sábado, 31 de diciembre de 2011

Un nuevo modo de ser cristianos

Amor y servicio 
Love and service

En su discurso a la curia romana con motivo de la Navidad (22-XII-2011), Benedicto XVI ha trazado los perfiles de un modo nuevo, “rejuvenecido”, de ser cristianos. En ese texto cabe distinguir dos partes, una introductoria y otra más concreta.


La crisis en Europa y en la Iglesia

      El Papa comienza señalando cómo la crisis económica de Europa tiene una base ética. Y analiza con precisión esa crisis de la conciencia europea: sus valores, su conocimiento y su voluntad. Los valores: “Aunque no están en discusión algunos valores como la solidaridad, el compromiso por los demás, la responsabilidad por los pobres y los que sufren, falta con frecuencia, sin embargo, la fuerza que los motive, capaz de inducir a las personas y a los grupos sociales a renuncias y sacrificios”. El conocimiento y la voluntad, añade, no siguen siempre la misma pauta. “La voluntad que defiende el interés personal oscurece el conocimiento, y el conocimiento debilitado no es capaz de fortalecer la voluntad”.

      Se detiene luego en la situación de la Iglesia: “No sólo los fieles creyentes, sino también otros ajenos, observan con preocupación cómo los que van regularmente a la iglesia son cada vez más ancianos y su número disminuye continuamente; cómo hay un estancamiento de las vocaciones al sacerdocio; cómo crecen el escepticismo y la incredulidad”. Y se pregunta qué debe hacerse. Muchos dicen que hay que hacer muchas cosas, pero eso no resuelve el problema. “El núcleo de la crisis de la Iglesia en Europa es la crisis de fe. Si no encontramos una respuesta para ella, si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces”. ¿Cómo encontrar la luz y la fuerza para la nueva evangelización?


África y Madrid: la fe dispuesta al sacrificio

      En este marco Benedicto XVI se fija especialmente en su viaje a África y en la JMJ de Madrid. En África afirma haber encontrado una fe sostenida por la alegría que lleva a servir a Cristo sin replegarse en el propio bienestar: “Encontrar esta fe dispuesta al sacrificio, y precisamente alegre en ello, es una gran medicina contra el cansancio de ser cristianos que experimentamos en Europa”.

      En la misma línea, la experiencia de la JMJ de Madrid, “ha sido también una medicina contra el cansancio de creer. Ha sido una nueva evangelización vivida”. Y afirma: “Cada vez con más claridad se perfila en las Jornadas Mundiales de la Juventud un modo nuevo, rejuvenecido, de ser cristiano”. Y es este modo renovado y rejuvenecido de ser cristiano el que caracteriza Benedicto XVI con cinco rasgos:


Redescubrimiento de la universalidad de la Iglesia 

     El punto de partida, y es bueno notarlo, es “una nueva experiencia de la catolicidad, la universalidad de la Iglesia”. A pesar de provenir de todos los continentes, de diversas lenguas y culturas, los jóvenes han quedado impresionados al encontrarse de inmediato unidos, “juntos como una gran familia”. Una familia unida en torno a Jesucristo, en torno a la oración y a la liturgia. Y han recibido un mismo impulso en la razón, la voluntad y el corazón. Han comprobado que “el hecho de que todos los seres humanos sean hermanos y hermanas no es sólo una idea, sino que aquí se convierte en una experiencia real y común que produce alegría”. Y, así, dice el Papa, “hemos comprendido también de manera muy concreta que, no obstante todas las fatigas y la oscuridad, es hermoso pertenecer a la Iglesia universal, a la Iglesia católica, que el Señor nos ha dado”.


Un nuevo modo de ser cristianos: la belleza de ser para los demás

      De ahí arranca, en segundo lugar, ese “modo nuevo de vivir el ser hombres, el ser cristianos”. Evocando a los voluntarios de la JMJ, dice: “Algo fundamental se me ha hecho evidente: estos jóvenes habían ofrecido en la fe un trozo de vida, no porque había sido mandado o porque con ello se ganaba el cielo; ni siquiera porque así se evita el peligro del infierno. No lo habían hecho porque querían ser perfectos. No miraban atrás, a sí mismos”.

      Esos jóvenes, añade, hicieron lo contrario que la mujer de Lot, que, por mirar atrás, se convirtió en una estatua de sal. Y observa: “Cuántas veces la vida de los cristianos se caracteriza por mirar sobre todo a sí mismos; hacen el bien, por decirlo así, para sí mismos. Y qué grande es la tentación de todos los hombres de preocuparse sobre todo de sí mismos, de mirar hacia atrás a sí mismos, convirtiéndose así interiormente en algo vacío, ‘estatuas de sal’”. En cambio, “aquí no se trataba de perfeccionarse a sí mismos o de querer tener la propia vida para sí mismos”.

      Concluyendo: “Estos jóvenes han hecho el bien –aun cuando ese hacer haya sido costoso, aunque haya supuesto sacrificios– simplemente porque hacer el bien es algo hermoso, es hermoso ser para los demás. Sólo se necesita atreverse a dar el salto”. Todo eso, agrega el Papa, “ha estado precedido por el encuentro con Jesucristo, un encuentro que enciende en nosotros el amor por Dios y por los demás, y nos libera de la búsqueda de nuestro propio ‘yo’”. Tanto en África –especialmente en las religiosas de Madre Teresa– como en Madrid, encontró el Papa “la misma generosidad de ponerse a disposición de los demás; una generosidad en el darse que, en definitiva, nace del encuentro con Cristo que se ha entregado a sí mismo por nosotros”.


Adoración 

     Tercer punto: la adoración, como acto de fe, se manifestó tanto en el Reino Unido (Hyde Park), como en Zagreb y en Madrid (Cuatro Vientos). Allí quedó claro, según Benedicto XVI: “Dios no es una hipótesis cualquiera, posible o imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si él está presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y corazón se abren hacia él, a partir de él. En Cristo resucitado está presente el Dios que se ha hecho hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama. Entramos en esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y lo hacemos amando con él. Esto es adoración, y esto marcará después mi vida”.


Pedir perdón para ser capaz de amar

      Cuarto, el Sacramento de la Penitencia, gracias al cual “reconocemos que tenemos continuamente necesidad de perdón y que perdón significa responsabilidad”. Ciertamente, explica el Papa, “existe en el hombre, proveniente del Creador, la disponibilidad a amar y la capacidad de responder a Dios en la fe”. Pero, a la vez, “proveniente de la historia pecaminosa del hombre (la doctrina de la Iglesia habla del pecado original), existe también la tendencia contraria al amor: la tendencia al egoísmo, al encerrarse en sí mismo, más aún, al mal. Mi alma se mancha una y otra vez por esta fuerza de gravedad que hay en mí, que me atrae hacia abajo”. En consecuencia: “Por eso necesitamos la humildad que siempre pide de nuevo perdón a Dios; que se deja purificar y que despierta en nosotros la fuerza contraria, la fuerza positiva del Creador, que nos atrae hacia lo alto”.


La alegría y la certeza de la fe

      Quinto y último (fruto y consecuencia), la alegría de la fe. Según Josef Pieper, sólo el que es amado puede amarse a sí mismo. Todos necesitamos ser acogidos por otros. Y a fin de cuentas, necesitamos una acogida incondicionada, que es la propia de Dios, pues sólo Él nos garantiza que “es bueno que yo exista”. Si falta nuestra percepción de ser amados por Él, no sabemos si vale la pena nuestra vida, y nos invade la tristeza. La certeza de que somos amados por Dios sólo viene por la fe.

      En definitiva, los perfiles de este nuevo modo de ser cristiano, que es un modo rejuvenecido de ser persona, según el Papa, son: el descubrimiento de la Iglesia como familia de Dios, la belleza de la generosidad, el centro de la adoración, el sacramento de la Penitencia y la alegría de la fe. Cinco autopistas para la Nueva evangelización.



(publicado en www.analisisdigital.com, 27-XII-2011)

Dios en la cárcel


Prison window, Kaziya Akimoto, 2005

Jesús estaba, en cierto sentido, dentro de la cárcel, y el Papa vino a visitarle. También estaba, de otro modo, en el que visitaba a los reclusos: el vicario de Cristo.


"Estaba en la cárcel y me visitásteis"

      Ellos le hicieron preguntas sobre el respeto a la dignidad humana, y acerca del modo en que Dios escucha y perdona. Le pidieron que se hiciera cargo de la situación en que se encuentran. Pero también le agradecieron, sencillamente, que les fuera a visitar en nombre de Jesús y secundando sus palabras: “Estaba en la cárcel y me visitásteis” (Mt 25, 36). Todo ello puede comprobarse leyendo el diálogo entre Benedicto XVI y los reclusos de la cárcel de Rebibbia, que visitó el 18 de diciembre.

     Es muy aleccionador este gesto del Papa, realizando una de las obras de misericordia literalmente señaladas en el Evangelio: “Dondequiera que haya un hambriento, un extranjero, un enfermo, un encarcelado, allí está Cristo mismo que espera nuestra visita y nuestra ayuda. Esta es la razón principal por la que me siento feliz de estar aquí, para rezar, dialogar y escuchar”.

     Sin duda ha rezado. Asimismo ha dialogado con ellos, respondiendo a sus preguntas, lo que implica primero escuchar: “Querría de hecho poder ponerme a la escucha de la peripecia personal de cada uno, pero, lamentablemente, no es posible; sin embargo, he venido a deciros sencillamente que Dios os ama con un amor infinito, y sois siempre hijos de Dios. Y el mismo Unigénito Hijo de Dios, el Señor Jesús, experimentó la cárcel, fue sometido a un juicio ante un tribunal y sufrió la más feroz condena a la pena capital”.


Atención cristiana y pastoral en las cárceles

     Junto al anuncio de Cristo y de su amor, Benedicto XVI ha sintetizado los principios que presiden la atención cristiana y pastoral a los reclusos. Ésta debe ir acompañada del interés por sus necesidades, la promoción de su dignidad y sus derechos. Todo ello en el ejercicio de una justicia, la justicia humana, que recibe luces de la justicia divina, siempre caracterizada por la misericordia, “para evitar –como lamentablemente no pocas veces sucede– que el detenido se convierta en un excluido”.

     En Dios la justicia y la misericordia se unen. Por eso, “nuestra justicia será tanto más perfecta cuanto más esté animada por el amor por Dios y por los hermanos”. Pero ¿cómo compaginar esto con los requerimientos de la sociedad y la organización de las cárceles? “El sistema de detención gira en torno a dos puntos de referencia, ambos importantes: por un lado, tutelar a la sociedad de eventuales amenazas, por otro, reintegrar a quien ha cometido un error sin pisotear su dignidad y sin excluirlo de la vida social”. En efecto, la justicia implica siempre el respeto a la dignidad (cf. la respuesta del Papa a la primera pregunta de los presos). La dificultad de lograr estos objetivos se acrecienta actualmente por la superpoblación y la degradación de las cárceles.

     De ahí el interés de “que las instituciones promuevan un atento análisis de la situación penitenciaria hoy, verifiquen las estructuras, los medios, el personal, de modo que los detenidos no descuenten nunca una ‘doble pena’; y es importante promover un desarrollo del sistema penitenciario, que, aún en el respeto de la justicia, sea cada vez más adecuado a las exigencias de la persona humana, con el recurso también a las penas sin internamiento o a modalidades diversas de detención”.


También nosotros estamos en la cárcel

     En vísperas de la Navidad, el Papa nos invitaba a no sentirnos ajenos a la situación de los encarcelados, comenzando por visitarles; pues todos y cada uno lo somos, de diversas maneras, y necesitamos de la liberación que nos trae el Niño de Belén: “Pidámosle en el silencio y en la oración ser todos liberados de la cárcel del pecado, de la soberbia y del orgullo: cada uno de hecho necesita salir de esta cárcel interior para ser verdaderamente libre del mal, de las angustias de la muerte. ¡Sólo aquél Niño en el pesebre es capaz de dar a todos esta liberación plena!”.




(publicado en www.cope.es, 26-XII-2011)

lunes, 19 de diciembre de 2011

Vivir la Navidad en cristiano


Belén (s. XV) de la Catedral de León

Para los cristianos la Navidad es un tiempo muy especial. No es simplemente un recuerdo, ni un mero símbolo; ni menos aún una especie de cuento o de juego para gente menuda. Ni simplemente un modo de que los adultos puedan sentirse niños de nuevo, al menos por unos días.


Un Bing Bang redentor

      La Navidad es un tiempo litúrgico en el que renovamos la conciencia de un acontecimiento que sigue teniendo plena vigencia: la segunda Persona de la Trinidad, la Palabra de Dios, ha nacido en un pesebre de Belén. Dios se ha hecho hombre, se ha hecho Niño, entrando así en la historia humana y su lógica. Por tanto, según unas coordenadas concretas: en un momento dado, en un lugar determinado, a través de una cultura que Él quiso asumir con todas las consecuencias. A partir de entonces, no se ha retirado ni se ha retractado de ese acontecimiento definitivo, que ha cambiado la vida del mundo y sigue, como un “Bing Bang” redentor, expandiendo su energía salvadora en el tiempo y en el espacio de cada uno y de todos, a la vez que pide nuestra colaboración para que su amor llegue hasta los confines del universo.

     Dios sigue viviendo como hombre en Jesús resucitado. Esa Humanidad Santísima está en el seno de la Trinidad. El vencedor de la Cruz sigue intercediendo por nosotros ante Dios Padre. Sigue presente, también, en esta tierra especialmente en la Iglesia y en su misión, actuando por medio del Espíritu Santo en los corazones y en las culturas que le acogen. Sigue naciendo cada vez que alguien se abre al Amor con mayúsculas (el de Dios) o al amor hacia los demás, que es, según San Juan, camino y manifestación, al menos incipiente y siempre necesario, del amor a Dios.

     La Navidad sólo sucedió históricamente “de una vez por todas”. Pero, al ser Dios su protagonista principal, no es algo que simplemente pasó; sino que sigue siendo plenamente actual. No sólo en el “Hoy” eterno de Dios, sino también en nuestras vidas, que se abren mediante la fe a la vida de Dios, permitiéndonos vivir y comprender los valores eternos, mientras tratamos de reproducirlos en nuestra existencia ordinaria. Lo hacemos, ciertamente, en la medida de nuestras modestas posibilidades; pero a la vez, y esto es lo fascinante, estamos llamados a realizarlo con la vida misma de Dios (el cristiano pertenece al Cuerpo místico de Cristo); con su fuerza redentora y salvadora, siempre amable; con su luz reveladora y maravillosa.

     La Navidad celebra este nacimiento y esta vida de Dios entre los hombres y de los hombres con Dios. Un nacimiento y una vida que, según la fe cristiana, tienen una referencia al pasado, y, a la vez, son plenamente actuales y condición para la vida plena en el futuro de los hombres.


¿Cómo vivir la Navidad en cristiano?

     De todo ello cabe deducir cómo se puede hoy “vivir la Navidad en cristiano”.

     Quizá, apurados por la crisis económica, no podamos contemplar tantas luces en las calles y en los comercios; pero eso nos puede descubrir que la luz que más espera el Niño es la de nuestra vida.

     Puede que hayan disminuido los símbolos cristianos de ese acontecimiento, el nacimiento de Dios en el tiempo, que celebramos; pero es el cristiano el que debe ser, en su propio ambiente, signo vivo de Cristo.

     Tal vez los “Nacimientos” o los “Belenes” serán en algunos lugares más discretos o menos vistosos; pero los que se ponen (con sus figuritas ingenuas, el musgo y las casas de corcho) seguirán representando el Amor, y la respuesta que espera de cada uno, como realidad que llena de sentido la historia.

     Quizá se reduzca la calidad y variedad de una ideal “mesa navideña”; en todo caso el altar sobre el que se pone pan y vino significa el corazón de los cristianos, que elevan hacia Dios la ofrenda de su existencia cotidiana en acción de gracias por hacernos participar de su vida, unidos al corazón de Cristo. Y es que Belén y el Calvario son inseparables.

     Incluso aunque volviéramos a “tiempos mejores” en el espejismo de un engañoso espíritu navideño, nuestro vivir la Navidad no sería auténtico si no existiera una preocupación “real” por acercarnos de nuevo o más intensamente a Dios, a través de la oración y de los sacramentos (especialmente la Confesión y la Eucaristía) y de las obras del amor. Es decir, con un desvelo “real” por los que están a nuestro lado en la familia, en el trabajo y en la calle; especialmente por los que no tienen hogar o compañía, o carecen de ropa o de comida, o por los que están enfermos, en estos días.

     Así Dios ha de nacer de nuevo en el corazón de cada cristiano, como condición para que pueda nacer en otros corazones. Pero hay que dejarle nacer en la mirada y en los hechos. Así la Navidad permitirá dejar que se hagan realidad los sueños.


Navidad en y desde la familia

     La Navidad es la fiesta de la alegría porque es la fiesta de la fe que se hace vida. Sobre la base de la Encarnación de Dios, la Navidad es igualmente la fiesta de la familia y de la amistad. Por eso decía Guardini: “Todo regalo debe ser en el fondo un símbolo del único gran regalo, en que Dios entregó a su Hijo por la salvación del mundo (1 Jn 4, 9s)”.

     Dentro de la familia, vivir la Navidad en cristiano significa, por ejemplo, el “volcarse” de unos con otros en costumbres que vale la pena mantener o recuperar: el belén, el árbol, los villancicos; alguna comida más especial, conversaciones y paseos familiares, atención particular a los más pequeños, a los ancianos y a los enfermos; gestos concretos de desprendimiento personal, por parte de todos los miembros de la familia, a favor de quienes, ahí afuera, no tienen nada o casi nada. Eso para empezar, pero aún hay más.

     Imaginaba Guardini que María le habría contado a San Juan acerca de su anhelo por esperar al Mesías, muchos años atrás. Para ella esa venida era muy diferente de la liberación terrena y glorificación humana que esperaban muchos. “Quizá en ella había también un presentimiento, que no habría podido explicar ella misma; una sensación de que la misteriosa figura del que ‘había de venir’ la afectaba muy personalmente a ella...”

     Esto sucede de alguna manera con cada cristiano. La venida de Jesús y la Navidad nos afecta siempre de manera irrepetible, porque “cristiano” quiere decir continuador, como signo e instrumento, de la misión de Cristo, ungido por su Espíritu. Y por eso, la Navidad es a la vez la fiesta de la fe que se comunica, también en y por las familias (los padres y madres son los primeros apóstoles de sus hijos).

     De ahí la importancia, en estos días, de cuidar las oraciones especialmente de los niños, bendecir la comida al menos en las fiestas, participar en la Misa, que es siempre el centro de la fiesta cristiana, manifestar la vida cristiana en el amor al prójimo. Y todo ello desde el seno de esta familia de Dios (la Iglesia), que nace con Jesús.

     “Esta nueva familia de Dios comienza en el momento en el que María envuelve en pañales al ‘primogénito’ y lo acuesta en el pesebre. Pidámosle: Señor Jesús, tú que has querido nacer como el primero de muchos hermanos, danos la verdadera fraternidad. Ayúdanos para que nos parezcamos a ti. Ayúdanos a reconocer tu rostro en el otro que me necesita, en los que sufren o están desamparados, en todos los hombres, y a vivir junto a ti como hermanos y hermanas, para convertirnos en una familia, tu familia” (Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Nochebuena, 25-XII-2010).





(publicado en www.religionconfidencial.com, 19-XII-2011)

viernes, 16 de diciembre de 2011

Compartir lo valioso

Fotograma de "Qué bello es vivir" (It's a Wonderful Life, F. Capra, 1946),
según Wikipedia, "la película que más se ha emitido 
en las televisiones de todo el mundo durante las fechas navideñas"


Navidad y en nuestro país los Reyes, incluso en época de crisis y de “recortes”, son tiempos de regalos. Y los mejores regalos no tienen por qué ser caros, económicamente hablando. Es cierto que hablamos de cosas que, al ser escasas, valen más que otras. Es decir, de cosas valiosas, y cuando no son cosas, de valores.


Lo valioso y los “valores”

     En sus lecciones de Ética, dice Guardini (BAC, Madrid 1999) que en el encuentro con la realidad, además del conocimiento y de la acción, importa mucho la experiencia del valor de esa realidad. Eso depende de su color, su brillo o su forma; depende de su naturaleza, su intensidad y su rango; de qué es y cómo es. Los valores son “formas” en que captamos el bien que nos atañe. Y desencadenan en nosotros una reacción natural: un apetito, un deseo de tener, de poseer. Una actitud madura en relación con los valores “significa dar pasos en la superación de los deseos de tener, utilizar y dominar”. Esto puede hacerse, por ejemplo, regalando algo de valor; puesto que ahí se manifiesta la atención hacia un tú, la capacidad para sentir el valor en relación con el otro.

     En referencia no ya no a un objeto valioso, sino a las personas, hablamos de “desprendimiento de uno mismo” para expresar que alguien es capaz de querer el bien para otro sin acordarse del propio yo. Ésta sería, en efecto, una dimensión necesaria en toda formación en los valores, dimensión que podría expresarse así: no existen sólo los valores para mí, sino también o, mejor, “ante todo” para los demás.

     Al llegar la Navidad, vienen a la memoria tantos ejemplos de padres y madres que disfrutan simplemente haciendo felices a los que les rodean, antes de pensar qué quieren para sí mismos.

     En este sentido, continúa Guardini, “la salud espiritual, la libertad, la gloria y la dignidad de una época o de una sociedad dependen, en el fondo, de si viven en ella hombres llenos de pasión por los valores, que lo cifren todo en que tales valores se realicen, olvidándose de sí mismos”.

     Por ejemplo, ante las cualidades de otro, puedo experimentar cierto enojo o molestia porque es mejor que yo en algo. Esto se llama envidia. Si la rechazo y le reconozco al otro el derecho a ser así, más aún, me alegro por ello, entonces me sitúo en la línea del amor. Y así puedo llegar a compartir de algún modo profundo esos valores: he descubierto, reconozco y valoro esas cualidades, aunque yo no las tenga.

     Y así se llega a la cuestión que nos interesa: ¿qué significa exactamente compartir un valor o participar de un valor?


Compartir los valores

     Volviendo sobre el fenómeno de los valores, observa Guardini que se manifiestan ante el hombre con una cierta sacudida, ante la que él responde con una vibración (podemos nosotros recordar a Golum, cuando se encuentra por primera vez con el anillo: ¡Mi tesoro!). Es lo que Platón llamaba “eros” y que en su forma más elemental significa la codicia, el deseo de tener. Este deseo duerme en todo hombre y se despierta ante lo bello o lo valioso (que para los griegos viene a significar lo mismo). A medida que el hombre va madurando, va desapareciendo la referencia al yo, y “queda la voluntad pura de que impere el valor, de que el bien resplandezca, de que exista la nobleza”. Así se alcanza la participación (=Symposion) de los valores. Una de las formas supremas de afirmar el valor es la gratitud por el hecho de que ese valor sea realidad: “Te agradezco que existas”.

     Con nuestras palabras, diríamos: compartir los valores –lo que implica valorar con madurez la realidad, puesto que los valores son para todos–, supone pasar del afán posesivo a la capacidad de donación: pasar del individualismo al amor. Es lo que Benedicto XVI explicaba en su primera encíclica al exponer el paso del eros al agapé.

     ¿Cómo o con qué se siente un valor? Según San Agustín, con el corazón. Pero corazón no significa sentimentalismo por oposición a lo “racional” (lo que según Guardini es una deformación introducida por el racionalismo); sino que simboliza el “valor total” de la persona, su capacidad de personalizar los valores y en último término, de amar. Así se manifiesta sobre todo en la Biblia y, en nuestra cultura, en Dante, Pascal y lo mejor del personalismo contemporáneo.

     Por eso es tan importante “tener corazón” y educar el corazón, como tarea de toda la vida; porque madurar es aprender a compartir los valores. Es una dimensión que hoy se echa en falta tantas veces en la educación no sólo escolar, también familiar.


Vivir de verdad es compartir los valores

     A propósito de los valores ha señalado Benedicto XVI: “El mundo tiene necesidad de Dios. Tiene necesidad de valores éticos y espirituales, universales y compartidos, y la religión puede contribuir de manera preciosa a su búsqueda, para la construcción de un orden social justo y pacífico, a nivel nacional e internacional” (Mensaje en la Jornada de la Paz, 1-I-2011).

     En efecto, observa el Papa, el Evangelio inspira y educa una visión del mundo y del hombre que libera valores culturales, humanísticos y éticos. Abre a una sabiduría que se concreta en proyectos de bien. Contrarresta la tentación de instrumentalizar la ciencia como puro medio de poder y de esclavitud del hombre (cf. Discurso en la Universidad Católica del Sacro Cuore, 21-V-2011).

     Los auténticos valores son los conformes a la verdad racional sobre las grandes cuestiones y los problemas éticos del hombre. Por eso, para afrontar la “emergencia educativa” ––dijo en Cagliari– “hacen falta padres y formadores capaces de compartir todo lo bueno y verdadero que han experimentado y profundizado personalmente” (Encuentro con los jóvenes, 7-IX-2008). Cierto, porque vivir es compartir lo valioso.

     En todo tiempo podemos compartir las virtudes, que son los valores personalizados y convertidos en hábitos buenos, y los ideales dignos de ese nombre, también porque se buscan en el mayor respeto a las personas.


Navidad, tiempo de compartir

     La Navidad es un buen tiempo para una conversión profunda hacia los valores verdaderos, en dirección contraria al egoísmo, al individualismo y al consumismo. Porque Dios ha venido haciendo  visible el Amor, la Navidad es el corazón del mundo.

     También brinda ocasión para compartir costumbres tradicionalmente cristianas: villancicos, belén, árbol, adornos, que hay que preparar (quizá ahora con lo que hay guardado y “rejuvenecido”…) y disfrutar.

     Eso es compartir “cosas valiosas”, como lo es compartir otras igualmente sencillas: el alimento o el tiempo con quien los necesita; un concierto, una película, una visita a un “Nacimiento” especialmente artístico, o a un buen museo; un bello paisaje de montaña o al borde del mar; una conversación en familia o entre amigos, alrededor de la chimenea o en otro lugar sereno.

     Este compartir lo de los demás, vuelve “más valiosos” a todos los que se implican, hace adquirir un valor añadido, un regalo no de usar y tirar, sino que permanece.


(publicado en www.cope.es, 15-XII-2011)

jueves, 8 de diciembre de 2011

Hacerse cargo

Leonid Afremov, Parque en otoño

Los especialistas suelen decir que es difícil comprender a un enfermo mental, a menos que hayas pasado por su enfermedad. Esto puede suceder no sólo con los enfermos mentales, sino con todos los enfermos y aún los sanos. Cada uno es muy sensible a lo que le afecta de verdad, pero a veces ¡tan poco! sensible por lo que afecta a los demás. Pero no hay que caer en el pesimismo: es difícil comprender, no imposible, sobre todo para un cristiano que se esfuerce en vivir la caridad.


Comprender: tarea dífícil, pero no imposible

      Según el diccionario, “hacerse cargo” significa tomar sobre sí un asunto, formarse la idea de algo, considerar todas las circunstancias de un caso. Cuando se trata de personas hay que suponer que, en principio, no terminamos de “hacernos cargo” totalmente de la situación de las otros, aunque hayamos vivido largo tiempo con ellos. Y es que somos diferentes de carácter, quizá hemos sido educados de forma diferente, tenemos experiencias diferentes, ilusiones diferentes y las heridas nos han dejado cicatrices diferentes. Por eso nos enfadamos con frecuencia si nos llevan la contraria, o al menos, nos desconcertamos. No comprendemos.


Atención, oración, acción

      Por eso, antes de juzgar a una persona –suele citarse como proverbio indio–, hay que caminar tres lunas en sus mocasines. Se requiere un esfuerzo continuo –que no cuesta tanto si uno la quiere de verdad– apoyado en la oración, para ponerse en el lugar del otro. Y seguir luego reflexionando y observando, ¡rezando y actuando!, quizá en detalles que él o ella no percibirán, para poder ayudarle de verdad. Y tal vez pasado el tiempo se puede llegar a comprender mejor aquello que no se comprendía, porque no se sabían los antecedentes, las circunstancias, los contextos. Y entonces puede que se descubra que aquella persona no podía pensar de otra forma, o debía actuar así y tenía mucho mérito al hacerlo. O no se descubre del todo, porque una parte de ese misterio que cada uno lleva dentro sólo la conoce Dios y cuenta con eso (¡la cruz!), para cambiar cosas que no pueden ser cambiadas de otra manera.

      En cuanto a los enfermos, decía el doctor don Eduardo (Ortíz de Landázuri) que el paciente siempre tiene razón. Y así es, porque, aunque no se tratara de un problema orgánico, su dolencia puede ser psicológica, o tal vez espiritual. En todo caso necesita ayuda y se la deben especialmente quienes le atienden en un hospital o en su casa.


Respeto a los demás, coherencia personal, responsabilidad

     La educación, la experiencia y una vida coherente contribuyen mucho en este “hacerse cargo” de las personas y sus situaciones. Esto se espera, desde luego, de un cristiano que hace oración. Escribe Gustave Thibon: “Cuando te digo: ‘rezo por ti’, esto no significa que de vez en cuando musite algunas palabras pensando en tu recuerdo, sino que quiero cargar sobre mis espaldas con toda tu responsabilidad, que te llevo dentro de mí como una madre lleva a su hijo, que deseo compartir, y no sólo compartir, sino atraer enteramente sobre mí todo el mal, todo el dolor que te amenaza, y que ofrezco a Dios toda mi noche para que Él te la devuelva transformada en luz”. ¿No es eso lo que hizo Cristo?

     Josemaría Escrivá señalaba: “Hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos: éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama”. Sin pretender una exclusividad, el “hacerse cargo” es característico del cristianismo coherente.

     En su segunda encíclica, sobre la esperanza (Spe salvi), dice Benedicto XVI: “La capacidad de aceptar el sufrimiento y a los que sufren es la medida de la humanidad que se posee”.



Publicado en www.ssbenedictoxvi.org -Mexico- el 17-IX-2008

Reproducido en el libro 
"Al hilo de un pontificado: el gran sí de Dios"
ed. Eunsa, 2010

viernes, 2 de diciembre de 2011

Pedagogía de la caridad

P. Cavallini, La Anunciación (h. 1291), detalle

Con este título no se quiere indicar sólo una pedagogía caracterizada por la caridad o encaminada a la caridad; sino que la caridad misma tiene una importante función pedagógica, que nada puede sustituir. Por eso la educación en la fe requiere de la caridad, para ser una fe viva y operativa, como ya decía San Pablo: “la fe actúa por la caridad” (Ga 5, 6).


El amor lleva a escuchar, observar y discernir


      Benedicto XVI lo ha subrayado en un discurso con motivo del 40 aniversario de Caritas italiana (24-XI-2011). Ha dicho algo que vale para todo cristiano, puesto que es lo característico del cristiano: “Cada uno (...) está llamado a dar su contribución para que el amor con el que Dios nos ama desde siempre y para siempre se convierta en actividad de la vida, en fuerza de servicio y en conciencia de responsabilidad”. Pues realmente el “amor de Cristo nos apremia” (2 Co 5,14), Y esto, aunque el camino se haga cuesta arriba, y el esfuerzo parezca no dar resultados.

      La caridad debe llevar a escuchar: “Ciertamente, escuchar para conocer, pero también para hacerse prójimo, para sostener a las comunidades cristianas en la ayuda a quien necesita sentir el calor de Dios a través de las manos abiertas y disponibles de los discípulos de Jesús”. Por eso lleva también a observar, a ser “capaces de comprender y hacer comprender, de anticipar y prevenir, de sostener y proponer soluciones en la línea segura del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia”.

      Cierto. Esta pedagogía de la caridad, que enseña a escuchar y atender las necesidades de los demás, se hace hoy más urgente. Implica que las comunidades cristianas (la Iglesia como tal, a nivel universal o local, o las familias cristianas, las parroquias o las escuelas, los asociaciones y estructuras pastorales de la Iglesia) se planteen continuamente (el Papa habla aquí de “discernimiento”) las necesidades que surgen por todas partes.

      Así lo dice el Papa: “El individualismo de nuestros días, la presunta suficiencia de la técnica, el relativismo que influye en todos, exigen suscitar en personas y comunidades formas más elevadas de escucha, capacidad de apertura de la mirada y del corazón a las necesidades y los recursos, hacia formas comunitarias de discernimiento sobre el modo de ser y de situarse en un mundo en produnda transformación”.

      En efecto. Y esto no es exclusivo de Caritas, institución que tiene en el mundo entero, a nivel universal y local, un merecido prestigio por su buen hacer.



La pedagogía de Jesús

      De hecho Benedicto XVI invita a abrir las páginas del Evangelio para dejarse conmover por los “gestos” de Jesús: “Gestos que transmiten la Gracia, que educan en la fe y el seguimiento; gestos de curación y acogida, de misericordia y esperanza, de futuro y compasión; gestos que inician o perfeccionan una llamada a seguirlo y que desembocan en el reconocimiento del Señor como única razón del presente y del futuro”. Y esta pedagogía de Jesús, añade, es la pedagogía propia de la caridad; pues toda obra de caridad “habla de Dios, anuncia una esperanza, induce a plantearse interrogantes”.

      ¿En qué consiste propiamente esta pedagogía? ¿Bajo qué condiciones las obras de caridad –y en general toda la vida cristiana, pero de modo más concreto las obras de misericordia, como visitar a los enfermos, dar limosna, atender a los pobres, etc.– son “pedagógicas”?



Las condiciones: motivación interior y autenticidad del testimonio

      Según el Papa, la condición para que las obras de caridad sean “pedagógicas”, no puede ser otra que la de preocuparse “sobre todo por la motivación interior que las anima, y por la calidad del testimonio que dan”. Al ser obras de la fe, expresan la misión de los cristianos, que implica la promoción humana integral: “Son acciones pedagógicas, porque ayudan a los más pobres a crecer en su dignidad, a las comunidades cristianas a caminar en el seguimiento de Cristo, a la sociedad civil a asumir conscientemente sus propias obligaciones”. Y todo ello supone la justicia, para que no se dé como caridad lo que se debe como justicia.

      Deduce Benedicto XVI que la caridad lleva a saber descubrir, en la vida de las personas, sus dificultades y preocupaciones, así como las oportunidades y las perspectivas. “La caridad pide apertura de la mente, amplitud de miras, intuición y previsión, y un ‘corazón que ve’” (cf. Deus caritas est, 25). Y así, “responder a las necesidades no sólo significa dar pan al hambriento, sino también dejarse interpelar por las causas por las que tiene hambre, con la mirada de Jesús, que sabía ver la realidad profunda de las personas que se acercaban a él”.

      Y esto, no en general, sino teniendo en cuenta fenómenos tan concretos y actuales como las migraciones o las emergencias que provocan las calamidades naturales y las guerras; la crisis económica global, como signo de los tiempos que pide la valentía de la fraternidad; las diferencias entre Norte y Sur y las lesiones de la dignidad humana; los problemas de las familias y de los jóvenes, etc.



Acercarse a los necesitados

      Este planteamiento desemboca en un principio luminoso, profunda y esencialmente cristiano: “La humanidad no sólo necesita bienhechores, sino también personas humildes y concretas que, como Jesús, sepan estar al lado de los hermanos, compartiendo algo de su sufrimiento”.

       Lo que el Papa señala aquí, sirve efectivamente para todos los cristianos. Vale no sólo para el cristiano singular, sino para toda comunidad, familia e institución animada por el Evangelio. Hay que organizar de alguna manera esta “escuela de la caridad”, cuidando la motivación interior y la autenticidad del testimonio que de ahí se deriva. Y se puede hacer de formas muy distintas. Pero lo importante es caer en la cuenta, impulsarlo, enseñarlo, pasando por encima de las dificultades reales o aparentes.

      La petición no puede ser más clara: “Ayudad la Iglesia a hacer visible el amor de Dios. Vivid la gratuidad y ayudad a vivirla. Recordad a todos la esencialidad del amor que se hace servicio. Acompañad a los hermanos más débiles. Animad a las comunidades cristianas. Decid al mundo la palabra del amor que viene de Dios. Buscad la caridad como síntesis de todos los carismas del Espíritu (cf. 1 Co 14, 1)”.

      Concluyendo, una vez más Benedicto XVI enuncia claramente la necesidad de que los cristianos vivamos la caridad “de verdad”, pues sólo así tendrá eficacia pedagógica para llevar a otros hacia Dios. Pero esto requiere compromiso y esfuerzo para acercarse a los necesitados.



(publicado en www.analisisdigital.com, 2-XII-2011)

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