sábado, 31 de diciembre de 2011

Un nuevo modo de ser cristianos

Amor y servicio 
Love and service

En su discurso a la curia romana con motivo de la Navidad (22-XII-2011), Benedicto XVI ha trazado los perfiles de un modo nuevo, “rejuvenecido”, de ser cristianos. En ese texto cabe distinguir dos partes, una introductoria y otra más concreta.


La crisis en Europa y en la Iglesia

      El Papa comienza señalando cómo la crisis económica de Europa tiene una base ética. Y analiza con precisión esa crisis de la conciencia europea: sus valores, su conocimiento y su voluntad. Los valores: “Aunque no están en discusión algunos valores como la solidaridad, el compromiso por los demás, la responsabilidad por los pobres y los que sufren, falta con frecuencia, sin embargo, la fuerza que los motive, capaz de inducir a las personas y a los grupos sociales a renuncias y sacrificios”. El conocimiento y la voluntad, añade, no siguen siempre la misma pauta. “La voluntad que defiende el interés personal oscurece el conocimiento, y el conocimiento debilitado no es capaz de fortalecer la voluntad”.

      Se detiene luego en la situación de la Iglesia: “No sólo los fieles creyentes, sino también otros ajenos, observan con preocupación cómo los que van regularmente a la iglesia son cada vez más ancianos y su número disminuye continuamente; cómo hay un estancamiento de las vocaciones al sacerdocio; cómo crecen el escepticismo y la incredulidad”. Y se pregunta qué debe hacerse. Muchos dicen que hay que hacer muchas cosas, pero eso no resuelve el problema. “El núcleo de la crisis de la Iglesia en Europa es la crisis de fe. Si no encontramos una respuesta para ella, si la fe no adquiere nueva vitalidad, con una convicción profunda y una fuerza real gracias al encuentro con Jesucristo, todas las demás reformas serán ineficaces”. ¿Cómo encontrar la luz y la fuerza para la nueva evangelización?


África y Madrid: la fe dispuesta al sacrificio

      En este marco Benedicto XVI se fija especialmente en su viaje a África y en la JMJ de Madrid. En África afirma haber encontrado una fe sostenida por la alegría que lleva a servir a Cristo sin replegarse en el propio bienestar: “Encontrar esta fe dispuesta al sacrificio, y precisamente alegre en ello, es una gran medicina contra el cansancio de ser cristianos que experimentamos en Europa”.

      En la misma línea, la experiencia de la JMJ de Madrid, “ha sido también una medicina contra el cansancio de creer. Ha sido una nueva evangelización vivida”. Y afirma: “Cada vez con más claridad se perfila en las Jornadas Mundiales de la Juventud un modo nuevo, rejuvenecido, de ser cristiano”. Y es este modo renovado y rejuvenecido de ser cristiano el que caracteriza Benedicto XVI con cinco rasgos:


Redescubrimiento de la universalidad de la Iglesia 

     El punto de partida, y es bueno notarlo, es “una nueva experiencia de la catolicidad, la universalidad de la Iglesia”. A pesar de provenir de todos los continentes, de diversas lenguas y culturas, los jóvenes han quedado impresionados al encontrarse de inmediato unidos, “juntos como una gran familia”. Una familia unida en torno a Jesucristo, en torno a la oración y a la liturgia. Y han recibido un mismo impulso en la razón, la voluntad y el corazón. Han comprobado que “el hecho de que todos los seres humanos sean hermanos y hermanas no es sólo una idea, sino que aquí se convierte en una experiencia real y común que produce alegría”. Y, así, dice el Papa, “hemos comprendido también de manera muy concreta que, no obstante todas las fatigas y la oscuridad, es hermoso pertenecer a la Iglesia universal, a la Iglesia católica, que el Señor nos ha dado”.


Un nuevo modo de ser cristianos: la belleza de ser para los demás

      De ahí arranca, en segundo lugar, ese “modo nuevo de vivir el ser hombres, el ser cristianos”. Evocando a los voluntarios de la JMJ, dice: “Algo fundamental se me ha hecho evidente: estos jóvenes habían ofrecido en la fe un trozo de vida, no porque había sido mandado o porque con ello se ganaba el cielo; ni siquiera porque así se evita el peligro del infierno. No lo habían hecho porque querían ser perfectos. No miraban atrás, a sí mismos”.

      Esos jóvenes, añade, hicieron lo contrario que la mujer de Lot, que, por mirar atrás, se convirtió en una estatua de sal. Y observa: “Cuántas veces la vida de los cristianos se caracteriza por mirar sobre todo a sí mismos; hacen el bien, por decirlo así, para sí mismos. Y qué grande es la tentación de todos los hombres de preocuparse sobre todo de sí mismos, de mirar hacia atrás a sí mismos, convirtiéndose así interiormente en algo vacío, ‘estatuas de sal’”. En cambio, “aquí no se trataba de perfeccionarse a sí mismos o de querer tener la propia vida para sí mismos”.

      Concluyendo: “Estos jóvenes han hecho el bien –aun cuando ese hacer haya sido costoso, aunque haya supuesto sacrificios– simplemente porque hacer el bien es algo hermoso, es hermoso ser para los demás. Sólo se necesita atreverse a dar el salto”. Todo eso, agrega el Papa, “ha estado precedido por el encuentro con Jesucristo, un encuentro que enciende en nosotros el amor por Dios y por los demás, y nos libera de la búsqueda de nuestro propio ‘yo’”. Tanto en África –especialmente en las religiosas de Madre Teresa– como en Madrid, encontró el Papa “la misma generosidad de ponerse a disposición de los demás; una generosidad en el darse que, en definitiva, nace del encuentro con Cristo que se ha entregado a sí mismo por nosotros”.


Adoración 

     Tercer punto: la adoración, como acto de fe, se manifestó tanto en el Reino Unido (Hyde Park), como en Zagreb y en Madrid (Cuatro Vientos). Allí quedó claro, según Benedicto XVI: “Dios no es una hipótesis cualquiera, posible o imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si él está presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y corazón se abren hacia él, a partir de él. En Cristo resucitado está presente el Dios que se ha hecho hombre, que sufrió por nosotros porque nos ama. Entramos en esta certeza del amor corpóreo de Dios por nosotros, y lo hacemos amando con él. Esto es adoración, y esto marcará después mi vida”.


Pedir perdón para ser capaz de amar

      Cuarto, el Sacramento de la Penitencia, gracias al cual “reconocemos que tenemos continuamente necesidad de perdón y que perdón significa responsabilidad”. Ciertamente, explica el Papa, “existe en el hombre, proveniente del Creador, la disponibilidad a amar y la capacidad de responder a Dios en la fe”. Pero, a la vez, “proveniente de la historia pecaminosa del hombre (la doctrina de la Iglesia habla del pecado original), existe también la tendencia contraria al amor: la tendencia al egoísmo, al encerrarse en sí mismo, más aún, al mal. Mi alma se mancha una y otra vez por esta fuerza de gravedad que hay en mí, que me atrae hacia abajo”. En consecuencia: “Por eso necesitamos la humildad que siempre pide de nuevo perdón a Dios; que se deja purificar y que despierta en nosotros la fuerza contraria, la fuerza positiva del Creador, que nos atrae hacia lo alto”.


La alegría y la certeza de la fe

      Quinto y último (fruto y consecuencia), la alegría de la fe. Según Josef Pieper, sólo el que es amado puede amarse a sí mismo. Todos necesitamos ser acogidos por otros. Y a fin de cuentas, necesitamos una acogida incondicionada, que es la propia de Dios, pues sólo Él nos garantiza que “es bueno que yo exista”. Si falta nuestra percepción de ser amados por Él, no sabemos si vale la pena nuestra vida, y nos invade la tristeza. La certeza de que somos amados por Dios sólo viene por la fe.

      En definitiva, los perfiles de este nuevo modo de ser cristiano, que es un modo rejuvenecido de ser persona, según el Papa, son: el descubrimiento de la Iglesia como familia de Dios, la belleza de la generosidad, el centro de la adoración, el sacramento de la Penitencia y la alegría de la fe. Cinco autopistas para la Nueva evangelización.



(publicado en www.analisisdigital.com, 27-XII-2011)

Dios en la cárcel


Prison window, Kaziya Akimoto, 2005

Jesús estaba, en cierto sentido, dentro de la cárcel, y el Papa vino a visitarle. También estaba, de otro modo, en el que visitaba a los reclusos: el vicario de Cristo.


"Estaba en la cárcel y me visitásteis"

      Ellos le hicieron preguntas sobre el respeto a la dignidad humana, y acerca del modo en que Dios escucha y perdona. Le pidieron que se hiciera cargo de la situación en que se encuentran. Pero también le agradecieron, sencillamente, que les fuera a visitar en nombre de Jesús y secundando sus palabras: “Estaba en la cárcel y me visitásteis” (Mt 25, 36). Todo ello puede comprobarse leyendo el diálogo entre Benedicto XVI y los reclusos de la cárcel de Rebibbia, que visitó el 18 de diciembre.

     Es muy aleccionador este gesto del Papa, realizando una de las obras de misericordia literalmente señaladas en el Evangelio: “Dondequiera que haya un hambriento, un extranjero, un enfermo, un encarcelado, allí está Cristo mismo que espera nuestra visita y nuestra ayuda. Esta es la razón principal por la que me siento feliz de estar aquí, para rezar, dialogar y escuchar”.

     Sin duda ha rezado. Asimismo ha dialogado con ellos, respondiendo a sus preguntas, lo que implica primero escuchar: “Querría de hecho poder ponerme a la escucha de la peripecia personal de cada uno, pero, lamentablemente, no es posible; sin embargo, he venido a deciros sencillamente que Dios os ama con un amor infinito, y sois siempre hijos de Dios. Y el mismo Unigénito Hijo de Dios, el Señor Jesús, experimentó la cárcel, fue sometido a un juicio ante un tribunal y sufrió la más feroz condena a la pena capital”.


Atención cristiana y pastoral en las cárceles

     Junto al anuncio de Cristo y de su amor, Benedicto XVI ha sintetizado los principios que presiden la atención cristiana y pastoral a los reclusos. Ésta debe ir acompañada del interés por sus necesidades, la promoción de su dignidad y sus derechos. Todo ello en el ejercicio de una justicia, la justicia humana, que recibe luces de la justicia divina, siempre caracterizada por la misericordia, “para evitar –como lamentablemente no pocas veces sucede– que el detenido se convierta en un excluido”.

     En Dios la justicia y la misericordia se unen. Por eso, “nuestra justicia será tanto más perfecta cuanto más esté animada por el amor por Dios y por los hermanos”. Pero ¿cómo compaginar esto con los requerimientos de la sociedad y la organización de las cárceles? “El sistema de detención gira en torno a dos puntos de referencia, ambos importantes: por un lado, tutelar a la sociedad de eventuales amenazas, por otro, reintegrar a quien ha cometido un error sin pisotear su dignidad y sin excluirlo de la vida social”. En efecto, la justicia implica siempre el respeto a la dignidad (cf. la respuesta del Papa a la primera pregunta de los presos). La dificultad de lograr estos objetivos se acrecienta actualmente por la superpoblación y la degradación de las cárceles.

     De ahí el interés de “que las instituciones promuevan un atento análisis de la situación penitenciaria hoy, verifiquen las estructuras, los medios, el personal, de modo que los detenidos no descuenten nunca una ‘doble pena’; y es importante promover un desarrollo del sistema penitenciario, que, aún en el respeto de la justicia, sea cada vez más adecuado a las exigencias de la persona humana, con el recurso también a las penas sin internamiento o a modalidades diversas de detención”.


También nosotros estamos en la cárcel

     En vísperas de la Navidad, el Papa nos invitaba a no sentirnos ajenos a la situación de los encarcelados, comenzando por visitarles; pues todos y cada uno lo somos, de diversas maneras, y necesitamos de la liberación que nos trae el Niño de Belén: “Pidámosle en el silencio y en la oración ser todos liberados de la cárcel del pecado, de la soberbia y del orgullo: cada uno de hecho necesita salir de esta cárcel interior para ser verdaderamente libre del mal, de las angustias de la muerte. ¡Sólo aquél Niño en el pesebre es capaz de dar a todos esta liberación plena!”.




(publicado en www.cope.es, 26-XII-2011)