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miércoles, 6 de mayo de 2026

El mensaje cristiano: vida, misión y belleza

 

B.E. Muriilo, La Anunciación (h. 1660), Museo Del Prado (Madrid)

El Papa presenta la vocación cristiana como un camino de belleza, que transforma la persona mediante el encuentro personal con Cristo y se desborda en comunicar a los demás el amor de Dios a través del testimonio.


León XIV sigue trazando las líneas principales de su hoja de ruta. En medio de su intensa actividad, nos ha recordado que ser cristiano es una llamada, es decir una vocación que se concreta de diversos modos. Lo ha subrayado con motivo de la Jornada mundial de oración por las vocaciones. Y la vocación es para una misión: la misión evangelizadora, en la que todos hemos de participar. Por ello propone relanzar el compromiso evangelizador que impulsó el Papa Francisco, tal como ha dicho en su Carta a los cardenales.


Un camino de belleza


El 26 de abril se celebraba la LXIII Jornada de oración por las vocaciones. Un mes antes (16-III-2026), el Papa había publicado su mensaje, centrado en la vocación cristiana como camino de belleza que nos abre al conocimiento de Dios y a una existencia plenamente vivida en la confianza, y madurada en su compañía.

Todo cristiano está llamado a la santidad (cfr. Lumen gentium 11 y todo el capítulo V) y en ese sentido hablamos de vocación cristiana. El sucesor de Pedro se pronuncia sobre este trasfondo. No se refiere sólo a las vocaciones sacerdotales o de especial consagración, sino también a la vocación cristiana de la mayor parte de los fieles, los laicos. Su mensaje es una confidencia especialmente con los jóvenes, para que encuentren cada uno su vocación concreta dentro del camino cristiano.

La vocación cristiana, explica el Papa, puede entenderse desde su dimensión interior, es decir,“como descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros”. Jesús es el pastor bueno y bello (cfr. Jn 10: la palabra griega kalós abarca ambos aspectos). Es decir, el pastor perfecto, auténtico y ejemplar, hasta dar la vida por su rebaño, lo que manifiesta el amor mismo de Dios.

“Es el Pastor que cautiva; quien lo mira descubre que la vida es realmente hermosa si lo sigue. Para conocer esta belleza no son suficientes los ojos del cuerpo o criterios estéticos; se necesita contemplación e interioridad. Sólo quien se detiene, escucha, reza y acoge su mirada puede decir con confianza: ‘Me fío, con Él la vida puede ser verdaderamente hermosa, quiero recorrer el camino de esta belleza’. Y lo más extraordinario es que, convirtiéndonos en sus discípulos, a su vez nos volvemos ‘bellos’; su belleza nos transfigura”.

Como escribe el teólogo Pável Florenski, los santos se caracterizan, no solo por la bondad, sino también por “la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en Cristo”. Y en esto ve León XIV la revelación más profunda de la vocación: participar de la vida de Cristo, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza.

Evoca también el Papa el camino interior –un camino de vida, de fe y de sentido– de san Agustín, tal como lo manifiesta en Las Confesiones. “Más allá de la conciencia de sí mismo, descubre la belleza de la luz divina que lo guía en la oscuridad”. Esto, señala León XIV, muestra la importancia del “cuidado de la interioridad”, que se centra en la oración.

Así es, y se trata de una de las propuestas –junto con la educación para la cultura digital y para la paz– con las que León XIV enriqueció el proyecto del “Pacto educativo global”, lanzado por el Papa Francisco.

Por todo ello, invita a todos a crear contextos favorables para que el don de la vocación pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado y así pueda dar fruto abundante.

jueves, 29 de enero de 2026

Formar "constelaciones educativas"

 (Imagen: V. Van Goh, Noche estrellada sobre el Ródano, 1888, Museo de Orsay, Francia)

Durante el Jubileo de la esperanza, León XIV dirigió dos discursos a estudiantes y educadores, tuvo otro encuentro con miembros de universidades católicas y celebró la misa en la que proclamó a san John Henry Newman doctor de la Iglesia y copatrono (con santo Tomás de Aquino) de los educadores católicos. Finalmente, por lo que respecta a la educación, dirigido un videomensaje a los participantes en el congreso "Sin identidad no hay educación" (Madrid, noviembre de 2025).

En sus intervenciones el Papa se refirió a la educación (especialmente la de inspiración católica) hablando de "la ruta de las estrellas", y propuso formar "constelaciones educativas".


La fe es vivir en plenitud, no "ir tirando"

En el encuentro con los estudiantes (30-X-2025), con palabras de Pier Giorgio Frassati, les animó a una vida en plenitud: “Vivir sin fe no es vivir, sino ir tirando”. Hay que vivir además “Hacia lo alto”.

Les invitó a configurar su vida en analogía con las estrellas: “La verdadera paz nace cuando muchas vidas, como estrellas, se unen y forman un diseño. Juntos podemos formar constelaciones educativas que orienten el camino futuro”.

Apuntó: “Desde siempre, los viajeros han encontrado su rumbo en las estrellas”. También los estudiantes tienen estrellas o brújulas que les guían (padres, maestros, sacerdotes, buenos amigos, etc.). A la vez, están llamados, formando constelaciones de sentido con otros, a convertirse en “testigos luminosos para quienes les rodean”.

Galileo descubrió muchas cosas mirando a lo alto. La educación, dice León XIV, es como “un telescopio que les permite (a los estudiantes) mirar más allá, descubrir lo que por sí solos no verían. No se detengan, pues, a mirar el teléfono y sus rápidos fragmentos de imágenes: miren al cielo, miren hacia lo alto”.

El Papa se detuvo en los tres nuevos objetivos que ha añadido para el Pacto Educativo Global, en parte por petición de los jóvenes mismos: la vida interior, la educación digital y la educación para la paz. Vida interior: “No basta con tener un gran conocimiento científico, si luego no sabemos quiénes somos y cuál es el sentido de la vida. Sin silencio, sin escucha, sin oración, incluso las estrellas se apagan. Podemos saber mucho del mundo e ignorar nuestro corazón”. Como enseña san Agustín, educar para la vida interior significa “escuchar nuestra inquietud, no huir de ella ni atiborrarla con lo que no sacia”. “Nuestro deseo de infinito es la brújula que nos dice: ‘No te conformes, estás hecho para algo más grande’, ‘no te conformes con ir tirando, ¡vive!’”

Respecto a la tecnología, les exhortó a saber usar la tecnología con sabiduría sin dejar que la tecnología les utilice; cultivar la inteligencia emotiva, espiritual, social y ecológica; y construir espacios de fraternidad y creatividad. Y la educación de la paz se logra rechazando la violencia y la vulgaridad, y promoviendo la dignidad de todos.

viernes, 10 de octubre de 2025

El amor a los pobres, exigencia de la vida cristiana

Ante la exhortación apostólica “Dilexi te” (4-X-2025) alguien podría preguntarse: ¿por qué ahora un documento sobre los pobres? ¿Qué tiene que ver eso con la santidad como meta de la vida cristiana? ¿No es lo más importante la oración y los sacramentos? O por otra parte ¿no sería suficiente con insistir en que el cristianismo implica un compromiso social? En definitiva, ¿qué lugar deben ocupar los pobres y los necesitados en la Iglesia y en la vida cristiana?

Lo cierto es que el Papa León XIV ha demostrado ser “integrador” de los diversos aspectos de la vida cristiana, buscador de la unidad y de la coherencia. Pero de ningún modo relativizador, sino al revés, incisivo y profundo, sabiendo mostrar las exigencias de la verdad cristiana, aunque, ciertamente no se puede hablar de todo al mismo tiempo.

La exhortación apostólica Dilexi te, “te he amado” es el primer documento largo de León XIV. En su título recoge palabras que Cristo dirige, en el libro del Apocalipsis (3, 9), a una comunidad cristiana poco relevante y expuesta al desprecio. El texto se centra en el amor hacia los pobres. Se trata de un aspecto de la fe y de la vida cristiana que ha ido cobrando progresivamente importancia en el magisterio de la Iglesia sobre todo a partir del Concilio Vaticano II (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2443-2449).

La presentación vincula el tema de este documento con la encíclica Dilexit nos (2024) del Papa Francisco sobre el amor divino y humano de Cristo, pues contemplar el amor de Cristo, en palabras de esa encíclica, “nos ayuda a prestar más atención al sufrimiento y a las carencias de los demás, nos hace fuertes para participar en su obra de liberación, como instrumentos para la difusión de su amor”.


El amor a los necesitados, camino de santificación

El Papa Prevost señala que el documento retoma un texto preparado por Francisco sobre los pobres y necesitados, “imaginando que Cristo se dirigiera a cada uno de ellos diciendo: no tienes poder ni fuerza, pero ‘yo te he amado’”. Declara compartir el deseo del Papa anterior “de que todos los cristianos puedan percibir la fuerte conexión que existe entre el amor de Cristo y su llamada a acercarnos a los pobres” (3). Así queda enunciado el objetivo principal del documento: proponer este “camino de santificación” de fuerte raigambre evangélica: reconocer a Cristo en los necesitados para configurarse con Cristo, en lo que consiste la santidad.

viernes, 16 de mayo de 2025

El camino evangelizador de Francisco

(publicado en la revista "Omnes", mayo de 2025)

El camino de Francisco, también en su magisterio doctrinal, ha sido un camino en cierto modo sorprendente –para quien lo sepa mirar con los ojos de la sencillez propia de la sabiduría–, como el de Cristo, y evangelizador. Aquí sugerimos las que pueden considerarse como principales luces de ese camino. Nos limitamos a sus encíclicas y exhortaciones apostólicas. 



La fe transforma porque abre al amor

La encíclica Lumen fidei (“La luz de la fe”, 2013) fue realizada, en cierto sentido,  como discreto broche, pero broche de oro, del pensamiento y doctrina del papa Ratzinger, que aparece con la colaboración y la firma de Francisco.

Presenta la fe cristiana como luz que hace vivir, porque en ella “se nos ha dado un gran Amor” que “nos transforma, ilumina el camino y hace crecer en nosotros las alas de la esperanza para poder recorrerlo con alegría” (n. 7)

La fe amplía el conocimiento de la verdad y trasnforma toda la persona. ¿Pero cómo lo hace? Sorprendentemente, afirma el texto: "La fe transforma toda la persona precisamente porque la fe se abre al amor” (n. 26), y así puede ayudar a ensanchar la razón. Y así, la fe cristiana, vivida realmente en la práctica, transforma la vida personal, familiar y social, la relación con la naturaleza y el sentido tanto de la alegría como del sufrimiento. 

domingo, 9 de marzo de 2025

Sinodalidad: Comunión "en camino"





Bonnell, D., Camino de Emaús, Weston Christian Church, Missouri


La palabra sinodalidad (del griego sinodo, camino juntos) puede tomarse en dos sentidos: sentido amplio o general de la sinodalidad como caminar juntos de la Iglesia en la historia; un sentido más estricto, correspondiente a las asambleas y procesos sinodales (que manifiestan esa sinodalidad general, si bien cabría decir que no son la única manera de manifestarla, puesto que la vida misma de los cristianos es una manifestación importante del caminar eclesial en el mundo).

Teniendo en cuenta esos sentidos puede entenderse que, como ha dicho el Papa Francisco, la sinodalidad es "dimensión constitutiva de la Iglesia" y también "marco interpretativo para comprender el sentido del ministerio jerárquico" (Discurso en el 50º aniversario de la institución del Sínodo de los obispos, 17-X-2015); pues, en efecto, la jerarquía existe en la Iglesia al servicio de todos los fieles y del conjunto de la misión salvífica de la Iglesia, en favor de las personas y del mundo.

En la constitución apostólica Episcopalis communio (2018), Francisco amplía el sínodo de los obispos de evento a proceso de participación.

Desde 2021 a 2024 tuvo lugar el sínodo sobre la sinodalidad, bajo el lema “Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”. En octubre de 2024 el Papa tuvo varias intervenciones, en las que subrayamos algunos aspectos.


Responsabilidad, humildad y comunión

Las reuniones de ese mes fueron precedidas de un retiro que tuvo un carácter penitencial. Al culminar el retiro el Papa se preguntó: “¿Cómo podemos ser creíbles en la misión si no reconocemos nuestros errores y no nos inclinamos a curar las heridas que hemos causado con nuestros pecados?” (Reflexión, 1-X-2024). E invitó a interrogarse sobre nuestras responsabilidades a la hora de detener el mal con el bien.

Al día siguiente (2-X-2024), celebró la Misa de inauguración en la memoria de los santos Ángeles custodios. En su homilía Francisco exhortó a escuchar las voces, ante todo de Dios y también las de los demás: “Se trata, con la ayuda del Espíritu Santo, de escuchar y comprender las voces, es decir, las ideas, las expectativas, las propuestas, para discernir juntos la voz de Dios que habla a la Iglesia”, con la ayuda del Señor y de sus ángeles, y con la actitud humilde de los niños, mirando la realidad de nuestro mundo al que queremos servir.

Luego, durante la primera congregación general, tuvo lugar un discurso donde el Papa se centró, de modo más específico, en la sinodalidad. La asamblea sinodal es guiada por el Espíritu Santo. “El proceso sinodal –señaló– es también un proceso de aprendizaje, durante el cual la Iglesia aprende a conocerse mejor a sí misma y a individuar las formas de acción pastoral más adecuadas para la misión que su Señor le confía”. Por eso el ministerio episcopal no puede vivir su servicio sino en y con el Pueblo de Dios. Y esto debe evitar dos peligros: “el primero la abstracción que olvida la fértil concreción de los lugares y de las relaciones, y el valor de cada persona; el segundo peligro es el de romper la comunión contraponiendo jerarquía a fieles laicos” (Discurso durante la primera congregación general del sínodo, 2-X-2024).

Nueve días después, durante la vigilia ecuménica que tuvo lugar en el marco del sínodo, Francisco pronunció una homilía donde reafirmó que “El camino de la sinodalidad […] debe ser ecuménico, así como el camino ecuménico es sinodal”. Y añadió: . “La unión entre los cristianos crece y madura en la común peregrinación ‘al ritmo de Dios’, como los peregrinos de Emaús acompañados por Jesús resucitado” (Homilía, 11-X-2024). Nuestra unidad es gracia (don de Dios), es armonía (buscada por el Espíritu Santo) y es para llevar adelante la misión de la Iglesia.

El 26 de octubre, una vez asumido y firmado por Francisco el Documento final como fruto de los trabajos sinodales (lo que estaba previsto, aunque no es habitual después de los sínodos, sino que el Papa suele elaborar una exhortación postsinodal), el sucesor de Pedro tuvo también un saludo final. Ahí consideró que este documento es un triple regalo: para el Obispo de Roma, para todo el Pueblo de Dios y para el mundo, de modo que ayude a promover la paz como fruto de la escucha, del diálogo y de la reconciliación.

En la homilía de la Misa de conclusión del sínodo aludió a la escena del ciego Bartimeo, al que el Señor llama para que le siga por el camino: “Esta es una imagen de la Iglesia sinodal: el Señor nos llama, nos levanta cuando estamos sentados por tierra o caídos, nos hace recobrar una vista nueva, para que, a la luz del Evangelio, podamos ver las inquietudes y los sufrimientos del mundo” (Homilía 27-X-2024).


Los fundamentos de la sinodalidad

El Documento final del sínodo de la sinodalidad, en octubre de 2024, pertenece al magisterio ordinario del Papa. Viene precedido de una nota escrita por Francisco. En ella señala que este documento “no es estrictamente normativo” y “su aplicación necesitará de diversas mediaciones”. Pero sí “compromete a las Iglesias a tomar decisiones coherentes con lo que en él se indica”, a través de procesos de discernimiento que requieren su tiempo.

A la hora de ponerlo en práctica, añade, a veces bastará con hacer lo que está ya previsto en el derecho vigente. En otros casos habrá que poner en marcha nuevas formas de ministerialidad y de acción misionera

El Documento en sí consta de una introducción, cinco partes y una conclusión.

La introducción se enmarca en la enseñanza del Concilio Vaticano II acerca de “la Iglesia como Misterio y Pueblo de Dios, llamado a la santidad a través de una continua conversión que viene de la escucha del Evangelio” (n. 5).

En sus cinco partes el documento expone sucesivamente: los fundamentos de la sinodalidad (I); la necesaria conversión de las relaciones (II); la práctica de la sinodalidad (III); los desarrollos y vínculos que surgen en ella (IV); y, finalmente, la necesidad de la formación (V). La conclusión subraya la misión de la Iglesia como testimonio, en el mundo, del amor salvador de Dios.

Desgranamos ahora, finalmente, solo la primera parte (fundamentos). Su itinerario aparece distribuido en seis apartados:

1) La Iglesia, Pueblo de Dios, como sacramento de unidad y como forma que la Iglesia-misterio de la comunión adquiere durante la historia (cf. nn. 15-20). Aquí es importante notar el orden de presentación de las cuestiones. La Iglesia es primero (por su ser) Misterio de comunión con Dios; segundo, durante la historia es Pueblo de Dios y “sacramento” (signo e instrumento) de esa comunión.

2) La “sacramentalidad” del Pueblo de Dios, sobre la base de la fe, los sacramentos y la participación del “triple oficio” de Cristo (profeta, sacerdote y rey), especialmente el munus profético (cf. nn. 21-27). Cabe notar que esto tiene que ver con la estructura de la Iglesia, si bien podrían integrarse más los carismas.

3) Significado y dimensiones de la sinodalidad. Es decir, cómo se denomina y se organiza la sinodalidad: aspectos terminológicos y estructurales (cf. nn. 28-33). Un tema interesante sería desarrollar la relación entre sinodalidad y vida ordinaria de los fieles.

4) La unidad como armonía. El Pueblo de Dios no es uniforme sino plural, uno y diverso, y vive en los pueblos y culturas de la tierra (cf. nn. 34-42). Esto también podría desplegarse mostrando la relación entre los aspectos institucionales (que destacan en la sinodalidad considerada en sentido más estricto), y los carismáticos y familiares en la Iglesia.

5) La espiritualidad sinodal. Aquí se subraya la traducción existencial y espiritual de la sinodalidad, en la vida cristiana y en la Iglesia, como consecuencia de la acción del Espíritu Santo (nn. 43-46).

6) Sinodalidad como profecía social: es decir, implicaciones o consecuencias sociales y culturales –vinculadas al munus regale o de servicio (nn. 47-48)– de la sinodalidad: testimonio, desafío ante el individualismo y comunitarismo exagerado, atención preferencial a los más débiles y ecología integral. Este apartado está abierto a explicar esa relación de la sinodalidad con el testimonio cristiano, para contrarrestar, en efecto, tanto el individualismo como el comunitarismo así entendido; y también –aunque no se menciona en el texto– el clericalismo.


domingo, 3 de marzo de 2024

Sobre el culto espiritual y "el altar del corazón"

[Imagen: Fra Angelico, La Crucifixión (h. 1420-1423), Metropolitan Museum of Art, New York]

En una de sus audiencias generales de los miércoles, Benedicto XVI explicó el "culto espiritual" (*), que se puede considerar como el “contenido” del sacerdocio común de los bautizados: la capacidad que se nos otorga, con el bautismo, de convertir nuestra vida en ofrenda a Dios y servicio a los demás, también en la vida ordinaria, centrada en la Eucaristía.

El tema se inscribía dentro del año dedicado a san Pablo. El Papa Ratzinger se apoyó en tres textos de la carta a los Romanos, para mostrar que “san Pablo ve en la cruz de Cristo un viraje histórico, que transforma y renueva radicalmente la realidad del culto”.

martes, 20 de febrero de 2024

El "triple oficio" de Cristo, de la Iglesia y del cristiano




Duccio di Bouninsegna, La pesca milagrosa (h. 1655), 
Museo dell'Opera del Duomo, Siena.


Lo que se conoce como “triple oficio” (o ministerio) de Cristo (profeta, sacerdote y rey) es un esquema teológico que ha dado frutos abundantes en los últimos siglos para la teología y la pastoral de la Iglesia. Los párrafos aquí recogidos pertenecen a la síntesis que Santiago Madrigal publicó, sobre este tema, en un buen Diccionario de Eclesiología hace pocos años (*).

El autor identifica cuatro buenos servicios de este “esquema”: 1) explicar en unidad el ser y el obrar de Cristo (como se estudian respectivamente en la cristología y la soteriología), de acuerdo con la teología bíblica; 2) la inserción del misterio de la Iglesia en el misterio de Cristo (de modo que el triple munus de Cristo es participado como triplex munus Ecclesiae [triple oficio de la Iglesia] antes que en el cristiano singular), tal como se expone en el Concilio Vaticano II (Lumen gentium); 3) una buena base tanto para la teología del laicado como para la teología del ministerio episcopal; 4) un marco para articular las dimensiones y tareas de la única misión evangelizadora de la Iglesia.


La unidad entre el ser y el obrar de Cristo

“Aunque la tripartición de los oficios de Cristo es sólo una de las formas posibles de sistematizar los numerosos títulos que la Escritura le asigna, hoy podemos decir que la doctrina de los tria munera Christi [tres oficios de Cristo] se ha generalizado en la teología católica tras el espaldarazo que recibió del magisterio eclesiástico en el Vaticano II. Frente a la dogmática tradicional, esta división tripartita no reduce de forma casi exclusiva el significado antropológico y soteriológico [en relación con la obra redentora de Cristo] de la cristología. El esquema permite describir de forma sintética los aspectos fundamentales de la misión de Cristo, porque una cristología que no quiere escindir la persona y la obra, es decir, orientada hacia la soteriología, deberá poner de manifiesto las funciones mesiánicas del profeta y revelador, del sumo sacerdote y del Señor de la creación. Desde la teología bíblica afirmamos que en Cristo y por Cristo ha revelado Dios el misterio de su gracia, ha realizado la reconciliación con la humanidad pecadora y la ha hecho partícipe de su gloria divina. Profeta, sacerdote, rey, no son tres funciones distintas, sino tres aspectos diversos de la función salvífica del único mediador (1 Tm 2, 5; Hb 8, 6)”.

martes, 13 de febrero de 2024

Sobre la vocación y misión de los fieles laicos


M. Ellenrieder, El bautismo de Lydia (1861) 
[considerada como la primera conversión al cristianismo en Europa]
Nationalgalerie, Berlin


Ante todo, conviene clarificar el sentido que tiene el término laico en la teología católica. Se refiere al cristiano que busca la santidad y participar en el apostolado de la Iglesia desde el seno de la sociedad civil, de su dinámica y de sus estructuras; es decir, desde los trabajos, las familias y las relaciones culturales y sociales que se establecen en el ámbito llamado secular. De hecho, los fieles (o cristianos) laicos se llamaron seglares (=seculares) para distinguirlos de los clérigos y de los religiosos.

La raíz del término secular (saeculum= siglo y, por extensión, historia, mundo) se encuentra en otros términos de uso teológico: secularización (término que desde el s. XVII expresa el proceso de distinción entre los ámbitos religioso y civil que, en el desarrollo posterior ha tenido consecuencias positivas (expresadas por la secularidad, o visión cristiana del mundo) y negativas (hablamos de secularismo, o forma de vivir, hoy muy extendida, como si Dios no existiera).

En un sentido muy diferente, se usa el término laico hoy en la sociología y en el derecho para indicar un ámbito (Estado laico, enseñanza laica, etc.) no comprometido confesionalmente con ninguna religión. Derivadamente, se habla de laicidad para expresar un régimen de distinción entre Iglesia y Estado que no excluye una buena relación entre ambos. En cambio, el término laicismo suele indicar la separación (con frecuencia polémica) entre Iglesia y Estado en una sociedad que no reconoce los valores de la religión y busca relegarlos a la esfera privada. 


¿Quiénes son los fieles laicos?

Volviendo al sentido eclesial de laico, podemos recoger la descripción que hace el Concilio Vaticano II:

“Con el nombre de laicos se designan aquí todos los fieles cristianos, a excepción de los miembros del orden sagrado y los del estado religioso aprobado por la Iglesia. Es decir, los fieles que, en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos corresponde” (Lumen gentium, 31).

martes, 9 de enero de 2024

Iglesia, santidad y pecado

J. Petinir, El bautismo de Cristo (1521-1524), Kunsthistorischesmuseum, Viena 


En 1968 publicó Joseph Ratzinger por vez primera su Introducción al cristianismo: lecciones sobre el credo apostólico. En la parte tercera, bajo el epígrafe “La santa Iglesia católica” considera la cuestión de la santidad y el pecado en la Iglesia (1).

Ahí explica que, en la perspectiva de la fe cristiana, la santidad es una característica esencial de la Iglesia, que confesamos en el Credo. Esto no quiere decir que los cristianos sean perfectos, sino que la Iglesia tiene, por su lado divino, por decirlo así, una santidad originaria que no perderá nunca, porque participa de la santidad de Cristo. Durante la historia, esa santidad, que se manifiesta sobre todo en los santos que han vivido con nosotros, coexiste con nuestros fallos y pecados (todos, también los cristianos, somos pecadores). Pero Dios sigue siendo fiel a su Alianza sellada definitivamente por Cristo.

En efecto, dice el Vaticano II, en la constitución Lumen gentium sobre la Iglesia, que ella es “indefectiblemente santa” (LG 39) por su relación con la Trinidad: elegida por el Padre, redimida por el Hijo, santificada por el Espíritu Santo (conexión entre el Espíritu Santo y la Iglesia santa) y santificadora por medio de las “cosas santas”: principalmente la fe y los sacramentos, que dan como fruto la caridad, sustancia de la santidad (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 823-829).

También señala el Concilio: “La Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación” (n. 8). Por tanto, en sí misma, la Iglesia es santa, pero durante la historia conviven en ella santos (justos) y pecadores.

Dicho de otra manera: hay en la Iglesia una santidad “ontológica”, que antes hemos llamado originaria, y que se debe a su mismo ser; y una santidad “histórica”, imperfecta o incoada, la que llama aquí Ratzinger “santidad profana”, debida a la existencia, en la Iglesia y durante la historia, de pecadores (todos lo somos, al menos potencialmente, así como todos estamos llamados a la santidad definitiva). Y en cuanto a esa “santidad profana”, tal vez podría completarse esa comprensión diciendo que lo que se llama profano en este mundo no significa necesariamente pecaminoso; y, sin dejar de ser profano, puede llegar por la acción de la gracia a ser santo e incluso santificador.

Hoy, como ayer, las deficiencias de los creyentes apartan a algunos de la Iglesia. A la vez muchas personas siguen descubriendo a Cristo a través de la Iglesia y de tantos cristianos que contribuyen, la mayoría de ellos calladamente en su vida ordinaria de familia y trabajo, a edificar la Iglesia y participan en su misión evangelizadora.

“Se podría decir –afirma aquí el que después sería Papa Ratzinger– que la Iglesia, precisamente en su paradójica estructura de santidad y pecado es verdaderamente figura de la gracia en este mundo”. Pero veamos cómo y en qué orden se expresa el mismo Ratzinger].

domingo, 31 de diciembre de 2023

El fundamental misterio mariano de la Iglesia

(Imagen: Gary Melchers, La Sagrada Familia (1891), Home and Studio. Belmont, Virginia. Descubierta por nosotros en la web del padre Patrick van der Vorst, Christian Art.

Es una de las noches en Belén. María y José están agotados. El Niño es la Luz, no se necesita ninguna otra. Y la puerta está abierta, como invitando a los que quieran bajar los escalones, para descubrir ese misterio de humildad).

En la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, cabe reflexionar sobre su relación con la Iglesia. Para ello es útil la tipología. Es decir, la interpretación bíblica que señala ciertas figuras que anticipan, como modelo, otras realidades posteriores. Esta perspectiva, tan propia de los Padres de la Iglesia, procede del supuesto de que Dios anticipó la presencia de Cristo en los acontecimientos, personajes y leyes del Antiguo Testamento. En este sentido, María es una prefiguración y un modelo de la Iglesia.

[María precede a la Iglesia y la prefigura como fuente y mediadora de vida. De una vida que no es sólo la vida sociológica de un pueblo o como la suma de los individuos que lo componen. Es una vida que no procede de la naturaleza, sino que procede de un modo nuevo de Dios uno y trino. Veamos cómo lo explica el teólogo alemán Johann Auer en 1983 (*)].

"Empecemos por dos observaciones preliminares: 1) En este razonamiento se trata preferentemente de una ‘teología tipológica’: María aparece de diversas formas como modelo de la Iglesia y la Iglesia como su imitación. La importancia de María para la encarnación de Cristo se contempla respecto de la Iglesia como cuerpo de Cristo, que, a su vez, y como sacramento universal de salvación, es fuente y mediadora de nueva vida. 2) A ello hay que añadir que aquí la Iglesia se entiende, incluso en la concepción católica, más que como la vasta realidad sociológica ordenada al pueblo de Dios, pues, como el mismo pueblo de Dios, aparece (sobre todo en la visión evangélica) más que como la suma de los cristianos individuales. 

domingo, 29 de mayo de 2022

Sobre la aceptación de sí mismo

Según Guardini (*), el presupuesto para el crecimiento de la vida moral, es decir, de la madurez en los valores, es la aceptación de uno mismo. Aceptarse a sí mismo, a las personas que nos rodean, al tiempo en que vivimos (cf. para lo que sigue R. Guardini, Una ética para nuestro tiempo, Madrid 1977, cap. III, pp. 140ss.).

Esto no quiere decir “dejarse llevar” sino trabajar en la realidad y si es preciso luchar por ella, para transformarla, para mejorarla en lo que dependa de nosotros, aunque sólo sea “un granito de arena”. 

En el animal sólo hay un acuerdo consigo mismo, no existe la dinámica propia del espíritu humano, que consiste en una tensión entre ser y deseo: entre lo que somos y lo que queremos ser, tensión que es buena, siempre que nos mantenga en la realidad y no nos haga refugiarnos en fantasías. 

Se puede comenzar por la aceptación de uno mismo: circunstancias, carácter, temperamento, fuerzas y debilidades, posibilidades y límites. Esto no es obvio, pues con frecuencia uno no se acepta: hay hastío, protesta, evasión por la imaginación, disfraces y máscaras de lo que somos, no sólo ante los demás sino ante uno mismo. Y esto no es bueno. Pero esconde la realidad de un deseo de crecer, que pertenece a la sabiduría. “Puedo y debo trabajar en mi estructura vital, dándole forma, mejorándola; pero, ante todo, he de decir ‘sí’ a lo que es, pues si no todo se vuelve inauténtico” (ibid., pp. 142s). 

Así, el que se le ha dado por naturaleza un sentido práctico, debe aprovecharlo, pero consciente de que carece de imaginación y creatividad. Mientras que el artista debe sufrir temporadas de vacío y desánimo, Quien es muy sensible ve más, pero sufre más. El que tiene un ánimo frío y no le afecta nada, se arriesga a desconocer grandes aspectos de la existencia humana. Cada uno debe aceptar lo que tiene, purificarlo para servir con ello a los demás, y luchar por lo que no tiene, contando también con los otros. 

En la práctica esto no es fácil. Hay que empezar por llamar bueno a lo bueno, malo a lo malo; sin molestarse cuando algo sale mal o a uno le corrigen. Sólo reconociendo mis propios defectos, que se van conociendo poco a poco, tengo la base real para mi superación. 

También hay que aceptar la situacion vital, la etapa de la vida en la que estamos y la época histórica en la que vivo, sin trata de escaparme de esas realidades: procurando conocerlas y mejorarlas. No se puede escapar hacia el pasado o hacia el futuro, sin valorar lo presente. 

Aquí entra la aceptación del destino (tratado por R. Spaemann en el último capítulo de Ética: cuestiones fundamentales, Pamplona 2010). El destino no es azar, sino resultado de la conexión de elementos interiores y exteriores, algunos de los cuales dependen de nosotros. Primero de nuestras disposiciones, carácter, naturaleza, etc. (de nuevo: aceptarse a sí mismo). Pero además es resultado de nuestra libertad en el día a día, también en lo pequeño que dejamos o no dejamos pasar. 

Aceptarse a sí mismo o al destino puede hacerse difícil cuando viene el dolor o el sufrimiento. Por eso incluye la capacidad de aprender del sufrimiento, sin limitarse a evitarlo, como es lógico, en lo posible; sino tratando de comprenderlo, aprender de él.

Aceptar la propia vida es aceptarla como recibida, recibida de los padres, de la situación histórica y de los antepasados, pero también, cabe pensar con sabiduría, de Dios. 

Según el cristianismo, Dios tiene experiencia de nuestros problemas pues ha tomado carne en Jesucristo, que se hizo vulnerable hasta el extremo, pero con plena libertad. Y en Dios no hay falta de sentido. Un sentido que no es solamente racional sino a la vez amor. Por eso no hay que confundir el hecho de que yo no capte hoy y ahora el sentido de esta situación, con el hecho de que esta situación tiene un sentido en el conjunto de mi vida, que yo debo descubrir y aprovechar con confianza.
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(*) Además del libro que se cita en este artículo, ver la primera parte (original de 1955) de su pequeño libro: “La aceptación de sí mismo; las edades de la vida”, Cristiandad, Madrid 1977; Lumen, Buenos Aires 1992. El tema de la aceptación fue desarrollado por el autor ocho años más tarde en un segundo libro, sobre las virtudes, que es el referido en nuestro texto. Cf. “La aceptación”, en Una ética para nuestro tiempo (originalmente titulado "Tugenden", virtudes, y publicado como segunda parte de La esencia del cristianismo, Cristiandad, Madrid 2007, pp. 139-151); en este caso la aceptación se considera como una virtud junto con otras del ámbito del dominio de sí (como respeto y fidelidad, paciencia y ascetismo, ánimo y valentía, concentración y silencio), de la búsqueda de la verdad y de la solidaridad. 


jueves, 21 de abril de 2022

Perdonar y pedir perdón

 
En su libro La condición humana, explica Hanna Arendt (ed. Paidós, Barcelona 1993, pp. 255-262), a nivel antropológico, el asombroso poder del perdón. Sirve para deshacer los actos del pasado y liberar de sus consecuencias. Sin ser perdonados seríamos como el aprendiz de brujo que desconocía la fórmula mágica para romper el hechizo. Pero si somos perdonados podemos recomenzar a vivir. Y si perdonamos, damos la capacidad al otro de recomenzar una vez más, de iniciar algo nuevo. Al contrario que la venganza, el perdón es impredecible, y comporta la liberación de la venganza.

Reconoce la filósofa judía que “el descubridor del papel del perdón en los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret”, aunque lo hiciera en un contexto religioso. 

Cabría observar, en la perspectiva de la fe cristiana, que también Jesús nos “descubrió” cómo el perdón forma parte del gran poder divino; y que, el perdón humano, a fin de cuentas, es imagen del divino, tiene siempre raíz divina. 

viernes, 11 de diciembre de 2020

Corazón de padre

En su carta sobre san José, Patris corde (8-XII-2020), con la que convoca un “Año de san José" hasta el 8 de diciembre de 2021, Francisco dice que su objetivo es “que crezca el amor a este gran santo, para ser impulsados a implorar su intercesión e imitar sus virtudes”.


Para ello comienza el Papa explicando qué tipo de padre fue san José y la misión que Dios le confió. San José no fue lo que hoy llamaríamos “padre biológico” de Jesús, sino solo su “padre legal”. Sin embargo, él vivió la paternidad sobre Jesús y el ser esposo de María de manera eminente. Así lo han considerado muchos santos desde san Ireneo y san Agustín, pasando por diversos doctores de la Iglesia entre los que destaca el caso de santa Teresa de Ávila, hasta san Josemaría y san Juan Pablo II.

Leyendo y meditando la carta de Francisco, se puede llegar a redescubrir cómo san José es no solo custodio de la Iglesia, sino también de la humanidad, particularmente de su parte más frágil, aquellos miembros más necesitados. En todo caso se trata de un santo importante. Más aún, como escribe Francisco, “después de María, Madre de Dios, ningún santo ocupa tanto espacio en el Magisterio pontificio como José, su esposo”.

¿Por qué ahora esta carta? Francisco señala que, junto con la circunstancia del 150 aniversario de la declaración de san José como patrono de la Iglesia universal, hay una razón “personal”: hablar de aquello que llena su corazón (cf. Mt 12, 34). Además confiesa en la introducción: “Este deseo ha crecido durante estos meses de pandemia”. Así vamos conociendo algunos pensamientos y procesos espirituales que han tenido lugar en el corazón del Papa durante la pandemia (vid. más extensamente el libro Soñemos juntos: el camino a un futuro mejor. Conversaciones con Austen Ivereigh, Plaza & Janés, Madrid 2020).

Concretamente el Papa, como ha hecho en diversas ocasiones, subraya y agradece el testimonio de tantas “personas comunes –corrientemente olvidadas– que (...) están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de nuestra historia”; porque trabajan, infunden esperanza y rezan, casi siempre de modo discreto, pero sujetándonos a todos.

A todos ellos y a nosotros nos propone el ejemplo y la ayuda de san José: “Todos pueden encontrar en san José –el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta– un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en 'segunda línea' tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de reconocimiento y de gratitud”.

En su carta, Francisco le dedica a san José siete epígrafes en forma de “títulos”, que podrían equivaler a siete oraciones de una pequeña “letanía del padre”: Padre amado, en la ternura, en la obediencia, en la acogida, en la valentía creativa, en el trabajo, siempre en la sombra

martes, 9 de junio de 2020

Animación misionera y vida ordinaria

La misión de la Iglesia es obra del Espíritu Santo, no consecuencia de nuestras reflexiones e intenciones. Ese rasgo es suficiente para rechazar toda forma de autosuficiencia, clericalismo o autoglorificación. Así lo afirma el Papa Francisco en un Mensaje a las Obras misionales pontificias (21-V-2020), es decir, las instituciones que se dedican a la animación y a la cooperación misionera (*)

El amplio mensaje contiene enseñanzas para el conjunto de la Iglesia católica, sus fieles e instituciones. El texto se distribuye en tres apartados: el primero, sobre la alegría del Evangelio; el segundo sobre la situación actual de las tareas misioneras y el tercero sobre algunas orientaciones en este ámbito.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Sobre el significado y el valor del belén

En su Carta sobre “el hermoso signo del pesebre” (Admirabile signum, 1-XII-2019) Francisco desea explicar el significado y el valor del belén. Dice el Papa que representar el nacimiento de Jesús equivale a “anunciar el misterio de la encarnación del Hijo de Dios con sencillez y alegría”.

Se trata de un “Evangelio vivo” ­–inspirado en los relatos evangélicos– que nos conduce a la contemplación de la Navidad. Y a la vez, “nos invita a ponernos espiritualmente en camino, atraídos por la humildad de Aquel que se ha hecho hombre para encontrar a cada hombre”. Así, “descubrimos que Él nos ama hasta el punto de unirse a nosotros, para que también nosotros podamos unirnos a Él”.

Muchos de nosotros recordamos, en efecto, cuando preparábamos con nuestros padres “el nacimiento”, o “el belén”. Los niños lo preferíamos grande y, como a veces no había una mesa grande, estábamos dispuestos incluso a utilizar una puerta sobre unas banquetas. Era realmente, como dice el Papa, “un ejercicio de fantasía creativa”, lleno de belleza: “Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular”. “Espero –continúa Francisco– que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada”.

jueves, 5 de septiembre de 2019

La auténtica oración cristiana


(Ilustración: Frances Hook, El joven Jesús rezando)

La Comisión episcopal para la Doctrina de la Fe ha publicado un documento titulado “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo (Sal 42, 3): Orientaciones doctrinales sobre la oración cristiana” (Madrid 2019).

La oración cristiana es un encuentro y un diálogo con Dios, por medio de su Hijo, Jesucristo, a la luz y bajo el impulso del Espíritu Santo. Por tanto, no debe confundirse con una técnica de autodominio de sí mismo o de las propias emociones y sentimientos. También se distingue, aunque puede tener ciertos elementos comunes, de la oración que se hace en otras religiones. El texto tiene cinco partes.

martes, 27 de agosto de 2019

Educación de la moral cristiana

Giotto, La resurrección de Lázaro (1304-1306)
Capilla Scrovegni, Padua (Italia)

Muchos se preguntan hoy por la educación moral y concretamente la educación de la moral cristiana. Además de sus fundamentos antropológicos, es interesante plantearse directamente sus contenidos. ¿En qué consiste la moral cristiana? ¿Añade algo a la ética o “moral humana”? ¿Cuáles son sus contenidos principales y, si se quiere decir así, específicos? Solo teniendo en cuenta esos contenidos puede el educador de la fe plantearse al mismo tiempo los métodos y los recursos didácticos para esa educación.

El Catecismo de la Iglesia Católica explica que la moral cristiana responde a la vocación del hombre: la vida en el espíritu. Ahí se pone de relieve a la vez la alegría y las exigencias que comporta este camino de vida.

La educación para la moral cristiana forma parte de la “catequesis” en su sentido originario como formación de la vida cristiana en todas las edades y no solo para los niños. La moral cristiana tiene unas características que se deducen no solo de la ética o moral racional, sino también específicamente del anuncio de Cristo (kerygma) y del Reino de Dios a través de la misión de la Iglesia (1).

Las características de la educación moral cristiana, según las expone el Catecismo de la Iglesia Católica (ver una síntesis en los nn. 1691-1698), pueden resumirse en los siguientes puntos.

miércoles, 10 de julio de 2019

Hospital de campaña


Con frecuencia el papa Francisco ha comparado a la Iglesia con un hospital de campaña. Sobre esto ha escrito Wojciech Giertych, teólogo de la Casa Pontificia, un excelente artículo en el “Osservatore Romano” (5-VII-2019): “La Iglesia ante los sufrimientos y los dramas del mundo: Un oasis de humanidad”.

El texto explica el funcionamiento de este "hospital", las condiciones en que puede funcionar y los medios con los que puede contar.

Comienza evocando escenarios bélicos como la Primera Guerra Mundial, en los que muchos jóvenes eran llamados a combatir en trincheras fangosas, y se comprometían a luchar para conquistar metros de territorio con un coste muy alto. “Viendo mutilaciones, intoxicaciones, muerte y destrucción, junto con una mezcla de heroísmo y desesperación, se encontraban con los soldados adversarios y a veces descubrían con estupor que sus experiencias eran idénticas”.

Así se representa, en efecto, en muchas películas desde los años veinte –pronto hará un siglo– hasta nuestros días, como Frantz (F. Ozon, 2016).

domingo, 9 de junio de 2019

La Iglesia, "misterio de la luna"

Como la madre y la luna, la Iglesia concibe en virtud de la semilla vital que recibe y da una luz que ella recibe del sol (Cristo) para hacerla suya.

Los escritores cristianos de los primeros siglos gustaban de comparar a la Iglesia con la luna, porque la luz que tiene no es propia, sino que la recibe del sol[1]. La constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia “Lumen gentium” (luz de las gentes) comienza por esas palabras, que no se refieren a la Iglesia sino a Cristo. Él es la luz de los pueblos. Y por eso, el Concilio, expresión de la Iglesia, “reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura[2] con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia”.

Para el papa Francisco, es importante percibir que el centro del cristianismo es Cristo. No somos nosotros y ni siquiera la Iglesia, que de otro modo podría funcionalizarse y convertirse en una ONG. Ella debe ser, según los Padres, como la luna, que transmite una luz que no es propia. No puede ser “autorreferencial” –es decir, hablar solo de sí misma, vivir para sí misma–, sino misionera. De otra manera, insiste el papa, dejaría de ser institución divina para pasar a ser obra de hombres (cf. Discurso en el Encuentro con el Comité del CELAM, Río de Janeiro, 28-VII-2013).

domingo, 27 de enero de 2019

Un sueño llamado Jesucristo




Francisco se ha encontrado con los jóvenes (cf. Discurso de apertura de la JMJ de Panamá, 24-I-2019) y les ha animado a ir adelante. “Ir adelante no para crear una Iglesia paralela un poco más ‘divertida’ o ‘cool’ en un evento para jóvenes, con algún que otro elemento decorativo, como si a ustedes eso los dejara felices. Pensar así sería no respetarlos y no respetar todo lo que el Espíritu a través de ustedes nos está diciendo”.

Al contrario: ir adelante para encontrar y despertar juntos “la continua novedad y juventud de la Iglesia abriéndonos siempre a esa gracia del Espíritu Santo que hace tantas veces un nuevo Pentecostés” (cfr. Sínodo sobre los Jóvenes, Doc. final, 60). Y eso solo es posible, como se ha vivido en el Sínodo, “si nos animamos a caminar escuchándonos y a escuchar complementándonos, si nos animamos a testimoniar anunciando al Señor en el servicio a nuestros hermanos; que siempre es un servicio concreto”

El papa sabe, y lo dice, que para muchos llegar hasta aquí no fue fácil. “ Venimos de culturas y pueblos diferentes (...), pero nada de eso impidió poder encontrarnos (...) y estar juntos, divertirnos juntos, celebrar juntos, confesar a Jesucristo juntos”.