miércoles, 20 de marzo de 2013

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La responsabilidad de la educación y de los medios de comunicación


Como observaba hace menos de un año el cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, educar es “conducir a la armonía”, sobre el fundamento de los límites y la esperanza de los horizontes. Ya como papa Francisco, ha señalado que todos estamos llamados a comunicar la verdad, la bondad y la belleza.


La educación, tarea de todos


Dice el Concilio Vaticano II: “Es propio de todo el Pueblo de Dios (…) auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expresada en forma más adecuada” (Const. pastoral Gaudium et Spes, 44).



 Tareas educativas y urgencia de la educación

     Al mismo tiempo, según el Concilio, los que se dedican más directamente a las tareas educativas deben ocuparse de la formación de la persona humana en orden a su fin último y al bien de la sociedad, de cuyas responsabilidades los jóvenes tomarán parte en el futuro (cf. Declaración Gravissimum educationis, nn. 1 ss). Esta tarea educativa se considera como una verdadera “vocación”, que requiere dotes y preparación especiales y una facilidad constante para renovarse y adaptarse (cf. n. 5).

     Después del Vaticano II se ha hecho cada vez más patente la urgencia de la educación. En su tercera encíclica Caritas in veritate (2009), Benedicto XVI señalaba:

     “Con el término “educación” no nos referimos sólo a la instrucción o a la formación para el trabajo, que son dos causas importantes para el desarrollo, sino a la formación completa de la persona. A este respecto, se ha de subrayar un aspecto problemático: para educar es preciso saber quién es la persona humana, conocer su naturaleza” (n. 61).

     Y añadía una referencia al contexto actual de relativismo: “El afianzarse una visión relativista de dicha naturaleza plantea serios problemas a la educación, sobre todo a la educación moral, comprometiendo su difusión universal. Cediendo a este relativismo, todos se empobrecen más, con consecuencias negativas también para la eficacia de la ayuda a las poblaciones más necesitadas, a las que no faltan sólo recursos económicos o técnicos, sino también modos y medios pedagógicos que ayuden a las personas a lograr su plena realización humana” (Ibid.).


La educación en la fe

     Sobre la base de esta urgencia primera, que podríamos llamar de educación antropológica y ética para todos, se hace urgente la educación en la fe. Ésta corresponde a las familias cristianas y a las parroquias junto con otras realidades eclesiales (catequesis), como también a la escuela (especialmente la de inspiración cristiana) y, en la medida en que pueda garantizarse la libertad y la calidad de esta educación, también al Estado (enseñanza religiosa escolar). Esa educación debe ocuparse de lo que implica la fe cristiana como propuesta de sentido de la existencia humana, incluyendo lo que afecta a las relaciones entre la fe y la razón en las distintas disciplinas o áreas del saber, y también las repercusiones sociales y públicas de la fe.

     La Religión ha de enseñarse en la escuela con la misma competencia profesional (junto con la necesaria idoneidad del educador), exigencia de sistematicidad y rigor que las demás materias del curriculum y en diálogo interdisciplinar con ellas.

     De esta manera el mensaje cristiano puede iluminar la comprensión del origen del mundo y de la vida humana, el sentido de la historia, los fundamentos de la ética, el valor de la belleza, el necesario y fructuoso diálogo entre las religiones y la razón, el deber de contribuir con el trabajo a la mejora de la sociedad y a las relaciones de paz y justicia entre las personas y las naciones, el significado de la sexualidad y del amor y el papel de la familia… Así la educación propiamente religiosa puede proporcionar elementos que potencien, desarrollen y completen el conjunto de la acción educadora de la escuela.


El Catecismo de la Iglesia Católica, referencia para la formación cristiana

     Por lo que se refiere a la educación en la fe especialmente de los niños y de los jóvenes, debe prestarse atención a la formación litúrgico-sacramental, a la formación bíblica y a todos los demás aspectos que integran la fe cristiana. Marco general para esta pedagogía de la fe es el Catecismo de la Iglesia Católica. “El Catecismo de la Iglesia Católica nos ha sido entregado como el instrumento para una doble acción: contiene los conceptos fundamentales de la fe y al mismo tiempo indica la pedagogía de su transmisión” (Documento de trabajo para el Sínodo sobre la nueva evangelización, n. 101). Esta “pedagogía” se refiere al método de unir vida y doctrina, verdad y caridad, profesión de las “verdades” de la fe y vida de las “obras” que corresponden a la fe. Dicho de modo sencillo: se trata de formar cristianos tanto de cabeza como de corazón, y cuidar luego su formación permanente.

     Como señalaba el cardenal Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, hoy papa Francisco, educar es conducir a la armonía, sobre el fundamento de los límites y la esperanza de los horizontes, “saber amasar estos corazones jóvenes para que vivan en libertad, lejos de toda opción esclavizante, colonizante y que quita la libertad”, refiriéndose, por ejemplo, a las drogas y al alcohol (Homilía en la misa por la educación, 18-IV-2012).


Los "Medios": todos llamados a comunicar la verdad, el bien y la belleza

     En cuanto a los “medios” de comunicación, el Concilio Vaticano II los considera ante todo positivamente, como resultados del progreso y de la técnica al servicio de la humanidad (cf. Decreto Inter mirifica); asimismo, como posibles promotores, en primera línea, de lo que después se ha ido llamando una civilización del amor.

     Los rápidos avances en la tecnología de la comunicación y la reflexión sobre la naturaleza de la acción comunicativa han servido para mejorar la contribución de estos medios a la difusión de una sana antropología y al servicio del Evangelio. Más aún: “Todos estamos llamados, no a mostrarnos a nosotros mismos, sino a comunicar esta tríada existencial que conforman la verdad, la bondad y la belleza” (papa Francisco, Encuentro con los medios de comunicación, 16-III-2013).

     También hoy Internet y las redes sociales, si se usan bien (con respeto y sensibilidad, superando el mero afán de “popularidad”, dando paso a un auténtico testimonio de verdad y respeto, de fe y vida cristiana, etc.), pueden contribuir a una verdadera comunicación entre las personas, al desarrollo de la fe cristiana y, en último término, a difundir el amor de Dios en el mundo y la relevancia de la religión en el debate público y social.

     Ciertamente, pueden volverse contra el hombre y la fe en la medida en que renuncian a la verdad, el bien y la belleza.

    A través de las nuevas tecnologías se puede fomentar la unidad de los creyentes en el mundo, compartir recursos espirituales y litúrgicos, promover la oración, la reflexión en torno a la fe –personalmente o por medio de encuentros–, y sobre todo la “caridad activa” (cf. 1 Co 13, 1) (cf. Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de la Comunicación 2013: “Redes sociales: portales de verdad y de fe; nuevos espacios de evangelización”, 24-I-2013).

     De esta manera, la comunicación puede hoy contribuir a que los cristianos sean “iconos o mensajes vivos”, también en esta cultura de la imagen.


(publicado en www.analisisdigital.com, 20-III-2013)

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