jueves, 16 de mayo de 2013

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La oración de María en la Iglesia naciente

Miguel Ángel, Pietà (1547-1555), 
Museo de Santa Maria del Fiore, catedral de Florencia

Miguel Ángel proyectó, para su propio enterramiento, una escultura singular, que se conserva en el museo de Santa Maria del Fiore, catedral de Florencia. Representa el momento en que Jesús es bajado de la Cruz, antes de ser depositado en brazos de su Madre. La figura dominante, que sostiene desde arriba el cuerpo inerte del Señor, es un anciano, probablemente Nicodemo; en cualquier caso, se sabe que es un autorretrato del escultor. Abajo a la derecha está María, pegada al cuerpo de su Hijo, y al otro lado la Magdalena. Lo sorprendente es que Jesús parece estar surgiendo del seno de Nicodemo a la vez que de María; y Nicodemo, como creciendo a partir de Jesús. Pero dejemos por ahora esta enigmática escultura y su posible significado.


La vida de oración de María

     En la audiencia general del 14 de marzo de 2012, Benedicto XVI reflexionaba sobre la vida de oración de María, concretamente su oración junto con los discípulos y algunas mujeres entre la Ascensión y Pentecostés (cf. Hch 1, 14); y sus enseñanzas para la Iglesia entera y para cada uno de nosotros.

      Dice el ahora Papa emérito que en la Anunciación (cf. Lc. 1, 38), “María, por la misma actitud interior de escucha, es capaz de leer su propia historia, reconociendo con humildad que es el Señor el que actúa”. Luego, durante la visita a su pariente Isabel (cf. Lc 1, 46-55), “en el cántico del Magnificat, María no ve solo lo que Dios ha hecho en ella, sino también a lo que hizo y hace continuamente en la historia”.

      La oración de María jalona toda su vida: “Las etapas del camino de María, de la casa de Nazaret a la de Jerusalén, a través de la cruz donde su Hijo la encomienda al apóstol Juan, se caracterizan por la capacidad de mantener un clima persistente de recogimiento, para meditar cada evento en el silencio de su corazón frente a Dios (cf. Lc. 2,19-51) y en la meditación delante de Dios, hasta entender su voluntad y ser capaz de aceptarla en su interior”.


La oración de María junto con los apóstoles

      Concretamente, la oración de la Madre de Dios junto con los apóstoles, según Benedicto XVI, “adquiere un significado de gran valor, porque Ella comparte con ellos lo más valioso: la memoria viva de Jesús, en la oración; comparte esta misión de Jesús: preservar la memoria de Jesús y así mantener su presencia”.

      Se fijaba el Papa alemán en que san Lucas, tanto en su Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, menciona a María por última vez el sábado, “el día del descanso de Dios después de la creación, el día de silencio después de la muerte de Jesús y de la espera de su Resurrección”. De ahí, señala, la tradición cristiana de dedicar los sábados especialmente a María. Ella, que ya había recibido al Espíritu Santo al haber engendrado en su seno al Verbo encarnado, “comparte con toda la Iglesia la espera del mismo don, para que en el corazón de cada creyente ‘sea formado Cristo’ (cf. Ga. 4,19)”.

      Y evocando el Concilio Vaticano II, explica que el lugar privilegiado de María es la Iglesia, que es “proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular…, tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad” (LG, n. 53).


María, maestra de nuestra oración

      Por todo ello María es maestra de nuestra oración. Ciertamente, reconoce Benedicto XVI, “la oración está a menudo referida a situaciones difíciles, de problemas personales que llevan a dirigirse a su vez al Señor para tener luz, consuelo y ayuda”. Al mismo tiempo nos propone que aprendamos de María a abrir nuestra oración personal también más allá de nuestras propias necesidades: “María nos invita a abrir las dimensiones de la oración, a dirigirnos a Dios no sólo en la necesidad y no sólo para sí mismo, sino de modo unánime, perseverante, fiel, con un ‘solo corazón y una sola alma’ (cf. Hch. 4,32 )”.

      De esta manera, “María nos enseña la necesidad de la oración y nos muestra que sólo con un vínculo constante, íntimo, lleno de amor con su hijo, podemos salir de ‘nuestra casa’, de nosotros mismos, con coraje, para llegar a los confines del mundo y proclamar en todas partes al Señor Jesús, salvador del mundo”.


En unión con María, participar de su maternidad

      Resumiendo, cabría decir que María nos enseña que la oración es un camino espléndido para salir de nosotros mismos y colaborar con la misión de Jesús. Eso sí, a condición de que nos atrevamos a que nuestra oración tenga dimensiones grandes. Si es comprensible y legítimo que pidamos a Dios ayuda para nuestras necesidades personales, María nos anima a lo que podríamos llamar la solidaridad en la oración, cuyo nombre más adecuado es, sencillamente, la caridad. Es decir, el amor que tiene presente a todos y así libera del encerramiento en sí mismo; el amor que se prueba con hechos, que comienzan por la misma oración y coninúan en los pequeños detalles de cada día; el amor que se compromete en el horizonte de esa gran aventura que es la vida cristiana.

     Un día, o más bien una noche, Jesús le dijo a Nicodemo que debía nacer de nuevo (cf. Jn 3, 2-4). Quizá, con su escultura, Miguel Ángel quería mostrar (según la interpretación que sugiere T. Verdon) que Nicodemo aprendió a nacer de la Cruz. Tal vez también aprendió, con la ayuda de la oración de María, que para nacer de nuevo es preciso ser capaz de sostener en los brazos a Jesús. Y morir espiritualmente con él para poder darle vida en los demás. De esta forma se participa de algún modo en la maternidad de María. Así escribe San Ambrosio: “Según la carne, una sola es la Madre de Cristo; según la fe, Cristo es fruto de todos nosotros” (Comentario sobre San Lucas, 22-23, PL 15, 1639-42).


(publicado en www.religionconfidencial.com, 22-III-2012)

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