martes, 21 de mayo de 2013

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La acción del Espíritu Santo: novedad, armonía, misión

Giotto, Pentecostés (1303-1305), Capilla de los Scrovegni, Padua (Italia)


En su audiencia general del 15 de mayo, el Papa Francisco explicó cómo el Espíritu Santo es Espíritu de verdad y de vida. Cuatro días después, el domingo de Pentecostés, ha expresado cómo es la acción del Espíritu con tres palabras: novedad, armonía, misión.


Espíritu de verdad, y, por eso, de vida

     La acción del Espíritu Santo, afirmó el 15 de mayo, nos conduce a la verdad porque “recuerda e imprime en los corazones de los creyentes las palabras que Jesús dijo” (cf. Jn 14, 26). Y de esta manera también es vivificador: “Precisamente a través de estas palabras (de Jesús), la ley de Dios –como lo habían anunciado los profetas del Antiguo Testamento (cf. Ez 37, 25-27)– se inscribe en nuestros corazones, y en nosotros se convierte en un principio de valoración de las decisiones y de orientación de las acciones cotidianas; se convierte en un principio de vida”.

     Además el Espíritu Santo –continua el Papa Francisco– nos conduce no solo al encuentro con Jesús, plenitud de la verdad (cf. Jn 16, 13), sino que nos guía “en la verdad”, nos ilumina en la inteligencia de las cosas de Dios: “La Tradición de la Iglesia afirma que el Espíritu de la verdad actúa en nuestros corazones, suscitando aquel "sentido de la fe" (sensus fidei), a través del cual, como afirma el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, indefectiblemente se adhiere a la fe transmitida, la profundiza con un juicio recto y la aplica más plenamente en la vida” (cf. Constitución dogmática Lumen Gentium, 12). Es la fe vivida por el pueblo cristiano.

     Y el Papa nos invita a preguntarnos: “¿Estoy abierto a la acción del Espíritu Santo, le pido para que me ilumine, y me haga más sensible a las cosas de Dios? (…) ¿Nuestra vida está verdaderamente animada por Dios? ¿Cuántas cosas interpongo antes que Dios?

     “En este Año de la Fe –prosigue–, preguntémonos si en realidad hemos dado algunos pasos para conocer mejor a Cristo y las verdades de la fe, con la lectura y la meditación de las Escrituras, en el estudio del Catecismo, acercándonos con asiduidad a los Sacramentos. Pero preguntémonos al mismo tiempo cuántos pasos estamos dando para que la fe dirija toda nuestra existencia”. Y es que “no se es cristiano ‘por momentos’, solo algunas veces, en algunas circunstancias, en algunas ocasiones. ¡No, no se puede ser cristiano así! ¡Se es cristiano en todo momento! Totalmente”.


Espíritu de novedad

     En su homilía de Pentecostés (19-V-2013) el Papa explicó la acción del Espíritu Santo, según se desprende del relato de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 2, 1-11), con tres palabras: novedad, armonía, misión.

     Novedad en primer lugar: “La novedad nos da siempre un poco de miedo, porque nos sentimos más seguros si tenemos todo bajo control, si somos nosotros los que construimos, programamos, planificamos nuestra vida, según nuestros esquemas, seguridades, gustos”. Y esto –continúa el Papa Francisco– nos sucede también con Dios. “Con frecuencia lo seguimos, lo acogemos, pero hasta un cierto punto; nos resulta difícil abandonarnos a Él con total confianza, dejando que el Espíritu Santo anime, guíe nuestra vida, en todas las decisiones; tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, nos saque de nuestros horizontes con frecuencia limitados, cerrados, egoístas, para abrirnos a los suyos”.

     Sin embargo, Dios actúa habitualmente así, como sucedió con Abraham, Noé, Moisés, los apóstoles. No se trata de lo nuevo para salir del aburrimiento, como nos sucede a nosotros. “La novedad que Dios trae a nuestra vida es lo que verdaderamente nos realiza, lo que nos da la verdadera alegría, la verdadera serenidad, porque Dios nos ama y siempre quiere nuestro bien”.

     Y siguiendo su costumbre, el Papa nos anima a preguntarnos: “¿Estamos abiertos a las “sorpresas de Dios”? ¿O nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo? ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta?


Espíritu de armonía

     En segundo lugar, armonía. “El Espíritu Santo, aparentemente, crea desorden en el Iglesia, porque produce diversidad de carismas, de dones; sin embargo, bajo su acción, todo esto es una gran riqueza, porque el Espíritu Santo es el Espíritu de unidad, que no significa uniformidad, sino reconducir todo a la armonía”.

     En la Iglesia –subraya el Papa– la armonía la hace el Espíritu Santo. “Un Padre de la Iglesia tiene una expresión que me gusta mucho: el Espíritu Santo “ipse harmonia est”. Sólo Él puede suscitar la diversidad, la pluralidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, realizar la unidad”. “En cambio –prosigue– cuando somos nosotros los que pretendemos la diversidad y nos encerramos en nuestros particularismos, en nuestros exclusivismos, provocamos la división; y cuando somos nosotros los que queremos construir la unidad con nuestros planes humanos, terminamos por imponer la uniformidad, la homologación”.

     Por eso, “si nos dejamos guiar por el Espíritu, la riqueza, la variedad, la diversidad nunca provoca conflicto, porque Él nos impulsa a vivir la variedad en la comunión de la Iglesia”. En consecuencia, “cuando nos aventuramos a ir más allá (proagon) de la doctrina y de la Comunidad eclesial, y no permanecemos en ellas, no estamos unidos al Dios de Jesucristo (cf. 2 Jn 9)”. Y continúa, de nuevo, preguntándonos: “¿Estoy abierto a la armonía del Espíritu Santo, superando todo exclusivismo? ¿Me dejo guiar por Él viviendo en la Iglesia y con la Iglesia?


Espíritu de misión

     Tercero y último, misión. Aquí el Papa refiere cómo “los teólogos antiguos decían: el alma es una especie de barca de vela; el Espíritu Santo es el viento que sopla la vela para hacerla avanzar; la fuerza y el ímpetu del viento son los dones del Espíritu. Sin su fuerza, sin su gracia, no iríamos adelante”. En otros términos, “el Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es el alma de la misión”.

     De esta forma, concluye Francisco, vemos que Pentecostés fue el inicio de la acción del Espíritu Santo que “nos muestra el horizonte y nos impulsa a las periferias existenciales para anunciar la vida de Jesucristo”. Y nos anima a preguntarnos, a este respecto “si tenemos la tendencia a cerrarnos en nosotros mismos, en nuestro grupo, o si dejamos que el Espíritu Santo nos conduzca a la misión”.

     Sentido de la fe o también fe vivida. Apertura a la novedad, armonía y misión. Dimensiones de la acción del Espíritu que son esenciales en todo apostolado. Y que deben brillar personalmente en todo cristiano.


(publicado en www.cope.es, 21-V-2013)

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