testimonio, vigilancia, alegría

Icono de la Ascensión (1410-1420), Museo Tretyakov, Moscú
(ver la imagen a gran resolución)

En la conclusión de su libro Jesús de Nazaret (II), Benedicto XVI rechaza que la venida futura de Cristo sea el contenido fundamental del mensaje del Evangelio. “De hecho –replica– esta teoría contrasta con los textos y también con la realidad del cristianismo naciente que experimentó la fe como una fuerza que actúa en el presente y, a la vez, como esperanza”.


¿Por qué la alegría después de la ascensión del Señor?

      El Evangelio de San Lucas termina contando lo que pasó con los apóstoles después de la ascensión del Señor al cielo: “Ellos se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lc 24, 50-53). Se plantea Joseph Ratzinger: “¿Cómo es posible que su despedida definitiva no les causara tristeza?” Y responde: “La ‘ascensión’ no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera”.

      En los Hechos de los Apóstoles también se relata la ascensión del Señor. Pero precede un coloquio en el que se demuestra que ellos todavía esperaban en que Jesús iba a proclamar el Reino (político) de Israel (cf. Hch, 1, 6). A esta expectativa Jesús contrapone una promesa y un encargo o encomienda. “La promesa es que estarán llenos de la fuerza del Espíritu Santo; la encomienda consiste en que deberán ser sus testigos hasta los confines del mundo” (cf. Hch 1, 7). Nuestro autor concluye apuntando de dónde viene esa fuerza que produce la alegría en los apóstoles: “El cristianismo es presencia: don y tarea; estar contentos por la cercanía interior de Dios y –fundándose en eso– contribuir activamente a dar testimonio a favor de Jesucristo”.


La existencia cristiana y la Iglesia: don y tarea

      Digámoslo con otras palabras. El motivo profundo de su alegría es porque los apóstoles han recibido primero un don, nada menos que participar de la vida misma de Dios, hechos (místicamente) miembros de Cristo por el Espíritu Santo (Dios mismo que se autocomunica dando a participar su vida). Y, segundo, han recibido una tarea que es el testimonio de Cristo: anunciar que Él ha muerto y resucitado, y vive junto al Padre. Este don y tarea constituye a la Iglesia y su misión: participando de la vida de la Trinidad, dar testimonio –que en griego se dice martyria– de Cristo en todo tiempo y lugar; ese testimonio se transmite, de generación en generación, por la vida y la palabra de los cristianos.

      Continuemos con la argumentación del Papa. El relato de la ascensión habla de la nube que oculta a Jesús en su “entrar en el misterio de Dios”. La nube se menciona también en la transfiguración del Señor y en la Anunciación a María (el Espíritu Santo la cubrirá con su sombra…). Más atrás, en el Antiguo Testamento, una nube manifestaba la presencia de Dios junto al pueblo en el desierto. En efecto, y el Catecismo de la Iglesia Católica lo señala, la nube es uno de los símbolos bíblicos del Espíritu Santo (cf. 697).

      Por tanto, insiste Benedicto XVI, no es que Jesús se haya ido a un astro lejano. “Él entra en la comunión de vida y poder con el Dios viviente, en la situación de superioridad de Dios sobre todo espacio. Por eso ‘no se ha marchado’, sino que, en virtud del mismo poder de Dios, ahora está siempre presente junto a nosotros y por nosotros”, también cuando parece que “la barca de la Iglesia, con el viento contrario de la historia, navega por el océano agitado del tiempo”.


Condición para el testimonio: la vigilancia del amor

      Ahora bien, para vivir esta nueva vida con Cristo junto al Padre (y por tanto también con el Espíritu Santo), que se nos da con el Bautismo, hemos de “ascender” con Cristo. Y Cristo –lo muestra bien el Evangelio de San Juan– asciende al cielo a través de la Cruz. Por eso “nuestro subir para tocarlo, ha de ser un caminar junto con el Crucificado”. No se trata de un recorrido cósmico-geográfico, sino de una navegación del corazón “que lleva de la dimensión de un encerramiento en sí mismo hasta la dimensión nueva del amor divino que abraza el universo”.

      Así que la vida cristiana (que es vida en la Iglesia y en el mundo) consiste, de un lado en el testimonio de Cristo y, para eso, en la apertura al amor: no podía ser de otra manera puesto que vivir del Espíritu Santo (que es el amor personal en Dios) es vivir del amor. ¿Pero qué significa en concreto abrirse al amor y cómo se logra?

      Señala el Papa que, como actitud de fondo, a los cristianos se les pide la vigilancia: “Esta vigilancia significa, de un lado, que el hombre no se encierre en el momento presente, abandonándose en las cosas tangibles (…). De lo que se trata es de tener la mirada puesta en Dios para recibir de Él el criterio y la capacidad de obrar de manera justa”. Y por eso, de otro lado, “vigilancia significa sobre todo apertura al bien, a la verdad, a Dios, en medio de un mundo a menudo inexplicable y acosado por el poder del mal. Significa que el hombre busque con todas las fuerzas y con gran sobriedad hacer lo que es justo, no viviendo según sus propios deseos, sino según la orientación de la fe” (cf. Lc 12, 42-48; Mt 25, 1-13). En suma: abrirse al amor se consigue mirando a Dios y buscando el bien y la verdad, el obrar con la justicia que viene de la fe.

      El Señor –dice Benedicto XVI, parafraseando a San Bernardo– no sólo ha venido y volverá: “Viene en su Palabra; viene en los sacramentos, especialmente en la santa Eucaristía; entra en mi vida mediante palabras o acontecimientos”. También por medio de la vida de los santos, que son los auténticos “testigos” de su presencia.

      Jesús ha ascendido al Padre. Y el libro concluye condensando estas últimas páginas en un solo párrafo:

      “En el gesto de las manos que bendicen se expresa la relación duradera de Jesús con sus discípulos, con el mundo. En el marcharse, Él viene para elevarnos por encima de nosotros mismos y abrir el mundo a Dios. Por eso, los discípulos pudieron alegrarse cuando volvieron a Betania a casa. Por la fe sabemos que Jesús, bendiciendo, tiene sus manos extendidas sobre nosotros. Ésta es la razón permanente de la alegría cristiana”.

(publicado en www.cope.es, 7-VI-2011)

La familia, en cabeza del ranking de valores

El Greco, Sagrada Familia (1595-1600)

Las encuestas de los últimos años vienen mostrando que la familia no se encuentra en crisis, sino a la cabeza de los valores. Otra cosa es lo que suele denominarse los “modelos” de familia y el tipo de vínculos que los constituyen.

      El viaje de Benedicto XVI a Croacia ha tenido como referencia la familia basada en el matrimonio cristiano. En su homilía con motivo de la Jornada de las Familias Católicas (Zagreb, 5-VI- 2011), comenzó señalando la necesidad que tiene esta institución de ser evangelizada y apoyada, y al mismo tiempo su papel “decisivo para la educación en la fe, para la edificación de la Iglesia como comunión y para su presencia misionera en las más diversas situaciones de la vida”, y también para vivificar el tejido social.

Misión de la familia cristiana

      Citando al beato Juan Pablo II, insistió en que “la familia cristiana está llamada a tomar parte viva y responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir, poniendo al servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y de amor” (Familiaris consortio, 50).

      A continuación habló directamente a los miembros de las familias, primero invitando a la educación cristiana de los hijos: “Queridos padres, esforzaos siempre en enseñar a rezar a vuestros hijos, y rezad con ellos; acercarlos a los Sacramentos, especialmente a la Eucaristía (…); introducirlos en la vida de la Iglesia; no tengáis miedo de leer la Sagrada Escritura en la intimidad doméstica, iluminando la vida familiar con la luz de la fe y alabando a Dios como Padre. Sed como un pequeño cenáculo, como aquel de María y los discípulos, en el que se vive la unidad, la comunión, la oración”.

      De esta manera el Papa recordaba a los padres y madres cristianos su deber gustoso de transmitir a sus hijos la fe y vida cristiana. Por eso deben enseñarles a rezar (con breves oraciones pero habituales: por ejemplo al principio y al final del día, en la bendición de la mesa, y otros pequeños detalles de piedad vividos en familia). Han de explicarles la centralidad de la Misa del domingo, enseñarles a confesarse, etc. Obviamente esto no desnaturaliza el hogar, sino que, al contrario, asienta las bases de la personalidad cristiana de los hijos.

      Sobre estas bases, gracias a Dios, las familias cristianas –seguía Benedicto XVI– “toman conciencia cada vez más de su vocación misionera, y se comprometen seriamente a dar testimonio de Cristo, el Señor”. Esta “misión” de la familia –que consiste sobre todo en la ejemplaridad cristiana de su vida– se necesita hoy para manifestar los valores humanos y éticos fundamentales, como la apertura a Dios, el sentido de la libertad y de la felicidad.

 Testimoniar la cultura de la vida

      Es el diagnóstico del Papa: “En la sociedad actual es más que nunca necesaria y urgente la presencia de familias cristianas ejemplares. Hemos de constatar desafortunadamente cómo, especialmente en Europa, se difunde una secularización que lleva a la marginación de Dios de la vida y a una creciente disgregación de la familia. Se absolutiza una libertad sin compromiso por la verdad, y se cultiva como ideal el bienestar individual a través del consumo de bienes materiales y experiencias efímeras, descuidando la calidad de las relaciones con las personas y los valores humanos más profundos; se reduce el amor a una emoción sentimental y a la satisfacción de impulsos instintivos, sin esforzarse por construir vínculos duraderos de pertenencia recíproca y sin apertura a la vida. Estamos llamados a contrastar dicha mentalidad”.

      Por eso les decía que, junto a la palabra de la Iglesia, es central el apoyo de las familias en los valores que envuelven la cultura de la vida: “la intangibilidad de la vida humana desde la concepción hasta su término natural, el valor único e insustituible de la familia fundada en el matrimonio y la necesidad de medidas legislativas que apoyen a las familias en la tarea de engendrar y educar a los hijos”.

 
Asumir el compromiso del amor

      Benedicto XVI animaba también –y esto afecta sobre todo a los jóvenes– a ser fuertes, con la ayuda de Dios, para asumir el compromiso del amor, sin aceptar sucedáneos del matrimonio como las relaciones prematrimoniales: “¡Sed valientes! No cedáis a esa mentalidad secularizada que propone la convivencia como preparatoria, o incluso sustitutiva del matrimonio. Enseñad con vuestro testimonio de vida que es posible amar, como Cristo, sin reservas; que no hay que tener miedo a comprometerse con otra persona”.

      El compromiso del amor se traduce en la apertura a la vida y en el respeto a la moral natural, como signos y caminos de esperanza y libertad: “Queridas familias, alegraos por la paternidad y la maternidad. La apertura a la vida es signo de apertura al futuro, de confianza en el porvenir, del mismo modo que el respeto de la moral natural libera a la persona en vez de desolarla”.

Familia de Dios e Iglesia doméstica

      Y puesto que la Iglesia es familia de Dios, “el bien de la familia es también el bien de la Iglesia”. Lo había dicho ya al principio de su pontificado y lo repetía ahora: “La edificación de cada familia cristiana se sitúa en el contexto de la familia más amplia, que es la Iglesia, la cual la sostiene y la lleva consigo... Y, de forma recíproca, la Iglesia es edificada por las familias, ‘pequeñas Iglesias domésticas’” (Discurso en la apertura de la Asamblea eclesial de la diócesis de Roma, 6-VI-2005).

      Todo un programa para la vida familiar, que podemos y debemos aplicar. Así pues, conviene que los cristianos que han constituido un hogar se pregunten cómo es su proyecto de familia, y cómo viven su misión de padres y madres cada día, para que la familia que forman sea lo que está llamada a ser: un signo del amor de Dios y de la auténtica humanidad, que construye el presente y asegura el futuro del mundo. Esta misma reflexión la deberán hacer, con otra perspectiva y con matices diversos, todos los que tienen, o tenemos, el deber de ayudar a las familias en los distintos ámbitos de la educación cristiana.

(publicado en www.religionconfidencial.com, 6-VI-2011)

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     Pocos días después, haciendo un balance de su viaje a Croacia, Benedicto XVI subrayó entre otras cosas: "La primera educación a la fe consiste exactamente en el testimonio de esta fidelidad al pacto conyugal; de ella los hijos aprenden sin palabras que Dios es amor fiel, paciente, respetuoso y generoso. La fe en el Dios que es Amor se transmite antes que nada con el testimonio de una fidelidad al amor conyugal, que se traduce naturalmente en amor por los hijos, fruto de esta unión. Pero esta fidelidad no es posible sin la gracia de Dios, sin el apoyo de la fe y del Espíritu Santo. Este es el motivo por el cual la Virgen María no deja de interceder ante su Hijo, para que -como en las bodas de Caná- renueve continuamente a los cónyuges el don del 'vino bueno', es decir de su Gracia, que permite vivir en “una sola carne” en las distintas edades y situaciones de la vida" (Audiencia general, 8-VI-2011).









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