lunes, 6 de enero de 2014

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Nuevo año y renovación de los evangelizadores


Estamos comenzando un nuevo año teniendo en cuenta la invitación del Papa Francisco a una transformación de los cristianos y de la Iglesia misma. ¿En qué consiste esta renovación o transformación? ¿Qué nuevas actitudes pide de nosotros, especialmente de los educadores y formadores? ¿Cuáles son las luces que, con estas actitudes, podemos encender en nuestro mundo?

     Hoy se nos pide una transformación misionera. Así lo propone el Papa Francisco en el capítulo primero de la exhortación Evangelii gaudium: “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (n. 20).

     Esto pide conversión y renovación evangelizadora, creatividad y concentración en lo esencial, y mantener las “puertas abiertas” hacia los demás.


Trasformación misionera y conversión

     El Papa concreta esa transformación con cinco verbos: “primerear” (tomar la iniciativa sin miedo, salir a las periferias, brindar misericordia); involucrarse (con obras y gestos en las necesidades de los demás); acompañar (con paciencia y fortaleza); fructificar (después de sembrar con generosidad); y festejar (sobre todo con la belleza de la liturgia).

     La situación actual pide ante todo una conversión personal a Dios, un cambio interior que, como consecuencia de abandonar el pecado y abrazar la vida de la gracia en amistad con Dios, nos lleve a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de los demás. Pero no solo eso, sino también una “conversión pastoral y misionera” de los grupos, comunidades e instituciones cristianas en su conjunto, para que no se queden dentro de sí mismas.

    Esto significa una llamada a evangelizar en todos los lugares, contando con la responsabilidad de todos los cristianos, “para que las costumbres, los estilos, los horarios, el lenguaje y toda estructura eclesial se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación” (n. 27). Y requiere de toda la Iglesia, tanto a nivel universal como particular, “entrar en un proceso decidido de discernimiento, purificación y reforma” (n. 30). Lo que a su vez precisa “abandonar el cómodo criterio pastoral del ‘siempre se ha hecho así’”, para ser “audaces y creativos” en la tarea de “repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores” (n. 33). 


Creatividad y concentración en lo esencial

     Con esta creatividad, el anuncio del Evangelio debe ser hecho “a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y si miedo” (n. 23). Debe manifestar con realismo “el corazón del mensaje de Jesucristo”, sin reducirlo a algunos aspectos secundarios. Sin dar por supuesto que nuestros interlocutores lo conocen, “el anuncio se concentra en lo esencial, que es lo más bello, lo más grande, lo más atractivo y al mismo tiempo lo más necesario”. De esta manera “la propuesta se simplifica, sin perder por ello profundidad y verdad, y así se vuelve más contundente y radiante” (n. 35).

     Para garantizar la concentración en lo esencial, el Papa se refiere a dos principios teológico-pastorales importantes. En primer lugar, lo que el Concilio Vaticano II llamó jerarquía en las verdades reveladas, el orden que hay entre ellas “según su conexión con el fundamento de la fe cristiana” (cf. decreto Unitatis redintegratio, 11). Un principio que vale “tanto para los dogmas de fe como para el conjunto de las enseñanzas de la Iglesia, e incluso para la enseñanza moral” (n. 36).

     Concretamente en la enseñanza moral el centro es la caridad, traducida, en cuanto al obrar exterior, en misericordia. En ese sentido, dice el Papa siguiendo a santo Tomás de Aquino, “la misericordia es la mayor de todas las virtudes”. De este modo se asegura la integralidad del anuncio de la fe en lo que se refiere a la moral cristiana, que no es una ética estoica, es más que una ascesis, no es una mera filosofía práctica ni un catálogo de pecados y errores”, sino una respuesta de amor al Dios amante (cf. n. 39).

    Un segundo principio que el Papa destaca es la distinción entre la sustancia de la doctrina cristiana y las distintas maneras de expresarla o formularla (cf. Juan XXIII, Discurso en la apertura del Concilio Vaticano II, 11-X-1962).

    Francisco no se queda en el enunciado de este principio sino que muestra cómo funciona en la práctica. “A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo”. Continúa: “Con la santa intención de comunicarles la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, en algunas ocasiones les damos un falso dios o un ideal humano que no es verdaderamente cristiano”. De ese modo –deduce– “somos fieles a una formulación, pero no entregamos la substancia. Ése es el riesgo más grave” (Evangelii gaudium, n. 41). Y recuerda, con palabras de Juan Pablo II, que “la expresión de la verdad puede ser multiforme, y la renovación de las formas de expresión se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el mensaje evangélico en su inmutable significado” (enc. Ut unum sint, de 1995, n. 19).

     Particular responsabilidad tiene en esto la teología, por su misión de enseñar el mensaje del Evangelio; pues debe entrar en diálogo con las Ciencias sociales para aportar líneas diversas de pensamiento y expresión de la fe que, respetando su substancia, manifiesten la inagotable riqueza del Evangelio (cf. n. 40).

    Por lo que se refiere a la fe, el Evangelio debe anunciarse de forma “que su belleza pueda ser mejor percibida y acogida por todos”, sin olvidar la realidad de la cruz, la adhesión del corazón, el amor y el testimonio (cf. n. 42).

    En relación con el mensaje moral, añade el Papa, algunas costumbres y preceptos de la Iglesia podrán ser revisados si han perdido su “fuerza educativa”; y ello, en orden a mostrar la misericordia de Dios –sobre todo en la confesión de los pecados– y a no hacer pesada la religión. A este propósito aduce lo que señala el Catecismo de la Iglesia Católica acerca de las circunstancias que pueden disminuir o suprimir la responsabilidad moral de una acción (cf. n. 1735). Y pondera el valor de los “pequeños pasos”, que da quien desea, desde una situación de pecado o de lejanía, abrir su corazón y su vida a Dios. Estos pasos, aún tímidos y titubeantes, pueden ser más agradables a Dios que una vida exteriormente correcta que no se enfrente con especiales dificultades. 


Misión de "puertas abiertas"

      Misión de “puertas abiertas”. En definitiva, la evangelización se encarna en los límites humanos (cf. n. 40) y concretamente “se mueve entre los límites del lenguaje y las circunstancias (…) sin renunciar a la verdad, al bien y a la luz” (n. 45). El evangelizador “nunca se encierra, nunca se repliega en sus seguridades, nunca opta por la rigidez autodefensiva” (Ibid.).

     En consecuencia, la misión nos lleva a mantener las “puertas abiertas”, no solo las de los templos y las de los sacramentos (que no deberían cerrarse por una razón cualquiera, pues son remedio y alimento que deben proporcionarse con prudencia y audacia); sino también las puertas del corazón del evangelizador. Llegado a este punto, el Papa señala la “orientación contundente” que da el Evangelio acerca de la prioridad de los pobres, enfermos, despreciados y olvidados (cf. Lc 14, 14). Hoy y siempre, como señalaba Benedicto XVI, “los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio”. Cerrarles la puerta sería clausurarse en una maraña de procedimientos, estructuras, regulaciones o costumbres que paralicen esa “salida” hacia los demás; o que nos impidan “detener el paso, dejar de lado la ansiedad para mirar a los ojos y escuchar, o renunciar a las urgencias para acompañar al que se quedó al lado del camino” (nn. 46-48).

    Por todo ello, concluye, “más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: ‘¡Dadles vosotros de comer!’ (Mc 6,37)” (n. 49).





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