lunes, 15 de octubre de 2012

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Evangelizar: la fe hecha caridad




“El Papa enciende el Sínodo”, se ha escrito acertadamente. Después de la homilía en la misa de inauguración, Benedicto XVI ha intervenido por vez primera en el Sínodo (Meditación en el aula del Sínodo, 8-X-2012). Arrancando de la invocación al Espíritu Santo, ha puesto el nivel muy alto.


Evangelio quiere decir: Dios se ha manifestado y es nuestra salvación

      Ha comenzado explicando el significado de la palabra “evangelio” (buena noticia). San Lucas (cf. 2, 10; 4, 18) asume los sentidos precristianos, griego y romano y también el sentido de Isaías (40,9): no sólo una “buena noticia” sino una noticia salvadora. El hombre de todos los tiempos se pregunta si existe Dios, si se preocupa de nosotros y por qué no se manifiesta. La palabra “Evangelio” quiere decir, según el Papa: “Dios ha roto su silencio, Dios ha hablado, Dios existe. Y este hecho como tal es salvación: Dios nos conoce, Dios nos ama, ha entrado en la historia. Jesús es su Palabra, el Dios con nosotros, el Dios que se muestra y que nos ama, que sufre con nosotros hasta la muerte y resucita. Este es el Evangelio mismo. Dios ha hablado, ya no es el gran desconocido, sino que se ha mostrado a sí mismo y esta es la salvación”.


      A partir de aquí se pregunta Benedicto XVI cómo hacer llegar esta realidad al hombre de hoy, para que sea salvadora y redentora, también para él. Y entonces recurre al himno litúrgico de la hora tercera: “Nunc, Sancte, nobis Spiritus”.


Dios es el que principalmente actúa


      En la primera estrofa se reza: “Dígnate ahora adentrarte presto en nosotros” . Y esto, para el Papa, equivale a decir: “Nosotros no podemos hacer la Iglesia, podemos sólo dar a conocer cuanto ha hecho Él. La Iglesia no comienza con nuestro ‘hacer’, sino con el ‘hacer’ y el ‘hablar’ de Dios”. Gráficamente añade que los apóstoles no decidieron, después de reunirse, “ahora queremos crear una Iglesia”, y elaboraron su constitución. “No –observa–, rezaron y en la oración esperaron, porque sabían que sólo Dios mismo puede crear su Iglesia, que Dios es el primer agente; si Dios no actúa, nuestras cosas son sólo nuestras y son insuficientes; sólo Dios puede testimoniar que es el que habla y ha hablado”. Y por eso Pentecostés es la condición del nacimiento de la Iglesia: “Sólo porque Dios ha actuado el primero, los apóstoles pueden obrar con Él y con su presencia hacer presente lo que Él hace”.

     En consecuencia, señala el Papa, es lógico que comencemos los trabajos del Sínodo con la oración. Dios toma siempre la iniciativa, y a la vez pide nuestra colaboración. Y de esta manera “las actividades son teándricas, por así decir, hechas desde Dios, pero con nuestra colaboración, implicando nuestro ser, toda nuestra actividad”.


Nuestra colaboración: la confesión de fe y la caridad

      ¿Y en qué consiste esta colaboración o actuación nuestra que secunda la iniciativa de Dios? La segunda estrofa del himno dice: “Que la lengua, los labios, el alma y los sentidos, resuenen con fuerza (confessionem personent) en tu alabanza, y avivándose el amor, se encienda la caridad fraterna”. Y Benedicto XVI subraya dos palabras: la “confesión” (de la fe, que debe resonar) y la “caridad” (el amor, que debe avivarse y encenderse). Primero, la fe, que tiene un contenido que se confiesa: el hecho de que Dios se ha comunicado tomando carne humana en Jesús y ha muerto y resucitado. En este hecho debemos entrar al confesar la fe, de modo que “resuene” en y a través de nosotros.

       Observa el Papa que en el uso cristiano “confesión” no significa sólo “profesar” o manifestar positivamente una realidad; sino que implica manifestar algo en un proceso ante un tribunal, ante los enemigos de la fe, con el riesgo de ser condenado a muerte. Por tanto comporta el matiz del testimonio (en griego martyria). Esto quiere decir que a la confesión cristiana (de la fe) pertenece esencialmente la disponibilidad para sufrir, para dar la vida. Y “esto –dice Benedicto XVI– me parece muy importante”. Así que la fe para nosotros no es cuestión sólo de palabras, ni sólo de dolor o incluso de muerte. Más aún, añade el Papa: quien confiesa la fe demuestra así que verdaderamente lo que confiesa es más que la vida (humana): es la Vida misma, el tesoro, la perla preciosa e infinita, por la que vale la pena dar la vida entera.

      ¿Y dónde debe penetrar esta “confesión” de la fe? El himno habla de “la lengua, los labios, el alma (la mens) y los sentidos” y del “vigor”. E interpreta Benedicto XVI: la fe debemos llevarla no sólo en el corazón sino también en la boca; debe ser también pública, comunicada, confesada ante los ojos del mundo. Implica a la inteligencia, porque la fe debe ser pensada y entendida; y a los sentidos, porque no es algo puramente abstracto y conceptual. Por tanto, apunta el Papa, en la perspectiva cristiana “Dios no es algo sólo espiritual: ha entrado en el mundo de los sentidos y nuestros sentidos deben llenarse de este gusto, de esta belleza de la Palabra de Dios, que es realidad”. Y por último la fe también es vigor, “fuerza vital” de nuestro ser y también “fuerza jurídica de una realidad”. En suma, la fe, ha de penetrar toda nuestra vitalidad y energía, de modo que la melodía de Dios resuene a través de todo nuestro ser.

      Y así la “confesión” de la fe no es algo abstracto, sino que es caridad, amor. “Sólo así –dice Benedicto XVI– es realmente el reflejo de la verdad divina, que como verdad es inseparablemente también amor”. Como dice el himno, este amor es ardor, llama que enciende a los otros, pasión que debe crecer desde la fe, para transformarse en el fuego de la caridad, del amor. Jesús dijo: “He venido a traer fuego a la tierra, y ¿qué quiero sino que ya arda?” (Lc 12, 49). Y Orígenes pone en boca del Señor también estas palabras: “Quien se me acerca se acerca al fuego”.


La fe es lo opuesto a la tibieza

     En consecuencia, enseña el Papa, “el cristiano no debe ser tibio”, como advierte el libro del Apocalipsis. Y además “esta tibieza desacredita al cristianismo”. La fe debe convertirse en cada cristiano en llama de amor que enciende una gran pasión en el propio ser y así enciende también al prójimo.

      Ya lo dice el himno litúrgico “…Y avivándose el amor, se encienda la caridad fraterna”. Y Benedicto XVI concluye: “Este es el modo de la evangelización: (…) que la verdad se haga en mí caridad, y la caridad encienda como fuego también al otro”. Sólo así –asegura– crece la evangelización, la presencia del Evangelio, que no es sólo palabra, sino realidad vivida.

      Esto es, interpreta el Papa, lo que acontece en Pentecostés, según cuenta San Lucas en el libro de los Hechos. Lo que transforma el mundo es el fuego del Espíritu Santo, que es a la vez razonable, en cuanto espíritu, y fuego unido al pensamiento. “Y precisamente este fuego inteligente” (...) es característico del cristianismo”. Así como el fuego está en el origen de la cultura humana (en cuanto luz, calor y fuerza transformadora y purificadora), “el fuego de Dios es fuego transformador, fuego de pasión –ciertamente– que destruye también tantas cosas en nosotros, que lleva a Dios, pero sobre todo que transforma y crea la novedad del hombre, que, en Dios, se convierte en luz”.

      Así Benedicto XVI ha encendido la antorcha del Sínodo sobre la nueva evangelización: pidiendo al Espíritu Santo, como cabeza de la Iglesia, que la fe se convierta en fuego que encienda a otros; en fuerza visiblemente renovadora, para el presente y el futuro. En efecto, y con ello ha mostrado la esencia de la Evangelización: oración, fe confesada y vivida (con todas sus consecuencias); transformada, por tanto, en amor a Dios y a los demás.

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