martes, 12 de agosto de 2014

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Amor matrimonial y amor a los hijos

Se acerca el sínodo extraordinario sobre la familia. Y conviene preguntarse por el significado concreto del matrimonio cristiano y de la familia cristiana. ¿Qué supone o qué significa concretamente el adjetivo “cristiano” en lo que respecta a la sexualidad conyugal? ¿Cómo se prolonga ese amor a través de la familia?


Amor y donación

      1. En el matrimonio cristiano, comprendido y vivido desde la entrega de Cristo, el eros –amor posesivo– se transforma en agapé, en amor por el otro que ya no se busca a sí mismo sino que se convierte en disponibilidad a sacrificarse por el otro y en apertura al don de una nueva vida humana.

      Este amor de donación es el mismo que llena la vida y la misión de la Iglesia, para llevar al mundo la misericordia del corazón de Cristo y la esperanza de una vida inmortal. La caridad, el amor, es un elemento esencial en la misión de la Iglesia. Y, como decía Juan Pablo II, si faltara el amor –el amor con hechos–, todo podría quedarse en palabras.


El camino del eros al agapé

     2. El amor en el matrimonio. Lo que constituye el núcleo del matrimonio es el amor entre los esposos, manifestado en el consentimiento como signo e instrumento real de su entrega mutua. Según la encíclica Deus caritas est, el sentido cristiano del amor matrimonial lleva a lo que podríamos llamar “tres sorpresas”.

      a) El “eros” puede ser modelo de todo amor. El amor entre varón y mujer puede considerarse como modelo y origen de todo amor, aunque no sea la única forma de amor. Además está el amor de amistad, el amor propio de los padres de familia y el amor de pura benevolencia o agapé, que es don de Dios ligado a la fe religiosa. En el Nuevo Testamento este agapé se traduce como “caridad” porque supone una manera de amar radicalmente nueva, como participación del amor de Cristo.

     Según los griegos, el eros –amor posesivo– es capaz de pregustar lo infinito o lo eterno, y a la vez está llamado a dominarse por medio de la purificación, de la maduración y de la renuncia a si mismo. En la Biblia está presente esta necesidad de purificación del eros, por ejemplo en la historia de Tobias, donde se antepone la oración a la unión de los recién casados. Es también una manifestación de que, tras el pecado original, no es fácil la armonía entre cuerpo y espíritu.

     En el mundo moderno, como muestra Thibon, es patente esta falta de armonía entre cuerpo y espíritu. Muchos matrimonios fracasan porque intentan buscar lo infinito –el amor ideal sin límites– en algo que es finito –el cuerpo del que aman–, como si alguien quisiera encontrar todas las palabras de una novela en su tapa.

      Pero las personas ni somos puro espíritu ni pura carne, hemos de amar como lo que somos, cuerpo y alma. La Biblia enseña que el amor entre los esposos es un reflejo y un camino para encontrar el amor mismo de Dios. Ahora bien, para lograr esto es preciso que el eros se abra al agapé, superando el egoísmo. El amor más perfecto está en olvidarse de uno mismo, estar dispuesto a la renuncia y al sacrificio de sí mismo por el bien del otro.

     Paradójicamente, es así como el eros consige el “extasis” prometido, saliendo del yo para entregarse al otro, como manera de encontrarse auténticamente con el verdaro yo. Jesús lo dice claramente: el grano de trigo debe morir si quiere dar fruto abundante.

     Así se resuelve nuestra “primera sorpresa”: lo que presenta la Biblia como modelo de todo amor no es el eros sin más –el atractivo entre varón y mujer–, sino el eros que se esfuerza por convertirse en agapé. El amor posesivo que se cambia en amor de donación. 


El amor también necesita recibir

     b) En el cristianismo el “eros” se mantiene y se perfecciona. El cristianismo facilita el camino al verdadero amor, que no consiste en que el eros desaparezca –el atractivo y la vehemencia del amor–, porque el amor humano necesita no sólo dar, sino también recibir. En el cristianismo este recibir está siempre garantizado, al menos por parte de Dios, que va abriendo a una felicidad más alta que la que se contiene en el mero recibir. 

    Para entender bien cómo el cristianismo asume, sin destruirlo, el eros, y lo perfecciona elevándolo al nivel divino, conviene reflexionar sobre la imagen de Dios y la imagen del hombre, tal como las presenta la Biblia.
Dios ama al hombre a la vez con un amor apasionado y con un amor de benevolencia –que da gratuitamente y es capaz de perdonar–, que pueden compararse con las dos dimensiones del amor humano, eros y agapé.
En cuanto al hombre, la Biblia muestra que la naturaleza humana sólo está completa cuando se relaciona de alguna manera con el otro sexo. Por eso el matrimonio como amor exclusivo y definitivo es icono de la relación de Dios con su pueblo y viceversa. Y así llegamos a la tercera de las “sorpresas” que nos depara el cristianismo.


El amor matrimonial, icono del amor de Dios por la humanidad

     c) En el cristianismo, el amor humano se convierte en icono del amor de Dios por la humanidad. En lo evangelios, Jesús se presenta como esposo de la humanidad, santifica con su presencia el matrimonio de Caná y compara el Reino de Dios a un banquete nupcial. San Pablo interpreta la muerte de Cristo como entrega por su esposa la Iglesia. Y el Apocalipsis se cierra celebrando las bodas entre Dios y los hombres.
En suma, en el cristianismo el eros no sólo no se suprime, sino que se eleva y perfecciona, hasta el punto de que remite al amor de Dios por la humanidad, realizado plenamente en el amor de Jesucristo por la Iglesia. Así se muestra que el amor es el sentido último de la existencia. 

       Todo ello puede sintetizarse así: el amor de los esposos está llamado a convertirse en el corazón del culto que la entrega mutua de sus vidas ofrece, para gloria de Dios y la felicidad de todas las personas que les rodean.

     Gracias al sacramento del matrimonio, los esposos quedan capacitados no sólo para mirar juntos a Dios en unión con la Iglesia, sino para participar en el amor mismo entre Cristo y la Iglesia, “alma” del culto cristiano. Así el amor de los esposos se sitúa no al lado de su fe o de su vida espiritual, sino en el mismo núcleo de ella, de su vocación y misión.

     Ahora bien, todo amor cristiano, también el amor matrimonial, tiene como centro la Eucaristía. Esto es así porque la Eucaristía es la actualización de la entrega de Cristo por todos y cada uno de los hombres y mujeres de la historia. La Eucaristía nos une a Cristo y a los que están unidos con Él, por lo que tiene un marcado carácter social.

     Es interesante recordar que para los primeros cristianos, el agape era otro nombre de la Eucaristía. Todo esto quiere decir que el auténtico “éxtasis” del amor consiste en la apertura de los esposos a Dios y a los demás. 


Necesidad de la unión con Dios y de la atención a los más necesitados

2. Subrayemos ahora esas dos dimensiones del amor matrimonial: apertura a Dios y a los demás.
      a) Necesidad de la unión con Dios para vivir el amor en el matrimonio. Si Dios no está presente en la vida espiritual de los cónyuges, no sabrán encontrar en el otro la imagen divina. Y viceversa, por mucho que quisieran ser “piadosos” y cumplir sus deberes religiosos, si no atienden al otro cónyuge –dandole amor y preocupándose por su bien integral–, tampoco se abrirán verdaderamente a Dios.

      b) Amor matrimonial, familia y atención a los más necesitados. El amor es don del Espíritu Santo, que es a la vez “como el alma” de la Iglesia, que la impulsa a expresar el amor de Diios en el mundo. Con otras palabras, el amor mismo de los esposos, que un día se prometieron ante Dios, es, por la acción del Espíritu Santo y la colaboración de los esposos, la fuente continua, el motor y la belleza de su tarea en el mundo. 


El trabajo es un medio, no un fin; lo primero es el amor entre los esposos

     No es, por tanto, siendo fundamental, no es el trabajo lo primeramente decisivo para sacar adelante la familia. Tampoco la atención a los hijos es “lo primero”. Es vivir el amor entre ellos, los esposos, lo fundamental, que luego les llevará a entregarse ante todo en la familia, por la educación cristiana de sus hijos, aunque se hayan independizado del hogar. 

       Esto equivale a comprender que el amor entre los esposos no consiste tanto en contemplarse y saborearse uno al otro, como más bien en entregarse a unas realidades y horizontes que los trascienden a base de liberarles de los límites egoístas del yo, mediante el esfuerzo y el sacrificio personales como colaboración de la obra de Cristo. 


Autoeducarse para el amor

         3. Dos conclusiones en relación al amor matrimonial y a los hijos:
      a) Vivir el amor en el matrimonio exige autoeducarse para el amor; aprender a quererse respetándose y mostrando el cariño con detalles; saber perdonarse mutuamente –porque el otro no es Dios– para ayudarse mutuamente a crecer en el amor; cuidar la vida espiritual y la formación cristiana continua; abrirse a otros matrimonios y familias; vivir, ante todo de puertas adentro, con un “estilo cristiano” en el lenguaje y el vestido, en el uso del dinero y de los bienes materiales, en el tiempo de ocio y en los proyectos de vacaciones; luchar contra la dinámica disgregadora del trabajo (la profesión no puede ponerse por encima del amor a la esposa o al esposo; el trabajo es un medio, la familia es un fin; y para ello resulta útil poner medios concretos y puntos firmes: horario de llegada a casa, tiempo de dedicación a los hijos, dejar las preocupaciones profesionales aparte del hogar).


Poner el amor en el mundo

      b) La misión del matrimonio es poner amor en el mundo; y para ello estar dispuestos en principio a tener hijos, si Dios los envía; a educarles con amor –cariño y fortaleza– y con el testimonio de las virtudes y de la vida cristiana, sin voluntarismos ni negativismos, sin naturalismos (allá tú) ni dirigismos (porque yo lo digo); a sembrar en ellos ideales nobles y enseñarles a poner los medios justos para lograrlos; a dialogar y comunicarse con ellos, enseñándoles el valor del trabajo y del servicio; a sentir con la Iglesia y colaborar en las tareas eclesiales; a cuidar especialmente de los más necesitados (obras de misericordia).

      En suma, el amor matrimonial debería llevar a una siembra de amor primero en los hijos, educándoles como ciudadanos y buenos cristianos que apoyan su vida sobre los cimientos de la confianza en Dios Padre, la amistad con Jesús, la luz y la fortaleza del Espíritu, la ternura de María.


(publicado en www.cope.es, 5-VIII-2014)

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