lunes, 2 de septiembre de 2013

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Encuentro, servicio, cercanía



En la última parte de su discurso al Comité de coordinación del CELAM (Río de Janeiro, 28-VII-2013), el Papa Francisco propone algunas pautas para la evangelización en América Latina y el Caribe, que también pueden servir de orientaciones para todos los que tienen que ver con la educación en la fe y la formación cristiana.



Salir de uno mismo hacia Dios y los demás

     El Papa considera que las conclusiones de Aparecida (V Conferencia del CELAM, mayo 2007) son una luz para el hoy del camino de la Iglesia. En ese sentido no es bueno escapar hacia un futuro imaginado con meras expectativas humanas, ni quedarse en el pasado. “Toda proyección utópica (hacia el futuro) o restauracionista (hacia el pasado) no es del buen espíritu”, porque “Dios es real y se manifiesta en el ‘hoy’”.


      Dios asume el pasado y el futuro en el presente que hoy nos interpela: “Hacia el pasado su presencia se nos da como ‘memoria’ de la gesta de salvación, sea en su pueblo sea en cada uno de nosotros; hacia el futuro se nos da como ‘promesa’ y esperanza. En el pasado Dios estuvo y dejó su huella: la memoria nos ayuda a encontrarlo; en el futuro sólo es promesa… y no está en los mil y un ‘futuribles’".

     En definitiva: “El ‘hoy’ es lo más parecido a la eternidad; más aún: el ‘hoy’ es chispa de eternidad. En el ‘hoy’ se juega la vida eterna”. Podría decirse que así como en Jesús se encarnó la Palabra de Dios en la cultura del pueblo judío de su época, así también la Iglesia, y en ella cada uno de los cristianos, ha de responder a la llamada de Dios no en abstracto sino en cada lugar y tiempo, en el aquí y ahora. Todo esto se resume en este “hoy” de la salvación, que la liturgia cristiana celebra continuamente en cada lugar y que el Papa nos presenta. Esto es posible porque la Eucaristía es la actualización de la muerte y la resurrección del Señor que asume todo lo nuestro y lo hace suyo, convirtiéndolo en ofrenda al Padre y servicio a la humanidad.

     La llamada que todos los cristianos hemos recibido es, pues, llamada para el apostolado, para la evangelización. Este ser “discípulo misionero”, explica el Papa Francisco, se da, por tanto, en una “tensión” a salir de uno mismo; en un proyectarse desde el encuentro con el Maestro hasta el encuentro con los que esperan el anuncio de la fe. En este sentido esa llamada “no admite la autorreferencialidad: o se refiere a Jesucristo o se refiere al pueblo a quien se debe anunciar”.

    Por eso al Papa le gusta decir que la posición del discípulo misionero “no es una posición de centro sino de periferias: vive tensionado hacia las periferias… incluso las de la eternidad en el encuentro con Jesucristo”. Ciertamente, añade, “en el anuncio evangélico hablar de ‘periferias existenciales’ des-centra, y habitualmente tenemos miedo a salir del centro”. Pero no hemos de temer cuando el centro ya no somos nosotros mismos, sino que “el centro es Jesucristo, que convoca y envía”.


Una Iglesia Esposa, Madre y Servidora

     Todo esto afecta no solamente a cada cristiano, sino también a la Iglesia en su conjunto y a toda comunidad cristiana y eclesial. Ella no debe erigirse en “centro”, puntualiza el Papa Francisco, pues así “se funcionaliza y poco a poco se transforma en una ONG”. Ella debe ser, según los Padres, como la luna, que transmite una luz que no es propia. No puede ser “autorreferencial” (es decir, hablar solo de sí misma, vivir para sí misma), sino misionera. De otra manera, insiste el Papa, deja de ser institución divina para pasar a ser obra de hombres. “Deja de ser Esposa para terminar siendo Administradora; de Servidora se transforma en ‘Controladora’”. En resumen: “Aparecida quiere una Iglesia Esposa, Madre, Servidora, facilitadora de la fe y no tanto controladora de la fe”.


Cercanía y encuentro

     Cercanía y encuentro, son, como consecuencia, dos categorías que Aparecida propone para expresar el “estilo” de la evangelización. No son nuevas, observa el Papa, sino que conforman la manera con que Dios se ha revelado en la historia. Dios se ha hecho cercano a su pueblo al encarnarse. Por eso hay que rechazar –señala– “pastorales ‘lejanas’, pastorales disciplinarias que privilegian los principios, las conductas, los procedimientos organizativos… por supuesto sin cercanía, sin ternura, sin caricia”. Y es que no se puede ignorar la “revolución de la ternura” que provocó la encarnación del Verbo.

     La distancia es un obstáculo para el encuentro con Jesucristo y con los hermanos. En efecto –prosigue explicando el Papa– el anuncio de la fe no consiste simplemente en buscar que aumente el número de seguidores del Evangelio. Porque trae la cercanía de Cristo, el anuncio de la fe (o el apostolado cristiano) aspira a crear un “lugar” de encuentro, formas de diálogo, culturas del encuentro.

     Esto se traduce, entre otras cosas, en el estilo de la predicación sacerdotal. Por eso invita el Papa Francisco a preguntarse cómo son las homilías, si acercan al ejemplo del Señor, y no se centran en señalar preceptos, quedándose lejos de la vida concreta


Los obispos, "conductores" de la evangelización

     Finalmente el Papa destaca la figura de los obispos como “conductores” de la misión en la Iglesia. Y traza el perfil de los obispos que hoy necesita la nueva evangelización, cercanos y servidores de Dios y de la Iglesia:

     “Los Obispos han de ser Pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida. Hombres que no tengan ‘psicología de príncipes’. Hombres que no sean ambiciosos y que sean esposos de una Iglesia sin estar a la expectativa de otra”.

     Nos parece estar escuchando o leyendo a los Padres de la Iglesia, cuando hablan de qué significa para los obispos ser pastores de su pueblo. Así lo expresa el Papa Francisco:

     “Hombres capaces de estar velando sobre el rebaño que les ha sido confiado y cuidando todo aquello que lo mantiene unido: vigilar sobre su pueblo con atención sobre los eventuales peligros que lo amenacen, pero sobre todo para cuidar la esperanza: que haya sol y luz en los corazones. Hombres capaces de sostener con amor y paciencia los pasos de Dios en su pueblo”.

     De esta manera, “el sitio del Obispo para estar con su pueblo es triple: o delante para indicar el camino, o en medio para mantenerlo unido y neutralizar los desbandes, o detrás para evitar que alguno se quede rezagado, pero también, y fundamentalmente, porque el rebaño mismo también tiene su olfato para encontrar nuevos caminos”.

     Encuentro, servicio, cercanía. Una buena síntesis de la propuesta de Aparecida, como luz para el anuncio de la fe –el apostolado, la formación cristiana, etc.– en nuestros días.

(publicado en www.religionconfidencial.com, 1-IX-2013)

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