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martes, 2 de septiembre de 2025

Dejarse curar por Jesús


¿Por qué necesitamos dejarnos curar y contribuir a curar a los demás? Porque somos vulnerables. Sólo quien carece de experiencia o de conocimiento de sí mismo y de los otros puede desconocer esta necesidad.

Dentro del ciclo de catequesis correspondiente al Jubileo 2025 (“Jesucristo nuestra esperanza”), León XIV ha culminado, en el medio del verano, el itinerario de la vida publica de Jesús (encuentros, parábolas y curaciones), dedicando cuatro miércoles a las curaciones: Bartimeo, el paralítico de la piscina, la hemorroísa y la hija de Jairo, el sordomudo.


Bartimeo: levantarse ante Jesús que pasa y llama

En su camino a Jerusalén, Jesús se encuentra con Bartimeo, un ciego y mendigoo (cf. Audiencia general, 11-VI-2025). Su nombre significa hijo de Timeo, pero también hijo del homor o de la admiración Y ello nos sugiere que “Bartimeo –por su dramática situación, su soledad y su actitud inmóvil, como observa san Agustín– no consigue vivir lo que está llamado a ser”.

Sentado al borde del camino, Bartimeo necesita que alguien lo levante y lo ayude a salir de su situación y seguir caminando. Y para ello hace lo que sabe hacer: pedir y gritar. Es una lección para nosotros. “Si realmente deseas algo –nos propone el Papa–, haz todo lo posible por conseguirlo, incluso cuando los demás te reprenden, te humillan y te dicen que lo dejes. Si realmente lo deseas, ¡sigue gritando!”

De hecho, el grito de Bartimeo, “¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!” (Mc 10, 47)– se ha convertido en una oración muy conocida en la tradición oriental, que también nosotros podemos utilizar: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy pecador”.

Bartimeo es ciego, pero, paradójicamente, ve mejor que los demás y reconoce quién es Jesús. Ante su grito, Jesús se detiene y lo llama; “porque –observa el sucesor de Pedro– no hay ningún grito que Dios no escuche, incluso cuando no somos conscientes de dirigirnos a Él”.

miércoles, 24 de abril de 2024

Actitudes de Jesús ante el sufrimiento humano



El tiempo de Pascua actualiza nuestra vida con Cristo resucitado, su victoria sobre el mal y las tinieblas. Y nos capacita para identificarnos con Él, si correspondemos a su invitación con generosidad, en sus actitudes ante la enfermedad, el sufrimiento y humano y las personas discapacitadas. También a nivel social podemos hacer mucho en este terreno, luchando contra la "cultura del descarte" de tantos niños y jóvenes, enfermos, personas discapacitadas, ancianos y marginados de la sociedad.

Así podemos contribuir, en el día a día y en las circunstancias concretas de cada uno, a mostrar y defender la "dignidad infinita" de todo ser humano (*).


Cuidar y unir, asumir y tocar

Quien mira a Cristo y vive con Él, camina con Él y participa de sus actitudes. En un Discurso a la plenaria de la Pontificia Comisión bíblica (11-IV-2024), el sucesor de Pedro nos exhorta a participar de las actitudes de Jesús, concretamente ante la enfermedad y el sufrimiento humano.

"Todos vacilamos bajo el peso de estas experiencias y debemos ayudarnos a atravesarlas viviéndolas ‘en relación’, sin replegarnos sobre nosotros mismos y sin que la rebelión legítima se convierta en aislamiento, abandono o desesperación".

Por la experiencia de los sabios y de las culturas, sabemos que el dolor y la enfermedad, sobre todo si los situamos a la luz de la fe, pueden convertirse en factores decisivos en un camino de maduración; pues el sufrimiento, entre otras cosas, permite discernir lo esencial de lo que no lo es.

Sostiene el Papa que es sobre todo el ejemplo de Jesús el que muestra el camino, la actitud que hemos de tomar ante la enfermedad y el sufrimiento propio y ajeno, y traducirlo en pasos provechosos: “Él nos exhorta a cuidar a quienes viven en situaciones de enfermedad, con la determinación de superar la enfermedad; al mismo tiempo, nos invita con delicadeza a unir nuestros sufrimientos a su ofrecimiento salvífico, como semilla que da fruto". Cuidar e intentar superar, unir y asumir.

En efecto, desde el comienzo de su pontificado, el 19 de marzo de 2013, viene enseñando, también cuando evoca el ejemplo de san José, la tarea cristiana y humana de custodiar y servir, de la cercanía y del cuidado de los demás, especialmente de aquellos que nos salen al encuentro o a los que podemos llegar, para aliviarles en sus necesidades (cf. también el mensaje para la Jornada mundial de la paz, 1-I-2021 sobre "la cultura del cuidado como camino de la paz").

En nuestros días Francisco ha señalado que la visión de fe nos puede llevar a afrontar el dolor con dos actitudes decisivas: compasión e inclusión.

martes, 21 de marzo de 2023

Actitudes ante Jesús

 El Evangelio muestra a Jesús que devuelve la vista a un hombre ciego de nacimiento (cfr. Jn 9,1-41). La Iglesia nos lo presenta el cuarto domingo de cuaresma. Pero este prodigio –ha observado el Papa Francisco– es acogido de mala manera por varias personas y grupos (cf. Angelus, 19-III-2023). En sus actitudes se ven las actitudes fundamentales del corazón humano ante Jesús: “el corazón humano bueno, el corazón humano tibio, el corazón humano miedoso, el corazón humano valiente”.

De un lado están los discípulos, que, ante el problema del ciego, desean buscar un culpable, en lugar de preguntarse qué deben hacer ellos mismos.

Luego están los vecinos, que se muestran escépticos: no creen que el que ahora ve sea el mismo ciego de antes. Y sus padres tampoco quieren problemas, en particular ante las autoridades religiosas.

Todos ellos, observa el Papa, manifiestan ser “corazones cerrados ante el signo de Jesús, por diferentes motivos: porque buscan un culpable, porque no saben sorprenderse, porque no quieren cambiar, porque están bloqueados por el miedo”.

También nos pasa hoy: “Ante algo que es realmente un mensaje de testimonio de una persona, un mensaje de Jesús, caemos en eso: buscamos otra explicación, no queremos cambiar, buscamos una salida más elegante que aceptar la verdad”.


Dejarse curar para ver

Y así llegamos a que el único que reacciona bien es el ciego. Dice el Papa: “Está feliz de ver, da testimonio de lo que le ha pasado del modo más sencillo: ‘Era ciego y ahora veo’. Dice la verdad”. No quiere inventar ni esconder nada, no teme el qué dirán, porque Jesús le ha dado su plena dignidad, sin pedirle ni siquiera el agradecimiento, y le ha hecho renacer.

“Y esto es claro ­–apunta Francisco–, sucede siempre: cuando Jesús nos sana, nos devuelve la dignidad, la dignidad plena de la curación de Jesús, una dignidad que nace de lo más profundo del corazón, que se apodera de toda la vida”.

Como suele hacer, el sucesor de Pedro nos interpela sobre la misma escena: ¿Qué posición tomamos, qué hubiésemos dicho entonces? (…) ¿Nos dejamos aprisionar por el miedo al qué pensará la gente? (…) ¿Cómo acogemos a las personas que tienen tantas limitaciones en la vida, sean físicas, como este ciego; sean sociales, como los mendigos que encontramos en la calle? ¿Acogemos esto como una maldición o como una oportunidad para acercarnos a ellos con amor?” Y nos aconseja que pidamos “la gracia de asombrarnos cada día de los dones de Dios y de ver las diversas circunstancias de la vida, incluso las más difíciles de aceptar, como oportunidades para hacer el bien, como hizo Jesús con el ciego” (*).

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(*) Este texto es un fragmento de otro más amplio que se publicará en la revista "Omnes", abril.


jueves, 1 de septiembre de 2022

El don de la ancianidad: servicio y testimonio de esperanza

 Ha concluido la catequesis del Papa sobre el sentido y el valor de la vejez (23-II al 24-VIII-2022). Quiso “animar a todos a invertir pensamientos y afectos en los dones que ella trae consigo y para las otras edades de la vida” (23-III-2022); pues, en efecto, la ancianidad es un don y bendición divinos (*).



Los ancianos, maestros de sabiduría

Francisco señaló que en la cultura dominante, “los ancianos son poco valorados, en su calidad espiritual, su sentido comunitario, su madurez y sabiduría. Y esto, a los ojos del Papa, implica un “vacío de pensamiento, imaginación, creatividad” (Ibid.).

Insistió en que sin el diálogo entre generaciones tenemos “una sociedad estéril, sin futuro, una sociedad que no mira al horizonte, sino que se mira a sí misma” (2-II-2022).

A los ancianos les dijo: “Tenéis la responsabilidad de denunciar la corrupción humana en la que vivimos y en la que continúa esa forma de vida del relativismo, totalmente relativa, como si todo fuera lícito. Adelante. El mundo precisa, necesita jóvenes fuertes, que salgan adelante, y viejos sabios” (Ibid.).

A los demás, les recordó su deber de proteger a los ancianos y de educar en el cuidado de la ancianidad. A propósito del cuarto mandamiento ”honrar padre y madre” , señaló: “El honor falta cuando el exceso de confianza, en vez de manifestarse como delicadeza y cariño, ternura y respeto, se convierte en rudeza y prevaricación. Cuando la debilidad es reprochada, e incluso castigada, como si fuera una falta. Cuando el desconcierto y la confusión se convierten en ocasión para la burla y la agresión” (23-II-2022).

miércoles, 8 de abril de 2020

El Crucifijo y el Evangelio


Viernes, 27 de marzo. El Papa reza en la plaza de San Pedro,
presidida por el Crucifijo de San Marcello al Corso

En medio de la pandemia que nos toca vivir, irrumpe la Semana Santa y, tras ella, el tiempo de Pascua. En su audiencia general del miércoles 8 de abril, el Papa nos acompaña, prepara y aconseja, a la vez que anuncia y confirma la fe. Para ayudarnos, se plantea preguntas que quizá nos hagamos en tiempos de crisis: ¿Donde está Dios ahora? ¿Por qué permite el sufrimiento? ¿Por qué no resuelve rápidamente nuestros problemas?

También la gente que acogió a Jesús triunfalmente a su entrada en Jerusalén –observa Francisco- se preguntaba si libraría al pueblo de sus enermigos (cf.Lc 24, 21). Esperaban un Mesías poderoso y triunfante con la espada. En cambio les llega uno manso y humilde que llama a la conversión y a la misericordia. Y, curiosamente, la misma gente que lo había aclamado luego pedirá que le crucifiquen (cf. Mt 27, 23), mientras que los que le seguían lo abandonan confusos y asustados.

viernes, 20 de marzo de 2020

Una nueva cercanía


La crisis mundial del coronavirus nos incita a reflexionar sobre el sentido de nuestras vidas y de la marcha del mundo. El Papa Francisco ha concedido dos breves entrevistas, en los periódicos La Repubblica (18-III-2020) y La Stampa (20-III-2020). En ellas da algunos consejos para vivir estos días dramáticos y propone redescubrir una nueva cercanía basada en la fraternidad.

sábado, 24 de marzo de 2018

El compadecer de Dios



M. Caravaggio, El sacrificio de Isaac (1603)
Galeria Uffici, Florencia


Probablemente recordando el suceso del sacrificio de Isaac (cf. Gn 22), que finalmente no tuvo que morir a manos de Abrahán, dice San Pablo que “Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Rm 8, 32).

¿Cómo debe entenderse que Dios “no perdonó” a su propio hijo?

Como ha explicado Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, esto no debe entenderse como si los pecados cometidos por los hombres a lo largo de los siglos acumularan una inmensa deuda ante Dios, y Dios solo se sintiera satisfecho o aplacado mandando a su Hijo a la Cruz, quedándose Dios Padre tranquilo en su trono celeste, mientras Jesús sufría en su naturaleza humana.

No. Jesús en su pasión y muerte estaba acompañado siempre por su Padre, como había dicho: “Me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre” (Jn 16, 32).

jueves, 20 de abril de 2017

La Cruz ante la banalidad del mal

Anne-Marie Pelletier —autora de los textos del Via crucis que se han leido en 2017 en presencia del Papa— ha señalado en diversas entrevistas que la Cruz no puede ser un objeto decorativo a la moda. Ni menos puede ser, como por desgracia ha sucedido algunas veces durante la historia, un estandarte levantado para la exclusión o la persecución.

La Cruz, prosigue explicando A.-M. Pelletier, no es tampoco un reflejo –con expresión de Hanna Arendtde la “banalidad del mal”, ante la que parece que estamos acostumbrados.

Estas palabras manifiestan bastante bien la situación de nuestra cultura occidental: junto a indudables logros en lo científico y tecnológico, estamos sumergidos en una especie de ceguera moral, producida por un sol de tinieblas (Bernanos) que hace que nos parezcan casi normales las innumerables víctimas de la historia y el abismo sin fondo de la crueldad humana, y que miremos todo eso con indiferencia.

lunes, 26 de agosto de 2013

La capacidad transformadora de la fe





El último capítulo de la Lumen fidei muestra la capacidad transformadora de la fe. Y lo hace con la imagen de la construcción de una ciudad (cf. Hb 11, 16). “Asimilada y profundizada en la familia –dice la encíclica–, la fe ilumina todas las relaciones sociales” y es también fuerza que conforta en el sufrimiento. Con la fe, podemos hacer realidad el proyecto fascinante de la vida verdadera y grande que anhelamos.

miércoles, 7 de agosto de 2013

La existencia cristiana: fe, esperanza, caridad

Artlover, Three sisters

Todo parece indicar que Benedicto XVI había proyectado una trilogía de encíclicas sobre las virtudes teologales: la fe, la esperanza (cf. “Spe salvi”, 2007) y la caridad (cf. “Deus caritas est”, 2005). La Providencia ha querido que la tercera de estas encíclicas, Lumen fidei, apareciera, con la colaboración del Papa alemán, ahora emérito, dentro del Año de la Fe y en el pontificado de su sucesor, el Papa Francisco.

     Desde la introducción explica la relación entre esas tres virtudes con referencia al plan salvífico de Dios uno y trino:

martes, 30 de julio de 2013

Cultura de la solidaridad

Tres preguntas de la prensa 
al autor de este blog



El Papa Francisco en Copacabana, el 28-VII-2013

Francisco ha aunado en la Jornada Mundial de la Juventud los valores humanos y los cristianos a la hora de transmitir un mensaje de fe y de esperanza


¿Cuáles han sido las claves de esta JMJ?

     - Un acontecimiento así no puede encasillarse en unas pocas claves. Si nos fijamos en lo que subrayó sintéticamente el Papa Francisco en la Radio del arzobispado de Río de Janeiro, podríamos hablar de la 'cultura de la solidaridad', como palabra que aúna los valores humanos y los cristianos, por oposición a una 'cultura de la exclusión' de los niños, de los jóvenes, de los ancianos y de otras personas más débiles.

     Las claves más importantes quizá se deducen de los gestos del Papa, que traducen sus actitudes de fondo, a la hora de transmitir un mensaje de fe y de esperanza, especialmente para los jóvenes. Ha querido dejar la certeza de que vale la pena dedicarse a promover la dignidad de cada ser humano, y apostar por Cristo y su Evangelio.


¿Qué destacaría de los mensajes que el Papa Francisco ha transmitido a los jóvenes?

    Decía que las primeras palabras y las más importantes del Papa Francisco han sido, como suelen ser, sus gestos y actitudes. Es decir, su actitud de oración y adoración ante la Virgen Aparecida y en medio de la alegría festiva de la liturgia; su cariño con la gente, su entusiasmo mientras propone a los jóvenes la revolución más grande que jamás ha existido, que es la revolución del Evangelio, la revolución del amor.


¿Qué balance hace de esta JMJ?

     Conviene tener en cuenta que Brasil, además de ser el país con más católicos del mundo, es uno de los más grandes países de América y a la vez se ha configurado históricamente a partir de África; por tanto conserva las raíces humanas y culturales de allí (por ejemplo la alegría y la danza, como se notó especialmente en la Misa en Copacabana). También está asumiendo lo mejor de las aportaciones intelectuales de Europa, precisamente a través del cristianismo (pienso por ejemplo en la aportación alemana en las zonas sureñas); y ahora está integrando muchos elementos asiáticos.

    En este mosaico tan plural, que ha superado tantos problemas y tiene tantas necesidades, el Papa Francisco ha realizado ante los jóvenes algo así como una "rehabilitación de la política" como tarea de servicio. Ha invitado a todos, particularmente a los cristianos, a abrirse a los demás. Ha ido a fondo, especialmente en el Via crucis con los jóvenes y en el encuentro con los cardenales y los obispos (*), por lo que se refiere a la responsabilidad de los católicos. Y todo esto, en la línea del Concilio Vaticano II y cuanto allí se planteó. El camino hacia Cracovia, donde tendrá lugar la JMJ de 2016, está, pues, trazado en esta línea, como dice la primera encíclica de este Papa: la capacidad iluminadora, dialogante y transformadora de la fe cristiana, precisamente por vivir del amor.


(publicado en www.abc.es y otros periódicos digitales, 28-VII-2013)

____________________
(*) Me refería al Encuentro con los cardenales y obispos brasileños el 27 de julio. Posteriormente se difundió también el texto de otro discurso, igualmente importante. Tuvo lugar al día siguiente, en el encuentro con el Comité de coordinación del CELAM. Así que ahora habría que decir: "...en los encuentros con los cardenales y obispos..."

lunes, 29 de julio de 2013

"Yo soy de allí". Tocar la Cruz

Eu sou de là, cantada ante el Papa Francisco 
por Fafá de Belém, el 26 de abril de 2013

“Yo soy de allí, donde un solo día vale la vida que viví”. Cualquier cristiano ha podido decir eso, y más estos días, unido a la “fiesta” de Brasil. Como puede y debe decirlo, unido por la Cruz a los que pasan por tiempos oscuros (también estos días a raíz del accidente ferroviario en Santiago de Compostela).

     En el paseo marítimo de Copacabana, Río de Janeiro, un millón y medio de personas ha acogido al Papa Francisco. Y ha sonado una canción de Pará, región del norte: “Yo soy de allí…” En Belém de Pará hay una procesión en la que multitudes acompañan a la Virgen, unidas a una gruesa soga que representa sus afanes, sus alegrías y sus penas. Todos se sienten bien unidos entre sí porque van unidos a Ella.

Bella imagen de la catolicidad.

sábado, 20 de julio de 2013

La vida humana como don

La vida no es un añadido a la existencia humana, sino el ser mismo de cada persona. Como la persona no es instrumentalizable, no se debe manipular ni suprimir para producir otra cosa. La fe cristiana confirma que nuestra vida es don de Dios que se ha de convertir en don para los demás.

     La vida humana no es un estado mental o de conciencia que permitiría hablar simplemente de un grado superior de vida añadido a la vida animal; sino, como explica Spaemann siguiendo a Aristóteles, el “ser” mismo de los hombres. 

lunes, 8 de julio de 2013

La fe, luz que hace vivir

¿Es la fe una luz “ilusoria”, es decir, irreal, engañosa e inútil, un sentimiento meramente subjetivo y oscuro, que no tiene valor de conocimiento ni proporciona certezas? ¿Es la fe cristiana algo que arrebata la novedad y la aventura a la vida? ¿Es un espejismo que nos impide avanzar con libertad hacia el futuro?

     He aquí algunas de las preguntas a las que responde, desde su introducción, la encíclica “Lumen fidei” (29-VI-2013), primera del Papa Francisco.

     En ella se plantea la fe como un don que ilumina toda la realidad humana, dándole pleno sentido, y que atraviesa incluso las sombras de la muerte. “Deseo –escribe el Papa– hablar precisamente de esta luz de la fe para que crezca e ilumine el presente, y llegue a convertirse en estrella que muestre el horizonte de nuestro camino en un tiempo en el que el hombre tiene especialmente necesidad de luz” (n. 4).

jueves, 17 de mayo de 2012

Buscar a Dios con la fe y la ciencia



¿Cuáles son las condiciones para un diálogo fecundo entre la fe y la ciencia? Podría adelantarse que ante todo las dos partes de esa relación deben ser auténticas: una fe “vivida” y una ciencia que lo sea también verdaderamente.
      Toda universidad, que por definición debe preparar a la persona para afrontar la vida y construir el futuro de la sociedad, requiere esta reflexión. Y dentro de la universidad parece más apremiante aún en una facultad de medicina, que forma al futuro científico para atender al enfermo que sufre; y ha de hacerlo con esmero del que trata a una persona, dotada de la plena dignidad humana, y que se encuentra necesitada de su ayuda. Por ello la esmerada atención al enfermo es signo visible de la calidad educadora de la institución que gradúa al médico. Y, por el contrario, su carencia sería luz roja intermitente que señala la urgencia de revisar los planes de estudio y el modo de impartir la ciencia y seguir las prácticas de los alumnos que en ella se forman.

      Sobre estos temas ha reflexionado Benedicto XVI con motivo de los 50 años de la Facultad de Medicina del Policlínico Gemelli, perteneciente a la Universidad Católica del Sacro Cuore (Roma). 



También el científico busca el sentido de la vida

      El Papa ha señalado en primer lugar que en nuestro tiempo “las ciencias experimentales han transformado la visión del mundo e incluso la autocomprensión del hombre”. Pero al mismo tiempo las tecnologías innovadoras “a menudo no carecen de aspectos inquietantes”. Concretamente, “un reduccionismo y un relativismo que llevan a perder el significado de las cosas”. Como resultado, no se responde a la demanda de sentido, se margina la dimensión trascendente de la persona y se empobrece la ética.

      Con ello se olvidan las raíces culturales de Europa, según las cuales el cultivo de las ciencias profanas es simultáneo a la búsqueda de Dios. En efecto, “la investigación científica y la demanda de sentido, aun en la específica fisonomía epistemológica y metodológica, brotan de un único manantial, el Logos que preside la obra de la creación y guía la inteligencia de la historia”. En cambio actualmente “una mentalidad fundamentalmente tecno-práctica genera un peligroso desequilibrio entre lo que es técnicamente posible y lo que es moralmente bueno, con consecuencias imprevisibles”.

      “En el fondo –explica el Papa– el hombre de ciencia tiende, también de modo inconsciente, a alcanzar aquella verdad que puede dar sentido a la vida”. Pero esto no le es posible con sus solas fuerzas, al margen de la fe. Por eso la búsqueda de Dios por parte del hombre debe reconocer la iniciativa de Dios que busca con amor al hombre en Cristo (cf. Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, 7). 



Cristo, horizonte para la fe y la ciencia

      Con esta argumentación alcanza Benedicto XVI una primera conclusión de su discurso: Cristo como horizonte no sólo para la fe sino también, a través de la fe, para la razón y la ciencia humana. Cristo, camino, verdad y vida para el hombre (cf. Jn 14, 6). Camino, porque manifiesta el amor a Dios e invita a buscarlo. Verdad, porque en Él se conoce y se alcanza el proyecto más pleno del hombre. Vida porque es imagen de la Vida plena, es decir, de Dios.

      La segunda parte del discurso comienza refiriéndose al sufrimiento (recordemos el contexto: la celebración de los 50 años de la Facultad de Medicina).

      En unión con Cristo por la fe, entiende el Papa, se puede lograr el bien y la vida incluso en las realidades del sufrimiento y de la muerte: “En la cruz de Cristo (el hombre) reconoce el Árbol de la vida, revelación del amor apasionado de Dios por el hombre”. 



La fe y el amor impulsan la investigación propiamente humana

      Por eso encontrarse con los enfermos y servirles es encontrarse con Cristo, ser instrumentos de su misericordia y manifestar su victoria: “La atención hacia quienes sufren es, por tanto, un encuentro diario con el rostro de Cristo, y la dedicación de la inteligencia y del corazón se convierte en signo de la misericordia de Dios y de su victoria sobre la muerte”.

      De esta manera –retoma Benedicto XVI el hilo de su argumento–, la búsqueda de Dios, con las dos alas de la ciencia y de la fe, “resulta fecunda para la inteligencia, fermento de cultura, promotora de auténtico humanismo, búsqueda que no se queda en la superficie”.

      Esta tarea de profundización en lo propiamente humano es muy específica de una universidad católica, “que no limita el aprendizaje a la funcionalidad de un éxito económico, sino que amplía la dimensión de su proyección, en la que el don de la inteligencia investiga y desarrolla los dones del mundo creado, superando una visión sólo productivista y utilitarista de la existencia, porque el ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente’ (enc. Caritas in veritate, 34)”.

      Se puede conseguir esta meta, observa el Papa llegando a la cima de su discurso, porque “la perspectiva de la fe es interior —no superpuesta ni yuxtapuesta— a la investigación aguda y tenaz del saber”. Y porque “es precisamente el amor de Dios, que resplandece en Cristo, el que hace aguda y penetrante la mirada de la investigación y ayuda a descubrir lo que ninguna otra investigación es capaz de captar. (…) Sin amor, también la ciencia pierde su nobleza. Sólo el amor garantiza la humanidad de la investigación”.

* * *

      Se trata, en síntesis, de una propuesta nada pequeña. En el creyente, la fe ha de iluminar y fecundar desde dentro la investigación y la ciencia. El científico, también el no creyente, busca la verdad y cuenta con la razón. Si no se deja reducir, en su horizonte, por la mentalidad utilitarista y relativista, puede reconocer la racionalidad de lo creado, y, por tanto, su creador.



Dios: la gran cuestión de la fe y también de la ciencia

     La cuestión de Dios, por utilizar el lenguaje de Joseph Ratzinger, resulta así no sólo una cuestión “de religión”, sino también de razón y de ciencia. Primero, porque la sola razón puede llegar –muchos han llegado- a la existencia de Dios, la inmortalidad del alma y el juicio final. Por tanto el argumento de Dios no es simplemente “un argumento de religión”, ni se puede descartar como no científico. Si alguien lo piensa así, se le podría animar a preguntarse si no tiene una visión reducida de la ciencia. Segundo, porque la fe cristiana no camina “en paralelo” con la razón y la ciencia, ni tampoco las detiene o las desvía; más bien al contrario, las purifica e impulsa.

      Así, para una colaboración que sea fecunda al servicio de la humanidad, entre la fe y la ciencia, es condición, en el creyente, la valentía de la fe que le lleve a comprometerse por Dios al servicio “real” de los hombres. Y también es condición, en todos, la apertura de la razón hacia la profundidad y la altura de lo propiamente humano; la valentía de la razón y de la ciencia que permite contribuir a iluminar y aliviar el sufrimiento, bajo el impulso del amor. 



(publicado en www.religionconfidencial.com, 17-V-2012)

lunes, 16 de enero de 2012

Sobre el sentido del sufrimiento


El comienzo de un nuevo año aviva en nosotros la conciencia del paso del tiempo. Y esto, unido a la cuesta de enero (el esfuerzo del vivir), puede suscitar la pregunta de si es razonable buscar un sentido al sufrimiento. Se lo plantea Robert Spaemann en un excelente texto (Über den Sinn des Leidens, en el libro Einsprüche, christliche Reden. Einsiedeln, 1977). No se cuestiona si podemos disminuirlo, sino “qué sentido tiene aquella situación en la que todos nuestros esfuerzos para disminuirlo o evitarlo llegan a un límite”. Pues, en efecto, ¿qué sentido puede tener algo que no queremos, que nadie puede querer para sí mismo?

      El sufrimiento aparece habitualmente como un sinsentido. Aparece ya así en el miedo a sufrir, y en la pregunta misma sobre el sentido del sufrimiento.


Comparación entre la sociedad moderna y las sociedades primitivas


     La sociedad moderna no sabe qué hacer ni qué decir ante el sufrimiento. Sólo intenta evitarlo, y, como no consigue hacerlo del todo, silencia hasta la interpretación de su sentido (una manera extrema de hacerlo es la eutanasia). Crecemos con poca tolerancia a la frustración. Y así, al evitar todos los valles nos incapacitamos para disfrutar de las montañas: somos menos felices, tenemos menos alegría. Se intenta ocultar la muerte, pero no se enseña a morir.

      En cambio, en las sociedades primitivas, observa Spaemann, el dolor estaba “previsto”, y tenía una función que realizar, como se ve en ciertas figuras como la del mendigo o la viuda. El mendigo no sólo era receptor de la beneficencia pública, sino que representaba su papel dignamente, tenía algo que dar (prometía rezar por aquél que le daba algo). El dolor y la muerte eran realidades aceptadas y hasta dramatizadas, con un cierto ceremonial que los situaba en el contexto de la sociedad y del cosmos.


Materialismo, estoicismo, budismo

      ¿Qué respuestas hay –a nivel meramente natural– para el sentido del sufrimiento? Spaeman encuentra básicamente dos (que ofrecen soluciones parecidas): el materialismo y el estoicismo con el budismo como variante. Según el materialismo, ni siquiera debe plantearse el sentido del sufrimiento, porque el sufrimiento es algo que pertenece a la naturaleza, que es el ámbito de lo necesario. Lo único que tiene sentido es el obrar solidario a favor del “género humano”, que es lo verdaderamente digno (y no tanto la persona). Ante el dolor sólo cabe la resignación.

      Según el estoicismo, el dolor puede evitarse aceptando lo que no puedo cambiar, llegando a la apatía o la impasibilidad. Pero esto, advierte Spaemann, es difícil de lograr en la práctica, sobre todo ante un dolor intenso. En esa perspectiva sólo quedaría la salida del suicidio, pero así se destruye lo que se quería respetar: la persona tal como es. El budismo, por su parte, intenta suprimir el sufrimiento anulando la voluntad, el yo, que es el origen de la voluntad y de la libertad.

      En realidad, nota justamente nuestro autor, estas posiciones no son respuestas al sentido del sufrimiento, sino intentos fallidos de suprimirlo.


La respuesta de la Biblia al sufrimiento

     ¿Qué dice la Biblia sobre el sentido del sufrimiento? Podría resumirse así: el sufrimiento tiene sentido sólo si todo tiene sentido (que lo tiene). Esto no suprime el misterio del sufrimiento ante lo que, a los ojos humanos, parece privado de sentido. Jesús mismo lo experimentó, asumiendo en la Pasión su papel central en el drama de la historia, después de luchar contra su propia voluntad. Así se manifiesta en la oración que tuvo lugar en el Huerto de los Olivos.

      Todos, por tener la naturaleza humana, llevamos las huellas de una injusticia, de una desobediencia (pecado original), que reactivamos cuando cometemos un pecado personal. Nos rebelamos contra el director del drama o de la sinfonía, querríamos imponer nuestra propia partitura en lugar de ejecutar la parte que nos toca (aquí cabría recordar el principio de "El Silmarillion", de Tolkien).

      De esta manera, entiende Spaemann, reproducimos en nosotros la desobediencia, palabra que viene de dejar de oír. Así nos incapacitamos para escuchar el sentido del todo. Y de ese modo nos situamos en el “estado en que cada cual busca convertirse en el punto central del mundo”. El sufrimiento es como el reverso de ese mal (diríamos nosotros: la luz roja que nos avisa para rectificar; el altavoz de Dios, o su sombra en el mundo, diría C.S. Lewis: recuérdese la película “Tierras de penumbra”, Shadowlands, R. Attenborough, 1993). El sufrimiento nos ayuda a caer en la cuenta de que “sólo puede representar bien su papel quien presta atención a las órdenes del director y escucha el papel de los otros”; porque no vivimos en solitario, hay un director y están los otros. Y así el sufrimiento nos facilita colaborar en la reparación de ese mal, madurar con ello y ayudar a los otros; pues según Spaemann, “la verdadera solidaridad significa ayudar a encontrar el sentido del sufrimiento”.


Aprovechar el sufrimiento
   
      Por lo demás, no todo en el sufrimiento es oscuridad y sinsentido. A la vez que intentamos aliviar el sufrimiento, muchas veces nos damos cuenta que nos va enseñando, o nos ha enseñado, cosas valiosas: jerarquizar los valores, descubrir que las cosas pequeñas son importantes, no poner las metas en el éxito profesional, preocuparnos más por los que nos rodean, abrirnos a Dios.

      Por ejemplo, como dice el autor, podemos pensar: Si Dios puede curarme y no lo hace (Jesús tampoco curó a todos), esto debe tener un sentido, y así el sufrimiento es consuelo. Incluso, en la medida en que nos descubre nuestra necesidad de Dios, el sufrimiento puede convertirse en un medio de salvación.


El sufrimiento de los inocentes


     Finalmente, dos cuestiones difíciles. En primer lugar, el sufrimiento de los que no pueden alcanzar un sentido (los niños pequeños, los que mueren en el seno materno, los animales), lo que amplía el misterio del sufrimiento. En segundo lugar, con palabras de nuestro autor, “el sufrimiento de quien en sí mismo no es culpable, sino que padece por otros” (cabría evocar la película “La milla verde”, The Green Mile, F. Darabont 1999). Hay de esto una importante experiencia en el cristianismo, comenzando por Cristo mismo, que fue inmolado en la Cruz.

      El sentido del sufrimiento sólo puede existir si no tiene la última palabra. Por eso la resurrección de Cristo es, según Spaemann, “la última respuesta del cristianismo a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento”, porque nos abre las puertas a la Vida nueva, donde ya no hay sufrimiento alguno.


Sufrimiento y madurez cristiana

      Efectivamente, pues sólo el Cielo acaba con todos los sufrimientos, también los de los niños inocentes, y los transforma en alegría. Y entonces desaparece el sinsentido del sufrimiento. Así se explican las palabras de Benedicto XVI en su encíclica Spe salvi: “Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (n. 37). Esto lo sabe bien el cristiano, llamado a “ofrecer” las “pequeñas contrariedades diarias” en unión con Cristo (cf. n. 40). Y así el sufrimiento puede llegar a tener un sentido salvífico, en unión con el del Señor (cf. Juan Pablo II, Carta ap. Salvifici doloris, 1984). También cuentan, en su sufrimiento, con la ayuda de Dios los creyentes de todas las religiones, que le imaginan de diversas maneras y le invocan a través de muchas voces.


(publicado en www.religionconfidencial.com, 16-I-2012)

jueves, 8 de diciembre de 2011

Hacerse cargo

Leonid Afremov, Parque en otoño

Los especialistas suelen decir que es difícil comprender a un enfermo mental, a menos que hayas pasado por su enfermedad. Esto puede suceder no sólo con los enfermos mentales, sino con todos los enfermos y aún los sanos. Cada uno es muy sensible a lo que le afecta de verdad, pero a veces ¡tan poco! sensible por lo que afecta a los demás. Pero no hay que caer en el pesimismo: es difícil comprender, no imposible, sobre todo para un cristiano que se esfuerce en vivir la caridad.


Comprender: tarea dífícil, pero no imposible

      Según el diccionario, “hacerse cargo” significa tomar sobre sí un asunto, formarse la idea de algo, considerar todas las circunstancias de un caso. Cuando se trata de personas hay que suponer que, en principio, no terminamos de “hacernos cargo” totalmente de la situación de las otros, aunque hayamos vivido largo tiempo con ellos. Y es que somos diferentes de carácter, quizá hemos sido educados de forma diferente, tenemos experiencias diferentes, ilusiones diferentes y las heridas nos han dejado cicatrices diferentes. Por eso nos enfadamos con frecuencia si nos llevan la contraria, o al menos, nos desconcertamos. No comprendemos.


Atención, oración, acción

      Por eso, antes de juzgar a una persona –suele citarse como proverbio indio–, hay que caminar tres lunas en sus mocasines. Se requiere un esfuerzo continuo –que no cuesta tanto si uno la quiere de verdad– apoyado en la oración, para ponerse en el lugar del otro. Y seguir luego reflexionando y observando, ¡rezando y actuando!, quizá en detalles que él o ella no percibirán, para poder ayudarle de verdad. Y tal vez pasado el tiempo se puede llegar a comprender mejor aquello que no se comprendía, porque no se sabían los antecedentes, las circunstancias, los contextos. Y entonces puede que se descubra que aquella persona no podía pensar de otra forma, o debía actuar así y tenía mucho mérito al hacerlo. O no se descubre del todo, porque una parte de ese misterio que cada uno lleva dentro sólo la conoce Dios y cuenta con eso (¡la cruz!), para cambiar cosas que no pueden ser cambiadas de otra manera.

      En cuanto a los enfermos, decía el doctor don Eduardo (Ortíz de Landázuri) que el paciente siempre tiene razón. Y así es, porque, aunque no se tratara de un problema orgánico, su dolencia puede ser psicológica, o tal vez espiritual. En todo caso necesita ayuda y se la deben especialmente quienes le atienden en un hospital o en su casa.


Respeto a los demás, coherencia personal, responsabilidad

     La educación, la experiencia y una vida coherente contribuyen mucho en este “hacerse cargo” de las personas y sus situaciones. Esto se espera, desde luego, de un cristiano que hace oración. Escribe Gustave Thibon: “Cuando te digo: ‘rezo por ti’, esto no significa que de vez en cuando musite algunas palabras pensando en tu recuerdo, sino que quiero cargar sobre mis espaldas con toda tu responsabilidad, que te llevo dentro de mí como una madre lleva a su hijo, que deseo compartir, y no sólo compartir, sino atraer enteramente sobre mí todo el mal, todo el dolor que te amenaza, y que ofrezco a Dios toda mi noche para que Él te la devuelva transformada en luz”. ¿No es eso lo que hizo Cristo?

     Josemaría Escrivá señalaba: “Hemos de conducirnos de tal manera, que los demás puedan decir, al vernos: éste es cristiano, porque no odia, porque sabe comprender, porque no es fanático, porque está por encima de los instintos, porque es sacrificado, porque manifiesta sentimientos de paz, porque ama”. Sin pretender una exclusividad, el “hacerse cargo” es característico del cristianismo coherente.

     En su segunda encíclica, sobre la esperanza (Spe salvi), dice Benedicto XVI: “La capacidad de aceptar el sufrimiento y a los que sufren es la medida de la humanidad que se posee”.



Publicado en www.ssbenedictoxvi.org -Mexico- el 17-IX-2008

Reproducido en el libro 
"Al hilo de un pontificado: el gran sí de Dios"
ed. Eunsa, 2010

jueves, 10 de febrero de 2011

Grandeza de la compasión

Matthias Grünewald, La crucifixión (1512-1516)
(ver a más resolución)


Matthias Grünewald fue un pintor que pasó bastante inadvertido en su tiempo. A principios del s. XVI realizó una escena de la crucifixión para el retablo de un altar en Isenheim, Alsacia. De esa pintura escribió Joseph Ratzinger en 1999 que es “el cuadro de la crucifixión más conmovedor de toda la cristiandad”.
     La Virgen sostenida en los brazos de San Juan y la Magdalena que eleva sus manos y las retuerce por el dolor, con el vaso de alabastro a sus pies, están los tres a nuestra izquierda.
    A la derecha Juan Bautista mira al espectador y le señala al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; sobre su brazo están escritas las palabras: “Conviene que el crezca y que yo disminuya"; a sus pies, un pequeño cordero lleva una cruz y derrama su sangre sobre el cáliz.
     Este cuadro se encontraba en un convento donde iban a parar los enfermos afectados de las epidemias de peste bubónica durante la baja Edad Media. “El crucificado -señala Ratzinger- está representado como uno de ellos, torturado por el mayor dolor de aquel tiempo, el cuerpo entero plagado de bubones de la peste. Las palabras del profeta cuando dijo que en él estaban nuestras heridas, encontraron su cumplimiento. Ante esta imagen rezaban los monjes, y con ellos los enfermos, que encontraban consuelo al saber que, en Cristo, Dios había sufrido con ellos. Este cuadro hacía que a través de su enfermedad se sintiesen identificados con Cristo, que se hizo una misma cosa con todos los que sufren a lo largo de la historia; experimentaron la presencia del crucificado en la cruz que ellos llevaban, y su dolor les introdujo en Cristo, en el abismo de la misericordia eterna. Experimentaron la cruz que debían soportar como su salvación” (J. Ratzinger, H.U. von Balthasar, L. Giussani y J.H. Newman, Via crucis, ed. Encuentro, Madrid 1999, p. 14).      

*     *     * 

Dice el diccionario del castellano que la compasión es el “sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias”. Al margen del diccionario hay actualmente otro uso menos correcto del término, más aún, contrario a él, cuando se vincula la pena o la compasión a cierto desprecio. Así cuando alguien le dice a otro: “me das pena” o “eres patético”, en el sentido de “me saca de quicio tu debilidad”. En este caso lo importante no es la situación del débil o del enfermo, sino el sentimiento molesto, experimentado por el que habla. En esa medida este uso manifiesta egoísmo, individualismo e inhumanidad.
     La verdadera compasión hacia el que está necesitado se espera de toda persona, porque compadecerse es propio de la “humanidad”. Ser capaces de compadecer nos hace solidarios con los demás, acrecienta la mente y el corazón, nos hace más grandes. Los verdaderos “grandes” de todos los tiempos han sido los misericordiosos, los capaces de experimentar una auténtica compasión. Ésta se olvida del incomodo, del malestar o del disgusto que se puede sentir ante quien perturba con su dolor el propio aburguesamiento. La verdadera compasión mueve no solo al sentimiento sino a la acción; y puede llevar a la entrega de la propia vida, con detalles concretos y a diario, por el otro.
     Esto es así porque, ante todo, la compasión es una característica esencial de Dios y su obrar. De hecho, como ha señalado Benedicto XVI “solo un Dios que nos ama hasta tomar sobre sí nuestras heridas y nuestro dolor, sobre todo el inocente, es digno de fe”.
     Lo subraya de nuevo en su mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo, de este año 2011. Unas palabras de la Primera Carta de San Pedro enuncian el tema que se ha propuesto: "Por sus llagas habéis sido curados" (1Pe 2,24). El Papa observa que “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (Spe salvi, 38).
     Con su resurrección –sigue explicando– Jesús no ha quitado el sufrimiento ni el mal del mundo, sino que los ha vencido de raíz por medio de su amor. Y evocando a San Bernardo, afirma: “Dios, la Verdad y el Amor en persona, quiso sufrir por nosotros y con nosotros; se hizo hombre para poder com-padecer con el hombre, de modo real, en carne y sangre”.
     En el mismo mensaje, mirando a su cita con los jóvenes en Madrid, el próximo agosto, les dirige unas palabras sobre el dolor. Admite que, con frecuencia, la Pasión y la Cruz de Jesús dan miedo, porque parecen la negación de la vida. “¡En realidad, es exactamente al contrario! La Cruz es el ‘sí’ de Dios al hombre, la expresión más alta y más intensa de su amor y la fuente de la que brota la vida eterna. Del corazón atravesado de Jesús ha brotado esta vida divina. Solo Él es capaz de liberar el mundo del mal y de hacer crecer su Reino de justicia, de paz y de amor al que todos aspiramos”. Por todo ello invita a los jóvenes a saber reconocer a Jesús en la Eucaristía y al mismo tiempo en los pobres, los enfermos y los necesitados.
     Y a los enfermos les confía: “Sentid la cercanía de este Corazón lleno de amor y beber con fe y alegría de esta fuente, rezando: ‘Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, fortifícame. Oh buen Jesús, escúchame. En tus llagas, escóndeme’ (Oración de san Ignacio de Loyola)… Junto a él vele a vuestro lado la Virgen María, a la que invocamos con confianza como Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos”.
     También San Juan de Ávila y otros santos comprendieron y vivieron esa cercanía con las llagas de Cristo. Desde los años treinta aconsejaba San Josemaría: “Métete en las llagas de Cristo Crucificado. –Allí aprenderás a guardar tus sentidos, tendrás vida interior, y ofrecerás al Padre de continuo los dolores del Señor y los de María, para pagar por tus deudas y por todas las deudas de los hombres” (Camino, 288). 
     En el Ángelus del domingo 6 de febrero, el Papa resumía el sentido de la redención obrada por Cristo: “Dios se opone radicalmente a la prepotencia del mal. El Señor cuida del hombre en cada situación, comparte el sufrimiento y abre el corazón a la esperanza”. Así se ilumina, para los cristianos y todos los hombres, la actitud fundamental ante los enfermos y necesitados: “Según la fe y la razón, la dignidad de la persona es irreducible a sus facultades o a las capacidades que pueda manifestar, y por tanto no disminuye cuando la propia persona es débil, inválida y necesitada de ayuda”.  
     Quizá por eso decía Teresa de Calcuta que la mayor miseria consiste en no saber amar. Los ciegos y sordos ante las necesidades de los demás, de los enfermos y de los pobres, los que miran para otro lado y solo se preocupan de sí mismos, sí, esos también deben suscitar compasión de la buena. 

(Una primera versión fue publicada en www.cope.es, 8-II-2011)