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miércoles, 1 de octubre de 2025

La Pascua de Jesús, fuente viva de esperanza

Icono de la Anástasis (Resurrección)

Dentro de la catequesis del Año Jubilar 2025, cuyo título es Jesucristo nuestra esperanza, León XIV ha dedicado las últimas semanas a la Pascua de Jesús. Es decir, a los acontecimientos que tuvieron lugar en torno a su pasión, muerte y resurrección.

¿Qué lugar ocupa en nuestra vida la entrega de Jesús por nosotros? ¿La consideramos como un hecho del pasado, sin conexión con nuestro presente y nuestro futuro? La fe cristiana nos asegura que se trata de algo central, lleno de implicaciones para nuestra vida personal, social y eclesial. 


Preparar el encuentro con Dios y con los demás

El primero de estos miércoles (cfr. Audiencia general, 6-VIII-2025)el Papa se centró en la palabra preparar. “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?” (Mc 14, 12). En realidad, todo estaba preparado de antemano por Jesús: “La Pascua, que los discípulos deben preparar, está en realidad ya preparada en el corazón de Jesús”.

Al mismo tiempo, él pide a sus amigos que hagan su parte: “La gracia no elimina nuestra libertad, sino que la despierta. El don de Dios no anula nuestra responsabilidad, sino que la hace fecunda”.

Por tanto, tenemos, también nosotros, que preparar esa cena. No se trata solamente, advierte el sucesor de Pedro, de la liturgia o de la Eucaristía (que significa “acción de gracias”), sino de“nuestra disponibilidad para entrar en un gesto que nos supera”.

“La Eucaristía –observa León XIV– no se celebra solo en el altar, sino también en la vida cotidiana, donde es posible vivir todo como ofrenda y acción de gracias”.

De ahí la interpelación: “Podemos entonces preguntarnos: ¿qué espacios de mi vida necesito reordenar para que estén listos para acoger al Señor? ¿Qué significa para mí hoy ‘preparar’?”.

Algunas sugerencias: “Quizás renunciar a una pretensión, dejar de esperar que el otro cambie, dar el primer paso. Quizás escuchar más, obrar menos o aprender a confiar en lo que ya está dispuesto”.

Leer el texto completo (enlace a la web de "Omnes")


martes, 2 de septiembre de 2025

Dejarse curar por Jesús


¿Por qué necesitamos dejarnos curar y contribuir a curar a los demás? Porque somos vulnerables. Sólo quien carece de experiencia o de conocimiento de sí mismo y de los otros puede desconocer esta necesidad.

Dentro del ciclo de catequesis correspondiente al Jubileo 2025 (“Jesucristo nuestra esperanza”), León XIV ha culminado, en el medio del verano, el itinerario de la vida publica de Jesús (encuentros, parábolas y curaciones), dedicando cuatro miércoles a las curaciones: Bartimeo, el paralítico de la piscina, la hemorroísa y la hija de Jairo, el sordomudo.


Bartimeo: levantarse ante Jesús que pasa y llama

En su camino a Jerusalén, Jesús se encuentra con Bartimeo, un ciego y mendigoo (cf. Audiencia general, 11-VI-2025). Su nombre significa hijo de Timeo, pero también hijo del homor o de la admiración Y ello nos sugiere que “Bartimeo –por su dramática situación, su soledad y su actitud inmóvil, como observa san Agustín– no consigue vivir lo que está llamado a ser”.

Sentado al borde del camino, Bartimeo necesita que alguien lo levante y lo ayude a salir de su situación y seguir caminando. Y para ello hace lo que sabe hacer: pedir y gritar. Es una lección para nosotros. “Si realmente deseas algo –nos propone el Papa–, haz todo lo posible por conseguirlo, incluso cuando los demás te reprenden, te humillan y te dicen que lo dejes. Si realmente lo deseas, ¡sigue gritando!”

De hecho, el grito de Bartimeo, “¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mí!” (Mc 10, 47)– se ha convertido en una oración muy conocida en la tradición oriental, que también nosotros podemos utilizar: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy pecador”.

Bartimeo es ciego, pero, paradójicamente, ve mejor que los demás y reconoce quién es Jesús. Ante su grito, Jesús se detiene y lo llama; “porque –observa el sucesor de Pedro– no hay ningún grito que Dios no escuche, incluso cuando no somos conscientes de dirigirnos a Él”.

domingo, 7 de abril de 2019

Los jóvenes, la fe y la vida en plenitud

El contenido de la exhortación del papa Francisco, “Christus vivit, a los jóvenes y a todo el Pueblo de Dios” –fruto del sínodo sobre “los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”, de 2018– corresponde bien a su título. No es este un documento “sobre” los jóvenes, sino una conversación con ellos, una carta dirigida en primer lugar a los jóvenes, a cada uno.

En cuanto a los educadores y formadores, quizá en un texto como este (que recoge experiencias de todo el mundo) les interese no tanto buscar “novedades”, como más bien descubrir acentos, matices, puntos de luz y desafíos.

Desde el principio el papa pone a los jóvenes personalmente frente a Jesús: “Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza” (n. 2). En torno a ese núcleo, Francisco mira a la realidad que rodea a los jóvenes y les invita a situarse en ella. También a mirarse a sí mismos en el ambiente en que se mueven, con sus luces y sus sombras. No deja de advertirles de algunos riesgos, pero sobre todo les impulsa a madurar personalmente, preocuparse por las necesidades de los demás y mejorar el mundo.

Para facilitar la lectura y el estudio del texto, se puede dividir en tres partes: una primera, que se pregunta cómo las Sagradas Escrituras presentan la figura de los jóvenes (capítulos 1 y 2) y, desde la fe, mira a la realidad en la que se sitúan actualmente los jóvenes (capítulo 3); una segunda parte, la central, donde se presenta “el gran anuncio de la fe a los jóvenes”, junto con las consecuencias y condiciones (capítulos 4-6); la parte final, dirigida también a los educadores o formadores de los jóvenes sobre la formación, la vocación y el discernimiento (capítulos 7-9).

martes, 20 de junio de 2017

Corazón de misericordia

(reproducimos aquí con pequeños cambios la entrada publicada en junio del año pasado)

Junio es el mes del Corazón de Jesús, y por tanto, aquí “tocaba fondo” el Año de la misericordia. En el retiro espiritual que el Papa Francisco impartió con ocasión del jubileo sacerdotal (2-VI-2016), la víspera de la fiesta del Corazón de Jesús, explicaba qué es la misericordia de Dios y cómo nos va cambiando en personas misericordiosas. De Jesús aprendemos y en él vivimos qué significa "tener corazón" en cristiano.

La misericordia aparece ante todo como atributo de Dios (el nombre de Dios es misericordia), de sus “entrañas maternas” y de su fortaleza y fidelidad paterna. También como fruto de la Alianza con su Pueblo elegido. Y esto nos llega en el perdón de nuestros pecados por el sacramento de la Confesión o de la Penitencia.

La misericordia se derrama, explica Francisco, por dos vertientes: la misericordia de Dios con nosotros y nuestra misericordia con los demás, que nos conduce siempre a recibir de nuevo, con un espléndido efecto “boomerang”, la misericordia de Dios. Dos vertientes, y al mismo tiempo, una sola fuerza unitiva, la mayor fuerza unitiva que atraviesa la vida espiritual.

Tres sugerencias iniciales apunta el Papa para la oración sobre la misericordia: saborear con gusto lo que Dios nos concede, para agradecerle sus dones; evitar una excesiva intelectualización de la misericordia (que está hecha para la acción, para el servicio y para ayudar a los demás); pedir la gracia de crecer en misericordia, es decir, de ser más capaces de recibir y dar misericordia. Y en esta línea y como consecuencia, pide el Papa también la “conversión institucional, la conversión pastoral”.

Sigamos ahora el desarrollo de cada una de las tres meditaciones.

jueves, 2 de junio de 2016

Verdad y comprensión en el acompañamiento espiritual y pastoral

La exhortación Amoris laetitia, del Papa Francisco, sobre el amor en la familia, puede verse en continuidad con lo que Juan Pablo II enseñó sobre la familia y dejó escrito en la exhortación Familiaris consortio (1981). El filósofo Henri Hude, que comenzó analizando la Amoris laetitia, ha explicado posteriormente esta continuidad, en relación con el contexto actual, con la misericordia y con algunas consideraciones de tipo filosófico y teológico.

jueves, 24 de marzo de 2016

Dios que sufre

S. Boticelli, Trinidad, 1465-1467

Ante la brutal violencia terrorista, habrá quien se pregunte dónde está Dios. Y los cristianos decimos: aquí, Dios está aquí, sufriendo con nosotros y con todos los que sufren, ahora y hasta el fin del mundo. No otra cosa revivimos en la Semana Santa. En una entrevista al papa emérito Benedicto XVI, publicada en un libro reciente y recogida en el “Osservatore Romano” (*), sale a relucir el sentido del sufrimiento en Dios.

El hombre moderno parece no tener necesidad de justificarse ante Dios, e incluso a veces se atreve a pedir a Dios que se justifique ante los males del mundo. El hombre ha perdido la sensibilidad de los propios pecados, se cree justo, y no siente necesidad de ninguna salvación. O por lo menos tiene la sensación de que Dios no puede dejar que se pierda la mayor parte de la humanidad.

viernes, 11 de marzo de 2016

Educación como misericordia

Metidos en la revolución de la misericordia. Así estamos los cristianos. A eso estamos convocados desde hace veinte siglos. Ahora de manera renovada. Para esto no hace falta dedicarse a la educación, aunque ciertamente la educación, sobre todo en clave cristiana, es un anuncio y una obra de misericordia.

Todo esto es aún más claro si hablamos de educación de la fe, una de las tareas más fascinantes que pueda imaginarse, sea en la modalidad de la enseñanza escolar de la religión o en la modalidad de catequesis dirigida a todas las edades, incluyendo la que los padres y madres cristianos han de procurar para sus hijos.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Personalizar la misericordia




Como continuamente en estos días, el mensaje de Francisco para la Cuaresma de 2016 desea personalizar la misericordia. No se trata simplemente de algo que complementa la piedad y la vida cristiana, sino de un punto nuclear y decisivo para todos y cada uno de los cristianos. “La misericordia de Dios, en efecto, es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio”, que ahora pide ser vivido con mayor intensidad.

miércoles, 15 de abril de 2015

Jesús, rostro de la misericordia

M. Chagall, Crucifixión blanca (1938), Instituto de arte de Chicago

Con la bula de convocación para el Jubileo extraordinario de la Misericordia, Misericordiae Vultus (11-IV-2015) se abre un periodo preparatorio de oración y estudio, diálogo y acción. Es un camino, el de la misericordia, que la Iglesia viene recorriendo desde su comienzo, más intensamente desde mediados del siglo pasado; y que ahora Francisco propone como catalizador de un impulso nuevo.

Para facilitar la lectura del texto del Papa y su asimilación, cabe estudiarlo distinguiendo algunas partes (distinción que es nuestra, no del documento).

domingo, 16 de marzo de 2014

Tiempo de misericordia




                                                     P. Brueghel, Obras de misericordia (1601-1625)
Museo de arte antiguo, Lisboa


Me contó un sacerdote lo que le sucedió una vez en misa, al comienzo de la lectura del Evangelio. Tocaba el pasaje que relata cómo acudían a Jesús muchos tullidos ciegos, lisiados, sordomudos y otros, para ponerse a sus pies y Él los curaba. Entonces “Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: ‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer…’” (Mt 15, 32).

            Al llegar a este punto de su lectura, el sacerdote tuvo que pararse unos momentos. Se le había puesto un nudo en la garganta. Había pasado sobre ese texto muchas veces, como también había leído que, en otra ocasión, “Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor” (Mc 6, 32). Pero nunca le había afectado de esa manera. 

Vivimos en un tiempo de misericordia. Esto no se refiere solamente a la Cuaresma, o al pontificado del Papa Francisco -del que se cumple un año-, sino también al tiempo que vivimos los católicos, con raíces en el pasado siglo.

miércoles, 3 de julio de 2013

Revolución de gratuidad y de generosidad

El discurso de los 100 días


En la semana en que se cumplían los 100 días de su pontificado, el Papa Francisco se ha dirigido a la Asamblea Diocesana de Roma, y ha desarrollado la expresión de San Pablo: “Yo no me avergüenzo del Evangelio”. Ha explicado que la fe cristiana vivida es una revolución porque cambia el corazón. La condición es que sembremos con nuestro testimonio, con gratuidad y esperanza, anunciando el Evangelio a todos, especialmente a los más necesitados.

lunes, 2 de abril de 2012

Caminos de la alegría

Durante la Jornada Mundial de la Juventud, Roma-2000


La XXVII Jornada Mundial de la Juventud, centrada este año en el Domingo de Ramos, tiene como tema la alegría: “¡Alegraos siempre en el Señor! (Flp. 4, 4).

     El mensaje que Benedicto XVI dirige a los jóvenes subraya que “la alegría es un elemento central de la experiencia cristiana”. Esto se comprueba en las Jornadas de los jóvenes: “Vemos la fuerza atrayente que ella tiene: en un mundo marcado a menudo por la tristeza y la inquietud, la alegría es un testimonio importante de la belleza y fiabilidad de la fe cristiana”.

     Ciertamente no faltan “las alegrías sencillas” y cotidianas que han de ser disfrutadas y agradecidas. Pero el corazón de los hombres, sobre todo de los jóvenes, busca “la alegría profunda, plena y perdurable, que pueda dar ‘sabor’ a la existencia”. Pero, se pregunta el Papa, ¿existe de verdad esa alegría o es una huída de la realidad? Si existe, ¿cómo distinguir las alegrías verdaderas, que no nos abandonan ni en los momentos más difíciles, respecto a los placeres inmediatos y engañosos?

     Dedica su mensaje a señalar los caminos de la alegría: el amor a Dios y a los demás; la conversión moral sobre la base de los Mandamientos y gracias al sacramento de la Confesión; incluso en medio de las pruebas y dificultades se puede vivir la alegría de la fe; y para mantenerse en la alegría es necesario compartirla, trasnsmitirla a otros.


El amor de Dios y el amor a Dios, fuente de la alegría

     Dios, en primer lugar, es la fuente de todas las auténticas alegrías: “Dios quiere hacernos partícipes de su alegría, divina y eterna, haciendo que descubramos que el valor y el sentido profundo de nuestra vida está en el ser aceptados, acogidos y amados por Él, y no con una acogida frágil como puede ser la humana, sino con una acogida incondicional como lo es la divina: yo soy amado, tengo un puesto en el mundo y en la historia, soy amado personalmente por Dios. Y si Dios me acepta, me ama y estoy seguro de ello, entonces sabré con claridad y certeza que es bueno que yo sea, que exista”.

     Esto se manifiesta plenamente en Jesucristo, donde se encuentra la alegría que buscamos. Esto se ve en la vida del Señor, y lo captan quienes se encuentran con él (María, los Magos, Zaqueo, Magdalena y las otras mujeres, etc.) y quienes comparten espiritualmente su vida (cf. Flp 4, 4-5). La alegría cristiana es abrirse al amor de Dios Padre, manifestado en Cristo, y permanecer en él (cf. Jn 15, 9.11; Jn 17, 26). Es fruto y signo del Espíritu Santo que nos hace ser y sentirnos hijos de Dios (cf. Rm 8, 15).

     Pero, se plantea Benedicto XVI, ¿cómo recibir y conservar este don? Porque ciertamente es un don, pero también requiere de nuestra colaboración. Como la alegría es fruto de la fe y de la cercanía de Cristo (Flp 4, 5), subraya la necesidad de buscar al Señor, acogiendo su Palabra en la lectura y meditación de la Sagrada Escritura (para muchos, el comienzo más fácil puede ser los Evangelios). Luego está la liturgia, la misa del domingo, momento fundamental en el camino cristiano de la alegría. Ahí celebramos la muerte y la resurrección de Cristo, y podemos alimentarnos con su Cuerpo y su Sangre. Y cita el Papa unas palabras de Santa Teresa del Niño Jesús: “Jesús, mi alegría es amarte a ti” (Poesía 45/7).


El amor a los demás 

     El amor a Dios se prolonga y se manifiesta en el amor a los demás. “La alegría está íntimamente unida al amor; ambos son frutos inseparables del Espíritu Santo” (cf. Ga 5, 23)”. Por eso Teresa de Calcuta dice que “la alegría es una red de amor para capturar las almas”. En efecto, y como esta alegría no puede ser fingida, el Papa señala sus raíces (que son a la vez manifestaciones) concretas: “constancia, fidelidad, tener fe en los compromisos”. Y esto, tanto en las amistades como en el trabajo. La alegría nos llevará “a ser generosos, a no conformarnos con dar el mínimo, sino a comprometernos a fondo”, siendo verdaderos amigos de los que nos rodean, competentes, estudiando con seriedad. “Buscad –aconseja el Papa– el modo de contribuir, allí donde estéis, a que la sociedad sea más justa y humana. Que toda vuestra vida esté impulsada por el espíritu de servicio, y no por la búsqueda del poder, del éxito material y del dinero”.

     Una alegría especial “es la que se siente cuando se responde a la vocación de entregar toda la vida al Señor”, precisamente para dedicarse con todo el corazón al servicio de los demás. Y lo mismo en el matrimonio, para formar una familia. Otra raíz y manifestación esencial de la alegría es la fraternidad en el seno de las diversas comunidades cristianas (cf. Hch 2, 46), que deben ser “lugares privilegiados en que se comparta, se atienda y cuiden unos a otros”.



La alegría de la conversión: los Mandamientos y la Confesión

     La alegría de la conversión procede de oponerse a los placeres inmediatos, a la lógica de la posesión y del consumo. Es fruto de cumplir los mandamientos. Sobre ellos afirma Benedicto XVI: “Aunque a primera vista puedan parecer un conjunto de prohibiciones, casi un obstáculo a la libertad, si los meditamos más atentamente a la luz del Mensaje de Cristo, representan un conjunto de reglas de vida esenciales y valiosas que conducen a una existencia feliz, realizada según el proyecto de Dios. Cuántas veces, en cambio, constatamos que construir ignorando a Dios y su voluntad nos lleva a la desilusión, la tristeza y al sentimiento de derrota. La experiencia del pecado como rechazo a seguirle, como ofensa a su amistad, ensombrece nuestro corazón”.

     Y ante los obstáculos o las caídas, Dios no nos abandona, sino que nos ofrece siempre la posibilidad de volver a reconciliarnos con Él, de “experimentar la alegría de su amor que perdona y vuelve a acoger”. Concretamente a través de la Confesión. Por eso el Papa anima a los jóvenes a que se confiesen con “constancia, serenidad y confianza”, sabiendo que el Señor siempre les espera con los brazos abiertos: “…¡recurrid a menudo al Sacramento de la Penitencia y la Reconciliación! Es el Sacramento de la alegría reencontrada” (cf. Lc 15, 7).



Alegría en medio de las dificultades

     También en las pruebas y dificultades de la vida hay espacio para la alegría de la fe, incluso pueden ser ocasiones para encontrar la luz de Cristo y la esperanza. Y esto no es huir de la realidad. Cuando participamos en los sufrimientos de Cristo, el amigo siempre fiel, “participamos también en su alegría. Con Él y en Él, el sufrimiento se transforma en amor. Y ahí se encuentra la alegría (cf. Col 1,24)”.



Testigos y transmisores de la alegría


      Finalmente, propone Benedicto XVI que los cristianos seamos “misioneros de la alegría”, porque “no se puede ser feliz si los demás no lo son”. Permanecer en la alegría de la fe requiere compartirla, transmitirla“ (cf. 1 Jn 1, 3-4). Los cristianos sabemos que estamos siempre en las manos de Dios. Por eso les dice el Papa especialmente a los jóvenes: “Tenéis la tarea de mostrar al mundo que la fe trae una felicidad y alegría verdadera, plena y duradera. Y si el modo de vivir de los cristianos parece a veces cansado y aburrido, entonces sed vosotros los primeros en dar testimonio del rostro alegre y feliz de la fe”.

     Y una buena síntesis del mensaje: “El Evangelio es la ‘buena noticia’ de que Dios nos ama y que cada uno de nosotros es importante para Él. Mostrad al mundo que esto de verdad es así”.



(publicado en www.analisisdigital.com, 2-IV-2012)

jueves, 22 de marzo de 2012

Confesión y nueva evangelización

Confesiones durante la Jornada Mundial de la Juventud, Madrid 2011

Jesús viene a anunciar el Reino de Dios, y quien lo acepta, alcanza la salvación. Pero atención, porque ese anuncio no son solamente palabras. Incluye toda la acción de Cristo, toda su vida, lo que hace y lo que dice desde que se muestra al mundo (su vida en Belén y en Nazaret, su predicación, milagros, pasión, muerte y resurrección), sus “gestos y palabras”, en expresión del Concilio Vaticano II (DV, 2).


La salvación consiste en participar de la Vida de Jesús

      Y es que la salvación consiste no solamente en aceptar lo que Cristo “dice”, sino en aceptarle a Él, unirse con Él y participar de su propia Vida. Orígenes decía que el Reino de Dios es Cristo en persona. El Reino de Dios se hace presente donde se acepta la encarnación del Hijo de Dios y la vida humana se abre, por medio de él, a la vida divina.

      No otra cosa sucede en la evangelización, esto es, lo que Cristo encargó realizar a la Iglesia. En esa tarea se cumple también la relación entre las “palabras” y los “gestos”; entre el “anuncio” de la Palabra de Dios (que se hace explicando la fe mediante “palabras”) y los sacramentos, que son signos e instrumentos de salvación (“gestos” eficaces que nos otorgan la gracia, la amistad con Dios).

      Pues bien, ante la descristianización actual, en las últimas décadas algunos han insistido en dar la prioridad al “anuncio” de la fe o de la Palabra, relegando o descuidando los sacramentos. Ante el desafío de la nueva evangelización, hay quien subraya de tal modo el anuncio que olvida, al menos en la práctica, que los sacramentos son esenciales para el anuncio del Evangelio.


Necesidad de los sacramentos junto con el anuncio de la fe

     Veámoslo en concreto. Un cristiano, sea quien sea, debe anunciar el Evangelio. Si es un ministro sagrado ese anuncio podrá tener la forma oficial de la predicación litúrgica. Si es un “cristiano corriente”, un fiel bautizado, tomará ocasión de su vida familiar, o de su trabajo y relaciones sociales, para anunciar a Cristo, sirviendo de instrumento a la salvación de Dios. En cualquier caso, para que el anuncio sea plenamente efectivo, esto es, que el anuncio lleve a la salvación, son necesarios los sacramentos que transmiten la gracia redentora. Al celebrar cada sacramento se presupone y se vuelve a actualizar la fe anunciada y acogida, tanto la fe del que lo administra como la fe del que lo recibe.

     En esta línea se ha situado Benedicto XVI, al subrayar la importancia del sacramento de la Confesión en la nueva evangelización. El motivo es que “la celebración del sacramento de la Reconciliación es ella misma anuncio y por eso camino que hay que recorrer para la obra de la nueva evangelización” (Discurso a los participantes en el curso de la Penitenciaría apostólica sobre el fuero interno, 9-III-2012).


La Confesión, camino para la nueva evangelización

     Se pregunta el Papa en qué sentido concreto la Confesión sacramental es “camino” para la nueva evangelización. Responde: ante todo porque la nueva evangelización saca su vida y su fuerza de la santidad de los cristianos (que es al mismo tiempo la finalidad de la evangelización). Y la santidad necesita de la conversión, del encuentro con Cristo que acontece en este sacramento. Por eso el cristiano debe obtener, de la confesión, “una verdadera fuerza evangelizadora”. Y al mismo tiempo, sólo el que se deja renovar por la gracia de Dios en la confesión, encontrándose con el rostro de Cristo, puede anunciar el corazón misericordioso de Dios.

     Esto, observa Benedicto XVI, es especialmente importante en la situación actual de “emergencia educativa”, en medio de un relativismo que pone en duda la posibilidad de alcanzar la verdad y de que el hombre de hoy pueda abrirse al encuentro con Jesucristo: “El sacramento de la Reconciliación, que parte de una mirada a la condición existencial propia y concreta, ayuda de modo singular a esa ‘apertura del corazón’ que permite dirigir la mirada a Dios para que entre en la vida”. Añade que de este modo el encuentro con Cristo es capaz de transformar la vida y abrir un nuevo horizonte.


Para ser testigos de la misericordia de Dios

     Por tanto, no es que este sacramento sea una cosa más, un elemento secundario en la nueva evangelización. Al contrario: “La nueva evangelización parte también del confesionario. O sea, parte del misterioso encuentro entre el inagotable interrogante del hombre, signo en él del Misterio creador, y la misericordia de Dios, única respuesta adecuada a la necesidad humana de infinito”. A partir de ese encuentro es como los cristianos, al experimentar la misericordia que Jesús nos alcanza, “entonces se convertirán en testigos creíbles de esa santidad, que es la finalidad de la nueva evangelización”.

     Esta necesidad de experimentar el encuentro personal con Dios para participar en la nueva evangelización, vale también, señala el Papa, para los ministros de la Confesión, que deben confesarse con frecuencia, ellos mismos los primeros.

     Y concluye: “De esta forma cada confesión, de la que cada cristiano saldrá renovado, representará un paso adelante de la nueva evangelización”.

     En síntesis, la confesión es un elemento nuclear en la nueva evangelización, porque nadie da lo que no tiene. Si evangelizar es, por definición, anunciar la Buena Noticia (=Evangelio) de que cabe una vida nueva y plena, esto sólo puede hacerse si yo mismo he sido testigo personalmente de que esa vida ha comenzado en mí. Sin esto, hasta el anuncio de la fe podría diluirse en meras palabras.


(Publicado en www.analisisdigital.com, 22-III-2012)

martes, 12 de abril de 2011

El valor educativo de la Confesión

 Juan Pablo II, confesando
Sin duda por la situación actual de “emergencia (urgencia) educativa”, Benedicto XVI ha querido señalar el valor pedagógico de la Confesión sacramental. Lo hizo en una alocución a los participantes en un curso promovido por la Penitenciaría Apostólica (25-III-2011). Citó varios ejemplos de confesores (San Juan María Vianney, San Juan Bosco, San Josemaría Escrivá, San Pío de Pietralcina, San Giuseppe Cafasso y San Leopoldo Mandić) como testigos de la misericordia divina, que se manifiesta siempre en ese encuentro personal con Jesucristo que es el sacramento de la Confesión. 

      Cabe recordar que el Sacramento de la Penitencia o de la Reconciliación, o sencillamente “la Confesión”, es uno de los sacramentos “de curación”, pues lo mismo que la vida humana puede enfermar, esto sucede también con la vida espiritual. Impulsado por Juan Pablo II, el VI Sínodo de los Obispos se ocupó de “La Reconciliación y la Penitencia en la misión de la Iglesia (1983). Le siguió una magnífica exhortación sobre el mismo tema. En ella se analizaba la pérdida del “sentido del pecado” en nuestro tiempo. Los principales medios para la formación en este ámbito son la educación en la fe con su fundamento bíblico (ver al respecto la Exhortación Verbum Domini, 30-IX-2010), la formación de la conciencia de los fieles y una praxis de los sacramentos atenta y renovada. 

      Todo ello se ofrece en nuestros días como un redescubrimiento para los cristianos y un motivo de interés para muchas otras personas.


Valor pedagógico para el sacerdote

      Vengamos ya al reciente discurso de Benedicto XVI. La Confesión tiene un gran valor pedagógico, primero para el sacerdote, hasta el punto de que el confesonario “puede ser un ‘lugar’ real de santificación”. De la administración del Sacramento de la Penitencia el sacerdote puede extraer lecciones de fe, de humildad y también sobre la conciencia de su propia identidad. 

      Primero, el sacerdote refuerza su propia fe, al contemplar la “profesión de fe” que supone el hecho de confesarse. El confesor tiene la oportunidad de “palpar los efectos salvadores de la cruz y de la resurrección de Cristo, en todo tiempo y para todo hombre”. Con frecuencia se encuentra “ante auténticos dramas existenciales y espirituales, que no hallan respuesta en las palabras de los hombres, pero que son abrazados y asumidos por el Amor divino, que perdona y transforma”. Es verdad que conocer los aspectos oscuros del corazón del hombre puede poner a prueba su humanidad y su fe. Pero esto, de otro lado, “alimenta en él la certeza de que la última palabra sobre el mal del hombre y de la historia es de Dios, es de su misericordia, capaz de hacerlo nuevo todo”.

      Exclama el Papa: “¡Cuánto puede aprender el sacerdote de penitentes ejemplares por su vida espiritual, por la seriedad con que hacen el examen de conciencia, por la transparencia con que reconocen su pecado y por la docilidad a la enseñanza de la Iglesia y a las indicaciones del confesor!”. Un valor pedagógico que se extiende también a “la verdad y pobreza de su persona, y alimenta en él la conciencia de la identidad sacramental”. Y es que el sacerdote no escucha a sus hermanos únicamente como hombre: “Si se acercan a nosotros es sólo porque somos sacerdotes, configurados con Cristo sumo y eterno Sacerdote, y hemos sido capacitados para actuar en su nombre y en su persona, para hacer realmente presente a Dios que perdona, renueva y transforma”.

Valor pedagógico para los penitentes

      ¿Y cuál es el valor pedagógico de este sacramentos para los penitentes? Se trata ahora de lecciones sobre la acción de Dios y su bondad, la propia libertad y fragilidad, la necesidad de formar la conciencia, y los modos, concretos y personales, de crecer en la fe, la esperanza y el amor.

      Todo ello depende ante todo de la acción de la Gracia y de los efectos objetivos del sacramento. En la confesión se expresa particularmente la libertad personal y la conciencia. Por eso, “el examen de conciencia tiene un valor pedagógico importante: educa a mirar con sinceridad la propia existencia, a confrontarla con la verdad del Evangelio y a valorarla con parámetros no sólo humanos, sino también tomados de la Revelación divina. La confrontación con los Mandamientos, con las Bienaventuranzas y, sobre todo, con el Mandamiento del amor, constituye la primera gran ‘escuela penitencial’”.

      A continuación, “en nuestro tiempo, caracterizado por el ruido, por la distracción y por la soledad, el coloquio del penitente con el confesor puede representar una de las pocas ocasiones, por no decir la única, para ser escuchados de verdad y en profundidad”. Benedicto XVI anima a los sacerdotes a dedicar tiempo a este ministerio porque “ser acogidos y escuchados constituye también un signo humano de la acogida y de la bondad de Dios hacia sus hijos”. Junto con esto, “la confesión íntegra de los pecados educa al penitente en la humildad, en el reconocimiento de su propia fragilidad y, a la vez, en la conciencia de la necesidad del perdón de Dios y en la confianza en que la Gracia divina puede transformar la vida”. 

      Asimismo “la escucha de las amonestaciones y de los consejos del confesor es importante para el juicio sobre los actos, para el camino espiritual y para la curación interior del penitente”. Y añade el Papa: “No olvidemos cuántas conversiones y cuántas existencias realmente santas han comenzado en un confesonario”.
Por último, “la acogida de la penitencia”, que prescribe el sacerdote, “y la escucha de las palabras ‘Yo te absuelvo de tus pecados’ representan una verdadera escuela de amor y de esperanza, que guía a la plena confianza en el Dios Amor revelado en Jesucristo, a la responsabilidad y al compromiso de la conversión continua”.

      Al final el Papa da a los sacerdotes un consejo de oro, pues la experiencia personal como penitente es también una gran escuela: cuidar la propia confesión, también para aprender a confesar cada vez mejor, al servicio de Dios y de las personas. 

(publicado en www.cope.es, 11-IV-2011)