domingo, 23 de septiembre de 2012

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Hablar de Dios


Biblia de Souvigny, Miniatura sobre los días de la Creación
Biblioteca Municipal, Moulins, Francia

(Imagen que figura en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica 
para introducir la explicación de la profesión de la fe)


A las puertas de un sínodo sobre la nueva evangelización, es oportuno preguntarse si podemos hablar de Dios. Teniendo en cuenta que Dios es un ser infinito (por tanto, "absolutamente simple" en el sentido de "no compuesto" como son todas las criaturas), que nos sobrepasa en su realidad, ¿cómo es posible que nuestras palabras, de por sí siempre limitadas, sean adecuadas para expresar adecuadamente algo de su ser?


Hablar de Dios a todos y con todos

     El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica resume bien la respuesta que se puede dar a esta pregunta, en el n. 5:

     "Se puede hablar de Dios a todos y con todos, partiendo de las perfecciones del hombre y las demás criaturas, las cuales son un reflejo, si bien limitado, de la infinita perfección de Dios. Sin embargo, es necesario purificar continuamente nuestro lenguaje de todo lo que tiene de fantasioso e imperfecto, sabiendo bien que nunca podrá expresar plenamente el infinito misterio de Dios"

     Vayamos por partes. Primero: "Se puede hablar de Dios a todos y con todos, partiendo de las perfecciones del hombre y de las demás criaturas, las cuales son un reflejo, si bien limitado, de la infinita perfección de Dios".

     Como somos criaturas de Dios, somos "imágenes" suyas (las personas: el Génesis dice que nos creó a su imagen y semejanza), o, al menos llevamos las "huellas" de nuestro creador (los demás seres: animales, vegetales, resto del cosmos: estrellas, montañas, etc.). Es decir, todas las cosas "reflejan", aunque no perfectamente, algo de Dios.


A partir de las perfecciones de las criaturas

     Así, cuando vemos algo bello, podemos darnos cuenta de que Dios es "también así", sólo que mucho más, infinitamente. Cuando vemos que una persona obra bien, o tiene buen corazón, podemos darnos cuenta sin equivocarnos, de que Dios es bueno y su corazón es infinito
                                               




       Cuando contemplamos unos paisajes hermosos, o los vemos en una película como “El camino a casa” (Wo de fu quin mu quin, The Road Home, Zhang Yimou, 1999) –que también manifiesta gran delicadeza en la expresión del amor humano–, podemos pensar y decir sin error: Dios es algo así, pero muchísimo más, infinitamente más.

     Por tanto, es necesario dar un paso adelante: “es necesario purificar continuamente nuestro lenguaje de todo lo que tiene de fantasioso e imperfecto, sabiendo bien que nunca podrá expresar plenamente el infinito misterio de Dios".

     Hemos dicho que toda belleza y bondad nos lleva a la belleza y bondad de Dios. Pero Dios no es bello “solamente” como lo son las estrellas, las montañas, las flores o las estrellas... que son un "pálido" reflejo de su belleza. Por más que nos imaginemos, nuestra fantasía nunca nos dará una imagen “del todo real” de Dios, sino sólo aproximada.

     Aquí abajo, en la tierra, dice San Pablo, podemos "ver" a Dios (a través de las cosas creadas, y mucho más si están iluminadas por las realidades de la fe), pero siempre "entre sombras". Luego, en el cielo, lo veremos "cara a cara" (1 Co 3, 12; cf. 1 Jn 3, 2); es decir, como es en verdad.


Dios es siempre más... y a la vez se hizo asequible en Jesús

     En resumen: nuestro lenguaje puede expresar cosas verdaderas de Dios, partiendo de las perfecciones en las cosas que vemos. Pero al mismo tiempo, precisamente porque las cosas creadas no son perfectas (no son Dios), tenemos que corregir siempre nuestra "mirada" y tener en cuenta, cuando hablamos de Dios (aunque no lo digamos así continuamente), que Dios es siempre "mucho más" que lo que estoy viendo, que lo que estoy sintiendo, que lo que estoy hablando.

     Así se entiende lo que dice el Catecismo en el n. 43, citando a Santo Tomás de Aquino: en realidad, cuando captamos algo de las perfecciones de Dios a través de sus criaturas, deberíamos acordarnos de que Dios es "algo así", pero también es seguro, y mucho más seguro, que eso "no es Dios"; porque Dios es siempre mucho más, tiene eso bueno que captamos pero lo supera en dimensión infinita, es algo inimaginable, que nos sobrepasa por todas partes. Al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que Dios se nos ha hecho cercano y asequible, ¡visible! en Jesús: sus amigos le tocaron, la hemorroisa se curó por tocar sólo la esquina de su manto. ¡Dios fue un niño “como” los demás! ¡Jesús utilizó un lenguaje humano: el arameo!

     Concluyendo: no hemos de tener miedo en "hablar con Dios" (Padre, Hijo y Espíritu Santo, en la oración) y "hablar de Dios", sobre todo con nuestros parientes y amigos. Ciertamente, no podemos pretender que lo que decimos sea capaz de describir Su infinita belleza, bondad y verdad, porque somos poca cosa, nuestra experiencia es limitada y nuestro lenguaje también es limitado, pero lo que decimos puede ser verdadero, aunque no sea capaz de alcanzar toda la Verdad, Bondad y Belleza de Dios.


Jesús utilizó un lenguaje humano

     En efecto, nuestro lenguaje no se equivoca “del todo” especialmente cuando empleamos las palabras que Dios mismo ha querido que usemos, porque se emplean en la Sagrada Escritura o en la Tradición de la Iglesia. Así sucede particularmente cuando usamos el lenguaje, sencillo y a la vez profundo, que Jesús mismo empleó para hablar con María y José, con sus discípulos, con la gente que le rodeaba.

     Cuando Jesús hablaba de los panes y de los peces, del vino, de la vida, etc., todos entendían esas palabras. Y a la vez, su lenguaje era muy profundo: era Dios hablando con un lenguaje humano en una doble dimensión: el lenguaje de su amor y de su entrega, avalados por el lenguaje de sus palabras. Un lenguaje tan profundo que seguimos descubriendo "cosas nuevas" en lo que nos dijo, y seguiremos haciéndolo hasta el fin del mundo, sobre todo los cristianos, con la ayuda del Espíritu Santo, en la Iglesia.


El lenguaje de la vida y de las palabras

     Los cristianos podemos hablar de Dios, en la medida en que previamente hablemos con Dios (en la oración) y que nuestra vida sea auténticamente cristiana, coherente. Porque así nuestra “primera palabra” será esa vida nuestra, con sus hechos. Y entonces, nuestras palabras “sobre Dios” no sólo serán adecuadas, sino que tendrán una eficacia divina, porque serán explicación de la vida que vivimos con Cristo; y por tanto, llevarán a muchos hacia Él. Cristo fue (¡es!) “la Palabra” de Dios hecha carne. Y quiere que esa palabra siga encarnándose y resonando a través de nuestra vida y de nuestras palabras.

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