viernes, 10 de enero de 2014

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Desafíos en la evangelización

Evangeliario de Enrique II (h. 1010), 
Bayerische Staatsbibliothek, Munich

Terminadas las fiestas navideñas, volvemos a nuestras tareas habituales, situados en medio de la “cuesta de enero”, que es lo que toca ahora. Y en esa cuesta (arriba, se entiende), los cristianos hemos de comunicar el mensaje del Evangelio en nuestra sociedad, precisamente para que vengan tiempos mejores. ¿Qué aspectos de esta sociedad actual son compatibles con el mensaje cristiano y cuáles no lo son? ¿Qué desafíos se deducen de una mirada a nuestra realidad cultural, especialmente en las ciudades? ¿Qué podemos aportar, también en los ámbitos eclesiales?

     Después de explicar que la renovación de la Iglesia debe ser una transformación misionera, el Papa Francisco dedica el capítulo segundo de Evangelii gaudium a analizar la situación contemporánea. Y lo hace poniendo en práctica el discernimiento o el estudio de los “signos de los tiempos”; es decir, una mirada desde la fe –cabría decir, con los ojos de Cristo, en su perspectiva– a la realidad, para emitir un juicio que permita orientar la acción evangelizadora.

    Discernir significa distinguir: “es preciso esclarecer aquello que pueda ser un fruto del Reino y también aquello que atenta contra el proyecto de Dios”. Y también: “Esto implica no solo reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo, sino –y aquí radica lo decisivo– elegir las del buen espíritu y rechazar las del malo” (n. 51)

     El capítulo segundo, titulado “en la crisis del compromiso comunitario” se dedica a los desafíos y actitudes en la evangelización. Veamos ahora lo que se refiere a los desafíos.


Avances y enfermedades sociales y culturales

1. Comienza contemplando el giro histórico que está dando nuestra sociedad. Este giro va asociado, por un lado, a grandes avances (por ejemplo en el ámbito de la salud, de la educación y de la comunicación). Y por otro lado, se acompaña de una serie de enfermedades sociales y culturales: el miedo y la desesperación, la tristeza y la violencia, las grandes desigualdades y el surgimiento de nuevas formas de un poder anónimo.

     Se detiene el Papa para denunciar más en concreto algunas de estas patologías: la “economía de la exclusión” de enteras masas de población, con la extensión de la cultura del “descarte” de los que no “producen”, como los ancianos y los débiles; la confianza burda en que el mercado de por sí arreglará todo eso, cuando lo que tenemos es la “globalización de la indiferencia” y la anestesia producida por la cultura del bienestar; la idolatría del dinero con su rechazo de la ética (que permitiría crear un equilibrio y un orden social más humano) y de Dios (al que se considera incontrolable, inmanejable e incluso peligroso, por llamar al hombre a su plena realización libre de cualquier esclavitud); la inequidad que genera violencia, crecimiento de la carrera armamentística y marginación de los pobres y de los países pobres (cf. nn. 50-60).


Desafíos culturales

     2. Más adelante aborda algunos desafíos culturales: un primer grupo está formado por los ataques a la libertad religiosa, la indiferencia relativista, la cultura de lo superficial y provisional; la sobreexposición a los medios de comunicación social con merma de los valores tradicionales; el surgimiento de nuevos movimientos religiosos como reacción ante una sociedad materialista, consumista e individualista e incluso de una pastoral poco acogedora (especialmente de los pobres) o excesivamente burocrática; las dificultades en la defensa de ciertas cuestiones morales, también por parte de la Iglesia; la crisis del matrimonio y de la familia (cf. nn. 61-67).

     Frente a estos desafíos “se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores” (n. 64). Respecto al matrimonio, es preciso mostrar que no procede “del sentimiento amoroso, efímero por definición, sino de la profundidad del compromiso asumido por los esposos que aceptan entrar en una unión de vida total” (n. 66).

     Otros desafíos se plantean en la inculturación de la fe. En este ámbito se subraya el valor de la religiosidad o de la piedad popular: “Una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida” (n. 68). Al mismo tiempo, las culturas populares de los pueblos católicos –como toda cultura y todo grupo social– necesitan purificarse y madurar. Es preciso vigilar determinadas tradiciones y devociones ligadas a supuestas revelaciones, que no se preocupan de la promoción social y de la formación de los fieles (cf. nn. 67-69).

     En tercer lugar vienen algunos desafíos específicos de las culturas urbanas, pues las ciudades presentan “lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de Jesús” (n. 73). Se trata de ámbitos multiculturales que necesitan una especial creatividad y flexibilidad para insertar la evangelización en los contextos antropológicos y sociológicos. “Vivir a fondo lo humano e introducirse en el corazón de los desafíos como fermento testimonial, en cualquier cultura, en cualquier ciudad, mejora al cristiano y fecunda la ciudad” (n. 75).


Otros desafíos eclesiales

     3. Los últimos números de este capítulo –otros desafíos eclesiales– se refieren a los laicos, las mujeres, los jóvenes y las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Respecto de los laicos (los cristianos que viven su fe en los trabajos y en las familias), se alegra de que haya crecido la conciencia de su identidad y misión, aunque un persistente clericalismo los mantenga con frecuencia alejados de sus propios compromisos en la transformación de la sociedad. Por ello, señala el Papa, “la formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante” (n. 102).

      En cuanto a las mujeres, se alegra del indispensable aporte de la mujer en la sociedad, particularmente, aunque no exclusivamente, a través de la maternidad. También aplaude la colaboración de muchas mujeres en las tareas pastorales que realizan los sacerdotes (bien entendida la función del sacerdote, esto es, no en la perspectiva del poder, sino del servicio), el acompañamiento que prestan a personas, familias y grupos, y sus aportaciones a la reflexión teológica.

     Por lo que toca a los jóvenes, pide escucharles más para comprenderlos mejor de modo que puedan crecer en compromiso y en responsabilidad evangelizadora. Finalmente, respecto a las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, solicita oración por ellos y una más cuidada selección.

     Como se ve, el Papa Francisco enfoca la situación actual con realismo e impulsa a la fe operativa y a la entrega esperanzada en las diversas tareas. Conviene tener en cuenta estos desafíos y sugerencias a la hora de elaborar programas o establecer proyectos educativos en los ámbitos de la catequesis (en general de la formación cristiana) y de la enseñanza religiosa escolar o académica.

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