(Imagen: Nuestra Señora de Walsingham, patrona de Inglaterra)
En el documento por el que se crearon los ordinariatos personales para anglicanos que deseaban entrar en plena comunión con la Iglesia católica (cf. Benedicto XVI, Const. Ap. Anglicanorum coetibus, 2009), se dice que tienen la facultad de “mantener vivas en el seno de la Iglesia católica las tradiciones espirituales, litúrgicas y pastorales de la Comunión anglicana, como don precioso para alimentar la fe de sus miembros y riqueza para compartir” (cf. apartado III).
Hace ahora poco más de un mes, el Dicasterio para la Doctrina de la fe invitó a los obispos responsables de esos ordinariatos a poner por escrito su experiencia sobre cómo han recibido e integrado esos elementos, a la vez culturales y religiosos, que vienen de la tradicion anglicana. Ahora se ha publicado su respuesta (Characteristics of the Anglican Heritage as Lived in the Ordinariates Established Under the Apostolic Constitution “Anglicanorum Coetibus”, 24-III-2016).
La inculturación del Evangelio pasa por Inglaterra
Ya en junio de 2024 el cardenal Víctor Fernández, desde la catedral de Westminster (templo católico principal de Inglaterra y Gales), llamó la atención sobre el valor de estos ordinariatos en la perspectiva de la inculturación:
“La existencia del Ordinariato […] refleja una realidad profunda y hermosa sobre la naturaleza de la Iglesia y la inculturación del Evangelio, como un rico patrimonio inglés. Porque la Iglesia es una, y el Evangelio es uno, pero en el proceso de inculturación, el Evangelio se expresa en una variedad de culturas. De este modo, la Iglesia adquiere un nuevo rostro […] En este proceso, la Iglesia no solo da, sino que también se enriquece. Porque, como enseñó San Juan Pablo II, ‘cada cultura ofrece valores y formas positivas que pueden enriquecer la manera en que se predica, se comprende y se vive el Evangelio’ (Exh. ap. Ecclesia in Oceania, 2001, 16).
El Ordinariato, afirmó además el Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la fe, representa una expresión concreta de esa realidad: “En el caso del Ordinariato, la fe católica se incultura entre personas que han vivido el Evangelio en el contexto de la Comunión Anglicana. Al entrar en plena comunión con la Iglesia católica, esta se ha enriquecido. Podemos decir, por tanto, que cada Ordinariato representa uno de los rostros de la Iglesia, que, en este caso, acoge ciertos elementos de la rica historia de la tradición anglicana: elementos que ahora se viven en la plenitud de la comunión católica”.
Como decíamos, el más reciente capítulo de esta historia es la lista que los obispos de los ordinariatos anglicanos han elaborado, enumerando los rasgos que consideran característicos de su herencia espiritual y pastoral. Identifican en 7 párrafos esos rasgos que, como se puede ver, constituyen interesantes sugerencias para la educación de la fe en el conjunto de la Iglesia Católica (cf. Characteristics…, documento citado). Estas caracteristicas, como veremos, tienen mucho que ver con san John Henry Newman. Con su figura y con su camino hacia la Iglesia Católica.
Participación, tradición, belleza
2. Evangelización a través de la belleza. En segundo lugar, destacan “la importancia de la belleza, no como un fin en sí misma, sino en la medida en que tiene el poder de conducirnos a Dios; por lo tanto, posee un poder evangelizador inherente”. Por esta razón, “el culto divino, la música sacra y el arte sacro” se entienden a la vez como medios para llevarnos a la comunión con Dios y como instrumentos de misión. “La belleza que transmiten tiene por objeto atraer a las personas y a las comunidades a una plena participación, en cuerpo y alma, en la obra del Salvador, que es la ‘imagen del Dios invisible’ (Col 1, 15) y el ‘resplandor de la gloria [del Padre]’ (Hb 1, 3)”. En efecto, la liturgia y el arte son expresiones del “camino de la belleza” que hoy consideramos esencial en la educación de la fe. Esta educación incluye, además del aspecto intelectual, la experiencia estética y espiritual que facilita el encuentro con la Verdad y el Amor de Dios.
3. Acercamiento directo a los pobres: “En los Ordinariatos –señalan sus obispos–, la belleza del culto y la santidad de vida se plasman en las realidades concretas del barrio”. Esto se comprende como un reflejo de una teología profundamente encarnada, que invita a salir del culto divino para buscar a Jesús entre los pobres y los necesitados (cf. Mt 25, 40). [5] Como ejemplo práctico, evocan el hecho de que “las multitudes que se congregaron en las calles de Birmingham con motivo del funeral de San John Henry Newman estaban allí no solo por su erudición, sino también porque era el sacerdote que les atendía en sus necesidades”. Así es, porque la Encarnación lleva a promover la dignidad de cada persona y comprometerse en la dimensión social de la evangelización. Y esto debe ser impulsado en la educación, en todos los lugares y en todas las edades de las personas.
4. Cultura pastoral. Bajo este epígrafe, entienden “una cultura pastoral en la que el culto divino y la vida cotidiana están profundamente interconectados”. En otras palabras, se promueve la conexión entre liturgia y vida. En este caso se trata específicamente de “un ritmo litúrgico, casi monástico, inspirado en la tradición espiritual inglesa”. Consideran esencial para ello la recitación comunitaria del Oficio Divino, entendido como la oración de todo el Pueblo de Dios (cf. Sal 119, 164; Ef 5, 19). [cf. Sacrosanctum concilium, 100). Y afirman que esto caracteriza cómo “formar y sostener las comunidades parroquiales”. En efecto, y esto enriquece la educación de la fe que es educación para la fe profesada y celebrada, vivida y traducida en oración y alabanza a Dios, junto con el servicio a todos.
5. La familia y la iglesia doméstica. Otro aspecto en el que los obispos hicieron especial hincapié es la importancia de la familia y su papel como «iglesia doméstica» (cf. Lumen gentium, 11) De hecho señalaron que al santuario de Walsingham (dedicado a la Virgen como patrona de Inglaterra) se le llama “el Nazaret británico”. Así como Nazaret, según san Pablo VI, es ‘la escuela del Evangelio’ (cf. Alocucion, 5-I-1964) donde aprendemos a observar, escuchar, meditar y comprender el misterio del Hijo de Dios en el seno de la Sagrada Familia, también el hogar cristiano es el primer lugar donde se aprende y se vive la fe. En el centro de todo ello se encuentra “la valoración del sacramento del matrimonio y el papel de los padres como primeros educadores de sus hijos en la fe” (cf. Decl. Gravissimum educationis, 3). De ahí que en los ordinariatos se apoye a los padres en esta sagrada responsabilidad de transmitir la fe a sus hijos (cf. Dt 6, 6-7; Jl 1, 3) y se acompañe a las familias en su crecimiento conjunto en Cristo. Además, “esta visión conduce a un enfoque orgánico de la formación que se centra en la parroquia y la familia, y que da prioridad a la formación intelectual permanente de todos los miembros del Cuerpo de Cristo”. Todo ello afecta de modo directo a la educación de la fe.
6. La Escritura y la predicación: estos obispos han señalado también además que su patrimonio incluye “una sólida tradición de predicación basada en la Escritura, reconociendo que alimentar intelectualmente a las personas es parte integrante de la alimentación de sus almas (cf. Mt 4, 4)”. Por aquí reaparece el tema de la belleza: “El encuentro con Cristo en el esplendor de la liturgia y en la proclamación de la Palabra no se entienden como realidades separadas, sino como dos dimensiones del mismo encuentro” (Sacrosanctum Concilium 7, 48-51 y Catecismo de la Iglesia Católica 1088 y 1346). Y añaden que en las comunidades del Ordinariato, esto se vive “con un sólido fundamento en la Tradición (especialmente en los Padres de la Iglesia) y con una apreciación del papel de la razón en armonía con la fe y al servicio de ella”. Esta relación entre la Sagrada Escritura y predicación en contexto litúrgico conecta con el tema tradicional de las “dos mesas”: la Palabra (la Biblia, especialmente los Evangelios y la oración) y la Eucaristía.
7. La dirección espiritual y el sacramento de la penitencia. Finalmente, han explicado que han heredado la valoración de la importancia de la dirección espiritual y del sacramento de la penitencia como elementos del “cuidado de las almas que da prioridad a dedicar tiempo a cada persona y a acompañarla en su encuentro con Cristo, el Buen Pastor (cf. Jn 10, 11-16; Lc 15, 4-7)”.
Encarnación, educación y misión
En los párrafos conclusivos de este documento, señala el Dicasterio para la Doctrina de la fe que “si se consideran todas estas características en su conjunto, se aprecia lo fundamental que es el misterio de la Encarnación para el patrimonio conservado en los Ordinariatos. La dignidad de cada persona, el papel de la belleza, la riqueza de la expresión litúrgica, la preocupación por los pobres y la reverencia hacia la iglesia doméstica brotan todas de esta misma fuente”.
Esta fuente es “el Hijo de Dios, nuestro único Salvador (cf. Hch 4, 12) y Mediador ante el Padre (cf. 1 Tim. 2, 5), quien, habiéndose encarnado entre nosotros (cf. Jn. 1, 14), habiendo sufrido por nosotros (cf. 1 Pe. 2, 21) y resucitando de entre los muertos, nos abrió el camino ‘para que también nosotros caminemos en novedad de vida’ (Rom. 6, 4)”.
Por último –lo que podia intuirse al ir leyendo todo lo anterior–, en la medida en que este patrimonio constituye una forma de acoger y vivir la fe, “el clero y los fieles de los Ordinariatos reconocen que se trata de una realidad viva, que mira hacia el futuro en la transmisión de la fe a las generaciones venideras (cf. Sal 22, 30-31; 78, 4-7; 102, 18)”. Así es, y un aspecto central de esta transmisión de la fe es la educación, sea en la familia, sea en la escuela (enseñanza escolar de la religión) o la catequesis y formación cristiana en las parroquias y movimientos eclesiales, etc.
Concluyen los obispos de estos ordinariatos que este patrimonio no solo les dota de los medios para acoger a comunidades y personas en plena comunión, sino que “también sigue configurando su participación distintiva en la misión de la Iglesia de cara al futuro”, creciendo orgánicamente y ofreciendo “un reflejo único del rostro de la Iglesia y una contribución distintiva a la riqueza viva de su identidad como ‘una, santa, católica y apostólica’”.