sábado, 24 de octubre de 2026

La liturgia nos da la vida de Cristo

Continuando con su catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, León XIV ha dedicado siete miércoles a la constitución conciliar «Sacrosanctum Concilium», sobre la liturgia.

¿Qué es para muchos la liturgia? En el trasfondo de esta catequesis se puede ver el deseo de contrarrestar ciertas tendencias, como vivir la liturgia casi como espectáculo sociocultural o, por otro lado, como una devoción puramente individual, un tanto desconectada de la vida cotidiana; sin valorar adecuadamente la Palabra de Dios que ahí nos interpela y la fuerza de la oración pública de la Iglesia, que asume todo lo nuestro y nos educa, y pide ser preparada y vivida adecuadamente…, porque todo eso es la liturgia.

La liturgia es la Iglesia en oración

La constitución sobre la liturgia, Sacrosanctum Concilium (SC),fue el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II. No se trataba simplemente, observa León XIV, de reformar los ritos, sino de ayudar a contemplar y profundizar en el vínculo vivo que constituye a la Iglesia y la une: el misterio de Cristo. Es decir, en la comunión con Él y con su salvación redentora por medio de la Iglesia, según el plan de la salvación (cfr. Ef 3, 3-6).

En la liturgia Cristo ejerce su sacerdocio. Como enseña el Concilio, se hace presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado sumo, en la Eucaristía (cfr. SC, 7). Y así puede afirmar san Agustín (cfr. Serm., 277) que, al celebrar la Eucaristía, la Iglesia “recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe”: se convierte en el Cuerpo de Cristo, “morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,22). Por todo ello se comprende que la liturgia sea “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC, 10).

“Esto significa –señala el Papa en ese contexto durante su primera audiencia sobre la Sacrosanctum Concilium, el 20 de mayo– que (la liturgia) está llamada a desarrollarse concretamente a lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y espiritual, de modo que la liturgia celebrada se traduzca en vida y exija una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración: es así como nuestra vida se convierte en ‘sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”, realizando nuestro “culto espiritual’ (Rom 12,1)”

Contemplación en medio de la calle

Contemplativos en medio del mundo


Parece que el término contemplación significaba originariamente profundizar en un espacio delimitado y especialmente cuando se desea contactar con lo divino, espacio que terminó llamándose templo. En filosofía el término latino contemplatio tradujo el griego theoria, que designa la observación de una realidad para comprender su esencia y verdad más profunda. En el lenguaje normal de hoy, contemplar significa considerar a una persona o una realidad con especial atención e interés.

En la tradición cristiana, la contemplación expresa la finalidad de la vida humana, la santidad, que comporta la mirada amorosa y unitiva hacia Dios y en Dios todas las cosas, no solo dentro del templo sino también en medio de las actividades «profanas». Esto puede incoarse durante la vida terrena. Pero solo se consumará cuando los santos estén gozando definitivamente de la vida eterna en el cielo.

Durante muchos siglos se pensó que, en la práctica, a la contemplación, durante la vida terrena, sólo podían aspirar los miembros de la vida religiosa y como mucho los clérigos. Pero no la gente de la calle, los cristianos laicos, involucrados como están en tantas ocupaciones temporales.

Durante su catequesis sobre la constitución pastoral Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II, el 23 de septiembre el Papa León XIV abordaba el sentido cristiano del trabajo.

Hablando de cómo en la Eucaristía se ofrece el pan y el vino como frutos del trabajo de los hombres que se convierten en el cuerpo y sangre del Señor, decía el sucesor de Pedro: «Desde esta perspectiva surge una verdad importante: para encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo». Y en nota remite a: San Juan Pablo II, Homilía para la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, 6-X-2002).


La filiación divina y el Bautismo


San Josemaría aconsejaba meditar el ejemplo de los primeros cristianos. ¿Qué sucedía, en efecto, con los primeros cristianos? ¿Qué cambiaba en su vida al recibir el Bautismo? Aparentemente o externamente, nada cambiaba: seguían siendo y haciendo lo que eran y hacían: comerciantes, soldados, amas de casa, etc. Pero lo que hacían hasta entonces, Dios se lo había devuelto como misión cristiana. Ahora eran hijos de Dios por el Bautismo, estaban llamados a ser como dioses. No en el sentido de las palabras con que el demonio tentó a nuestros primeros padres (cf Gn 3, 5), sino en cuanto que ser cristianos es participar de la vida divina. Esto es lo que la tradición cristiana llama la santificación, la divinización o el «endiosamiento»; y para asegurar que se entiende bien, san Josemaría añade así un adjetivo: «el endiosamiento bueno» (cf. por ejemplo, Amigos de Dios, 94, 98, 99, 106-107).

La Iglesia naciente era consciente de que el Bautismo nos diviniza. Así lo comprendieron los apóstoles (cfr. Hch 11, 16-18) y quienes les siguieron al inicio: la razón de la Encarnación es «que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (san Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 19, 1).

Pues bien, el espíritu del Opus Dei invita a redescubrir la fuerza del Bautismo en el alma, reforzando el sentido de la filiación divina (cfr. san Josemaría, Carta nº 29, n.1).

Y así dice san Josemaría en otro lugar: «La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual (...). Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo» (Es Cristo que pasa, 65).


Vivir en Cristo

Por el alma contemplativa, percibimos la presencia de Dios en el mundo y en las almas y vemos el mundo y las almas con sus ojos, desde su Corazón. Para aprender a mirar así –aconsejaba el santo de lo ordinario– necesitamos detenernos, durante la oración diaria, en la Humanidad Santísima del Señor y contemplarla en el Evangelio: entrar en sus escenas como un personaje más, acompañar a Jesús en sus caminos, observar cómo mira, cómo escucha, cómo trata a cada persona, qué le alegra, qué le conmueve, qué le hace sufrir y cómo reacciona ante las situaciones más diversas. Seguir al Señor de cerca, vivir con Él su misma vida, identificarnos con Él. Hasta que podamos decir con san Pablo: «No vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2, 20); y también «para mí, vivir es Cristo» (Flp 1,21).

Es interesante que el Papa Prevost, en su diálogo con los jóvenes franceses, haya aplaudido la «traducción» de esa expresión de san Pablo que ellos hicieron: ¡Para nosotros (los cristianos), vivir es Cristo! (Encuentro en el Estadio de Francia, Saint Denis, 25-IX-2026). En efecto, y esto es posible porque vivir en Cristo no es una realidad individualista, de cada uno a solas con Cristo, sino que estamos siempre junto a todos los que están con nosotros en su Cuerpo místico que es la Iglesia, gracias a la acción del Espíritu Santo. El mismo León XIV en su encíclica Magnifica humanitas explica que estamos llamados a divinizarnos porque la gracia nos hace «más que humanos». No como prometen el poshumanismo y el transhumanismo, al margen de nuestras circunstancias y con desprecio de los límites humanos, sino precisamente en medio y a través de todas las realidades que vivimos: «El modo en el que pensamos y estructuramos las relaciones, el trabajo y las instituciones, manifiesta nuestros valores fundamentales y, en definitiva, nace de lo que tenemos en el corazón. Es un amor que nos guía: aquello que amamos realmente, como individuos y como sociedad, orienta nuestra vida y nuestras acciones» (León XIV, enc. Magnifica Humanitas, n. 130).

martes, 22 de septiembre de 2026

El diálogo interreligioso en una cultura del encuentro


Dialogar con otras religiones no significa relativizar la fe católica – Iglesiaactualidad

Sesenta años después de la promulgación de la histórica declaración conciliar sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, la Santa Sede ofrece un documento de calado teológico y pedagógico, que revisa el legado de «Nostra aetate», evalúa los desafíos del presente y traza las coordenadas futuras del diálogo interreligioso.

 

La chispa de una revolución silenciosa

 

El 28 de octubre de 1965, en medio de la efervescencia del Concilio Vaticano II, la Iglesia católica hizo pública la Declaración Nostra aetate «sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas». Aquel texto breve, pero sumamente audaz, marcó un giro irreversible al afirmar que la Iglesia «no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo» (NA 2).

 Sesenta años más tarde, los Dicasterios para la Doctrina de la Fe, para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y para el Diálogo Interreligioso han publicado de forma conjunta la Nota conmemorativa «Un camino de esperanza». El documento, aprobado por el Papa León XIV tras su audiencia con los prefectos y secretarios de los tres dicasterios, no se presenta como un balance burocrático, sino como un manifiesto vivo y urgente para un planeta amenazado por la polarización, el repliegue identitario y las secuelas de la guerra.

 

Las raíces judías y la memoria imprescindible del Holocausto

 

La Nota recuerda con precisión periodística e historiográfica que Nostra aetate no nació como un ejercicio académico, sino como una respuesta directa a las atroces consecuencias del antisemitismo y del Holocausto. El documento narra cómo san Juan XXIII, impactado por su providencial encuentro con el historiador judío Jules Isaac y gracias a la mediación de María Vingiani, encargó al cardenal Augustin Bea la redacción de un texto destinado a sanar las relaciones entre la Iglesia y el pueblo judío.

            En su desarrollo teológico, la Nota subraya que Jesús era judío y nunca dejó de serlo. Citando la teología del siglo XX, afirma que en la Encarnación el Verbo se hizo «carne judía». Por ello, el diálogo judeocristiano no es una opción diplomática ni una práctica secundaria, sino un elemento intrínseco para que la Iglesia comprenda su propia identidad, y un componente esencial de su misión. 

            La alianza de Dios con el pueblo judío es irrevocable (cf. Rm 11, 29). A la vez, el texto mantiene la confesión de Cristo como único Redentor. Aclara que, por tanto, esto no implica sostener dos vías paralelas de salvación, sino reconocer que la religiosidad judía vivida hoy sigue siendo un valor activo que enriquece a los cristianos. «Lo que Jesús aportó al cristianismo como herencia judía forma parte de la estructura teológica del propio cristianismo» (Un camino de esperanza, 11).

            Asimismo, el documento renueva la condena del antisemitismo y señala la memoria del Holocausto como una advertencia permanente contra el peligro del odio racial y religioso.


Leer más (enlace a la web de "Omnes", 17-IX-2026

viernes, 4 de septiembre de 2026

Constructores de comunión

 (Invitación a la relectura de la encíclica Magnifica humanitas) 

Magnífica Magnifica Humanitas - Blog CJ

Con el verano de por medio, ha pasado suficiente tiempo para poder realizar una lectura sosegada de la primera encíclica de León XIV: Magnifica humanitas (15-V-2026). Un texto cuyo tema no es la inteligencia artificial, sino, como reza el subtítulo, “la custodia de la persona humana en un tiempo de inteligencia artificial”.


Al mismo tiempo, señala cómo debe ser la contribución de los cristianos a la construcción de una ciudad más humana y fraterna. El preludio y el finale enmarcan las sinfonías. Vale la pena prestar especial atención al momento inicial y al final de la encíclica, aunque sean breves, para captar bien el contenido de su mensaje.


El preludio: ¿Babel o Jerusalén?

En la época de León XIII lo nuevo era la revolución industrial con sus avances y riesgos. Hoy, dice el Papa, necesitamos realizar un “discernimiento compartido” que nos ayude, en este “cambio de época” a responder algunas preguntas fundamentales: “¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia qué meta deseamos orientarnos? ¿Qué dirección elegir como comunidad humana y como pueblos?” (n. 6).

Para edificar responsablemente en nuestro tiempo, el Papa propone dos “imágenes” bíblicas: la construcción de la torre de Babel (cfr. Gn 11, 1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cfr. Ne 2, 6) después del exilio en Babilonia (cfr. n. 7-10).

“La primera elección no es entre un ‘sí’ o un ‘no’ a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna” (n. 9).

Afirma León XIV que precisamente “esta obra compartida” es la expresión de la forma de construir propia de los cristianos: “Orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último” (n. 10).

Se perfila así, podría decirse, una antropología cristiana del trabajo, que culmina en el don de la Ciudad de Dios definitiva: el Cielo, el Reino de Dios consumado, la Iglesia, comunión de los santos en un mundo reconciliado y transformado. “Esta visión de gracia es para nosotros, los cristianos, una llamada a trabajar juntos, cultivando una vida común pacífica, justa y digna en las ‘ciudades’ de hoy” (Ibid.).

Para leer más (enlace a la web de la revista "Omnes", 2-IX-2026).

domingo, 21 de junio de 2026

Construir desde el alma de las ciudades (*)


El viaje apostólico de León XIV a España este mes de junio ha sido no solo un evento diplomático o litúrgico, sino una propuesta de renovación profunda para la Iglesia y la sociedad civil.

Bajo el lema “¡Alzad la mirada!”, pidió a los educadores ser “hilos nuevos para tejer redes nuevas” en el arte del diálogo social, que implica encuentro y escucha, diálogo y respeto. Con palabras de Benedicto XVI, ha señalado que “la fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por eso crea belleza” (Catequesis 21-V-2008). Y se ha preguntado si Europa podría ser ella misma sin la huella de la fe.


Tareas en Europa y desde España

Precisamente en su discurso de saludo a las autoridades, León XIV descubre para Europa, por su gran historia de mediación entre lenguas, religiones y saberes, de unión entre la acción histórica y la lucidez de la razón moral, la vocación de “apreciar la complejidad y estudiarla” con visión de futuro. Una tarea que comporta superar las polarizaciones mediante el discernimiento, “aprender a avanzar junto al otro, a crecer juntos”, rechazar los fantasmas, los enemigos y los prejuicios, los entusiasmos ingenuos y los miedos estériles, y favorecer el pensamiento crítico y la búsqueda del bien común.

La aportación de España la formula con referencia a los santos que han cultivado una “mística con los ojos abiertos”: san Juan de la Cruz, con su avance desde las noches oscuras hasta la luz; santa Teresa de Ávila, con el itinerario del “castillo interior” hacia el propio corazón, para descubrir cómo el universo se convierte en hogar; san Ignacio de Loyola, con su énfasis en el discernimiento. También hoy la eternidad puede impregnar la vida cotidiana, uniendo, en la búsqueda de la santidad, la oración y el compromiso social.


Madrid: familia que aprende el arte de la polifonía

En la capital, León XIV se presentó ante el Parlamento como servidor de la persona humana y abogado de su dignidad. Recordó que una sociedad justa se mide por su capacidad de proteger la vida en su mayor fragilidad: “desde su concepción hasta su ocaso natural”. Advirtió que la ley pierde su sentido si se convierte en mercancía o si ignora a los que no tienen fuerza para hacerse oír. Defendió a la familia y la libertad para escoger el tipo de educación de los hijos.

En el ámbito eclesial, el encuentro en el estadio Santiago Bernabéu fue calificado por el Papa como un “golazo de la Iglesia de Madrid”. Allí presentó una de sus claves teológicas centrales: la Iglesia como una “familia que aprende el arte de la polifonía”, donde la unidad no es uniformidad, sino una armonía que valora la diversidad de carismas y las relaciones entre las “personas de carne y hueso”. Alabó a los voluntarios, por representar la “levadura de la gratuidad”. En una sociedad tentada por el lucro, León XIV defendió la entrega desinteresada como el rasgo distintivo de la “ciudad de Dios” que debe impregnar la vida pública.


Barcelona y Montserrat: belleza que salva y corazones desarmados

La etapa catalana se centró en la vía de la belleza como cauce de evangelización. En la basílica de la Sagrada Familia, el Papa describió el templo de Gaudí como una “obra en construcción” que simboliza la propia vida cristiana, y que requiere la cooperación de todos como “piedras vivas”. Afirmó que el arte y la belleza son “eminentes canales de evangelización” en este tiempo de la imagen.

En la abadía de Montserrat, el mensaje se tornó hacia la reconciliación interior. Al contemplar a la Virgen con el Niño, el Papa exhortó a los fieles a “deponer las corazas” del juicio, la crítica y la agresividad. Propuso la “fuerza desarmada y desarmante del amor” como la única capaz de sanar las heridas causadas por la injusticia y la división.


Canarias: “Ningún ser humano es una isla”

El punto culminante del viaje, por su carga profética, fue la visita a las Islas Canarias. En el centro de las rutas migratorias, el Papa León XIV definió al archipiélago como un “lugar donde el Resucitado se manifiesta” a través de la acogida. Fue rotundo al afirmar que “ningún ser humano es una isla” y que el secreto del corazón reside en la llamada al encuentro.

Ante el drama de los cayucos, el sucesor de Pedro denunció con severidad a quienes “especulan con la desesperación” y convierten el sufrimiento ajeno en negocio, advirtiéndoles que habrán de comparecer ante la justicia divina. A los migrantes, les aseguró: “Tu vida no es un descarte, tu dignidad no ha quedado disuelta en las aguas”.

Una gran lección de Canarias para la Iglesia universal fue la invitación a dejarse evangelizar por los pequeños y los pobres. El Papa pidió a los católicos que la integración no sea solo una tarea social, sino un encuentro espiritual donde se reconozca la “misteriosa sabiduría de Dios escrita en la carne” de los que sufren.


La fragilidad como magisterio


A lo largo de su visita, León XIV mostró una especial predilección por los olvidados. Con los internos de la prisión de Brians 1 (Barcelona) y posteriormente en sus mensajes, insistió en que “los errores de la vida no determinan la identidad”, y que el pasado no debe condenar el futuro. En los hospitales y con los ancianos, propuso algo así como un magisterio de la fragilidad, donde la vejez y la enfermedad nos recuerdan nuestra dependencia mutua y la necesidad de Dios.

Al despedirse en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, y con referencia al corazón de Cristo, que es el corazón del Evangelio, pidió abrir a todos “este mar de amor”. Repitió el lema “¡Alzad la mirada!” precisamente hacia el Crucificado, que es la fuente del perdón, de la reconciliación y de la paz.

A los jóvenes les anima a buscar siempre la verdad, rechazando otros caminos: “¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad!”. Los desafía a ser protagonistas del cambio social como “chispa de una humanidad nueva”, capaz de cambiar la historia con el amor.

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(*) Publicado en "Religión Confidencial", 17-VI-2026. Otra versión de este texto fue publicada con el título "Aprender a avanzar y crecer juntos", en "Omnes", omnesmag. com, 1-VII-2026

viernes, 12 de junio de 2026

Mensaje de belleza, unidad y acogida

(texto publicado unos días antes de la visita del Papa a España *)

El lema del viaje de León XIV a España es “Alzad la mirada” (Jn 14, 35). Son unas palabras de Jesus a sus discípulos al final del encuentro con la samaritana: “Levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega”. Están introducidas por su confidencia: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”. Expresan que para hacer la voluntad del Padre es necesaria la unión con Cristo, que es Palabra y Vida. Así es como los discípulos podrán participar de su misión, que es suscitar el agua viva (la gracia) del Espíritu Santo en el corazón de las personas y del mundo.

El logo desgrana gráficamente su mensaje: la Virgen María como corazón de un movimiento hacia arriba, al que invitan varias figuras en torno a la belleza de la Sagrada Familia (Barcelona); la puerta de Alcalá (Madrid) como símbolo de la unidad; las aguas y las olas en referencia a la caridad y su reflejo en la acogida (islas Canarias).

Belleza, unidad y acogida representan lo que el sucesor de Pedro desea decir, en los gestos y palabras que escogerá. Marcado por sus raíces agustinianas y su experiencia misionera, su magisterio es una propuesta a los desafíos de la “policrisis” actual. Con esos tres ejes traza pedagógicamente la “ruta de las estrellas”, para orientar una humanidad herida hacia un horizonte de esperanza.

Para León XIV, la vocación cristiana es un “camino de belleza” (via pulchritudinis) que transfigura a la persona. Inspirándose en el evangelio de Juan, el Papa presenta a Jesús como el “Pastor Bello”, que enamora a la vez que revela que la vida es hermosa cuando se le sigue. No es una mera cuestión de estética. La vida cristiana es belleza espiritual que irradia verdad y amor desde la santidad, y que encuentra en la liturgia y el arte canales elocuentes de expresión. Citando a san Agustín, afirma que “la belleza no es otra cosa que amor, y el amor es vida”. Incluso en escenarios de dolor, como los que atraviesan los enfermos o los presos, el papa Prevost invita a reconocer la belleza de la fragilidad humana como un lugar donde brotan “flores maravillosas” de misericordia. Sitúa la “cultura de la vida” como raíz de su propuesta de paz y de justicia social, pues una sociedad solo puede considerarse sana y desarrollada cuando protege la sacralidad de la vida en todas sus fases, desde su concepción hasta su término natural.

El corazón programático de su servicio es el lema “In Illo uno unum” (en Aquel uno –Cristo–, somos uno), basado en la doctrina de san Agustín. Esta unidad no debe entenderse como uniformidad, sino como una “policromía de la unidad” o una “polifonía de la comunión” que valora la diversidad de carismas y culturas. Bajo este principio, el Papa impulsa un renovado celo ecuménico, centrado en el 1700 aniversario del Concilio de Nicea, buscando que la fe compartida en el Credo sea el vínculo que supere el escándalo de las divisiones. Asimismo, presenta la sinodalidad desde su significado de “caminar juntos”, desde la comunión y para la misión de los cristianos, como levadura de unidad y de paz en el mundo.

León XIV sueña con una “Iglesia humilde” y acogedora, pronta para escuchar y curar las heridas, dispuesta a extender, como la columnata de Bernini, sus brazos en espacio abierto para todos, derribando los muros de la indiferencia y del odio. Esta cultura del encuentro y de la acogida se manifiesta especialmente en el cuidado de la “carne sufriente” de los pobres, los migrantes y los refugiados, no como meros objetos de beneficencia, sino como sujetos creativos y versos de “poetas sociales”. En sus viajes, especialmente a África y el Líbano, ha insistido en que una sociedad grande es aquella que rodea de amor a sus miembros más frágiles, reconociendo en el otro no una amenaza, sino un compañero de viaje.

Así, la propuesta de León XIV es una invitación a vivir una fe que se hace gesto y cuerpo, transformando la existencia gris en una vida encendida por el fuego del Espíritu, donde el mundo pueda descubrir que la vida con Cristo es no solo verdad sino también vida y camino de belleza.

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(*) Fue publicado en El Norte de Castilla, 3-VI-202, El Diario Montañés, 4-VI-26 y El Diario de Navarra, 7-V-26.

La Iglesia, signo e instrumento de unidad

En las catequesis que está desarrollando al hilo de los documentos del Concilio Vaticano II, León XIV concluyó
el 13 de mayo la sección correspondiente a la constitución dogmática Lumen gentium (=LG) sobre la Iglesia. 

Podemos presentarla aquí en tres partes: el misterio de la Iglesia y la Iglesia como Pueblo de Dios durante la historia; la jerarquía, los laicos y la vida consagrada; las dimensiones escatológica y mariana de la Iglesia.


La Iglesia, “sacramento de unidad” con Dios y entre los pueblos

Señala el Papa que san Pablo explica el origen de la Iglesia acudiendo al término paulino misterio. “Se trata del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz” (Audiencia general 18-II-2026). Esto, añade León XIV, se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica (especialmente la Eucaristía); pues ahí las diversidades se relativizan, nos encontramos juntos y atraídos por el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2,14). Este el misterio cristiano.

Ahora bien, esta convocatoria –observa el Papa– no se limita a un grupo de personas, sino que está destinada a convertirse en experiencia de todos los seres humanos. Esto se indica en la LG cuando dice nada más comenzar: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (n. 1). Y más adelante la llama “sacramento universal de salvación” (n. 48).


Dimensión humana y dimensión divina

En la segunda catequesis (cf. Audiencia general, 4-III-2026), León XIV se fija en la expresión de LG 8: la Iglesia es una “realidad compleja”, por está constituida con su dimensión humana y la divina, sin separación y sin confusión.

La dimensión humana, que se manifiesta también en su organización institucional, salta a la vista, pues, afirma el Papa, “la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos”. Pero además la Iglesia tiene una dimensión divina que “no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo”.

Y para ilustrar este modo de ser de la Iglesia, el Vaticano II se remite a la vida de Cristo: “La carne de Cristo –dice el Papa–, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible”. Es el método de Dios.

De ahí que, como señalaba Benedicto XVI, no existe oposición entre el mensaje del Evangelio y la institución o las estructuras eclesiales. “No existe -confirma León XIV– una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia”.

 Leer más (enlace a "Omnes", número de junio 2026)