martes, 11 de junio de 2013

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El milagro de compartir

Tintoretto, Milagro de la multiplicación de los panes y los peces (1555), 

Museo de San Rocco, Venecia


En la solemnidad del Corpus Christi, el 30 de mayo, el Papa Francisco se fijó en las palabras de Jesús a sus discípulos antes de multiplicar los panes y los peces para la multitud: “Dadles vosotros de comer” (Lc 9, 13). Desarrolló su homilía en tres pasos que expresó con estas palabras: seguimiento, comunión, compartir.


Seguir a Jesús entre la multitud

     Ante todo, se preguntó quiénes son aquellos a los que dar de comer. Se trata de la multitud: “Jesús está en medio de la gente, la acoge, le habla, la cura, le muestra la misericordia de Dios; en medio de ella elige a los Doce Apóstoles para estar con Él y sumirse como Él en las situaciones concretas del mundo”. La gente le escucha porque Él revela el Rostro de un Dios que es amor, y ellos bendicen a Dios con alegría.

“También nosotros –que hoy, dice el Papa, podemos considerarnos como esa multitud– tratamos de seguir a Jesús para escucharle, para entrar en comunión con Él en la Eucaristía, para acompañarle y para que nos acompañe”. Y nos invita a preguntarnos: “¿Cómo sigo a Jesús?”. El Papa sintetiza este primer paso, el seguimiento de Jesús, con esta afirmación plena de sentido y desafío: “Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirlo quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don de Él y a los otros”.


Como fruto de la Eucaristía: hacer familia cristiana

    Dando un paso más se pregunta de dónde nace la invitación que hace Jesús a los discípulos de alimentar ellos mismos a la multitud. La invitación de Jesús –“dadles vosotros de comer”– surge por un lado de la multitud, que ha seguido a Jesús, y está ahora en descampado. Es de noche y los discípulos proponen que Jesús despida a la gente, para que vayan a los pueblos cercanos en busca de alimentos y alojamiento (cf. Lc 9, 12).

     El Papa Francisco señala con clarividencia: “Frente a la necesidad de la multitud, he aquí la solución de los discípulos: cada uno piense en sí mismo”. Y añade que esto es lo que nos sucede con frecuencia también a nosotros: “¡Despedir a la multitud! ¡Cuántas veces nosotros los cristianos tenemos esta tentación! No nos hacemos cargo de las necesidades de los otros, despidiéndoles con un piadoso: ‘¡Que Dios te ayude!’. O con un no tan piadoso: ‘¡Buena suerte!’”.

    En cambio, Jesús propone otra solución, que sorprende a los discípulos: “Dadles vosotros de comer”. Y por eso replican: ¿Cómo es posible…? “Sólo tenemos cinco panes y dos peces…”. Pero Jesús les pide que hagan sentar a la gente por grupos de cincuenta; y –con un gesto que acaba de revelar el sentido eucarístico del acontecimiento– alzando los ojos al cielo, recita la bendición, parte los alimentos a los discípulos para que los repartan hasta que quedaron saciados. “La gente que ha bebido la palabra del Señor –observa el Papa la escena– es ahora nutrida por su pan de vida”.

     También a nosotros, agrega, Jesús nos alimenta, en la Eucaristía, con su cuerpo que hace presente el único sacrificio de la Cruz. “Y en el escuchar su Palabra, en el nutrirnos de su Cuerpo y Sangre, Él nos hace pasar de ser multitud a ser comunidad, del anonimato a la comunión”. De este modo, concluye Francisco el segundo paso de su exposición subrayando que esa unidad, –ese, cabría decir, hacer familia cristiana- es fruto de la Eucaristía: “La Eucaristía es el Sacramento de la comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento, la fe en Él. Y sugiere que nos preguntemos: “¿Cómo vivo yo la Eucaristía? ¿La vivo en modo anónimo o como momento de verdadera comunión con el Señor, pero también con tantos hermanos y hermanas que comparten esta misma misa? ¿Cómo son nuestras celebraciones eucarísticas?"


Compartir lo que tenemos

     El tercer paso es compartir. ¿De dónde nace la multiplicación de los panes?, se pregunta el Papa. Del compartir. ¿Y qué cosa comparten los discípulos? “Lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Pero son justamente estos panes y estos peces los que en las manos del Señor sacian a toda la multitud”. Mira de cerca la situación: “Son justamente los discípulos desorientados delante de la incapacidad de sus medios –la pobreza de lo que pueden poner a disposición– quienes hacen acomodar a la gente y distribuyen –confiando en la palabra de Jesús– los panes y peces que sacian a la multitud”.

     De la contemplación de la escena pasa, como siempre, a nuestra situación. Esta vez lo hace explicando el sentido cristiano de la solidaridad: “Saber dar, o sea, poner a disposición de Dios todo lo que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque solamente compartiendo, en el don, nuestra vida será fecunda, dará fruto”.


La solidaridad de Dios

     Al comprobar una vez más, con motivo del Corpus Christi, cómo el Señor nos da a compartir este pan que es cuerpo, dice el Papa, “también nosotros sentimos la “solidaridad de Dios” con el hombre, una solidaridad que no se acaba nunca, una solidaridad que nunca deja de asombrarnos”.

     Dios se nos da haciéndose cercano a nosotros en la Cruz y en la Eucaristía, alimentándonos y acompañándonos en nuestra vida, “incluso en los momentos durante los cuales la calle se vuelve dura y los obstáculos retardan nuestros pasos”. Y es precisamente en la Eucaristía, uniéndonos a Él y siendo luego coherentes con esa unión, como “el Señor nos hace recorrer su camino, el del servicio, el compartir, el don” De esta manera acontece, también en nuestra vida, siempre de nuevo, el milagro: “Lo poco que tenemos, lo poco que somos, si se comparte se vuelve riqueza, porque la potencia de Dios, que es la del amor, baja dentro de nuestra pobreza para transformarla”.

     Por eso conviene también que nos preguntemos, ante la presencia de Jesús en la Eucaristía: “¿Me dejo transformar por Él? ¿Dejo que el Señor que se dona a mí me guíe para hacerme salir de mi pequeño recinto, para salir y no tener miedo de donarme, de compartir, de amarle y de amar a los otros?

     Seguir al Señor cada día, ser instrumentos de comunión, compartir con Él y con nuestro prójimo lo que somos. Es la propuesta del Papa Francisco, día tras día. Ahí está, como le gustaba recordar a Benedicto XVI, la fecundidad del grano de trigo que muere para dar Vida. Es la coherencia de la Eucaristía vivida, entendida y explicada integralmente en sentido cristiano.

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