viernes, 20 de marzo de 2015

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Anunciar la misericordia

C. H. Bloch, Cristo curando al enfermo en Betsaida (1883)


Con motivo de los 50 años de la clausura del Concilio Vaticano II, Francisco ha anunciado un Año santo o un jubileo extraordinario sobre la misericordia. Señala el diccionario que la misericordia es la virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y miserias ajenos. Casi lo dice la misma palabra: misericordia, llevar las miserias (de los demás) en el corazón.

Desde el principio de su pontificado, Francisco viene subrayando especialmente que estamos en tiempo de misericordia. Señala que la verdad debe estar unida a la misericordia y viceversa, porque la misericordia es el estilo de Dios. Cabe explorar su documento programático, la exhortación Evangelii gaudium, en busca de sus propuestas sobre la misericordia. 


La misericordia de Dios pide la misericordia del cristiano  

“Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia” (EG, n. 3). Dios –explica el texto­– está siempre dispuesto a perdonar, a cargarnos sobre sus hombros. Su amor infinito e inquebrantable nos otorga dignidad y ternura. Su resurrección nos permite volver siempre a comenzar con alegría.

Por eso la Iglesia y cada cristiano en ella viven –deben vivir– de “un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva” (n. 24). En consecuencia se nos propone “primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar” el mensaje del Evangelio, para llevar esta buena noticia a otros. En esta tarea los obispos tienen un papel primordial, con su “cercanía sencilla y misericordiosa” (n. 31). 


La virtud de la misericordia

Señala Santo Tomás de Aquino, y lo recoge Francisco, que, en cuanto al obrar exterior, la misericordia es la mayor de todas las virtudes: “En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo” (n. 37). Y añade que no adoramos a Dios con sacrificios y dones exteriores porque Él los necesite; quiere que se los ofrezcamos para nuestra devoción y para la utilidad del prójimo. “Por eso, la misericordia, que socorre los defectos ajenos, es el sacrificio que más le agrada, ya que causa más de cerca la utilidad del prójimo”. (S. Th., II-II, q30, a4 y ad 1).

La misericordia, situada en el corazón del mensaje evangélico, orienta las necesarias reformas en la Iglesia y también la predicación –cabría decir, toda su labor pastoral y educativa– para no hacer pesada la vida a los fieles, sino para exigir con moderación los preceptos que la Iglesia vaya añadiendo (cf. EG, n. 43).


Educar en y para la misericordia

El educador y el sacerdote deben acompañar con paciencia los pequeños pasos en el crecimiento personal: “Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de sus defectos y caídas” (n. 44).

De esta manera podemos entender mejor que “la salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia. No hay acciones humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un don tan grande. Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí” (n. 112).

Precisamente la evangelización consiste en facilitar que la misericordia de Dios se manifieste en el mundo, a partir del anuncio del Evangelio: “Anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino”. Por tanto “la Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (n. 114).

Todo ello debe comenzar por nuestro propio corazón. Por eso el Papa Francisco nos ha pedido implorar la conversión personal para cada uno y para la Iglesia en su conjunto. Más aún y para empezar, la conversión permanente es la única manera de mantener la identidad cristiana en un mundo cambiante y confuso: “La identidad cristiana, que es ese abrazo bautismal que nos dio de pequeños el Padre, nos hace anhelar, como hijos pródigos –y predilectos en María–, el otro abrazo, el del Padre misericordioso que nos espera en la gloria. Hacer que nuestro pueblo se sienta como en medio de estos dos abrazos es la dura pero hermosa tarea del que predica el Evangelio” (n. 144). Es así porque “Jesucristo, con su muerte y resurrección, nos revela y nos comunica la misericordia infinita del Padre” (n. 164).


Misericordia y amor preferencial por los pobres y necesitados

Responder a la misericordia divina con nosotros lleva consigo la compasión y el perdón (cf. n. 179). Comporta asimismo escuchar el clamor de los pobres: “La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder a él con todas sus fuerzas” (n. 188).

Así es, y esta respuesta de la Iglesia y de los cristianos reviste muchas formas. La mayor parte de los cristianos (los fieles laicos) ejercen la misericordia cuando, junto con sus conciudadanos, trabajan por sacar adelante las familias y hacer de la sociedad un lugar cada día más humano, para que pueda ser también un camino divino. Al mismo tiempo, mediante las obras de misericordia, que siempre pueden y deben ejercitarse en la vida ordinaria, y que hoy son facilitadas e impulsadas por el voluntariado. Están además tantas tareas de educación, atención a la salud, y otras formas directas de promoción humana y social, verdaderas tareas de misericordia con las necesidades de nuestros conciudadanos. También la Iglesia siempre ha promovido institucionalmente obras de beneficencia. Muchas de ellas han sido y siguen siendo impulsadas por católicos, religiosos y laicos. Todos, en modos muy distintos, hemos de llevar a Dios a los más pobres, sin olvidar cuánto podemos aprender de ellos.

Lo importante –señala Francisco– es recordar que lo que hagamos con los demás tiene siempre una dimensión trascendente “y responde la misericordia divina con nosotros” (cf. Lc 6, 36-38). Hay una absoluta prioridad de la “salida de sí” hacia nuestros hermanos, particularmente los más necesitados (cf. EG n. 179).

Así puede aprenderse escuchando la Palabra de Dios, cuando nos instruye sobre la misericordia divina, o cuando nos habla de su necesidad para obtener nosotros mismos misericordia (cf. Mt 5, 7) y salir airosos del juicio de Dios (cf. St 2, 12-13).

Ya el Antiguo Testamento otorga un especial valor salvífico a la misericordia (cf. Dt 4, 24). Y la práctica de la limosna “ejerció una resistencia profética contracultural ante el individualismo hedonista pagano” (EG, n. 193). Las Escrituras “invitan con tanta contundencia al amor fraterno, al servicio humilde y generoso, a la justicia, a la misericordia con el pobre” (n. 194).

Sobre todo hay que tener presente que Jesús se identificó con los pobres y necesitados: “’Tuve hambre y me disteis de comer’, y enseñó que la misericordia hacia ellos es la llave del cielo (cf. Mt 25,35s)” (EG, n. 197).

En la línea de lo que ya señalaron San Juan Pablo II y Benedicto XVI, escribe Francisco: “Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga ‘su primera misericordia’ (Juan Pablo II, Homilía en Santo Domingo, 11-X-1984). Y añade el Papa actual: “Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener ‘los mismos sentimientos de Jesucristo’ (Flp 2,5)” (EG, n. 198).


Madre de misericordia

Como se reza en la letanía del rosario, la misericordia tiene una madre. “En la cruz –observa Francisco–, cuando Cristo sufría en su carne el dramático encuentro entre el pecado del mundo y la misericordia divina, pudo ver a sus pies la consoladora presencia de la Madre y del amigo” (n. 285).

A ella le invoca el Papa como estrella de la nueva evangelización, que es obra de misericordia: Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres, para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz.




(publicado en www.religionconfidencial.com, 20-III-2015)

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