lunes, 22 de julio de 2013

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La vida nueva de la fe

M. Chagall, La vie (1964)
Gallerie Maeght, Saint Paul de Vence (Francia)

La vida era el interés principal de los románticos, como reacción que destaca los sentimientos, ante los esquemas puramente ideales o racionalistas. Sin embargo, con frecuencia los románticos no supieron integrar otras dimensiones de la persona, como la razón, la transcendencia y la apertura a Dios y a los demás.

     Como muestra la encíclica Lumen fidei, la vida cristiana, cuando es auténticamente “vivida”, asume los anhelos más profundos y también los más existenciales de las personas.

     La fe cristiana no arrebata la novedad y la aventura a la vida. Al contrario, ilumina la existencia humana en todas sus dimensiones; algo que no puede hacer el sol, cuyos rayos no transpasan las sombras de la muerte (cf. nn. 1 y 2). La fe es, pues, luz que hace vivir. No solo en el sentido de facilitar la vida humana, sino que lleva a una “vida nueva”. ¿Cómo es esa vida? ¿Es una vida que requiere “renunciar” a la vida “normal y corriente”?


La fe es luz que hace vivir la misma vida de Cristo

     La fe es luz que hace vivir no cualquier vida, sino la misma vida de Cristo. Cristo es “el verdadero sol cuyos rayos dan la vida” (Clemente de Alejandría”). La fe cristiana nace del encuentro con el Dios vivo y su amor, y vive sobre todo de la memoria de Jesús (cf. Lumen fidei, n. 4). Así es, en efecto, y la liturgia llama a la Eucaristía “memorial”, no solo como recuerdo, sino como actualización de la vida, muerte y resurrección de Cristo. Para los primeros cristianos, la fe era como una madre que engendraba en ellos una nueva vida, la vida divina. Estaban animados por “la convicción de una fe que hace grande y plena la vida” (n. 5).

     Esta vida nueva, que Dios comienza a prometer desde Abrahán, es la única que asume completamente y da sentido a la vida humana, y al mismo tiempo es capaz de perdurar más allá de la muerte. Y según las palabras de Jesús, estaba ya en Abrahán orientada hacia Él mismo (cf. Jn 8, 56), como lo estaban todas las esperanzas del Antiguo Testamento (cf. n. 15).

     En Jesús Dios nos da la prueba más fiable de su amor, precisamente porque Jesús “da su vida” por nosotros. Y esto quiere decir dos cosas: que muere en la Cruz por nuestro amor; y que, al resucitar, vence la muerte –también la nuestra– y nos ofrece participar de su vida como Hijo Dios hecho carne y resucitado. Gracias a la acción del Espíritu Santo nosotros podemos vivir con Cristo y para todos, ya ahora y para siempre.

     En muchos ámbitos de la vida –observa la encíclica– confiamos en otras personas que conocen las cosas mejor que nosotros. Pues bien, “la fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver” (n. 18). Acogiendo personalmente a Jesús en nuestra vida,  llegamos asimismo a participar de los sentimientos de su corazón, de su condición filial. Y podemos también trabajar, como Él y unidos a Él, en la presencia de Dios; de esta manera, como decía San Josemaría Escrivá, podemos poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades honestas (cf. Homilía Trabajo de Dios, en Amigos de Dios, n. 57).


La fe aporta la vida nueva de los hijos de Dios

     El apóstol Juan fue testigo de cómo “el Verbo de la Vida”, que los discípulos palparon (cf. 1, Jn 1, 1), se hizo grano de trigo y, muriendo, da fruto en la vida de los cristianos. ¿Y de dónde viene esta vida que Jesús nos da? Viene claramente de Dios Padre. “Precisamente porque Jesús es el Hijo, porque está radicado de modo absoluto en el Padre, ha podido vencer a la muerte y hacer resplandecer plenamente la vida.” (Lumen fidei, n. 17).

     Por eso la vida de fe es una “existencia filial”, la vida de los que reconocen que todo lo han recibido de Dios y que no se salvarán por sus propias obras –por muy buenas que fueran, si estuvieran separadas de Cristo–, sino por la fe en Cristo y por la vida en Él.

     Aquí cabría evocar a Santa Teresa del Niño Jesús, cuando en su oración dice: “En el atardecer de esta vida compareceré ante ti con las manos vacías, Señor, porque no te pido que cuentes mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso, quiero revestirme de tu propia justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de ti mismo (Acto de Ofrenda al amor misericordioso, citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2011).


La vida de la fe es la vida del Amor a Dios y a los demás, que nos da el Espíritu Santo

     Lo que nos salva (de los límites de la vida terrena, y sobre todo del pecado y de la muerte) es la fe porque nos da esta vida nueva, que comporta participar del Amor de Dios: “La fe en Cristo nos salva porque en él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros y con nosotros” (Lumen fidei, n. 20).

     Por la fe, la vida misma del creyente, sin dejar de ser la misma vida que ya vivía en su contexto “ordinario” –sus relaciones familiares, de trabajo, de amistad, de vida social y cultural–) se engrandece y ensancha haciendo que las mismas relaciones humanas enriquezcan “la vida común” (Ibid., n. 51).

     Todo ello es fruto del encontrarse con Cristo, contemplar su vida –la “vida luminosa de Jesús”, en expresión de H. Schlier que aparece varias veces en la encíclica, percibir su presencia (cf. Ibid., n. 30) y participar de su amor. Y ese amor, que es la obra principal del Espíritu Santo y la verdad profunda de la fe cristiana, “unifica todos los elementos de la persona y se convierte en una luz nueva hacia una vida grande y plena” (n. 27).

     Es el Espíritu Santo quien impulsa a la Iglesia para que nos transmita su “memoria” viva, esa vida de la fe (a través de la confesión de la fe, de los sacramentos, del cumplimiento del Decálogo y de la oración). Por la profesión de la fe (el Credo), el bautismo y la Eucaristía se nos da la capacidad para revivir en nosotros los “misterios de la vida de Jesús” (n. 45), que hemos de reproducir en nuestra vida teniendo como “indicadores” los Mandamientos de la Ley de Dios y la oración como ámbito de intimidad con Él.

     La fe llega a engendrar una vida nueva, una “vida santa” (n. 40) en cada uno y con consecuencias en la vida social y pública, porque aprendemos a convivir respetando la dignidad de cada persona y la naturaleza de las cosas creadas, para gloria de Dios y servicio a todas las personas, por amor a Dios y al prójimo. Sin la fe no se distingue bien “lo que hace preciosa y única la vida del hombre” (n. 54). En cambio, el encuentro con el amor originario de Dios, mostrado plenamente en Cristo, “manifiesta el sentido y la bondad de nuestra vida” (n. 51).

     La fe está, pues, para hacerla vida, carne de nuestra carne, vida de nuestra vida. Y la vida de la fe es también la vida de la esperanza y la del amor: “Fe, esperanza y caridad, en admirable urdimbre, constituyen el dinamismo de la existencia cristiana hacia la comunión plena con Dios” (n. 7). Un dinamismo que “nos permite así integrar las preocupaciones de todos los hombres” en nuestro camino hacia la ciudad definitiva que Dios nos tiene reservada (n. 57).




(publicado en www.religionconfidencial.com, 21-VII-2013)

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