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domingo, 21 de junio de 2026

Construir desde el alma de las ciudades (*)


El viaje apostólico de León XIV a España este mes de junio ha sido no solo un evento diplomático o litúrgico, sino una propuesta de renovación profunda para la Iglesia y la sociedad civil.

Bajo el lema “¡Alzad la mirada!”, pidió a los educadores ser “hilos nuevos para tejer redes nuevas” en el arte del diálogo social, que implica encuentro y escucha, diálogo y respeto. Con palabras de Benedicto XVI, ha señalado que “la fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por eso crea belleza” (Catequesis 21-V-2008). Y se ha preguntado si Europa podría ser ella misma sin la huella de la fe.


Tareas en Europa y desde España

Precisamente en su discurso de saludo a las autoridades, León XIV descubre para Europa, por su gran historia de mediación entre lenguas, religiones y saberes, de unión entre la acción histórica y la lucidez de la razón moral, la vocación de “apreciar la complejidad y estudiarla” con visión de futuro. Una tarea que comporta superar las polarizaciones mediante el discernimiento, “aprender a avanzar junto al otro, a crecer juntos”, rechazar los fantasmas, los enemigos y los prejuicios, los entusiasmos ingenuos y los miedos estériles, y favorecer el pensamiento crítico y la búsqueda del bien común.

La aportación de España la formula con referencia a los santos que han cultivado una “mística con los ojos abiertos”: san Juan de la Cruz, con su avance desde las noches oscuras hasta la luz; santa Teresa de Ávila, con el itinerario del “castillo interior” hacia el propio corazón, para descubrir cómo el universo se convierte en hogar; san Ignacio de Loyola, con su énfasis en el discernimiento. También hoy la eternidad puede impregnar la vida cotidiana, uniendo, en la búsqueda de la santidad, la oración y el compromiso social.


Madrid: familia que aprende el arte de la polifonía

En la capital, León XIV se presentó ante el Parlamento como servidor de la persona humana y abogado de su dignidad. Recordó que una sociedad justa se mide por su capacidad de proteger la vida en su mayor fragilidad: “desde su concepción hasta su ocaso natural”. Advirtió que la ley pierde su sentido si se convierte en mercancía o si ignora a los que no tienen fuerza para hacerse oír. Defendió a la familia y la libertad para escoger el tipo de educación de los hijos.

En el ámbito eclesial, el encuentro en el estadio Santiago Bernabéu fue calificado por el Papa como un “golazo de la Iglesia de Madrid”. Allí presentó una de sus claves teológicas centrales: la Iglesia como una “familia que aprende el arte de la polifonía”, donde la unidad no es uniformidad, sino una armonía que valora la diversidad de carismas y las relaciones entre las “personas de carne y hueso”. Alabó a los voluntarios, por representar la “levadura de la gratuidad”. En una sociedad tentada por el lucro, León XIV defendió la entrega desinteresada como el rasgo distintivo de la “ciudad de Dios” que debe impregnar la vida pública.


Barcelona y Montserrat: belleza que salva y corazones desarmados

La etapa catalana se centró en la vía de la belleza como cauce de evangelización. En la basílica de la Sagrada Familia, el Papa describió el templo de Gaudí como una “obra en construcción” que simboliza la propia vida cristiana, y que requiere la cooperación de todos como “piedras vivas”. Afirmó que el arte y la belleza son “eminentes canales de evangelización” en este tiempo de la imagen.

En la abadía de Montserrat, el mensaje se tornó hacia la reconciliación interior. Al contemplar a la Virgen con el Niño, el Papa exhortó a los fieles a “deponer las corazas” del juicio, la crítica y la agresividad. Propuso la “fuerza desarmada y desarmante del amor” como la única capaz de sanar las heridas causadas por la injusticia y la división.


Canarias: “Ningún ser humano es una isla”

El punto culminante del viaje, por su carga profética, fue la visita a las Islas Canarias. En el centro de las rutas migratorias, el Papa León XIV definió al archipiélago como un “lugar donde el Resucitado se manifiesta” a través de la acogida. Fue rotundo al afirmar que “ningún ser humano es una isla” y que el secreto del corazón reside en la llamada al encuentro.

Ante el drama de los cayucos, el sucesor de Pedro denunció con severidad a quienes “especulan con la desesperación” y convierten el sufrimiento ajeno en negocio, advirtiéndoles que habrán de comparecer ante la justicia divina. A los migrantes, les aseguró: “Tu vida no es un descarte, tu dignidad no ha quedado disuelta en las aguas”.

Una gran lección de Canarias para la Iglesia universal fue la invitación a dejarse evangelizar por los pequeños y los pobres. El Papa pidió a los católicos que la integración no sea solo una tarea social, sino un encuentro espiritual donde se reconozca la “misteriosa sabiduría de Dios escrita en la carne” de los que sufren.


La fragilidad como magisterio


A lo largo de su visita, León XIV mostró una especial predilección por los olvidados. Con los internos de la prisión de Brians 1 (Barcelona) y posteriormente en sus mensajes, insistió en que “los errores de la vida no determinan la identidad”, y que el pasado no debe condenar el futuro. En los hospitales y con los ancianos, propuso algo así como un magisterio de la fragilidad, donde la vejez y la enfermedad nos recuerdan nuestra dependencia mutua y la necesidad de Dios.

Al despedirse en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, y con referencia al corazón de Cristo, que es el corazón del Evangelio, pidió abrir a todos “este mar de amor”. Repitió el lema “¡Alzad la mirada!” precisamente hacia el Crucificado, que es la fuente del perdón, de la reconciliación y de la paz.

A los jóvenes les anima a buscar siempre la verdad, rechazando otros caminos: “¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad!”. Los desafía a ser protagonistas del cambio social como “chispa de una humanidad nueva”, capaz de cambiar la historia con el amor.

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(*) Publicado en "Religión Confidencial", 17-VI-2026

viernes, 12 de junio de 2026

Mensaje de belleza, unidad y acogida

(texto publicado unos días antes de la visita del Papa a España *)

El lema del viaje de León XIV a España es “Alzad la mirada” (Jn 14, 35). Son unas palabras de Jesus a sus discípulos al final del encuentro con la samaritana: “Levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega”. Están introducidas por su confidencia: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”. Expresan que para hacer la voluntad del Padre es necesaria la unión con Cristo, que es Palabra y Vida. Así es como los discípulos podrán participar de su misión, que es suscitar el agua viva (la gracia) del Espíritu Santo en el corazón de las personas y del mundo.

El logo desgrana gráficamente su mensaje: la Virgen María como corazón de un movimiento hacia arriba, al que invitan varias figuras en torno a la belleza de la Sagrada Familia (Barcelona); la puerta de Alcalá (Madrid) como símbolo de la unidad; las aguas y las olas en referencia a la caridad y su reflejo en la acogida (islas Canarias).

Belleza, unidad y acogida representan lo que el sucesor de Pedro desea decir, en los gestos y palabras que escogerá. Marcado por sus raíces agustinianas y su experiencia misionera, su magisterio es una propuesta a los desafíos de la “policrisis” actual. Con esos tres ejes traza pedagógicamente la “ruta de las estrellas”, para orientar una humanidad herida hacia un horizonte de esperanza.

Para León XIV, la vocación cristiana es un “camino de belleza” (via pulchritudinis) que transfigura a la persona. Inspirándose en el evangelio de Juan, el Papa presenta a Jesús como el “Pastor Bello”, que enamora a la vez que revela que la vida es hermosa cuando se le sigue. No es una mera cuestión de estética. La vida cristiana es belleza espiritual que irradia verdad y amor desde la santidad, y que encuentra en la liturgia y el arte canales elocuentes de expresión. Citando a san Agustín, afirma que “la belleza no es otra cosa que amor, y el amor es vida”. Incluso en escenarios de dolor, como los que atraviesan los enfermos o los presos, el papa Prevost invita a reconocer la belleza de la fragilidad humana como un lugar donde brotan “flores maravillosas” de misericordia. Sitúa la “cultura de la vida” como raíz de su propuesta de paz y de justicia social, pues una sociedad solo puede considerarse sana y desarrollada cuando protege la sacralidad de la vida en todas sus fases, desde su concepción hasta su término natural.

El corazón programático de su servicio es el lema “In Illo uno unum” (en Aquel uno –Cristo–, somos uno), basado en la doctrina de san Agustín. Esta unidad no debe entenderse como uniformidad, sino como una “policromía de la unidad” o una “polifonía de la comunión” que valora la diversidad de carismas y culturas. Bajo este principio, el Papa impulsa un renovado celo ecuménico, centrado en el 1700 aniversario del Concilio de Nicea, buscando que la fe compartida en el Credo sea el vínculo que supere el escándalo de las divisiones. Asimismo, presenta la sinodalidad desde su significado de “caminar juntos”, desde la comunión y para la misión de los cristianos, como levadura de unidad y de paz en el mundo.

León XIV sueña con una “Iglesia humilde” y acogedora, pronta para escuchar y curar las heridas, dispuesta a extender, como la columnata de Bernini, sus brazos en espacio abierto para todos, derribando los muros de la indiferencia y del odio. Esta cultura del encuentro y de la acogida se manifiesta especialmente en el cuidado de la “carne sufriente” de los pobres, los migrantes y los refugiados, no como meros objetos de beneficencia, sino como sujetos creativos y versos de “poetas sociales”. En sus viajes, especialmente a África y el Líbano, ha insistido en que una sociedad grande es aquella que rodea de amor a sus miembros más frágiles, reconociendo en el otro no una amenaza, sino un compañero de viaje.

Así, la propuesta de León XIV es una invitación a vivir una fe que se hace gesto y cuerpo, transformando la existencia gris en una vida encendida por el fuego del Espíritu, donde el mundo pueda descubrir que la vida con Cristo es no solo verdad sino también vida y camino de belleza.

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(*) Fue publicado en El Norte de Castilla, 3-VI-202, El Diario Montañés, 4-VI-26 y El Diario de Navarra, 7-V-26.

La Iglesia, signo e instrumento de unidad

En las catequesis que está desarrollando al hilo de los documentos del Concilio Vaticano II, León XIV concluyó
el 13 de mayo la sección correspondiente a la constitución dogmática Lumen gentium (=LG) sobre la Iglesia. 

Podemos presentarla aquí en tres partes: el misterio de la Iglesia y la Iglesia como Pueblo de Dios durante la historia; la jerarquía, los laicos y la vida consagrada; las dimensiones escatológica y mariana de la Iglesia.


La Iglesia, “sacramento de unidad” con Dios y entre los pueblos

Señala el Papa que san Pablo explica el origen de la Iglesia acudiendo al término paulino misterio. “Se trata del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz” (Audiencia general 18-II-2026). Esto, añade León XIV, se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica (especialmente la Eucaristía); pues ahí las diversidades se relativizan, nos encontramos juntos y atraídos por el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2,14). Este el misterio cristiano.

Ahora bien, esta convocatoria –observa el Papa– no se limita a un grupo de personas, sino que está destinada a convertirse en experiencia de todos los seres humanos. Esto se indica en la LG cuando dice nada más comenzar: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (n. 1). Y más adelante la llama “sacramento universal de salvación” (n. 48).


Dimensión humana y dimensión divina

En la segunda catequesis (cf. Audiencia general, 4-III-2026), León XIV se fija en la expresión de LG 8: la Iglesia es una “realidad compleja”, por está constituida con su dimensión humana y la divina, sin separación y sin confusión.

La dimensión humana, que se manifiesta también en su organización institucional, salta a la vista, pues, afirma el Papa, “la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos”. Pero además la Iglesia tiene una dimensión divina que “no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo”.

Y para ilustrar este modo de ser de la Iglesia, el Vaticano II se remite a la vida de Cristo: “La carne de Cristo –dice el Papa–, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible”. Es el método de Dios.

De ahí que, como señalaba Benedicto XVI, no existe oposición entre el mensaje del Evangelio y la institución o las estructuras eclesiales. “No existe -confirma León XIV– una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia”.

 Leer más (enlace a "Omnes", número de junio 2026)