martes, 27 de marzo de 2012

Libertad y coherencia cristiana

Nuestra Señora de la Luz, Catedral de León (Guanajuato, México)

Dios y la libertad, la evangelización y la coherencia cristiana han sido los grandes temas del viaje de Benedicto XVI a México, con el corazón y la mente puestos en toda América Latina.


Anunciar a Dios

     Lo primero era anunciar a Dios. Hay que dejar que Dios esté presente en la vida humana y social; si no, atenerse a las consecuencias: “Debemos ver que el hombre necesita el infinito. Si Dios no está, el infinito se crea sus propios paraísos [alusión a la idolatría de la droga y del dinero], una apariencia de infinitudes que puede ser solo una mentira. Por esto es tan importante que Dios esté presente, accesible; es una gran responsabilidad ante el Dios juez que nos guía, nos atrae a la verdad y al bien, y en este sentido la Iglesia debe desenmascarar al mal, hacer presente la bondad de Dios, hacer presente su verdad, el verdadero infinito del que tenemos sed. Es el gran deber de la Iglesia. Hagamos todos juntos lo posible, cada vez más” (Encuentro con los periodistas en el vuelo a México, 24-III-2012).


Libertad de religión y de educación

     El segundo gran tema es la libertad de religión y de educación. Si la Iglesia (considerada institucionalmente) cuenta con la libertad que le corresponde, a través de la educación de las conciencias contribuirá a disminuir los contrastes sociales. El Papa ve, en América Latina pero también en otras partes, un problema: “En no pocos católicos, una cierta esquizofrenia entre moral individual y pública: personalmente en la esfera individual, son católicos, creyentes, pero en la vida pública siguen otros caminos que no corresponden a los grandes valores del Evangelio, que son necesarios para la fundación de una sociedad justa”. Así que no vale una ética individualista, sino que hay que educar en la ética pública. Y esto, de modo acorde con la razón, asequible a todos; teniendo en cuenta que “la fe sirve también para liberar a la razón de los intereses falsos y de los oscurecimientos de los intereses, y así crear en la doctrina social, los modelos sustanciales para una colaboración política, sobre todo para la superación de esta división social, antisocial, que por desgracia existe. Queremos trabajar en este sentido” (Ibíd). Y así libertad de educación, libertad de religión, libertad de educación y libertad de conciencia van de la mano.


Nueva evangelización: corazón y razón

     Un tercer tema es la nueva evangelización, que debe unir el corazón y la razón. Especialmente en América Latina, la evangelización nueva ha de mostrar a la vez al Dios grande, creador del universo regido por un orden racional, que nuestra razón reconoce y admira, y al Dios cercano a mí, interesado y pendiente de mi situación concreta. Más aún, “esta síntesis del Dios grande y majestuoso y del Dios pequeño que está cercano a mí, me orienta, me muestra los valores de mi vida es el núcleo de la evangelización”. Cita las devociones de La Virgen de Guadalupe y de la Virgen del Cobre, que tocan el corazón. Y continúa: “Pero esta intuición del corazón debe conectarse con la racionalidad de la fe y con la profundidad de la fe que va más allá de la razón. Debemos tratar de no perder el corazón, sino conectar corazón y razón, de manera que cooperen, porque sólo así el hombre está completo y puede realmente ayudar y trabajar por un futuro mejor” (Ibíd.).


Coherencia cristiana: fe, esperanza, caridad

Cristo Rey, cerro del Cubilete, Silao (Guanajuato, Mexico)

     Cómo debe ser la coherencia de los cristianos, según la fe, la esperanza y la caridad, lo explicó el Papa al aterrizar en Guanajuato.

     La fe se revitaliza “con la escucha de la Palabra de Dios, los sacramentos y la coherencia de vida”. Así podrán “compartirla con los demás, como misioneros entre sus hermanos, y ser fermento en la sociedad, contribuyendo a una convivencia respetuosa y pacífica, basada en la inigualable dignidad de toda persona humana, creada por Dios, y que ningún poder tiene derecho a olvidar o despreciar. Esta dignidad se expresa de manera eminente en el derecho fundamental a la libertad religiosa, en su genuino sentido y en su plena integridad” (Discurso en el Aeropuerto de Guanajuato, 23-III-2012).

     Así también podrán los cristianos superar “la tentación de una fe superficial y rutinaria, a veces fragmentaria e incoherente” (Homilía en el Parque del Bicentenario, León, 25-III-2012). Y recuperarán la alegría de servir a los demás sin centrarse en su propio bienestar.

     La esperanza se traduce en confianza de encontrar a Dios y recibir su gracia. Y, desde ahí, “se esfuerza en transformar también las estructuras y acontecimientos presentes poco gratos, que parecen inconmovibles e insuperables, ayudando a quien no encuentra en la vida sentido ni porvenir”. La esperanza se manifiesta, por tanto, en no desfallecer “en la construcción de una sociedad cimentada en el desarrollo del bien, el triunfo del amor y la difusión de la justicia” (En el aeropuerto de Guanajuato, 23-III-2012).

     Así podrá decir el domingo por la tarde, ante la Virgen de la Luz: “No hay motivos, pues, para rendirse al despotismo del mal”, puesto que el mal no es capaz de frenar el plan divino de salvación. Y esto, aunque haya que sembrar el evangelio “entre espinas, unas en forma de persecución, otras de marginación o menosprecio” (Homilía en la catedral de León, México, 25-III-2012).

      La caridad, elemento esencial de la misión de la Iglesia, se traduce ante todo en la atención a los más necesitados. Pero también en la oposición al utilitarismo y en la solidaridad para contribuir al bien común. “Para los católicos, esta contribución al bien común es también una exigencia de esa dimensión esencial del Evangelio que es la promoción humana, y una expresión altísima de la caridad” (Despedida en el aeropuerto de Guanajuato, 26-III-2012).

     En la tierra de los cristeros que dieron su vida por Cristo, el Papa predicó la vida plena que Cristo, levantado sobre la cruz, trae a cada persona y al mundo, como dijo la Virgen de Guadalupe. Junto a Cristo Rey, situado en lo alto del cerro del Cubilete y flanqueado por una corona de soberano y otra de espinas, el Papa destacó que la realeza de Cristo es la del amor y el sacrificio. Ese es “el poder más grande que gana los corazones” (Homilía en el Parque del Bicentenario, León, 25-III-2012).

     Un mensaje, en definitiva, con doble vertiente: que la sociedad se abra a Dios y que reconozca la libertad de religión y de educación; que los cristianos, evangelizados de acuerdo con su cultura y sensibilidad, vivan coherentemente su fe en todas sus dimensiones: con claridad y valentía, con la esperanza de que el sacrificio por amor siempre da fruto.


(publicado en www.cope.es, 27-III-2012)

jueves, 22 de marzo de 2012

Confesión y nueva evangelización

Confesiones durante la Jornada Mundial de la Juventud, Madrid 2011

Jesús viene a anunciar el Reino de Dios, y quien lo acepta, alcanza la salvación. Pero atención, porque ese anuncio no son solamente palabras. Incluye toda la acción de Cristo, toda su vida, lo que hace y lo que dice desde que se muestra al mundo (su vida en Belén y en Nazaret, su predicación, milagros, pasión, muerte y resurrección), sus “gestos y palabras”, en expresión del Concilio Vaticano II (DV, 2).


La salvación consiste en participar de la Vida de Jesús

      Y es que la salvación consiste no solamente en aceptar lo que Cristo “dice”, sino en aceptarle a Él, unirse con Él y participar de su propia Vida. Orígenes decía que el Reino de Dios es Cristo en persona. El Reino de Dios se hace presente donde se acepta la encarnación del Hijo de Dios y la vida humana se abre, por medio de él, a la vida divina.

      No otra cosa sucede en la evangelización, esto es, lo que Cristo encargó realizar a la Iglesia. En esa tarea se cumple también la relación entre las “palabras” y los “gestos”; entre el “anuncio” de la Palabra de Dios (que se hace explicando la fe mediante “palabras”) y los sacramentos, que son signos e instrumentos de salvación (“gestos” eficaces que nos otorgan la gracia, la amistad con Dios).

      Pues bien, ante la descristianización actual, en las últimas décadas algunos han insistido en dar la prioridad al “anuncio” de la fe o de la Palabra, relegando o descuidando los sacramentos. Ante el desafío de la nueva evangelización, hay quien subraya de tal modo el anuncio que olvida, al menos en la práctica, que los sacramentos son esenciales para el anuncio del Evangelio.


Necesidad de los sacramentos junto con el anuncio de la fe

     Veámoslo en concreto. Un cristiano, sea quien sea, debe anunciar el Evangelio. Si es un ministro sagrado ese anuncio podrá tener la forma oficial de la predicación litúrgica. Si es un “cristiano corriente”, un fiel bautizado, tomará ocasión de su vida familiar, o de su trabajo y relaciones sociales, para anunciar a Cristo, sirviendo de instrumento a la salvación de Dios. En cualquier caso, para que el anuncio sea plenamente efectivo, esto es, que el anuncio lleve a la salvación, son necesarios los sacramentos que transmiten la gracia redentora. Al celebrar cada sacramento se presupone y se vuelve a actualizar la fe anunciada y acogida, tanto la fe del que lo administra como la fe del que lo recibe.

     En esta línea se ha situado Benedicto XVI, al subrayar la importancia del sacramento de la Confesión en la nueva evangelización. El motivo es que “la celebración del sacramento de la Reconciliación es ella misma anuncio y por eso camino que hay que recorrer para la obra de la nueva evangelización” (Discurso a los participantes en el curso de la Penitenciaría apostólica sobre el fuero interno, 9-III-2012).


La Confesión, camino para la nueva evangelización

     Se pregunta el Papa en qué sentido concreto la Confesión sacramental es “camino” para la nueva evangelización. Responde: ante todo porque la nueva evangelización saca su vida y su fuerza de la santidad de los cristianos (que es al mismo tiempo la finalidad de la evangelización). Y la santidad necesita de la conversión, del encuentro con Cristo que acontece en este sacramento. Por eso el cristiano debe obtener, de la confesión, “una verdadera fuerza evangelizadora”. Y al mismo tiempo, sólo el que se deja renovar por la gracia de Dios en la confesión, encontrándose con el rostro de Cristo, puede anunciar el corazón misericordioso de Dios.

     Esto, observa Benedicto XVI, es especialmente importante en la situación actual de “emergencia educativa”, en medio de un relativismo que pone en duda la posibilidad de alcanzar la verdad y de que el hombre de hoy pueda abrirse al encuentro con Jesucristo: “El sacramento de la Reconciliación, que parte de una mirada a la condición existencial propia y concreta, ayuda de modo singular a esa ‘apertura del corazón’ que permite dirigir la mirada a Dios para que entre en la vida”. Añade que de este modo el encuentro con Cristo es capaz de transformar la vida y abrir un nuevo horizonte.


Para ser testigos de la misericordia de Dios

     Por tanto, no es que este sacramento sea una cosa más, un elemento secundario en la nueva evangelización. Al contrario: “La nueva evangelización parte también del confesionario. O sea, parte del misterioso encuentro entre el inagotable interrogante del hombre, signo en él del Misterio creador, y la misericordia de Dios, única respuesta adecuada a la necesidad humana de infinito”. A partir de ese encuentro es como los cristianos, al experimentar la misericordia que Jesús nos alcanza, “entonces se convertirán en testigos creíbles de esa santidad, que es la finalidad de la nueva evangelización”.

     Esta necesidad de experimentar el encuentro personal con Dios para participar en la nueva evangelización, vale también, señala el Papa, para los ministros de la Confesión, que deben confesarse con frecuencia, ellos mismos los primeros.

     Y concluye: “De esta forma cada confesión, de la que cada cristiano saldrá renovado, representará un paso adelante de la nueva evangelización”.

     En síntesis, la confesión es un elemento nuclear en la nueva evangelización, porque nadie da lo que no tiene. Si evangelizar es, por definición, anunciar la Buena Noticia (=Evangelio) de que cabe una vida nueva y plena, esto sólo puede hacerse si yo mismo he sido testigo personalmente de que esa vida ha comenzado en mí. Sin esto, hasta el anuncio de la fe podría diluirse en meras palabras.


(Publicado en www.analisisdigital.com, 22-III-2012)

martes, 13 de marzo de 2012

Sobre el valor ético del descanso dominical


G. Seurat, Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte (1884)
Instituto de Arte de Chicago


Cabe preguntarse si el descanso dominical es un valor importante en la sociedad o no lo es; y, si no lo fuera, si podría ceder ante otros imperativos como son los económicos o simplemente el consumo. ¿No está el descanso dominical vinculado a la religión y, por tanto, no debería dejarse que cada uno descanse como y cuando quiera?

     En ese sentido, hay ciertos presupuestos para una discusión abierta sobre el domingo, en una sociedad no confesional pero respetuosa con los valores humanos y también, por tanto, con los valores religiosos.


Garantía de una vida verdaderamente humana...

     Ante todo, habría que notar que el trabajo es un bien necesario para el hombre, pero no se le puede supeditar absolutamente todo; también el descanso es un bien humano al que todos tienen derecho. Aquellas sociedades que han impuesto el trabajo sin permitir el descanso son las que han sometido a las personas, de una u otra manera, a la esclavitud del trabajo. Y esto no sólo en las formas que se abolieron en el siglo XIX o en los campos de concentración de los Estados totalitarios. La esclavitud del trabajo sigue presente en una economía centrada en la ganancia; en la ganancia, por desgracia, no de todos; y, eso, a costa de la explotación de muchos.

     En segundo lugar, la apertura del hombre a las realidades del espíritu, la transcendencia y el culto a Dios, no es sólo ni en primer lugar cuestión de la religión o de las religiones, sino que forma parte de la existencia humana. Todo hombre puede llegar con su razón a la existencia de un ser superior, con el que debe contar si quiere que su vida sea realista y plena.

     Tercero, la tradición bíblica da un gran valor al descanso semanal como garantía de una vida verdaderamente humana: garantía de que el hombre no se va a autodestruir trabajando, porque el trabajo no lo es todo ni es lo primero, aunque sea muy importante; garantía de que va a dedicar tiempo a los demás, comenzando por su familia, y a la naturaleza; garantía de apertura a los valores espirituales, que le constituyen esencialmente, pues el hombre no es un conjunto de moléculas o de instintos, y cuando reflexiona sobre sí mismo se da cuenta de ello; garantía también de que la sociedad o el Estado no va a explotarle o emplearle como puro medio de producción. El descanso semanal es una manera de proteger al más débil.

     Cuarto, el cristianismo, a la vez que ha defendido siempre el domingo, ha jugado un papel importante en la promoción de los derechos humanos. Y es que el descanso semanal es un derecho implicado en el derecho a una vida digna y también en el derecho humano a la libertad religiosa, sin pasar por alto que protege, como estamos viendo, otros derechos del hombre.


En una sociedad de raíces cristianas y de mayoría cristiana

     Algunos argumentarán, tal vez, que nos estamos alejando del tema, porque no se trata de los cristianos, sino de todos. Así es, y, por eso mismo en una sociedad de raíces cristianas y de mayoría cristiana, como es gran parte del mundo occidental, es también lógico y justo que se respete un tiempo para que los cristianos puedan ejercer el culto cristiano.

     Ciertamente, el hecho de que para ellos el culto del domingo sea un deber de conciencia, no daría derecho a obligar a los demás. Pero insistamos en que el descanso semanal no afecta solamente a los cristianos o, en un sentido más amplio a los creyentes; es un derecho de las personas, que dimana de la naturaleza humana, y que, por tanto, debe ser protegido y respetado.

     Nótese que no se trata de oponer el “bienestar económico” (o el posible aumento de puestos de trabajo) a la “santificación de las fiestas”. Se trata de subrayar que el bienestar económico (cuando no simplemente un mayor consumismo que de por sí no mejora la situación económica) no debe poner en peligro la dignidad de los trabajadores, la atención a sus familias, su derecho a cultivar los valores espirituales, todo lo cual hace necesario el descanso semanal. Por eso, para paliar la crisis económica es mejor buscar otros medios que respeten ese descanso, y así todos salimos ganando, también la economía al servicio del hombre.

     En suma, el descanso dominical conviene plantearlo en el ámbito de los derechos humanos: concretamente, del derecho a una vida digna (que implica tanto el trabajo como el descanso) y, derivadamente, el derecho a la libertad religiosa, que también es un derecho humano. Esto, por cierto, manifiesta que la religión bíblica tiene un fundamento bien razonable y fomenta lo que es bueno para todos.


El domingo protege la razón y la libertad

      En su Carta apostólica Dies Domini (31-V-1998), Juan Pablo II señaló la “obligación de empeñarse para que todos puedan disfrutar de la libertad, del descanso y la distensión que son necesarios a la dignidad de los hombres, con las correspondientes exigencias religiosas, familiares, culturales e interpersonales, que difícilmente pueden ser satisfechas si no es salvaguardado por lo menos un día de descanso semanal en el que gozar juntos de la posibilidad de descansar y de hacer fiesta” (n.66). Invitaba, al mismo tiempo a fomentar la solidaridad con las personas que no tienen trabajo.

    Seguía diciendo: “Por medio del descanso dominical, las preocupaciones y las tareas diarias pueden encontrar su justa dimensión: las cosas materiales por las cuales nos inquietamos dejan paso a los valores del espíritu; las personas con las que convivimos recuperan, en el encuentro y en el diálogo más sereno, su verdadero rostro. Las mismas bellezas de la naturaleza —deterioradas muchas veces por una lógica de dominio que se vuelve contra el hombre— pueden ser descubiertas y gustadas profundamente” (n. 67).

     Añadía que así también se facilita que el hombre pueda redescubrir la primacía de Dios, y pueda dedicar un tiempo a la oración y al culto, en plena armonía con el Evangelio. En ese contexto, el descanso dominical y festivo subraya, tanto para los creyentes como para los que no lo son, “la primacía y la dignidad de la persona en relación con las exigencias de vida social y económica” (n. 68).

     Dicho lo anterior, concluia Juan Pablo II que “es natural que los cristianos procuren que, incluso en las circunstancias especiales de nuestro tiempo, la legislación civil tenga en cuenta su deber de santificar el domingo”. El domingo es, ciertamente, el día del Señor pero también, es el día del hombre (ibíd).

     En la misma línea, Benedicto XVI ha expuesto para todos cómo el domingo protege la razón y la libertad. Lo que celebramos los cristianos es que “gracias al Resucitado, se manifiesta definitivamente que la razón es más fuerte que la irracionalidad, la verdad más fuerte que la mentira, el amor más fuerte que la muerte” (Homilía en la Vigilia Pascual, 23-IV-2011). En efecto, y con ello no imponemos una interpretación de la vida; solamente la proponemos, también con argumentos válidos para la razón y la ética.


(publicado en www.cope.es, 13-III-2012)

viernes, 9 de marzo de 2012

Silencio, comunicación, evangelización




A veces te obligan a callar, como le ha sucedido a la web del Vaticano, el mismo día en que el Papa había tratado sobre el silencio. Pero el silencio y la palabra reflejan dos polos esenciales de la vida humana: la interioridad y la realidad externa, el “dentro” y el “fuera”, que se despiertan y alimentan mutuamente. Así, según Romano Guardini, una persona madura sería aquella “en cuya vida estos dos polos producen efectos en relación correcta; que no se pierde fuera ni se enreda dentro; sino en cuya vida, más bien, ambos dominios se determinan y completan mutuamente en equilibrio”.

     Pero esto, observa, no es lo que suele pasar, pues apenas hay tiempo para asimilar las informaciones que nos llegan, ¡decía este autor en los años 50 del pasado siglo! No digamos hoy, con las nuevas tecnologías. Se ha hecho aún más difícil tener convicciones y opiniones propias.


El silencio, los demás y Dios

      Sin embargo, aunque, parezca paradójico, la relación con los demás depende en gran parte de la capacidad de concentración. Sigue explicando Guardini. Quien no se concentra, está “disperso”, y tiende a usar las personas como cosas, como llaves para sus finalidades o intereses propios, como productos de consumo. Es la diferencia entre contemplar una obra de arte o interesarse sólo por su precio de mercado. Y lo mismo con la naturaleza: es distinta la mirada de quien contempla en un árbol su propio misterio de la vida enraizada en un lugar de la tierra, que se abre al espacio y al cielo, respecto de la mirada del tratante de madera. Y así sucede también con las ciudades y el turismo.

      Señala Guardini que esto repercute también en la relación del creyente con Dios. Hay que saber escucharle, porque de otra manera no se le podrá obedecer (ob-audire) con total dignidad y autenticidad, tomando las decisiones correctas de acuerdo con la conciencia, donde resuena la voz de Dios.

     Así es, y cabría concretar esa observación aportando un dato de la experiencia: es muy conveniente marcarse un rato diario, aunque sólo sea un cuarto de hora, para dialogar con Dios y escuchar a Dios, en la propia habitación o en una iglesia tranquila. En esto se puede valorar el consejo de otras personas con experiencia y también la ayuda de algunos libros. La concentración, sobre todo para hablar con Dios, no es algo exclusivo de monjes y ermitaños. También es necesaria para la gente “de la calle”: quien no ejercita su musculatura se atrofia, y así también con la vida interior. Quien no desconecta de la televisión o de la música corre el peligro de quedarse sin interioridad, sin capacidad de concentración. Y estar consigo mismo se le puede hacer insoportable.


Silencio y palabra
 
      El ilustre educador completa su análisis sobre el valor de la concentración, acudiendo a la polaridad entre silencio y palabra. El silencio no es sólo que no se diga nada y no se oiga nada. También los animales son capaces de esto. Pero sólo el hombre es capaz de callar. Dice Guardini: “sólo puede hablar con pleno sentido quien también puede callar”. Hoy tenemos máquinas que hablan, pero propiamente no pueden callar, sólo se quedan como muertas. El silencio es propio del hombre. Pero dominar el silencio es parte del dominio de sí, y por eso es una virtud.

     Y es que, entiende nuestro autor, hay cosas que se estropean si se sacan fuera de uno mismo. Lo mejor es guardarlas para quien pueda comprenderlas, o incluso guardarlas del todo, porque no se pueden expresar con palabras Así para empezar, “sólo en el silencio tiene lugar el propio conocimiento”, el conocimiento de sí. Y el silencio es también necesario en la relación con los demás porque se trata de dar algo de uno mismo (algo de ayuda, de compañía), y no meras palabras.

      Como acontece con todas las virtudes, también para el silencio hay personas más predispuestas, pero es importante para todos aprender a callar. No sólo porque se gana mucho diciendo menos tonterías; sino porque, sostiene Guardini, “hay que aprender el silencio interior: el aguardar tranquilo ante una cuestión grave, un deber importante, el pensamiento sobre una persona que nos interesa”. Menciona, al llegar este punto, a San Agustín con su libro "Las Confesiones", testimonio de ese mundo interior que una persona puede tener, si lo cultiva.

       Evocando a la Biblia, Guardini dice que Dios es una infinita calma y silencio que todo lo contiene (se revela no en el huracán ni en el fuego sino en la brisa, como comprobó el profeta Elías). Y su Palabra eterna, según el Evangelio de San Juan, se ha hecho carne, se ha hecho hombre, ha salido del silencio para manifestarnos su amor.


Silencio, comunicación y evangelización

      En su mensaje para la 46 Jornada mundial de las comunicaciones sociales, apunta Benedicto XVI que “el silencio es parte integrante de la comunicación y sin él no existen palabras con densidad de contenido“. Y teniendo en cuenta la extensión actual de la Red, llena de preguntas sobre el sentido de la existencia humana, propone fomentar “un ‘ecosistema’ que sepa equilibrar silencio, palabra, imágenes y sonidos”. (Silencio y Palabra: camino de evangelización, 24-I-2012).

     Explica el Papa que el Dios de la revelación bíblica habla también sin palabras, en el misterio de su silencio, sobre todo en la cruz de Cristo y en las horas de su sepulcro. En la oración y en la contemplación silenciosa, nosotros también hemos de redescubrir su Amor y el amor al prójimo, “para sentir su dolor y ofrecer la luz de Cristo, su Mensaje de vida, su don de amor total que salva”. Por eso, afirma, “de esta contemplación nace con toda su fuerza interior la urgencia de la misión”.


Silencio y oración

     De hecho, la dinámica de la palabra y el silencio marca toda la oración de Jesús en su vida terrena, como ha expuesto Benedicto XVI en su audiencia del 7 de marzo. Y debe marcar nuestra oración, en dos direcciones. Primera, por la necesidad de redescubrir el valor de nuestro silencio y el recogimiento para comprender los misterios de Cristo, siguiendo el ejemplo de María (cf. Exhort. Verbum Domini, n. 21). Sin el silencio no se puede escuchar la Palabra, y esto vale para la oración (como se ve en la vida de Jesús) y para la liturgia. Además está el silencio de Dios, que no debe desconcertarnos, porque Él nos conoce mejor que nosotros mismos y nos ama, y sabe muy bien lo que necesitamos (cf. Mt 6, 7-8).

     Concluye el Papa sus reflexiones sobre la oración de Jesús subrayando que ella nos enseña a detenernos también en nuestra oración, para ir a las raíces que sostienen nuestra vida, especialmente ante las dificultades; para decir que “sí” a la voluntad del Padre; para encontrar siempre el amor de Dios que se ha manifestado en Cristo.

     Aprender a comunicar implica aprender a hablar, y por tanto a escuchar y contemplar. Cuanto más importante y necesaria es la palabra, más importantes y necesarios son la concentración y el silencio.


(publicado en www.analisisdigital.com, 9-III-2012)

martes, 6 de marzo de 2012

Ánimo, valentía



Películas sencillas, como “Los chicos del coro” (Ch. Barratier, Les Choristes, 2004), “En busca de la felicidad” (G. Muccino, The Pursuit of Happyness, 2006) y “El discurso del Rey” (T. Hooper, The King’s Speech, 2010), nos presentan los valores del ánimo y la valentía, muy relacionados entre sí. El primero corresponde a una disposición más general; la segunda alude a un modo concreto de comportarse.

     Romano Guardini los estudia conjuntamente. Parte, como otras veces, de la distinción entre una inclinación natural y un valor hecho actitud, hecho virtud.

     Hay personas de por sí valientes, con poca imaginación y, por tanto, con poco miedo, capaces de resolver situaciones peligrosas fácilmente; pero tienen que cuidar de no volverse frívolas o brutales. Quizá tienen un talente optimista, y entonces deben procurar ser prudentes y agradecidas. O tal vez son nobles de carácter, y están dotadas de especial fortaleza para sufrir. Si toda esa disposición se educa, puede transformarse para una vida útil, buena y noble.



Aceptación de la realidad, contando con Dios


      Pero el ilustre profesor ítalo-alemán se interesa más por la virtud del ánimo o de la valentía, propiamente hablando. Una virtud que en cierta medida puede pedirse a todos, aunque hay que esforzarse por lograrla. Significa ante todo, dice, aceptación de la propia existencia con lo que agrada y también con lo que estorba o carga; pero aceptando el conjunto, la totalidad de lo que somos sin apartar nada. Esta es la primera valentía, aceptar lo que se es para tratar de mejorarlo. Como sucede continuamente en la ética, aquí aparece la tensión entre necesidad y libertad.

      Entiende Guardini que en un mundo en el que se habla mucho de la nada, de la destrucción y del miedo, para el creyente la aceptación de la realidad sobre sí mismo es también consecuencia de ver detrás a Dios, que con todo eso va indicando mi lugar y mi destino. Esto no obsta para que muchas veces la vida se presente como un duro deber, que debe recorrerse haciendo el propio camino.

     Y todo ello, señala, es el fundamento natural del mensaje de Cristo sobre la providencia divina. Esto significa “que el futuro, aun con todo su desconocimiento, no es algo extraño ni hostil al hombre, sino que se lo ha preparado Dios; que la existencia, en toda su imprevisibilidad, no es ningún caos, sino que está ordenada para él por la mano de Dios”.


Ante las dificultades

     Ahora bien, creer esto y vivirlo puede ser difícil en una época como la nuestra, de transición (escribe esto a mediados del siglo XX: ¡cuánto más cabría decir ahora!), en la que muchas cosas importantes se deshacen sin que se vea cómo van a resultar las cosas nuevas. Puede ser más difícil aún para una persona de carácter vacilante o miedoso. “Pero aquí -en el caso del creyente­, subraya Guardini- el ánimo de vivir va unido a la confianza en la guía de Dios”.

      Puede suceder incluso que el hombre vea el pasado tan lleno de sentido y de belleza que no se fíe en absoluto de lo que puede depararle el futuro, que éste le resulte extraño, que todo lo nuevo le repugne. También ese hombre, apunta nuestro autor, necesita ánimo: “el ánimo que se atreve con el futuro, en la confianza de que en él se desarrolla la guía de Dios”.

      Valentía significa, en cualquier caso, aguantar en el peligro. En su raíz, el peligro acecha en el mal que actúa desde dentro de cualquier corazón, en la capacidad que tenemos de ser heridos, en el paso del tiempo que nos lleva hacia la muerte. Y todo esto hay que afrontarlo con serenidad libre, sin exagerar, sabiendo que con todo se puede crecer.


Afrontar la misión personal en un tiempo de crisis

      El creyente, añade Guardini, requiere de valentía para afrontar la misión que Dios le tiene preparada: tanto desde el punto de vista del trabajo, como de las relaciones y los compromisos personales. Todo eso es importante, como lo son las ocasiones diarias de relacionarnos con la verdad, con la rectitud o la pureza y la nobleza, y sus contrarios: la mentira, el propio provecho, la suciedad y la bajeza.

      Y concluye diciendo que el valor de la valentía puede verse desde Dios mismo, que tuvo, por así decir, el ánimo de crear al hombre libre. De un modo más visible todavía, podemos contemplar la valentía de Cristo en toda su vida, hasta la cruz. Esto tiene que ver de modo nuclear con la valentía propia de un cristiano, a pesar de las dificultades.

      Todo esto es bien actual. Benedicto XVI ha señalado que las situaciones de crisis por las que está atravesando la humanidad –sean de carácter económico, alimentario, ambiental o social– son también, en el fondo, crisis morales relacionadas entre sí. Crisis que “obligan a replantear el camino común de los hombres. Obligan, en particular, a un modo de vivir caracterizado por la sobriedad y la solidaridad, con nuevas reglas y formas de compromiso, apoyándose con confianza y valentía en las experiencias positivas que ya se han realizado y rechazando con decisión las negativas. Sólo de este modo la crisis actual se convierte en ocasión de discernimiento y de nuevas proyecciones” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1-I-2010: “Si quieres promover la paz, protege la creación”).


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Rafael, La Transfiguración (1517-1520)
Museos vaticanos, Ciudad del Vaticano


     El italiano Rafael Sanzio pintó en el s. XVI la Transfiguración del Señor, un cuadro con dos partes. En la parte alta Jesús se muestra con las manos alzadas en actitud orante, en medio de Moisés (la Ley) y Elías (los profetas). Según San León Magno, la transfiguración tenía como fin dar ánimos a los apóstoles, que acababan de recibir el anuncio de la pasión de Jesús. Al mismo tiempo “se estaba fundamentando la esperanza de la Iglesia, para que los miembros de este Cuerpo pudieran contar con participar de la gloria de su Cabeza (cf. Discurso 51, 3—4: PL 54, 310-311).

      En la escena inferior del cuadro de Rafael se representa la curación del niño epiléptico (que sucedió inmediatamente después de la transfiguración), que es presentado por su padre a los discípulos. Algunos de ellos apuntan a la escena (superior) que acaban de contemplar. Entre las dos escenas hay un vínculo: “En una y otra hay un padre que ama y un hijo amado” (T. Verdon). Por la obediencia de la fe, Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo (cf. Gn 22, 11-17). En cambio, como observa San Pablo, Dios Padre permitió que Jesús muriera en la cruz por nosotros: “¿Cómo no nos dará con Él todas las cosas?” (Rm 8, 32).



(la primera parte fue publicada en www.cope.es, 6-II-2012)

domingo, 4 de marzo de 2012

Sacerdotes de la unidad

Detalle del retablo en el Santuario de Torreciudad (Huesca)


Quien se pregunte en qué consiste hoy ser sacerdote, qué valores representa y pide el sacerdocio ministerial, y cuál es su lugar en la Iglesia y en el mundo, hará bien en leer el texto que Benedicto XVI pronunció en el encuentro con los párrocos de Roma el jueves 23 de febrero.

      Se trata de una meditación sobre el pasaje de la Carta de San Pablo a los Efesios, 4, 1-16. Amplio y lleno de matices, el texto del Papa podría esquematizarse en tres puntos y una conclusión.


El sacerdote, encadenado por el amor

      Primero, el sacerdote es un “prisionero”, un encadenado, como Pablo, no sólo por amar a Cristo, sino por ese mismo amor. El amor es, ciertamente, una cadena; porque “El amor es sufrimiento, es entregarse, es perderse, y precisamente de este modo es fecundo”. Esa es la verdadera cadena que une a Pablo con Cristo, la cadena del amor: “Y también para todos nosotros esta debería ser la última cadena que nos libera, unidos con la cadena del amor a Cristo. Así encontramos la libertad y el verdadero camino de la vida, y, con el amor de Cristo, podemos guiar también a los hombres que nos han sido encomendados a este amor, que es la alegría, la libertad”.

      Prisionero y encadenado, el sacerdote es también alguien que ha sido “llamado”, y por tanto, alguien que sigue una voz. “Y mi vida debería ser un entrar cada vez más profundamente en la senda de la llamada”. La llamada le viene al sacerdote ya como cristiano, por el bautismo; y, luego, como Pastor, al servicio de Cristo y de sus fieles. Y en la medida en que se sitúa siempre a la escucha de esa llamada, el sacerdote se hace capaz de ayudar a que otros escuchen también al Señor que les llama; también ahora, cuando “El gran sufrimiento de la Iglesia de hoy en Europa y en Occidente es la falta de vocaciones sacerdotales”.


Llamado a servir en el "nosotros" de la Iglesia

      La vocación sacerdotal es una llamada a la esperanza, primero porque viene de Dios, que no falla. También porque no es sólo individual, sino dialógica, porque el que ha sido llamado, llama a su vez a otros. Y así se sitúa en el “nosotros” de la Iglesia. Por eso “ser fieles a la llamada del Señor implica descubrir este 'nosotros' en el cual y por el cual estamos llamados, así como ir juntos y realizar las virtudes necesarias”. Y eso también requiere “dejarse ayudar por el ‘nosotros’ y construir este ‘nosotros’ de la Iglesia”.


Humildad, mansedumbre, magnanimidad, "alteridad"

      Para todo esto el sacerdote necesita especialmente algunas virtudes. Según este pasaje de San Pablo: la humildad, la mansedumbre, la magnanimidad y lo que Benedicto XVI llama la “alteridad” (la capacidad de aceptar al otro). Se detiene en la humildad, virtud propiamente cristiana (cf. Fil 2, 6-8) que se opone al complacerse en sí mismo, pues “ser cristiano es ser verdadero, sincero, realista”. Es aprender, también por las pequeñas humillaciones cotidianas, el olvido de sí y la aceptación de la propia pequeñez, como base de un gran servicio a Dios. “Y sólo vivo bien viviendo la verdad, el realismo de mi vocación por los demás, con los demás, en el cuerpo de Cristo”.

      La mansedumbre, continúa el Papa, no quiere decir debilidad, pero se opone claramente a la violencia. La magnanimidad implica percibir que Dios siempre nos perdona y cuenta con nosotros. La “alteridad” supone aceptar con amor al otro, y no sólo soportarlo, y “es necesaria para la belleza de la sinfonía de Dios”.
     Estas virtudes las califica Benedicto XVI como “virtudes de la unidad”, sobre todo porque se encaminan a una unidad explícita; la que surge de “una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre” (Ef 4, 5).


Unidad de la fe, de la esperanza y del amor

      La unidad de la fe se manifiesta por la unidad entre su dimensión personal (el acto de fe, que surge en el encuentro personal con Cristo) y el “contenido” de la fe (que es el “sí” a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo).

      Por tanto, entiende el Papa, en la práctica, el “Año de la Fe” deberá ser “Año del Catecismo”, pues es necesario superar el “analfabetismo religioso”; vivir y comprender la fe, "no como un paquete de dogmas y de mandamientos, sino como una realidad única que se revela en su profundidad y belleza”. Por eso, añade Benedicto XVI, “debemos hacer lo posible por una renovación catequística”, para que crezca la unidad en la verdad. El Papa pone así el dedo en la llaga: la falta de una buena mediación entre el gran desarrollo teológico del último siglo (que nos ha dejado en herencia una contemplación renovada de Dios y una comprensión profunda de la Iglesia, separadas de la ganga de tantas ideas confusas que aún hoy se lanzan en los medios de comunicación y en otros foros pequeños, pero muy activos) y el profundo desconocimiento de la fe que hay en la calle.

      La unidad de la fe es también la unidad de la esperanza, puesto que Dios es de verdad el Omnipotente. Ciertamente, señala Benedicto XVI, en la historia Dios ha puesto un límite a su omnipotencia, al querer nuestra libertad. Pero al final lo que vence es el amor, no el mal sino el bien. Y de ahí la esperanza.

      Dios nos concede sus dones, gracias y carismas para la edificación de la Iglesia, entre otros, el don del sacerdocio, con las gracias que implica. Y todos esos dones son para contribuir a la formación de Cristo en nosotros. Señala el Papa la diferencia entre madurez de la fe e infantilismo; entre la falsa emancipación de quien se considera adulto por rechazar a la Iglesia, y la verdadera libertad de los hijos de Dios “que creen juntos en el Cuerpo de Cristo, con Cristo resucitado, y así ven la realidad, y son capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo”. (Cabe pensar aquí en la confusión que ha traído el proceso de secularización, aun admitiendo como ganancia positiva la autonomía, relativa, de las realidades temporales. Y también, por tanto, en la responsabilidad de los sacerdotes respecto a la vocación y misión propias de los fieles laicos).

      Todo ello desemboca en la unidad del amor, en ese vivir la verdad en la caridad, de que habla San Pablo (cf. Ef. 4, 16). Observa el Papa: “Hoy se discute sobre el concepto de verdad porque se combina con la violencia”, cuando en realidad son opuestas. La verdad la conocemos en Cristo y (atención) en su Cuerpo. Y así podemos crecer en la caridad, “que es la legitimación de la verdad y nos muestra qué es verdad”. La caridad es el fruto de la verdad y “si no hay caridad, tampoco nos apropiamos ni vivimos realmente la verdad”.

      El sacerdote está, en definitiva, al servicio de la unidad de la fe, de la esperanza y del amor. Sencillamente, al servicio de la vida cristiana en el mundo. 

(una primera versión se publicó en www.religionconfidencial.com, 4-II-2012)



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