domingo, 23 de diciembre de 2012

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Memoria y camino


M. Chagall, La ventana en la isla de Brehat (1924)

¿Se puede vivir sin un sentido, y sin que ese sentido tenga que ver con el amor? ¿Y qué mejor que “hacer memoria” de los dones de Dios, recorriendo el camino de la propia historia, para descubrir que ese camino sigue ahora hacia adelante, y es también para muchos?

     Benedicto XVI ha dedicado la audiencia general del 12 de diciembre a explicar “las etapas de la revelación”; es decir, la historia de la autocomunicación de Dios a la humanidad, para ofrecer su amor a todos y cada uno.


Dios se revela en nuestra historia

     1. Un nuevo sentido de la historia y de “nuestra” historia. Cuando una persona quiere el máximo bien para otra, si puede le consigue ese bien del modo más acorde con la dignidad y las circunstancias de esa persona, su historia, su tiempo, sus afanes, anhelos e ideales.

     Así también la revelación de Dios se inserta en el tiempo y en la historia humana. Y a partir de entonces, la historia adquiere un sentido nuevo y más profundo. La historia se convierte, con palabras de Juan Pablo II, en "el lugar donde podemos constatar la acción de Dios en favor de la humanidad. Él se nos manifiesta en lo que para nosotros es más familiar y fácil de verificar, porque pertenece a nuestro contexto cotidiano, sin el cual no llegaríamos a comprendernos." (Enc. Fides et ratio, 12).

      Cuando descubrimos que alguien nos ama y nosotros le amamos, la existencia cobra un nuevo sentido, un nuevo colorido, una nueva música. Si ese Alguien es Dios, su revelación y su autocomunicación amorosa ha brillado en el Niño de Belén, dando sentido pleno a la historia del mundo y de cada persona. Así lo explica Benedicto XVI:

     “Es el misterio que contemplaremos dentro de poco tiempo en Navidad: la salvación que se realiza en Jesucristo. En Jesús de Nazaret, Dios muestra su rostro y le pide al hombre la decisión de reconocerlo y seguirlo. La revelación de Dios en la historia, para entrar en una relación de diálogo de amor con el hombre, le da un nuevo significado a la entera experiencia humana”. Y de esta manera, “la historia no es una simple sucesión de siglos, años, y de días, sino es el tiempo de una presencia que da pleno sentido y la abre a una esperanza sólida”.


Las Escrituras y las etapas de la revelación

     2. La Biblia, alimento de la fe. Esta “historia” de la revelación divina y de su autocomunicación amorosa tiene unas etapas que podemos leer particularmente en la Sagrada Escritura. Por eso el Papa nos invita, ante todo, en este Año de la fe, “a asumir con mayor frecuencia la Biblia para leerla y meditar en ella, y para prestarle más atención a la lectura en la misa dominical, todo lo cual es un alimento valioso para nuestra fe”.

     Todo comienza con la creación del mundo y del hombre (llamado a la comunión y a la amistad con Dios), luego viene la desobediencia y el pecado del hombre, y el ofrecimiento de la Alianza por parte de Dios en diversas fases (Noé, Abraham, Moisés y la salida de Egipto, los profetas y el exilio de Babilonia, David, etc.). Son las etapas de la revelación que constituyen la “historia de la salvación” (cf. Catecismo de la Iglesia Católica nn. 54-64).

     Especialmente el pueblo elegido celebra (revive) cada año, en la Pascua, la “memoria” de la salida de Egipto (cf. Ex 12, 14; Dt, 4, 9). En ese acontecimiento histórico central, Dios revela su poderosa acción y se configura la conciencia del pueblo de Dios como tal. ¿Con qué finalidad? Dice el Papa: “Dios libera a los israelitas de la esclavitud en Egipto, para que puedan regresar a la Tierra Prometida y adorarlo como el único Dios verdadero”.

     Por tanto, continúa Benedicto XVI, “Israel no comienza a ser un pueblo como los otros –para tener también él una independencia nacional–, sino para servir a Dios en el culto y en la vida, para crear para Dios un lugar donde el hombre esté en obediencia a Él, donde Dios esté presente y sea adorado en el mundo; y, por supuesto, no solo para ellos, sino para dar testimonio en medio de los otros pueblos”.


El recuerdo de los dones de Dios

     Y aquí surge el consejo para nosotros: "Cuidad de no olvidar las cosas que Dios ha hecho con nosotros”. Y es que –continúa– “la fe es alimentada por el descubrimiento y el recuerdo del Dios que es siempre fiel, que guía la historia y es el fundamento seguro y estable sobre el cual apoyar la propia vida”.

     Un ejemplo de cómo sucede esto es el canto del Magnificat por María, que reconoce y canta la acción de Dios: “María alaba el actuar misericordioso de Dios en el camino concreto de su pueblo, la fidelidad a las promesas de la alianza hechas a Abraham y a su descendencia; y todo esto es memoria viva de la presencia divina que nunca falla” (cf. Lc 1,46-55).


Jesùs: el rostro humano de Dios

     3. Jesucristo, plenitud de la revelación de Dios. Tras la creación y la historia de los acontecimientos del pueblo elegido, la revelación de Dios culmina en Jesucristo. Él es la Palabra eterna de Dios que está en el origen de la creación, y que en Cristo se hace carne para mostrar el rostro humano de Dios. “En Jesús –señala el Papa– se cumple toda promesa, en Él culmina la historia de Dios con la humanidad”, como explicó él mismo a los discípulos camino de Emaús (cf. Lc 24, 27-32). En Jesús (Dios mismo convertido en uno de nosotros) se consuma este gran proyecto de amor, este único plan amoroso de salvación para la humanidad.

      Y todo esto es lo que celebramos en el Adviento (que significa “venida” o “presencia” de Dios en el mundo), que nos prepara para la Navidad: “El mismo Dios ha cruzado el cielo y se ha inclinado frente al hombre; ha forjado una alianza con él, entrando en la historia de un pueblo; Él es el rey que bajó a esta provincia pobre que es la tierra, y nos ha dado el don de su visita asumiendo nuestra carne, convirtiéndose en uno como nosotros”.

     Por tanto, propone Benedicto XVI, “el Adviento nos invita a seguir el camino de esta presencia y nos recuerda una y otra vez que Dios no ha salido del mundo, no está ausente, no nos ha abandonado, sino que viene a nosotros de diferentes maneras, que debemos aprender a discernir”. (¿Sabemos distinguir esa venida en lo de cada día?).

     El Adviento es, cada año, Dios que viene de nuevo. Y deberíamos recibirlo como si fuera la primera y la última vez. Sobre todo, en la Eucaristía; también en los sucesos cotidianos, en los que nos rodean, particularmente en los que más nos necesitan.

      “También nosotros –concluye el Papa–, con nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad, estamos llamados todos los días a reconocer y dar testimonio de esta presencia, en un mundo a menudo superficial y distraído, a hacer brillar en nuestra vida la luz que iluminaba la cueva de Belén”.

     El Adviento es, pues, memoria y camino. Memoria viva y memoria del corazón, que nos recuerda los dones de Dios, siempre actuales. Camino de fe y de luz (¡los cristianos tenemos que ser esa luz!) hacia el Belén, hacia el nacimiento de Dios en nuestro mundo.

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