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miércoles, 8 de abril de 2026

Sobre los Ordinariatos anglicanos de la Iglesia Católica y su aportación a la educación de la fe



(Imagen: Nuestra Señora de Walsingham, patrona de Inglaterra)

En el documento por el que se crearon los ordinariatos personales para anglicanos que deseaban entrar en plena comunión con la Iglesia católica (cf. Benedicto XVI, Const. Ap. Anglicanorum coetibus, 2009), se dice que tienen la facultad de “mantener vivas en el seno de la Iglesia católica las tradiciones espirituales, litúrgicas y pastorales de la Comunión anglicana, como don precioso para alimentar la fe de sus miembros y riqueza para compartir” (cf. apartado III).

            Hace ahora poco más de un mes, el Dicasterio para la Doctrina de la fe invitó a los obispos responsables de esos ordinariatos a poner por escrito su experiencia sobre cómo han recibido e integrado esos elementos, a la vez culturales y religiosos, que vienen de la tradicion anglicana. Ahora se ha publicado su respuesta (Characteristics of the Anglican Heritage as Lived in the Ordinariates Established Under the Apostolic Constitution “Anglicanorum Coetibus”, 24-III-2016).

Ellos han afirmado que, a pesar de las distancias y los diversos lugares donde están asentados (como Inglaterra y Escocia, Orlando, Australia y Micronesia), tienen conciencia de compartir una identidad esencial (a core share identity). “Esta identidad compartida tiene su origen en un camino común de seguimiento de Cristo que los ha llevado a la plena comunión con la Iglesia católica”. Por eso entienden que, al entrar en la Iglesia católica, han traído con ellos lo que ya san Pablo VI denominó en 1970 un “patrimonio valioso de piedad y costumbres” que la Iglesia reconoce, como hemos visto, como un don precioso no solo para ellos sino también para compartir con los demás católicos.


La inculturación del Evangelio pasa por Inglaterra

Ya en junio de 2024 el cardenal Víctor Fernández, desde la catedral de Westminster (templo católico principal de Inglaterra y Gales), llamó la atención sobre el valor de estos ordinariatos en la perspectiva de la inculturación:
“La existencia del Ordinariato […] refleja una realidad profunda y hermosa sobre la naturaleza de la Iglesia y la inculturación del Evangelio, como un rico patrimonio inglés. Porque la Iglesia es una, y el Evangelio es uno, pero en el proceso de inculturación, el Evangelio se expresa en una variedad de culturas. De este modo, la Iglesia adquiere un nuevo rostro […] En este proceso, la Iglesia no solo da, sino que también se enriquece. Porque, como enseñó San Juan Pablo II, ‘cada cultura ofrece valores y formas positivas que pueden enriquecer la manera en que se predica, se comprende y se vive el Evangelio’ (Exh. ap. Ecclesia in Oceania, 2001, 16).

El Ordinariato, afirmó además el Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la fe, representa una expresión concreta de esa realidad: “En el caso del Ordinariato, la fe católica se incultura entre personas que han vivido el Evangelio en el contexto de la Comunión Anglicana. Al entrar en plena comunión con la Iglesia católica, esta se ha enriquecido. Podemos decir, por tanto, que cada Ordinariato representa uno de los rostros de la Iglesia, que, en este caso, acoge ciertos elementos de la rica historia de la tradición anglicana: elementos que ahora se viven en la plenitud de la comunión católica”.

Como decíamos, el más reciente capítulo de esta historia es la lista que los obispos de los ordinariatos anglicanos han elaborado, enumerando los rasgos que consideran característicos de su herencia espiritual y pastoral. Identifican en 7 párrafos esos rasgos que, como se puede ver, constituyen interesantes sugerencias para la educación de la fe en el conjunto de la Iglesia Católica (cf. Characteristics…, documento citado). Estas caracteristicas, como veremos, tienen mucho que ver con san John Henry Newman. Con su figura y con su camino hacia la Iglesia Católica.

sábado, 22 de marzo de 2025

Sobre el Obispo de Roma y la sinodalidad

¿Cómo debe entenderse y ejercerse el ministerio del Papa? Se trata de una cuestión central para la Iglesia católica, para sus relaciones con las otras Iglesias y comunidades cristianas, así como para el desarrollo de su misión evangelizadora.

Esto es lo que plantea el documento de estudio publicado por el Dicasterio para la Unidad de los cristianos con el título “El Obispo de Roma. Primacía y sinodalidad en los diálogos ecuménicos y respuestas a la enclíclica Ut unum sint” (13-VI-2024).

En esa encíclica, san Juan Pablo II invitaba en 1995 a replantear las formas en que el Papa pueda ejercer su ministerio, para que “pueda cumplir un servicio de fe y de amor” reconocido por todos los interesados (n. 95). Desde entonces, el ahora Diasterio y antes Pontificio Consejo para la Unidad de los cristianos ha venido ocupándose de recoger las respuestas a esa invitación, especialmente las surgidas en los diálogos teológicos del ecumenismo.

El subtítulo, “primacía y sinodalidad” indica no solo la circunstancia del proceso sínodal actualmente en marcha como referencia, sino y más profundamente el que la figura del primado y su ministerio se desea expresar en el marco de la sinodalidad de la Iglesia.

El texto responde también a lo que ha constatado el Papa Francisco: “Hoy el ministerio petrino no puede ser plenamente comprendido sin esta apertura al diálogo con todos los creyentes en Cristo” (Homilía en las vísperas de la Conversión de san Pablo, 25-I-2014).


Para leer más... (enlace al artículo de "Omnes", julio de 2024)

domingo, 22 de septiembre de 2024

El diálogo y la colaboración entre los creyentes


(Imagen: personas de diversas religiones trabajando en un proyecto común) 

Durante su visita apostólica en Asia y Oceanía, el Papa Francisco mantuvo un encuentro de carácter interreligioso en Yacarta, Indonesia (un país de gran mayoría musulmana, donde solamente hay un 10% de cristianos y un 3% de católicos), en la mezquita “Istiqlal” (cf. Discurso 5-IX-2024). Fue diseñada por un arquitecto cristiano y está unida a la catedral católica de Santa María de la Asunción por el “túnel (subterráneo) de la amistad”. Allí Francisco alabó la nobleza y la armonía en la diversidad, de modo que los cristianos pueden testimoniar su fe en diálogo con grandes tradiciones religiosas y culturales. El lema de su visita fue “fe, fraternidad, comprensión”.


Amistad y trabajo conjunto

Animó el Papa a los creyentes a proseguir con la comunicación –simbolizada en ese túnel de la amistad– en la vida del país:

“Los animo a continuar por este camino: que todos, todos juntos, cultivando cada uno la propia espiritualidad y practicando la propia religión, podamos caminar en la búsqueda de Dios y contribuir a construir sociedades abiertas, cimentadas en el respeto recíproco y en el amor mutuo, capaces de aislar las rigideces, los fundamentalismos y los extremismos, que son siempre peligrosos y nunca justificables”.

En esta perspectiva, quiso dejarles dos orientaciones. En primer lugar, ver siempre en profundidad. Porque más allá de las diferencias entre las religiones –diferencias en las doctrinas, ritos y prácticas–, “podríamos decir la raíz común de todas las sensibilidades religiosas es una sola: la búsqueda del encuentro con lo divino, la sed de infinito que el Altísimo ha puesto en nuestro corazón, la búsqueda de una alegría más grande y de una vida más fuerte que la muerte, que anima el viaje de nuestras vidas y nos impulsa a salir de nosotros mismos para ir al encuentro de Dios”.

E insistió en lo fundamental: “Mirando en profundidad, percibiendo lo que fluye en lo más íntimo de nuestra vida, el deseo de plenitud que vive en lo más profundo de nuestro corazón, descubrimos que todos somos hermanos, todos peregrinos, todos en camino hacia Dios, más allá de lo que nos diferencia”.

Con ello aludía a una de las claves de estos días: el significado de las religiones y el diálogo y la colaboración entre creyentes (1).

Pocos días después diría a los jóvenes en Singapur: “todas las religiones son un camino hacia Dios” (Encuentro, 13-IX-2024). Así es y se cumple en las religiones propiamente dichas y en la medida en que respeten la dignidad humana y no se opongan a la fe cristiana. No se dice esto, por tanto, en referencia a las deformaciones de la religión como la violencia, el terrorismo, el satanismo, etc.

Por otra parte, el Papa tampoco afirmó que las religiones fueran entre sí equivalentes, o que tuvieran el mismo valor en la perspectiva cristiana (cf. Decl. Nostra Aetate del Concilio Vaticano II y el magisterio posterior, cf. Decl. Dominus Iesus, de 2000). De hecho, la doctrina católica enseña que las religiones, junto con elementos de verdad y de bien, tienen elementos que es necesario purificar (vid. también el documento de la Comisión Teológica Internacional, El cristiano y las religiones, 1996). (2)

En segundo lugar, Francisco invitó a cuidar las relaciones entre los creyentes. Así como un pasaje subterráneo conecta, crea un enlace, “lo que realmente nos acerca es crear una conexión entre nuestras diferencias, ocuparnos de cultivar lazos de amistad, de atención, de reciprocidad”. 

martes, 7 de noviembre de 2023

La sinodalidad: algunos principios y criterios


(Sinodalidad para la misión II)

“El rostro de una Iglesia sinodal” se perfila, en el Informe de síntesis (“Una Iglesia sinodal en misión”, 28-X-2023),en 7 puntos, capítulos o epígrafes. Es la primera parte donde se formulan algunos principios teológicos, también para construir un "estilo" sinodal. 


La Iglesia, Pueblo, hogar y familia de Dios


1. El primer capítulo trata sobre la sinodalidad (en sí misma). Presupuesto que la Iglesia es en sí “sínodo” (comunidad en camino), se redescubre a la Iglesia como “Pueblo fiel de Dios, dentro del cual cada uno es portador de una dignidad derivada del Bautismo y llamado a la corresponsabilidad en la misión común de evangelización” (1a)

Dentro de esta plena continuidad con el Vaticano II se subraya inmediatamente “el estilo” operativo que se propone para esta conciencia renovada de ser Iglesia en misión.

“Este proceso ha renovado nuestra experiencia y nuestro deseo de una Iglesia que sea el hogar y la familia de Dios” (1b). Es interesante que entre las muchas maneras de entender y describir a la Iglesia, se diga aquí que la Iglesia se experimenta y se comprende en nuestros días ante todo como hogar y familia, “cercana a las personas, menos burocrática y más relacional”; en la línea que señalaban los jóvenes con ocasión del Sínodo dedicado a ellos.

Por tanto, más allá de las confusiones y preocupaciones que han podido suscitarse con este sínodo, lo que está de fondo, en continuidad con la fe apostólica, es que “la sinodalidad es una expresión del dinamismo de la Tradición viva” (1f). Esto debe entenderse de modo que se articule con la naturaleza jerárquica de la Iglesia.

En términos sencillos, se propone esta experiencia y comprensión de la sinodalidad: “La sinodalidad puede entenderse como el caminar de los cristianos con Cristo y hacia el Reino, junto con toda la humanidad; orientada a la misión, supone reunirse en asamblea en los distintos niveles de la vida eclesial, escucharse mutuamente, dialogar, discernir comunitariamente, consensuar como expresión de la presencia de Cristo en el Espíritu y tomar decisiones en corresponsabilidad diferenciada” (1h).

Luego, se dice, habrá que concretar cómo se entiende y se lleva a cabo esto en las diferentes culturas; y de modo que se eviten los riesgos de individualismo, populismo y de “una globalización que homogeneiza y aplana” (1l). Se pide superar los obstáculos para una mayor participación, especialmente de los jóvenes, y profundizar desde el punto de vista teológico y canónico, constituyendo para ello una comisión intercontinental.


La sinodalidad, enraizada en la Trinidad


2. Para fundamentar y desarrollar la sinodalidad es necesario mostrar que se enraiza en la Trinidad (capítulo 2) En la práctica, esto significa que cada cristiano está llamado a llevar adelante su vocación, su carisma, sus ministerios. La finalidad no es la Iglesia en sí misma, sino el anuncio del Reino de Dios. Para que la sinodalidad no se quede en una “renovación cosmética”, se requiere reconocer “la primacía de la gracia” y promover “la profundidad espiritual”: un auténtico encuentro con Dios y a la vez con los hermanos, “según el rico patrimonio espiritual de la Tradición”: “una oración abierta a la participación, un discernimiento vivido juntos, una energía misionera que nace del compartir y se irradia como servicio” (2c).

Esto se traduce en la práctica por medio del método de “la conversación en el Espíritu”, que, aunque tiene sus límites, fomenta la escucha, la conversión y la fraternidad. Para avanzar se piden criterios para el discernimiento, que tengan en cuenta ante todo la Sagrada escritura, la Tradición, el Magisterio de la Iglesia y los signos de los tiempos.

Además, se requiere una correcta visión antropológica y espiritual. El método debe integrar las aportaciones de la teología y de las ciencias humanas. Se propone una mayor valoración de las culturas y se pide cómo acompañar a las personas (y para ello preparar personas formadas) en cada Iglesia local en este discernimiento eclesial, teniendo en cuenta los diversos carismas, ministerios y caminos pastorales.


La primera forma de sinodalidad

3. El camino de la sinodalidad comienza con la entrada en la comunión de la fe. La iniciación cristiana (capítulo 3), que hoy se redescubre según el estilo del catecumenado primitivo, se considera como “la primera forma de sinodalidad” (3b). La base para todo ello es el Bautismo, que dota a los cristianos de igual dignidad y del “sentido de la fe” (sensus fidei: “cierta connaturalidad con las realidades divinas y en la aptitud para captar intuitivamente lo que se ajusta a la verdad de fe), como condición para llegar al “consenso de la fe”, como criterio seguro en el camino cristiano. La Confirmación hace presente para cada uno el acontecimiento de Pentecostés, y le prepara para desarrollar su propia vocación y misión. Se comprende que debe integrarse mejor en relación con los carismas y ministerios de la Iglesia.

En cuanto a la Eucaristía, sobre todo la dominical, es el centro de la comunión eclesial. De hecho el término comunión se emplea tanto para la Eucaristía como para la iglesia. De ahí que “la comunión celebrada en la Eucaristía y que brota de ella configura y orienta los caminos de la sinodalidad” (3e), puesto que el estilo cristiano es la unidad en la diversidad.

Como cuestiones a afrontar, se pide que se presente la iniciación cristiana según una visión más unitaria. El desarrollo del sensus fidei requiere que tras el Bautismo se acompañe la existencia del cristiano en medio de su ambiente cultural, y que la Confirmación se viva como raíz próxima de la vocación y misión en relación con el testimonio de la fe.

Entre las propuestas destaca “la liturgia celebrada con autenticidad” como “primera y fundamental escuela de discipulado y fraternidad”, teniendo en cuenta “su poderosa belleza y la noble sencillez de sus gestos” (3k). Además de la celebración de la Misa se pide valorar otras formas de plegaria litúrgica, así como la piedad popular, y singularmente la devoción mariana.


El papel de los pobres en la sinodalidad


4. Con ello llegamos a los pobres como protagonistas del camino de la Iglesia (capítulo 4). Se subraya el papel central de los pobres y necesitados (al lado de la pobreza material, también las “nuevas pobrezas”, la pobreza espiritual, la falta del sentido de la vida, etc.) en la sinodalidad. Esto abarca el compromiso por el cuidado de la casa común. En este punto se inscribe una clara llamada a un mayor conocimiento, formación y práctica de la Doctrina Social de la Iglesia (“recurso demasiado poco conocido”): “El compromiso de la Iglesia debe llegar a las causas de la pobreza y la exclusión. Esto incluye actuar para proteger los derechos de los pobres y excluidos, y puede requerir la denuncia pública de las injusticias, ya sean perpetradas por individuos, gobiernos, empresas o estructuras sociales. Escuchar sus reivindicaciones y puntos de vista para darles voz, utilizando sus palabras, es crucial” (4f).

Esto no debe quedarse en un plano puramente institucional: “Los cristianos tienen el deber de comprometerse a participar activamente en la construcción del bien común y en la defensa de la dignidad de la vida, inspirándose en la doctrina social de la Iglesia y actuando de diversas formas (compromiso en organizaciones de la sociedad civil, sindicatos, movimientos populares, asociaciones de base, política, etc.). La Iglesia expresa su profunda gratitud por su acción. Las comunidades apoyan a quienes trabajan en estos campos con auténtico espíritu de caridad y servicio. Su acción se inscribe en la misión de la Iglesia de anunciar el Evangelio y colaborar en la llegada del Reino de Dios” (4 g).

La cuestión de fondo es que en los pobres vemos el rostro y la carne de Cristo, por lo que debemos no solo acercarnos a ellos, sino también aprender de ellos. En cuanto a la sinodalidad: “Si hacer sínodo significa caminar junto a Aquel que es el camino, una Iglesia sinodal necesita poner a los pobres en el centro de todos los aspectos de su vida: a través de sus sufrimientos tienen un conocimiento directo de Cristo sufriente (cfr. Evangelii gaudium, n. 198). La semejanza de su vida con la del Señor hace de los pobres heraldos de una salvación recibida como don y testigos de la alegría del Evangelio” (4h).

Por todo ello se propone, respecto a la Doctrina social de la Iglesia: “Las Iglesias locales deben comprometerse no sólo a dar a conocer mejor su contenido, sino a favorecer su apropiación mediante prácticas que pongan en práctica su inspiración” (4n). El servicio efectivo a los pobres, así como la enseñanza de la “ecología integral” (desde sus fundamentaos bíblicos y teológicos) deben ser aspectos integrales en todos los procesos formativos


Catolicidad e inculturación

5. Sigue un capítulo sobre “Una Iglesia de toda tribu, lengua, pueblo y nación” (capítulo 5). En él se manifiesta cómo los cristianos viven dentro de culturas específicas, tiempos y lugares diversos, contextos multiculturales y multirreligiososs que plasman las culturas y los lenguajes de las Iglesias locales. Es, en efecto, el tema de la catolicidad y de la inculturación.

En estos contextos es importante la valoración de los movimientos migratorios, y vale pena recoger este párrafo completo “A menudo los migrantes y refugiados, muchos de los cuales cargan con las heridas del desarraigo, la guerra y la violencia, se convierten en una fuente de renovación y enriquecimiento para las comunidades que los acogen y en una oportunidad para establecer un vínculo directo con Iglesias geográficamente distantes. Frente a actitudes cada vez más hostiles hacia los emigrantes, estamos llamados a practicar una acogida abierta, a acompañarles en la construcción de un nuevo proyecto de vida y a construir una verdadera comunión intercultural entre los pueblos. El respeto de las tradiciones litúrgicas y de las prácticas religiosas de los emigrantes es parte integrante de una acogida auténtica” (5d). Un cuidado especial ha de tenerse en relación con la inculturación que se realiza en las misiones, inculturación que hoy es más consciente de la importancia del diálogo interreligioso, el testimonio de la solidaridad y de la fraternidad, pues “la Iglesia es consciente de que el Espíritu puede hablar a través de las voces de hombres y mujeres de toda religión, convicción y cultura” (5f).

Sin duda -apunta el texto- esto requiere “cultivar la sensibilidad (junto con el aprecio por la unidad) ante la riqueza de la variedad de expresiones del ser Iglesia” (5g). De nuevo, una llamada al discernimiento ante un ambiente plural e incluso conflictivo: “La Iglesia también se ve afectada por la polarización y la desconfianza en ámbitos cruciales, como la vida litúrgica y la reflexión moral, social y teológica. Debemos reconocer las causas mediante el diálogo y emprender procesos valientes de revitalización de la comunión y la reconciliación para superarlas” (5h). Se reconocen las tensiones reales, a veces excesivas, que existen en el modo de entender la evangelización, poniendo el foco en uno u otro de sus aspectos. También a la hora de distinguir entre el mensaje del Evangelio y la cultura del evangelizador.

¿Qué se propone ante estas dificultades? Las propuestas no pueden ser sino múltiples: atención a los lenguajes y los procesos de la evangelización (escucha, discernimiento, participación, etc.); formación en las enseñanzas del Concilio Vaticano II y del magisterio posconciliar (poco conocido), de la Dcotrina social de la Iglesia (ya apuntado) y, en general, formación teológico-pastoral.


Las Iglesias orientales católicas y el ecumenismo

6. Otro capítulo llama la atención sobre las tradiciones de las Iglesias orientales y sus peculiaridades (litúrgicas, teológicas, eclesiológicas y canónicas), junto con las propias de la Iglesia latina (capítulo 6). Esto adquiere especial actualidad por el fenómeno de las migraciones. Se pide que se establezcan a nivel internacional estructuras y comisiones adecuadas para afrontar este reto.

7. Finalmente está “el camino hacia la unidad de los cristianos”, es decir, el ecumenismo (capítulo 7). Puesto que el Bautismo es a la vez el principio de la sinodalidad y el fundamento del ecumenismo, “no puede haber sinodalidad sin dimensión ecuménica” (7b). La tarea ecuménica, que los especialistas teólogos llevan a cabo con paciencia y dedicación, implica una renovación espiritual,  la purificación de la memoria histórica y la oración de los cristianos. Hoy se avanza en la conciencia de la participación de todos en medio de su vida cotidiana, así como la necesidad de la formación ecuménica. Además es importante la colaboración en los múltiples “caminos” del ecumenismo práctico, entre ellos, en las tareas de promoción humana y cultural.

En relación con la sinodalidad, se precisa percibir las diferencias en el modo de entender y practicar la sinodalidad entre las confesiones cristianas, la relación que establecen (en el caso de los ortodoxos) entre los obispos y los fieles, así como la relación entre la sinodalidad y el primado pontificio. En este punto hay una referencia a la profundización en el modo del ejercicio del ministerio petrino al servicio de la unidad, tal como pidió Juan Pablo II en la encíclica Ut unum sint (1995).

Ante el 1700 aniversario del concilio de Nicea (325), donde se elaboró el símbolo (credo) de la fe cristiana, se sugiere que se aproveche esa celebración en relación con el actual proceso sobre la sinodalidad, así como la coincidencia, en 2025, de la fecha de la Pascua para todas las confesiones cristianas.

jueves, 29 de junio de 2023

El sucesor de Pedro y su tarea


El ministerio petrino se comprende hoy en el interior y al servicio del episcopado y, así, al servicio de la entera comunidad eclesial, a la vez que promueve el compromiso ecuménico (*).

Así continúa la profundización de aquella sustancial comprensión acerca del primado romano como sucesión del ministerio de Pedro, comprensión inmutable y permanente, presente ya desde los primeros siglos. Lo que ha ido cambiando en la historia es el modo del ejercicio del primado del sucesor de Pedro, dependiendo de numerosos factores y circunstancias. En todo caso, permanece lo esencial, de manera que entre el segundo y el primer milenio no hay ruptura, sino novedad en la continuidad. Ciertamente, en el primer milenio se subraya la comunión eclesial, mientras que en el segundo se enfatiza la jurisdicción; pero ambas dimensiones están siempre presentes.


La infalibilidad del Papa, al servicio de la unidad

La constitución dogmática Pastor aeternus del Concilio Vaticano I (1869-1870) se centra en el ministerio del “primado romano” o “primado apostólico”. Deseaba afrontar sobre todo el riesgo del galicanismo. Señala que la finalidad del ministerio primacial de Pedro es la unidad entre los obispos, la unidad de la fe y entre todos los fieles. Afirma que Pedro recibió de Cristo un verdadero y propio primado de jurisdicción (de obediencia y no solo de honor)sobre toda la Iglesia, y que ese primado permanece en los sucesores de Pedro. La potestad de jurisdicción del primado se califica como suprema (no solo como primum inter pares; e inapelable), plena (en todos los temas), universal (en todo el mundo), ordinaria (no delegada), inmediata (no necesita mediación de los obispos o de los gobiernos) y “verdaderamente episcopal” (sin que suplante al obispo local). No distingue entre potestad de jurisdicción (enseñar y gobernar) y de orden (santificar). 

domingo, 6 de noviembre de 2022

Alegría, unidad y profecía


En su viaje al reino musulmán de Baréin, hoy, domingo, 6 de noviembre, el Papa Francisco ha mantenido un encuentro con fieles católicos (obispos, sacerdotes, consagrados, seminaristas y agentes pastorales), que son unos 80.000 de un total de 1,7 millones de habitantes. Y su discurso contiene un mensaje esencial, también en las circunstancias actuales de la Iglesia y del mundo, para todos los cristianos

En la introducción a su discurso, les ha dicho que “es bello pertenecer a una Iglesia formada por la historia de rostros diversos, que encuentran la armonía en el único rostro de Jesús”. Tomando pie de la geografía y cultura del país, les ha hablado del agua que riega y hace fructificar tantas zonas de desierto. Una bella imagen de la vida cristiana como fruto de la fe:

“Emerge a la superficie nuestra humanidad, demacrada por muchas fragilidades, miedos, desafíos que debe afrontar, males personales y sociales de distinto tipo; pero en el fondo del alma, bien adentro, en lo íntimo del corazón, corre serena y silenciosa el agua dulce del Espíritu, que riega nuestros desiertos, vuelve a dar vigor a lo que amenaza con secarse, lava lo que nos degrada, sacia nuestra sed de felicidad. Y siempre renueva la vida. Esta es el agua viva de la que habla Jesús, esta es la fuente de vida nueva que nos promete: el don del Espíritu Santo, la presencia tierna, amorosa y revitalizadora de Dios en nosotros".


Los cristianos, responsables del "agua viva"

En un segundo momento, el Papa se detiene en una escena del Evangelio según san Juan. Jesús esta en el templo de Jerusalén. Se celebra la fiesta de los Tabernáculos, en la que el pueblo bendice a Dios agradeciendo el don de la tierra y de las cosechas y haciendo memoria de la Alianza. El rito más importante de esa fiesta era cuando el sumo sacerdote tomaba agua de la piscina de Siloé y la derramaba fuera de los muros de la ciudad, en medio de los cantos jubilosos del pueblo, para expresar que de Jerusalén fluiría una gran bendición para todos los pueblos (cf. Sal 87, 7 y sobre todo Ez 47, 1-12).

En ese contexto Jesús, "puesto en pie", grita: “¡Quien tenga sed, venga a mí y viva!, y de sus entrañas brotarán ríos de agua viva” (Jn 7, 37-38). El evangelista dice que se refería al Espíritu Santo que recibirían los cristianos en Pentecostés. Y observa Francisco: "Jesús muere en la cruz. En ese momento, ya no es del templo de piedras, sino del costado abierto de Cristo que saldrá el agua de la vida nueva, el agua vivificante del Espíritu Santo, destinada a regenerar a toda la humanidad liberándola del pecado y de la muerte".

domingo, 16 de octubre de 2022

Fe viva, misión y unidad

(En el 60º aniversario del Concilio Vaticano II)


Con un enfoque más allá de lo sociológico (1), en su homilía durante la celebración del 60 aniversario del comienzo del Concilio Vaticano II el Papa Francisco ha propuesto una triple mirada: mirada desde lo alto, mirada en el medio y mirada de conjunto. Y ha construido su predicación en torno a las palabras que Cristo dirige a Pedro en el Evangelio: “¿Me amas? (…) Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 15 y 17). 


Fe viva. "¿Me amas?"

Primero una mirada desde lo alto. Esa mirada corresponde a la pregunta de Jesús a Pedro: “¿Me amas?”. Una pregunta que el Señor nos hace siempre y que hace a la Iglesia. Lejos de las perspectivas pesimistas como también de las perspectivas humanamente demasiado optimistas, y sin entrar en ello, afirma el Papa en línea con los Papas anteriores:

“El Concilio Vaticano II fue una gran respuesta a esa pregunta. Fue para reavivar su amor por lo que la Iglesia, por primera vez en la historia, dedicó un Concilio a interrogarse sobre sí misma, a reflexionar sobre su propia naturaleza y su propia misión. Y se redescubrió como misterio de gracia generado por el amor, se redescubrió como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, templo vivo del Espíritu Santo”.

En efecto. Y no se trata de abstracciones pseudoteológicas, sino realidades que pertenecen a la fe. Y no a una fe teórica sino a una fe viva, es decir la fe que obra y vive por el amor (cf. Ga 5, 6). Y la Iglesia es un “sacramento” (un signo e instrumento) del amor de Dios (cf. LG, 1) (2).

Y ahora nos toca a nosotros: “Preguntémonos –invita Francisco– si en la Iglesia partimos de Dios, de su mirada enamorada sobre nosotros. Siempre existe la tentación de partir más bien del yo que de Dios, de anteponer nuestras agendas al Evangelio, de dejarnos transportar por el viento de la mundanidad para seguir las modas del tiempo o de rechazar el tiempo que nos da la Providencia de volver atrás”.

Continúa advirtiendo contra dos extremos equivocados: “Estemos atentos: ni el progresismo que se adapta al mundo, ni el tradicionalismo o el ‘involucionismo’ que añora un mundo pasado son pruebas de amor, sino de infidelidad. Son egoísmos pelagianos, que anteponen los propios gustos y los propios planes al amor que agrada a Dios, ese amor sencillo, humilde y fiel que Jesús pidió a Pedro”.

Invita Francisco a redescubrir el Concilio desde el amor de Dios y desde la esencial misión salvadora de la Iglesia, que ella debe cumplir con alegría (cf. Juan XXIII, Alocución "Gaudet Mater ecclesia" en la inauguración del Concilio Vaticano II, 11-X-1962). Una Iglesia que sepa superar los conflictos y las polémicas para dar testimonio del amor de Dios en Cristo.

domingo, 15 de agosto de 2021

La llamada al arte de la vida


¿Qué puede incitar a que un comerciante de arte, cercano a su retiro y con problemas económicos, consiga un cuadro en una subasta, como “último tesoro”? ¿Qué puede significar que un buen pintor renuncie a firmar su obra? ¿Y cómo se relaciona ese cuadro con la vida del que lo ha comprado, inicialmente con la idea de revenderlo por un precio mucho mayor, puesto que ya sabía que era realmente una obra maestra?

Todo ello se plantea en la película finesa “El artista anónimo” (Klaus Härö, Tuntematum mestari, 2018, primer premio en el festival de Washington D.C., 2019, guión de Anna Heinämaa), estrenada en España en octubre de 2020.

Estamos ante una buena historia con dimensión pedagógica y familiar, a partir del conocimiento del alma humana y la búsqueda de la verdad. También es una parábola para valorar el trabajo bien hecho, y recordar que siempre hay posibilidad de redención: segundas oportunidades. Una película pequeña y no revolucionaria, se ha dicho, pero con un buen saber hacer que la hace sugerente e incluso apasionante. Un destello sobre el sentido de la vida, del arte e incluso del dinero –han señalado otros–, sobre la evolución de nuestra cultura y el diálogo entre las generaciones, que rechaza las fáciles respuestas y subraya la necesidad de contemplación. Y todo ello apoyado en un excelente trabajo de cámara, y en la música de Vivaldi, Mozart, Händel y Rachmaninov.

Pero hay más que puede verse en esta sencilla pero universal historia. Un plus que, posibilitando esas interpretaciones, llama al espectador desde planos más hondos. Una propuesta magistralmente mediada por la trama afectiva, cultural y también religiosa del film. Un plus que tiene que ver con la esperanza, no exento de buen humor. 

domingo, 6 de diciembre de 2020

Fomentar la unidad, aquí y ahora

 

 

¿Qué es el ecumenismo y por qué es importante? ¿Quienes son los responsables de llevarlo adelante? ¿Cómo se participa en el ecumenismo? ¿Qué podemos hacer nosotros, las comunidades cristianas, las familias, cada uno y cada una personalmente, en nuestra situación concreta?

Con motivo de la publicación del Vademecum ecuménico “El obispo y la unidad de los cristianos” por parte del Pontificio consejo para la unidad de los cristianos (4 de diciembre de 2020), cabe en primer lugar señalar los orígenes del movimiento ecuménico. A continuación, la importancia del ecumenismo y otros aspectos de la participación de los fieles católicos en la tarea ecuménica. Y finalmente, presentar a grandes rasgos el presente documento.

miércoles, 22 de enero de 2014

Cristo no está dividido

Abrazo entre el Papa Pablo VI y Atenágoras, 
Patriarca de Constantinopla, el 5 de enero de 1964

La Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos en 2014 lleva por lema: “¿Es que Cristo está dividido?” (1 Co 1, 1-17). Es la pregunta que les hace San Pablo a los Corintios, nada más comenzar su primera carta, después de agradecer la llamada a la fe y a la vida cristiana que han recibido. Informado de que había divisiones entre ellos, les exhorta a vivir en unidad: “Desterrad cuanto signifique división y recuperad la armonía pensando y sintiendo lo mismo”.

            Los materiales para el estudio, la oración y la celebración han sido elaborados por un grupo de cristianos de Canadá. Un país donde impera la diversidad de lengua, cultura y clima (es de los países más extensos y diversos del mundo); y todo ello se refleja en las variadas expresiones de la fe cristiana, a menudo determinadas por los sustratos multiculturales que les dan cauce. También esto, que podría ser camino de enriquecimiento mutuo, se ha convertido, como en otros lugares, en motivo para escandalosas divisiones entre los cristianos.      

jueves, 7 de marzo de 2013

Ecumenismo y diálogo con las religiones


M. Chagall, Vidriera (1962) en el Hebrew Medical Center, Jerusalen


El impulso al ecumenismo fue otro de los grandes temas desde el comienzo del Concilio Vaticano II. No sucedió así con la reflexión sobre el diálogo con las religiones, que surgió más adelante.

    Benedicto XVI ha señalado el hecho de que cristianos protestantes y católicos sufrieran la persecución del nazismo como un factor importante para que, durante el Concilio, sobre todo el episcopado alemán impulsara una mayor profundización sobre la unidad entre los cristianos (cf. Inédito publicado con motivo del 50º aniversario de la apertura del Concilio Vaticano, 2-VIII-2012 y también el último Encuentro con el clero romano, 14-II-2013).

viernes, 18 de enero de 2013

El testimonio común de los cristianos

 "...Y formarán un solo rebaño, con un solo pastor" (Jn 10, 16)


La Semana de oración por la Unidad de los Cristianos brinda la oportunidad de plantearse algunas cuestiones particularmente actuales: ¿Qué es el ecumenismo? ¿Por qué es importante el “testimonio común” de los cristianos? ¿Qué posibilidades existen en la “colaboración ecuménica”?


lunes, 6 de febrero de 2012

Única misión con diversas tareas



El decreto sobre las misiones (Ad gentes) del Concilio Vaticano II fue aprobado en aquella gran asamblea de obispos de toda la tierra, de los que una tercera parte provenían de “Iglesias jóvenes”. Eran, por tanto, frutos de la tarea misionera. En correspondencia al don de la fe recibido, querían impulsar las misiones en todo el mundo. Y así contribuyeron a manifestar que la Iglesia entera es misionera por naturaleza.

     En estas coordenadas se sitúa el mensaje de Benedicto XVII para la próxima Jornada Mundial Misionera del 21 de octubre de 2012, cuyo lema es: “Llamados a hacer que la Palabra de verdad resplandezca” (Carta Porta fidei, 6).

     Hoy existe una conciencia misionera renovada, a la que han contribuido los impulsos de Pablo VI (cf. sobre todo la Exhort. Evangelii nuntiandi, de 1975, acerca de la Evangelización en el mundo contemporáneo) y Juan Pablo II (cf. Enc. Redemptoris missio, de 1990, sobre la perenne validez del mandato misionero).


La única misión de la Iglesia

     Ahora bien, “la misión”, la única misión de la Iglesia, es proclamar el Evangelio de Cristo. Y esto es tan necesario en nuestro tiempo como lo fue para los primeros cristianos. Es esta una tarea que corresponde a todos los fieles cristianos, y no sólo a los misioneros, de un lado, o de otro a los obispos (responsables de la misión de la Iglesia en cuanto cabezas de sus Iglesias particulares, y unidos colegialmente en torno al Papa), los sacerdotes y los miembros de la vida consagrada.

     Por tanto las “misiones” se comprenden y se integran en esta gran y única “misión”, de la que todos los cristianos somos responsables, cada uno según su propia condición en la Iglesia y en el mundo. No hay cristiano que no deba hacer apostolado, porque cristiano es nombre de misión (miembro de Cristo, y, por tanto, partícipe de su vida y su misión).


La tarea misionera "ad gentes"

     Al mismo tiempo, subraya el Papa que hoy, como siempre, la tarea misionera sigue siendo “el horizonte constante y el paradigma de toda actividad eclesial”, precisamente porque la Iglesia es por naturaleza misionera. Y esto implica la cooperación de todos con las “misiones”, no sólo económicamente, sino personalmente en maneras diversas (comenzando por la oración y apoyando la promoción humana que acompaña a la evangelización); como también sucede que “el inmenso horizonte de la misión eclesial, la complejidad de la situación actual, requieren hoy nuevas formas para poder comunicar eficazmente la Palabra de Dios” (Verbum Domini, 97).

     Con esto se alude a la actual crisis de fe, que hace necesario “promover una nueva evangelización de las comunidades y de los países de antigua tradición cristiana, que están perdiendo la referencia a Dios, de modo que redescubran la alegría de creer”. Esta tarea, decíamos más arriba, pertenece a todo cristiano, como correspondencia al don de la fe. Y no quita, sino que subraya la importancia de los misioneros y el mérito de todos aquellos que les ayudan directamente (concretamente a través de las “Obras Misioneras Pontificias”).


Diversas tareas

     En suma, el marco del apostolado cristiano es hoy la “única misión” de la Iglesia. Esta “misión” grande y única, se expresa en diversas tareas: la “tarea misionera” en sentido estricto (o “ad gentes”); la tarea ordinaria de evangelización (que llamamos “apostolado” o tarea “pastoral”); y la nueva evangelización dirigida a cristianos que no viven en plenitud su fe; aún cabría añadir la tarea ecuménica (dirigida a lograr la unidad visible de todos los bautizados).

     Toda la Iglesia y cada uno de los cristianos estamos en esta barca del apostolado de Cristo, y necesitamos ser, primero nosotros, continuamente evangelizados, “pescados” por Él, a través de la formación en la fe, de los sacramentos y de una vida centrada en el servicio al prójimo, según nuestras circunstancias. Así podremos colaborar en el ámbito formativo y catequético, y viviremos la urgencia de ofrecer a otros el Evangelio, como servicio a la plenitud de vida, para las personas y el mundo.


(www.analisiidigital.com, 3-II-2012)

lunes, 30 de enero de 2012

La Iglesia nace de la oración de Jesús

El Greco, Cristo llevando la Cruz (1580).
Museo Metropolitano de Arte, Nueva York

En 1902 Alfred Loisy escribió, no sin cierta ironía, que “Jesús anunciaba el Reino y es la Iglesia la que ha venido”, frase que se ha utilizado durante el siglo XX para establecer una oposición entre Jesús y la Iglesia. El Concilio Vaticano II afirma que la Iglesia es germen e instrumento al servicio del Reino de Dios (cf. LG 5).


La oración sacerdotal de Jesús

     Para comprender la relación entre Jesús y la Iglesia, y cómo Jesús la fundó, conviene “penetrar” en la oración de Jesús. Así lo ha mostrado Benedicto XVI en su audiencia general del 25 de enero. Se ha centrado en la oración que Jesús dirige al Padre en la “hora”, que corresponde a su pasión y muerte, de su elevación y glorificación. Es la llamada “oración sacerdotal” (cf. Jn 17, 1-26), porque es la oración del Supremo sacerdote, inseparable de su sacrificio por la salvación de todas las personas de todos los tiempos.

      Como hace en su libro “Jesús de Nazaret” (volumen II), el Papa sitúa esta oración en la perspectiva de la fiesta judía del Yom Kippur, en la que el sacerdote pide por sí mismo, por la clase sacerdotal y por todo el pueblo.


Jesús rezó por sí mismo y por sus discípulos

      Jesús rezó en primer lugar por sí mismo, pidiendo “la entrada en la plena obediencia al Padre, una obediencia que lleva a la más plena condición filial” (cf. Jn 17, 1). Es el primer acto de su nuevo sacerdocio: “un donarse por completo en la cruz, y justamente sobre la cruz –el supremo acto de amor–, Él es glorificado, porque el amor es la verdadera gloria, la gloria divina”. También cada uno de nosotros, cabe deducir, debemos pedir la gracia y la fuerza divina para nosotros mismos, para cumplir la voluntad de Dios, para ser plenamente hijos de nuestro Padre Dios y entregarnos a su proyecto.

      En segundo lugar, Jesús intercede por sus discípulos (cf. Jn 17, 6) para que el Padre les santifique en la verdad. Es decir, para “continuar la misión de Jesús, ser entregado a Dios para estar así en misión para todos” (cf. Jn 20, 21). También aquí cabría detenerse para evocar la consagración bautismal que todo cristiano recibe en el bautismo y que lo capacita para participar en la misión de la Iglesia. Asimismo hemos de tener presentes, en nuestra oración, a los cristianos que nos rodean (nuestros padres o hermanos, parientes, amigos, etc.), llamados a ser apóstoles de Jesucristo. Y procurar que tomen conciencia de ello.


 Jesús rezó por la Iglesia

     En tercer lugar, Jesús pide por todos los cristianos hasta el final de los tiempos, por la Iglesia, por nosotros (cf. Jn 17, 20). Benedicto XVI alcanza aquí la cumbre de su exposición. Entiende que la oración de Jesús da origen a la Iglesia. Cebe pensar que esto es así en el contexto de todos los hechos de la vida de Cristo, de su muerte y resurrección, junto con el envío del Espíritu Santo en Pentecostés. En este marco, hay, en efecto, momentos de intensidad especial en que Cristo va dando pasos en la constitución o “fundación” de su Iglesia (la constitución de la comunidad de los discípulos, la elección y envío de “los Doce”, la vocación y misión de Pedro, la Última Cena en conexión con el sacrificio de la Cruz, la aparición en la tarde de Pascua cuando, ya resucitado, confiere la “potestad” de bautizar y perdonar los pecados, y, finalmente, el acontecimiento de Pentecostés).

     En esa línea se sitúa siempre la oración de Jesús, que es como el alma de su entrega y sacrificio por amor al Padre y a la humanidad. Y esa oración, en su vertiente de intercesión por la Iglesia, se intensifica en esta “oración sacerdotal” al final de la última Cena.

     Pero sigamos con las palabras del Papa. Subraya en su homilía, en la clausura de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos: “La petición central de la oración sacerdotal de Jesús, dedicada a sus discípulos de todos los tiempos, es aquella de la futura unidad de todos los que creerán en Él”.

     Continúa explicando que esa unidad no es un producto mundano, sino don que procede del Cielo. Jesús reza “para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado" (Jn 17,21). La unidad de los cristianos, prosigue Benedicto XVI, “por un lado, es una realidad oculta en el corazón de las personas que creen. Pero al mismo tiempo, esta (unidad) debe aparecer claramente en la historia, debe aparecer para que el mundo crea, tiene un propósito muy práctico y concreto y debe aparecer para que todos sean realmente uno”. Por eso “la unidad de los futuros discípulos, siendo unidad con Jesús –que el Padre ha enviado al mundo–, es también la fuente originaria de la eficacia de la misión cristiana en el mundo”.


En su oración sacerdotal, Jesús "crea" la Iglesia

     Como haciendo una síntesis de lo que viene señalando, expresa el Papa: "Podemos decir que en la oración sacerdotal de Jesús se realiza la institución de la Iglesia... Propiamente aquí, en la última cena, Jesús crea la Iglesia”. Y se pregunta “qué otra cosa es la Iglesia, sino la comunidad de los discípulos que, mediante la fe en Jesucristo como enviado del Padre, recibe su unidad y se implica en la misión de Jesús para salvar al mundo, conduciéndolo al conocimiento de Dios”. Insiste, retomando algunas ideas y llegando al centro mismo de su mensaje: “La Iglesia nace de la oración de Jesús. Y esta oración no es sólo de palabra: es la acción por la que Él se ‘consagra’ a sí mismo, es decir, se ‘sacrifica’ para la vida del mundo” (cfr. Jesús de Nazaret, II, cap. 4).

      En otros términos: “Jesús ora para que sus discípulos sean uno. En virtud de esa unidad, recibida y mantenida, la Iglesia puede caminar ‘en el mundo’ sin ser ‘del mundo’ (cf. Jn 17,16) y vivir la misión confiada a ella para que el mundo crea en el Hijo y en el Padre que lo envió. La Iglesia se convierte entonces en el lugar donde continúa la misión misma de Cristo: llevar al ‘mundo’ fuera de la alienación del hombre de Dios y de sí mismo, fuera del pecado, a fin de que vuelva a ser el mundo de Dios”.


La oración de Jesús y nuestra oración por la Iglesia

     También en este aspecto central los cristianos podemos y debemos hacer nuestra la oración de Jesús (lo es por sí misma, pero debe serlo además porque nosotros nos unamos a la suya lo mejor posible, con toda nuestra vida). Así, la oración por la Iglesia, por todos los cristianos del mundo y por la unidad de los cristianos, no es sólo para una semana al año, sino que debe estar en el centro de nuestras intenciones y peticiones; más aún, en el centro de nuestra vida entera, transformada en misión.

    En síntesis, la oración sacerdotal de Cristo significa y realiza algo decisivo para la humanidad de todos los tiempos: que la Iglesia fue querida, y, en un sentido profundo y abarcante de toda su vida, “fundada” por Cristo. Y de este modo Cristo permanece siempre como fundamento vivo y activo de la Iglesia y de su misión, por la acción del Espíritu Santo.




(publicado en www.cope.es, 30-I-2012)

viernes, 20 de enero de 2012

La victoria de servir

 (La Unidad de los cristianos en la perspectiva de la fe)

 Cristo Redentor, en el cerro Corcovado, Río de Janeiro, Brasil

Dice San Juan en su primera carta que “la victoria que vence al mundo es nuestra fe”. La Oración por la Unidad de los Cristianos subraya este año la victoria de Cristo como causa de nuestra resurrección, y, por tanto, de la belleza de la vida cristiana. Conviene preguntarse de qué tipo es esa “victoria”.

     Benedicto XVI ha explicado en alguna ocasión que la victoria de Cristo debe entenderse en el sentido del amor y del servicio. Estas son sus palabras: “La victoria que nace de la fe es la del amor. Cuántos cristianos han sido y son un testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad. Han sido artífices de paz, promotores de justicia, animadores de un mundo más humano, un mundo según Dios; se han comprometido en diferentes ámbitos de la vida social, con competencia y profesionalidad, contribuyendo eficazmente al bien de todos. La caridad que brota de la fe les ha llevado a dar un testimonio muy concreto, con la palabra y las obras. Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás” (Benedicto XVI, Mensaje para la convocatoria de la JMJ de Madrid 2011, 6-VIII-2010, n. 5).


Lo que es y no es la fe cristiana

     En efecto, de un lado la fe cristiana no es una mera creencia o un conjunto de ideas o de sentimientos, o un ideal que se podría alcanzar por cualquier medio, independientemente de las consecuencias que eso tuviera para la dignidad de las personas o la justicia con la realidad. La fe cristiana es el encuentro con Cristo que transforma a cada persona y la lleva a colaborar en el bien común y para la vida plena de los demás.

     También conviene aclarar que el mundo no es, para el cristiano, un enemigo; el mundo creado de por sí es bueno. Lo que hay que combatir es el pecado y el mal que hay en el mundo.

     Además, la fe cristiana no busca dejar vencedores ni vencidos, a no ser el pecado y quien está radicalmente en su origen, el demonio. También queda vencida la muerte, porque ya no tiene la última palabra (tras de ella viene la Vida verdadera). Y porque la cruz de Cristo le cambia el sentido, convirtiéndola en un medio de salvación (en el caso del Señor) o de posible cooperación a la salvación propia y ajena (en nuestro caso).


El lema de este año: "Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo"

     Al menos por estos motivos, es iluminador el lema que se propone para la oración por la unidad de los cristianos (2012), inspirado en el pensamiento paulino sobre la resurrección de los cuerpos como consecuencia del triunfo de Cristo sobre la muerte: “Todos seremos transformados por la victoria de nuestro Señor Jesucristo” (cf 1 Co 15, 51-58). La fe en esta victoria deben considerarla los cristianos como un fuerte apoyo para su firmeza, constancia y progreso en las buenas obras.

      Según Benedicto XVI, el equipo redactor del texto “ha querido subrayar qué fuerte es el apoyo de la fe en medio de las pruebas y los estremecimientos como los que han caracterizado la historia de Polonia”, tantas veces en defensa de una libertad que afectaba en gran medida a la fe cristiana (Audiencia general, 18-I-2012).

     En ese documento se alude al contraste entre una “victoria” entendida en términos triunfalistas, y el camino que propone Cristo, cuando dice que “si alguien quiere ser el primero, sea el último de todos y el siervo de todos” (Mc 9, 35).


La victoria de la fe es la del amor, y comienza por la conversión

     En términos del Papa, “Cristo habla de una victoria a través del amor que sufre, a través del servicio recíproco, la ayuda, la nueva esperanza y el consuelo concreto a los últimos, a los olvidados, a los rechazados”. Así vemos la victoria de Cristo: “Para todos los cristianos, la más alta expresión de ese humilde servicio es Jesucristo mismo, el don total que hace de Sí mismo, la victoria de su amor que vence a la muerte, en la cruz, que resplandece en la luz de la mañana de Pascua”. Y la consecuencia para nosotros: “Nosotros podemos participar en esta ‘victoria’ transformadora si nos dejamos transformar por Dios, sólo si llegamos a una conversión de nuestra vida y la transformación se realiza en forma de conversión”.

     Insiste Benedicto XVI en que se trata de una conversión interior, personal y comunitaria: “No se trata simplemente de cordialidad o de cooperación, sino que es necesario sobre todo reforzar nuestra fe en Dios, en el Dios de Jesucristo, que nos ha hablado y se ha hecho uno de nosotros; se requiere entrar en la nueva vida de Cristo, que es nuestra verdadera y definitiva victoria; se necesita que nos abramos unos a otros, asumiendo todos los elementos de unidad que Dios ha conservado para nosotros y nos da siempre de nuevo: es necesario sentir la urgencia de testimoniar al hombre de nuestro tiempo el Dio vivo que se ha dado a conocer en Cristo”.

     El Concilio Vaticano II situó al ecumenismo en el centro de la vida y de la misión de la Iglesia, Juan Pablo II lo indicó como tarea esencial. Por tanto, dice Benedicto XVI, la oración por la unidad de los cristianos no debe ser sólo tarea de una semana, sino de todo tiempo y lugar.


La Unidad de los cristianos, responsabilidad de todos

     Nos acercamos a la celebración de un Año de la Fe. Por eso viene a propósito esta pregunta que se hace el Papa acerca de nuestro testimonio de la fe: “¿Cómo podemos dar un testimonio convincente si estamos divididos? Ciertamente, por lo que respecta a las verdades fundamentales de la fe, nos une mucho más de lo que nos divide. Pero las divisiones permanecen, y afectan también a varias cuestiones éticas y prácticas, suscitando confusión y desconfianza, debilitando nuestra capacidad de transmitir la Palabra de Cristo”. Y concluye que la falta de unidad es un gran desafío ante la nueva evangelización.

     La unidad de los cristianos no es una cosa más. Pertenece al corazón de la Iglesia y ha de estar por tanto en el corazón del cristiano. Es cuestión de fe, de amor y de esperanza. Pide ante todo un cambio de vida personal, que lleva al testimonio, también personal, de la fe, y a la apertura y colaboración cordial con los demás cristianos. Vivimos hoy en un mundo en que la convivencia con cristianos no católicos es cada día más usual. Es importante que crezca en la vida del católico esa conversión del corazón para apreciar los elementos de santificación y verdad que tienen los cristianos no católicos, y establecer con ellos una relación efectivamente cordial y cercana.


Oración por la unidad y formación ecuménica

      El empeño por contribuir a la unidad de los cristianos afecta también a las comunidades cristianas y a las instituciones eclesiales como tales. Por eso todos hemos de esforzarnos en la oración por la unidad y en la formación ecuménica. Esta formación (en sus diversos aspectos: doctrinal y espiritual, pastoral y ético) ha de llegar a la familia, la parroquia, la escuela y los diferentes movimientos, grupos y asociaciones. Así podremos avanzar hacia el testimonio común de los cristianos, tan necesario para la transmisión de la fe en nuestro tiempo.




(publicado en www.religionconfidencial.com, 20-I-2012)

miércoles, 27 de abril de 2011

Abrirse y abrir el mundo a Dios

Cristo y San Pedro en el lago (Centro Aletti, Roma)

Con los sacramentos, comenzando por el Bautismo, “Dios está buscándome –decía Benedicto XVI el Jueves Santo, en la misa crismal, invitando a acompañarle en su reflexión–. ¿Quiero reconocerlo? ¿Quiero que me conozca, que me encuentre?”. Y es que “Dios ama a los hombres. Sale al encuentro de la inquietud de nuestro corazón, de la inquietud de nuestro preguntar y buscar, con la inquietud de su mismo corazón, que lo induce a cumplir por nosotros el gesto extremo”, su entrega en la Cruz por amor. Por eso, “no se debe apagar en nosotros la inquietud en relación con Dios, el estar en camino hacia Él, para conocerlo mejor, para amarlo mejor”.

      Pero –se preguntaba el Papa– “¿es auténtica nuestra inquietud por Él? ¿No nos hemos resignado, tal vez, a su ausencia y tratamos de ser autosuficientes?”

      El día anterior se había referido a la “somnolencia” de los apóstoles en Getsemaní. Atención, porque no se trata de los no creyentes, sino de nosotros, los cristianos. Se trata de una “insensibilidad hacia la presencia de Dios que nos hace insensibles también hacia el mal. No escuchamos a Dios –nos molestaría– y así no escuchamos, naturalmente, tampoco la fuerza del mal, y nos quedamos en el camino de nuestra comodidad”. 

      Así parece que nos hemos contagiado de ese mal que es, según Benedicto XVI, el “drama de la humanidad”: pensar que la voluntad de Dios nos esclaviza, cuando, al contrario, es lo que nos permite entrar la verdad y en el amor, en el bien.

      Continuaba el Jueves Santo por la mañana diciendo que los cristianos son “un pueblo sacerdotal para el mundo”; y que, por tanto, “deberían hacer visible en el mundo al Dios vivo, testimoniarlo y llevarle a Él”. Ahora bien, volvía a preguntarse y preguntarnos: “¿Somos (los cristianos) verdaderamente el santuario de Dios en el mundo y para el mundo? ¿Abrimos a los hombres el acceso a Dios o, por el contrario, se lo escondemos? Nosotros –el Pueblo de Dios– ¿acaso no nos hemos convertido en un pueblo de incredulidad y de lejanía de Dios? ¿No es verdad que el Occidente, que los países centrales del cristianismo están cansados de su fe y, aburridos de su propia historia y cultura, ya no quieren conocer la fe en Jesucristo?”

      Ya en la homilía de la tarde, completaba la descripción de los síntomas (insensibilidad y somnolencia, incredulidad, cansancio y aburrimiento, desinterés por Dios y por los demás, indiferencia, distracción) y confirmaba el diagnóstico: como aquellos invitados al banquete de bodas, de que habla el Evangelio, nos falta el traje del amor. “La comunión eucarística exige la fe, pero la fe requiere el amor, de lo contrario también como fe está muerta”.

      La curación sólo puede venir, por tanto, del amor. Y el amor sólo podemos tenerlo en la medida de nuestra unión con Dios –condición primera, que pasa por el sacramento de la Confesión– y con los demás. 

      Cuatro veces rezó el Señor en su oración sacerdotal por la unidad de los discípulos. Y señala Benedicto XVI: “Esta unidad no es algo solamente interior, místico. Se ha de hacer visible, tan visible que constituya para el mundo la prueba de la misión de Jesús por parte del Padre”. Es una unidad que nace de la Eucaristía y que se llama Iglesia. Se manifiesta visiblemente cuando celebramos la misa en unión con el Papa y el Obispo. Es una unidad que nos abre a la unión con Dios y, a través de Él, con los demás. En la Eucaristía, el Señor “nos abre a cada uno más allá de sí mismo”, “nos hace uno entre todos nosotros”. Por eso, “la Eucaristía es el misterio de la íntima cercanía y comunión de cada uno con el Señor. Y, al mismo tiempo, es la unión visible entre todos”.

      Con la fe y el amor –concluía el Papa– se puede vencer la tentación del miedo, como le sucedió a Pedro al caminar sobre las aguas hacia el Señor; se puede comprender que Dios haya querido unirse “a las limitaciones de su Iglesia y sus ministros”; se puede “aceptar que no tenga poder en el mundo”; se pueden vencer los pretextos cuando nuestro pertenecer a él se hace costoso o peligroso. Pero para todo eso, necesitamos la conversión y la humildad. La Semana Santa y la Pascua son una ocasión de oro. 

(publicado en www.cope.es, 25-IV-2011)

domingo, 24 de abril de 2011

Hablar con la vida

M. Chagall, Aparición de la familia del artista (1947)


En uno de los documentos quizá más importantes y extensos de su pontificado (exhortación “Verbum Domini”, sobre la Palabra de Dios en la vida y la misión de la Iglesia, 30-IX-2010), Benedicto XVI ha dicho que la interpretación más completa de la Biblia es el Evangelio vivido en plenitud, como han hecho los santos: “La interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua” (n. 48).

     De hecho –añade el Papa– las grandes espiritualidades que han marcado la historia de la Iglesia han surgido “de una explícita referencia a la Escritura”; Y “cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios”. Así han servido a esta Palabra haciéndola vida, y, al mismo tiempo, han prestado a sus contemporáneos el mejor servicio: llevarles a Dios.

     Lo señaló de nuevo en un discurso al Pontificio Consejo de la Cultura (13-XI-2010), a propósito del lenguaje requerido por la nueva evangelización. Ciertamente, el arte y la imagen –evocaba la consagración de la basílica de la Sagrada Familia, en Barcelona– son lenguajes incisivos, aptos para transmitir la fe. Pero más aún lo es “la belleza de la vida cristiana”. Y el motivo es claro: “Al final, sólo el amor es digno de fe y resulta creíble. La vida de los santos, de los mártires, muestra una singular belleza que fascina y atrae, porque una vida cristiana vivida en plenitud habla sin palabras”. Por eso “necesitamos hombres y mujeres que hablen con su vida, que sepan comunicar el Evangelio, con claridad y valor, con la transparencia de las acciones, con la pasión gloriosa de la caridad”.

    En efecto. Cuando los cristianos escuchan la Palabra de Dios –sobre todo en la oración y en la liturgia– y la llevan a la práctica, convierten su vida en una obra de arte, una alabanza a Dios hecha vida y un servicio espléndido a los demás, al mismo tiempo que contribuyen a construir el mundo: desde las familias y las profesiones, las actividades culturales y políticas, el ocio y el deporte, la salud y la enfermedad. Esa es la mejor imagen, la más significativa, la más fascinante y atractiva, porque es el reflejo auténtico de la Palabra hecha carne (Cristo) en la vida de los suyos.

     Así ha sucedido con Jutta Burggraf († 5-XI-2010). Ella lo hacía con su tarea pedagógica y teológica. Lo enseñaba día a día con sus clases y conferencias, con libros como “Conocerse y comprenderse, una introducción al ecumenismo” y “Libertad vivida con la fuerza de la fe”. Pero, ante todo, lo enseñó con su vida hasta el final, iluminando los caminos de la tierra con la luminaria de la fe y del amor (cf. San Josemaría Escrivá, Camino, n. 1). 

(publicado en www.cope.es, 16-XI-2010)

martes, 15 de febrero de 2011

Gratuidad

Caminaba por la calle a hora punta. Me sobresaltó el estruendo de una moto de gran cilindrada que se detenía junto a mí. Una figura con traje negro, salpicado de remaches, me espetó, mientras se quitaba el casco a toda prisa:
– “Padre, padre, quisiera hacerle una pregunta”.
Tras unos segundos de expectativa, mostró por fin su rostro de motera desenfadada. 
– “Por supuesto –respondí–, a tu disposición”.
         – “Mire… yo quisiera hacer algo los fines de semana, que fuera…, bueno, que no fuera para mí misma sino para los demás. ¿Qué podría hacer?”
         Se me ocurrió aconsejarle que fuera a una parroquia cercana donde tienen bien organizado el servicio a los más necesitados, un banco de alimentos y de ropa, atención a los enfermos, visitas a las personas que están en la cárcel, etc. Y se despidió con un “Gracias, es lo que necesitaba”.
            No es muy frecuente este deseo de “dar gratis”. Diez veces nombra Benedicto XVI la gratuidad en su tercera encíclica. La Biblia muestra que Dios ha tenido la iniciativa para dirigirse como amor a los hombres, manifestado máximamente en Jesucristo. Por eso los cristianos hablamos de “gracia”, esto es lo que Dios nos da “gratis”, y los santos dieron mucho y gratis. Todo es gracia, enseñanza paulina que recogen entre muchos otros Santa Teresa de Lisieux y Georges Bernanos. En nuestro lenguaje nos queda, –“gracias a Dios”– la costumbre de dar gracias; especialmente cuando nos regalan algo que no hemos merecido, o quizá simplemente como una muestra de educación ante cualquier pequeño servicio.
            ¿Gratis? Se preguntan los “maestros de la sospecha” (como llamó Paul Ricoeur a Marx, Freud y Nietzsche) ¿No será que los cristianos dan porque esperan “a cambio” el premio del más allá?
            Sin embargo, la experiencia muestra que las personas estamos hechas para dar y recibir (ni somos cosas inertes que no pueden dar, ni somos Dios que no necesita recibir nada, pues es puro don). Somos felices cuando damos, aunque no seamos conscientes de que eso se debe a que recibimos ante todo el bien que hacemos. ¿No será esto –insiste de nuevo la sospecha– un “dar” interesado? No, porque el que da gratis experimenta la satisfacción del bien hecho sólo si obra con rectitud. En cambio, para el materialista cerrado a la trascendencia, no tienen sentido las palabras que San Pablo atribuye a Jesús: “Mayor felicidad hay en dar que en recibir”. El materialista ateo no puede explicar la alegría del don, porque la materia, incluso animada por una forma animal –valga la redundancia–, sólo se “da” necesariamente y por instinto; carece de autoconciencia y por tanto no puede experimentar el gozo que es prueba de haber encontrado, quizá en un detalle insignificante, el amor como sentido de la vida.
            La gratuidad es un signo de la trascendencia de la naturaleza humana. Dar se origina en el darse. Y sin el don de sí mismo, cualquier don, aunque pretenda ser “gratis”, puede ser manipulado por el que lo da; también puede ser rechazado por el que lo recibe, porque desconfíe de que resulte para él no un bien sino un mal. 
            Si “todo es gracia”, la humanidad no puede progresar verdaderamente si no es concediendo prioridad a la gracia, a lo gratuito. Primero a la “gracia” como amistad y unión con Dios, cuyo signo y testimonio es la paz de la conciencia. En segundo lugar, hay que dar paso a la gratuidad como actitud personal: dar sin esperar nada a cambio, lo que podría parecer humanamente un sinsentido: dar dinero, dar tiempo (aún más difícil), pero sobre todo –como queda dicho–, lo que está más al fondo: darse a sí mismo.
            En su encíclica Caritas in veritate, Benedicto XVI observa que todo lo que tenemos (comenzando por la capacidad de conocer la verdad y amar el bien) es don de Dios que hay que saber manifestar, dándose a los demás; correspondiendo a la gratuidad de Dios que desea también nuestra generosidad para contribuir a la unidad y la comunión del género humano. Tanto la caridad como la verdad son regalos que Dios nos hace y no productos ni resultado de los esfuerzos humanos. Aunque pensamos que nos podemos “hacer” a nosotros mismos, nos equivocamos: nos “hacemos” si colaboramos con Dios.
            Señala el Papa que la dimensión de gratuidad es uno de los mejores “negocios” que la economía actual –sin renunciar al beneficio– debería descubrir, porque las personas son las principales riquezas de los pueblos. La “lógica del don” es una exigencia de la caridad en la verdad. “Sin la gratuidad –escribe– no se alcanza ni siquiera la justicia”. Y añade: “El mercado de la gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por ley. Sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de personas abiertas al don recíproco”.
            También la naturaleza creada –la tierra, el agua y el aire– son dones recibidos, lo mismo que la conciencia y la libertad. Esto lo desconoce la mentalidad tecnicista y materialista. Pero entonces “el desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los ‘prodigios’ de la tecnología”.
            Por eso “la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano” que enseña a reconocer, en la oración, los dones de Dios y manifestar ese reconocimiento por medio de la gratuidad en nuestra vida. Y también por eso, excluir a Dios se demuestra inhumano. “La conciencia del amor indestructible de Dios es la que nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el desarrollo de los pueblos”. Porque, en último término, el amor mismo “no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don”.
            Así aparece en la película London River (R. Bouchareb, 2009), donde el amor se abre paso contando con el dolor.


Una primera versión de este texto fue publicada en 
www.religionconfidencial.com, 14-IX-2009,
y reproducida en el libro 
"Al hilo de un pontificado: el gran 'sí' de Dios",
ed. Eunsa, 2010

lunes, 24 de enero de 2011

Pilares de la unidad

Caravaggio, La conversión de San Pablo (Odescalchi), 1600

El impulso a la unidad de los cristianos (el ecumenismo) es uno de los objetivos principales de este pontificado. Se trata de un compromiso que todo cristiano debe asumir, mediante la conversión personal, haciendo suya esta tarea en la que la Iglesia entera está empeñada: “El serio deber de conversión a Cristo –ha dicho Benedicto XVI el 23 de enero– es el camino que conduce a la Iglesia, con los tiempos que Dios dispone, a la plena unidad visible”. No en vano la Semana de la Unidad se clausura tradicionalmente el día de la conversión de San Pablo.
           Caravaggio pintó dos veces la conversión de Saulo camino de Damasco. En la primera (obra llamada Caravaggio Odescalchi, pues lleva el apellido de la familia romana que la posee), Saulo se encuentra con Cristo en la forma de una luz cegadora. Le ordena que deje de perseguirle y se convierta en su testigo. El Apóstol no vió a Cristo, pero el pintor lo representa sujetado por un ángel y alargando su mano hacia Saulo, como para levantarle e impulsarle a su misión. El caballo y un viejo soldado parecen interponerse entre Saulo y la Luz.
            Todos necesitamos “caer del caballo”, para apoyar mucho más la causa de la unidad, primero con la oración y la caridad. 
          Este año, el lema de la Semana de la unidad recuerda a los primeros cristianos de Jerusalén, con las palabras del libro de los Hechos de los Apóstoles: “Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42).
            En la audiencia general del 19 de enero, el Papa se ha detenido en estos cuatro pilares característicos de la primitiva Iglesia de Jerusalén, según el relato de San Lucas, y que deben estar presentes siempre en toda comunidad cristiana, tanto a nivel universal como local.
            Ante todo, los primeros cristianos se reunían para escuchar la enseñanza de los Apóstoles, es decir, “la escucha del testimonio que éstos dan de la misión, la vida, la muerte y la resurrección del Señor Jesús”. También hoy, dice Benedicto XVI, el impulso a la unidad de los cristianos comienza en la confesión de la fe apostólica. Y lo que confesamos los cristianos –cabe recordar– es lo que dice el Credo. Por eso hay que preguntarse si conocemos bien lo que decimos creer, junto con sus implicaciones en nuestra vida cotidiana (saberse hijo de Dios, poner a Jesucristo en el centro de la propia existencia, promover –por medio de la oración y los sacramentos– la vida espiritual en plena docilidad al Espíritu Santo).
            Segundo, la vida común o la comunión fraterna, que es la expresión más visible de la unidad entre los cristianos. La fraternidad cristiana se manifiesta necesariamente en la preocupación por las necesidades de los demás: “Tenían todo en común, y quien tenía propiedades y bienes los vendía para distribuirlos a los necesitados (cf Hch 2,44-45). El Papa lo traduce para nosotros en presente: “Nadie en la comunidad cristiana debe pasar hambre, nadie debe ser pobre: es una obligación fundamental”. Por eso habría que preguntarse: ¿demostramos ante Dios, ante nosotros mismos y el mundo, una preocupación “contante y sonante” (que se vea y se toque) por los más necesitados?, ¿o pensamos que esto es cosa de otros, o que el Estado-providencia se ocupará de ello?
Tercero, la “fracción del pan”, otro nombre de la Eucaristía, como actualización de la entrega total de Cristo en la Cruz. La Eucaristía es lo que más nos une en la Iglesia, al hacernos vivir de Cristo. Pero hasta que no estemos unidos –lamenta Benedicto XVI– no podremos celebrar juntos la Eucaristía. Esto nos duele, debe llevarnos a rezar más, a pedir perdón por nuestros pecados y a crecer en la caridad. ¿Lo hacemos así?
Cuarto y último –pero no menos importante–, la oración: “La oración es desde siempre la actitud constante de los discípulos de Cristo, lo que acompaña sus vidas cotidianas en obediencia a la voluntad de Dios”, como señala San Pablo. La oración cristiana participa en la oración de Jesús, es una experiencia de nuestra filiación divina y por tanto nos lleva también a abrirnos a la fraternidad y al perdón. La oración es el “medio” al alcance de todos para abrirnos a la unidad, que es don de Dios y no construcción nuestra. ¿Cómo, dónde, cuánto rezamos cada día?
En definitiva, concluía el Papa, “como la primera comunidad cristiana de Jerusalén, partiendo de lo que ya compartimos, debemos ofrecer un testimonio fuerte, fundado espiritualmente y apoyado por la razón, del único Dios que se ha revelado y que nos habla en Cristo, para ser portadores de un mensaje que oriente e ilumine el camino del hombre de nuestro tiempo, a menudo privado de puntos de referencia claros y válidos”.
Estos cuatro pilares (la fe, la caridad, la vida sacramental y la oración) son la base necesaria para avanzar en la unidad de los cristianos. Se corresponden con las dimensiones esenciales de la Iglesia: Palabra, sacramentos y caridad; es decir, las formas en que Cristo se encuentra con las personas y a través del Espíritu Santo las incorpora plenamente a la salvación.
Sobre esa base cada uno podrá colaborar con otros cristianos (u otros creyentes o, en general, personas de buena voluntad), según las condiciones y circunstancias de su vida diaria, en muy distintos ámbitos (formativo, interreligioso, social, cultural y ético, etc.) . Lo importante, hoy y ahora, es plantearse: ¿cómo cimentar bien mi vida, convirtiéndome continuamente sobre estos pilares de la unidad, para colaborar –con mi familia o mis amigos, en el ámbito de mis tareas y relaciones profesionales y socioculturales– en la credibilidad y extensión del Evangelio?

(versión ampliada del original, publicado en www.analisisdigital.com, 24-I-11)