León XIV sigue trazando las líneas principales de su hoja de ruta. En medio de su intensa actividad, nos ha recordado que ser cristiano es una llamada, es decir una vocación que se concreta de diversos modos. Lo ha subrayado con motivo de la Jornada mundial de oración por las vocaciones. Y la vocación es para una misión: la misión evangelizadora, en la que todos hemos de participar. Por ello propone relanzar el compromiso evangelizador que impulsó el Papa Francisco, tal como ha dicho en su Carta a los cardenales.
Un camino de belleza
El 26 de abril se celebraba la LXIII Jornada de oración por las vocaciones. Un mes antes (16-III-2026), el Papa había publicado su mensaje, centrado en la vocación cristiana como camino de belleza que nos abre al conocimiento de Dios y a una existencia plenamente vivida en la confianza, y madurada en su compañía.
Todo cristiano está llamado a la santidad (cfr. Lumen gentium 11 y todo el capítulo V) y en ese sentido hablamos de vocación cristiana. El sucesor de Pedro se pronuncia sobre este trasfondo. No se refiere sólo a las vocaciones sacerdotales o de especial consagración, sino también a la vocación cristiana de la mayor parte de los fieles, los laicos. Su mensaje es una confidencia especialmente con los jóvenes, para que encuentren cada uno su vocación concreta dentro del camino cristiano.
La vocación cristiana, explica el Papa, puede entenderse desde su dimensión interior, es decir,“como descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros”. Jesús es el pastor bueno y bello (cfr. Jn 10: la palabra griega kalós abarca ambos aspectos). Es decir, el pastor perfecto, auténtico y ejemplar, hasta dar la vida por su rebaño, lo que manifiesta el amor mismo de Dios.
“Es el Pastor que cautiva; quien lo mira descubre que la vida es realmente hermosa si lo sigue. Para conocer esta belleza no son suficientes los ojos del cuerpo o criterios estéticos; se necesita contemplación e interioridad. Sólo quien se detiene, escucha, reza y acoge su mirada puede decir con confianza: ‘Me fío, con Él la vida puede ser verdaderamente hermosa, quiero recorrer el camino de esta belleza’. Y lo más extraordinario es que, convirtiéndonos en sus discípulos, a su vez nos volvemos ‘bellos’; su belleza nos transfigura”.
Como escribe el teólogo Pável Florenski, los santos se caracterizan, no solo por la bondad, sino también por “la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en Cristo”. Y en esto ve León XIV la revelación más profunda de la vocación: participar de la vida de Cristo, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza.
Evoca también el Papa el camino interior –un camino de vida, de fe y de sentido– de san Agustín, tal como lo manifiesta en Las Confesiones. “Más allá de la conciencia de sí mismo, descubre la belleza de la luz divina que lo guía en la oscuridad”. Esto, señala León XIV, muestra la importancia del “cuidado de la interioridad”, que se centra en la oración.
Así es, y se trata de una de las propuestas –junto con la educación para la cultura digital y para la paz– con las que León XIV enriqueció el proyecto del “Pacto educativo global”, lanzado por el Papa Francisco.
Por todo ello, invita a todos a crear contextos favorables para que el don de la vocación pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado y así pueda dar fruto abundante.
Escuchar a Dios
Dios nos conoce y nos ama, y nos llama a conocerle. Y para ello necesitamos crear “espacios de silencio interior” que nos permitan escuchar la voz de Jesucristo. Porque no se trata de un saber abstracto o académico, sino de “un encuentro personal que transforma la vida”. Es el consejo de san Agustín: entrar en nosotros mismos, porque “en el hombre interior reside la verdad”.
León XIV se hace eco de ese consejo, pidiendo a los jóvenes: “¡Escuchen esa voz! Escuchen la voz del Señor que los invita a vivir una vida plena, realizada, haciendo fructificar los propios talentos (cfr. Mt 25, 14-30) y clavando en la cruz gloriosa de Cristo los propios límites y debilidades”.
De esta manera, y siguiendo los pasos de los Pontífices que le han precedido después del Concilio Vaticano II, al presentar la vocación cristiana como una oferta de vida plena, el Papa se sitúa en el marco de la antropología cristiana.
Y concreta los caminos de esa “escucha de Dios”: “Dediquen tiempo a la adoración eucarística, mediten asiduamente la Palabra de Dios para vivirla cada día, participen activa y plenamente en la vida sacramental y eclesial”. Así podrán descubrir el don de su vocación concreta dentro de la pluralidad de caminos que existen en la Iglesia.
Confianza y trato personal
Lo que permite tanto acoger la vocación como perseverar en ella es la confianza en el Señor, “aun cuando sus planes cambien los nuestros”. El obispo de Roma pone el ejemplo de san José, como “icono de confianza total en el designio de Dios”. Pues, incluso cuando a su alrededor parecía dominar la tiniebla y la negatividad, y las cosas parecían ir en dirección opuesta a lo previsto, “él se fio y confió, seguro de la bondad y la fidelidad del Señor”. Como escribe el Papa Francisco, “en cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su ‘fiat’, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní” (Carta ap. Patris corde, 3).
Esta confianza se apoya en la virtud de la Esperanza, que Dios nos concederá, para superar miedos e incertidumbres, “con la certeza de que el Resucitado es Señor de la historia del mundo y de nuestra historia personal”.
No oculta León XIV las dificultades por las que atraviesa el camino de toda vocación. Pero nos asegura la fidelidad y su fruto, si permanecemos unidos con Jesús: “Él no nos abandona en las horas más oscuras, sino que viene a disipar todas nuestras tinieblas con su luz. Y precisamente gracias a la luz y a la fuerza de su Espíritu, también atravesando pruebas y crisis, podemos ver madurar nuestra vocación, reflejar cada vez más la belleza de Aquel que nos ha llamado, una belleza hecha de fidelidad y confianza, a pesar de las heridas y las caídas”.
Como todo lo que es vida, la vocación –explica el Papa– es “un proceso dinámico de maduración”, favorecido por la intimidad con el Señor bajo la acción del Espíritu Santo. Un camino donde aprendemos a releer todos los acontecimientos a la luz del don recibido. Y esto significa “crecer en la vocación”, respondiendo a la llamada a lo largo de la vida.
Para ello, y no solo al principio de ese camino, contamos con los vínculos auténticos y fraternos que vamos tejiendo. Y “especialmente valioso es tener un buen guía espiritual que acompañe el descubrimiento y el desarrollo de nuestra vocación. Qué importantes son el discernimiento y el seguimiento a la luz del Espíritu Santo, para que una vocación pueda realizarse en toda su belleza”.
Así podemos “entender que nada es fruto de un caos sin sentido, sino que todo puede integrarse en un camino de respuesta al Señor, que tiene un precioso plan para nosotros” (Francisco, exhort. ap. Christus vivit, 248).
Y concluye el Papa León XIV apelando a los jóvenes: “Los animo a cultivar su relación personal con Dios a través de la oración cotidiana y la meditación de la Palabra. Deténganse, escuchen, confíen; de ese modo, el don de su vocación madurará, los hará felices y dará frutos abundantes para la Iglesia y para el mundo”.
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(*) Este texto reproduce parcialmente el publicado en la revista "Omnes" en su número de mayo de 2026 y en su web.