miércoles, 24 de abril de 2013

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Testigos del Resucitado en la vida cotidiana


Fra Angelico, Noli me tangere (encuentro de Jesús resucitado con la Magdalena), 
1440-1441, Museo de San Marcos, Florencia


Desde su segunda audiencia general (3-IV-2013), el Papa Francisco ha retomado la catequesis sobre la fe, que había iniciado su predecesor, Benedicto XVI. Coincidiendo con el comienzo de la Pascua, se ha centrado primero en el artículo del Credo que afirma: “Al tercer día resucitó según las Escrituras”.


La Resurrección del Señor, fundamento de la fe

     Esta declaración del Credo –ha explicado – se fundamenta en el testimonio de los apóstoles, que san Pablo transmite y afirma haber recibido (cf. 1 Co 15, 3-5). En verdad, subraya el Papa, “la muerte y la resurrección del Señor son precisamente el corazón de nuestra esperanza”. A ello nos referimos cuando hablamos del “Misterio Pascual”. Sin la resurrección del Señor no tendría sentido la fe y tampoco habríamos sido librados de nuestros pecados (cf. Ibid., v. 17).

     Sin embargo, observa el sucesor de Pedro, con frecuencia se ha intentado oscurecer la fe en la Resurrección del Señor. Otras veces se debilita la fe y se convierte en “agua de rosas”. Esto ha sucedido “por superficialidad, a veces por indiferencia, ocupados en mil cosas que se consideran más importantes que la fe, o bien por una visión sólo horizontal de la vida”.

     Pero –continúa– la Resurrección es precisamente “la que nos abre a la esperanza más grande, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado, la muerte pueden ser vencidos”. Como consecuencia, “esto conduce a vivir con más confianza las realidades cotidianas, afrontarlas con valentía y empeño”.


El testimonio de las mujeres y de los jóvenes

     Pues bien, esta verdad de fe de la Resurrección ha sido transmitida por medio de dos tipos de testimonio: algunos son como profesiones o fórmulas sintéticas de fe (cf. Rm 10, 9). Otras veces se trata de testimonios en forma de relatos, como el que recogen los evangelistas sobre el testimonio de las mujeres que seguían a Jesús (cf. Mc 16, 1 ss).

     Las mujeres –observa el Papa Francisco–, impulsadas por el amor, saben acoger este anuncio con fe: creen y enseguida lo transmiten, no lo retienen para sí mismas. Y es que “la alegría de saber que Jesús está vivo, la esperanza que llena el corazón, no se pueden contener”.

     El hecho de que hayan sido las mujeres los primeros testigos de Cristo resucitado (siendo así que, según la ley judía de aquel tiempo, las mujeres y los niños no tenían capacidad para testificar), es un elemento más a favor de la historicidad de la Resurrección. Esto nos dice que “Dios no elige según los criterios humanos”. Si los primeros testimonios del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde, los primeros testigos de la resurrección son las mujeres. Así la misión de las mujeres y de las madres es dar testimonio a los hijos y a los sobrinos, de que Jesús vive, ha resucitado. Esto es así, “porque la mirada de fe siempre necesita de la mirada sencilla y profunda del amor”. Mientras que los apóstoles y los discípulos tardan en creer, las mujeres, no. “También en nuestro camino de fe es importante saber y sentir que Dios nos ama, no tener miedo de amarle: la fe se profesa con la boca y con el corazón, con la palabra y con el amor”.

    También para nosotros –añade– hay tantos signos en los que el Resucitado se hace reconocer: la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los otros sacramentos, la caridad, los gestos de amor que llevan un rayo del Resucitado.

     Asimismo los jóvenes están llamados a ser testigos de esperanza: “A vosotros os digo: llevad adelante esta certeza: el Señor está vivo y camina junto a nosotros en la vida. ¡Esta es vuestra misión! Llevad adelante esta esperanza. Anclad en esta esperanza: este ancla que está en el cielo; sujetad fuertemente la cuerda, anclad y llevad adelante la esperanza”. Les pide que sean testigos de que Jesús que está vivo, y así serán también testigos que llevan al mundo la esperanza, “a este mundo un poco envejecido por las guerras, el mal, el pecado”.


La Resurrección del Señor nos hace hijos de Dios

     El 10 de abril se ocupó del alcance salvífico de la Resurrección. Por la Resurrección de Cristo somos liberados de la esclavitud del pecado, hechos hijos de Dios (cf. Rm 8, 15) y engendrados para una vida nueva, y todo ello lo recibimos en el bautismo.

     Lo más importante que recibimos a partir del Misterio pascual es, en palabras del Papa, que “Dios nos trata como a hijos, nos comprende, nos perdona, nos abraza, nos ama incluso cuando nos equivocamos. Ya en el Antiguo Testamento, el profeta Isaías afirmaba que si una madre se olvidara del hijo, Dios no se olvida nunca de nosotros, en ningún momento (cf. 49, 15). ¡Y esto es hermoso!”

     Al mismo tiempo, “esta relación filial con Dios no es como un tesoro que conservamos en un rincón de nuestra vida, sino que debe crecer, debe ser alimentada cada día con la escucha de la Palabra de Dios, la oración, la participación en los Sacramentos, especialmente la Penitencia y la Eucaristía, y la caridad”.

     Cada día debemos rechazar la mentalidad que conduce a decir: “Dios no sirve, Dios no es importante para ti”. Lo cierto es lo contrario: “Dios no sirve, no es importante para ti», y así sucesivamente. Es precisamente lo contrario: sólo comportándonos como hijos de Dios, sin desalentarnos por nuestras caídas, por nuestros pecados, sintiéndonos amados por Él, nuestra vida será nueva, animada por la serenidad y por la alegría. ¡Dios es nuestra fuerza! ¡Dios es nuestra esperanza!”.

     Muchas veces en nuestra vida –concluye el Papa– las esperanzas que llevamos en el corazón se desvanecen, pero Dios no defrauda (cf. Rm 5, 5). Nuestra esperanza de cristianos es fuerte, segura, sólida en esta tierra, donde Dios nos ha llamado a caminar, y está abierta a la eternidad, porque está fundada en Dios, que es siempre fiel”.

     En suma, ser testigos del Resucitado en la vida cotidiana implica apoyarnos en esa roca que es saberse y comportarse en todo momento como hijos de Dios.


(publicado en www.analisisdigital.com, 23-IV-2013)

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