jueves, 6 de octubre de 2011

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La vida como obra de arte

M. Prendergast, New England Harbor (1923)
Museo de arte, Cincinnati

Si el arte es una vocación al servicio de la belleza (Juan Pablo II), ¿no será la vida humana una llamada a la belleza?

      Veamos sucesivamente el valor de la belleza, del arte y su ética, y la vida como obra de arte. 



¿Qué es lo bello?

      Ante todo, ¿qué es lo bello? Según los sabios, lo bello dice más que lo verdadero y lo bueno. Para Platón, “la belleza es el esplendor de la verdad” (Banquete); y “la potencia del Bien se ha refugiado en la naturaleza de lo Bello” (Filebo).

     La experiencia confirma que la belleza manifiesta la realidad con un especial vigor, a través de una forma, por la claridad y el esplendor de su perfección. En cambio la falsa belleza (correspondiente a un esteticismo materialista o consumista) se acaba en la emoción o el placer efímero que provoca y en el que se centra, despreocupándose por la calidad de su “contenido” acerca del mundo y de la realidad. Es la actitud de quien ante un incendio, exclama: “¡Qué bello!”, sin preocuparse por los heridos o la forma de detener el daño. En cambio, ¿qué es lo que nos atrae en los gestos y en la actitud de Teresa de Calcuta?

     Para San Agustín, lo bello es lo que podemos amar. Por eso la belleza más alta es el amor más alto. Y de esta manera la sabiduría de la belleza griega (la armonía y el orden de las formas) es asumida y superada por la transcendencia a la que abre la belleza.

     Los medievales vincularon lo bello (del latín bonicellum, pequeño bien) a lo bueno: lo bello es un pequeño o breve bien, que se nos da a través de la forma (formosus, lo hermoso). Según la cultura judeocristiana, la Palabra eterna se hizo Palabra “abreviada” en un hombre, que comenzó siendo niño.

     Dice Soloviev (cristiano ruso del s. XIX) que lo bello resulta de una colaboración (sinergia) entre la materia y la luz. Mientras el carbón absorbe la luz, el diamante la refleja encendiendo incluso el espectro del color. La belleza viene a ser como la encarnación, en formas sensibles, de la verdad y el bien. Por sí misma, una verdad puede aislarse y endurecerse transformándose en mera ideología. Por sí solo, un bien puede encerrarse en forma de moralismo e incluso de fanatismo. En efecto, ambos, sin la belleza, se pueden convertir en espiritualismos que se vuelven contra el hombre; la ausencia de la belleza resulta en impotencia de esa verdad y ese bien para unirse y ser auténticos.

     Otro ruso, que murió en el siglo XX, Florenskij, define la belleza como amor realizado. Lo transformado por el amor se convierte en eterno, no muere. La belleza es el resplandor que brota de morir a uno mismo y renacer como persona en comunión con las demás. Por eso la mayor belleza se encuentra en la Iglesia, comunión de personas en torno a Dios, y se expresa particularmente en la liturgia, que es particularmente esplendor de la belleza.

 
 

¿Qué y cómo es el arte? ¿Hay una ética del arte?

     En sus lecciones en la Universidad de Múnich, observa Guardini que hablamos de arte cuando nos encontramos con una obra de un ser libre, que supera su inmediato existir en el contexto de la naturaleza, y produce algo bello.

     Desde Platón hasta llegar al romanticismo, se subraya que el arte supone no tanto la “creación” del artista, como más bien su descubrimiento de una belleza preexistente, imitada por la naturaleza, y luego captada y plasmada por el artista. Así volvemos a encontrar los dos elementos de la belleza: la atracción de la forma y la realidad que se manifiesta. Decir que sólo es importante el “cómo” lo hace, sería parecido a decir de una teoría científica que lo importante no es el conocimiento objetivo que demuestra, sino sólo el método (cosa que interesa sobre todo a los especialistas, pero no es lo primero que se pregunta la gente normal).

     Pero ¿en qué consiste eso “objetivo”? Aristóteles señala que el arte tiene una función liberadora, “catártica” (purificadora) o maduradora: mediante el arte, el hombre se aparta de la animalidad y va posesionándose de la realidad de un modo más profundo. 





     Guardini responde: “El arte temprano es por esencia religioso”. La más antigua poesía es canto de alabanza o invocación a la divinidad. Las pinturas rupestres de las cuevas de Francia y España representan escenas de caza, pero esa caza está relacionada con los sacrificios ofrecidos a lo divino. Las tragedias griegas están concebidas como ocasión para que los espectadores experimenten y renueven el sentido de su vida. Los cantores homéricos tenían una relación con lo divino y su representación se consideraba como una forma de culto. Aún hoy en Oriente el teatro de sombras o marionetas suele introducirse con alguna referencia religiosa (recuérdese la película “Vivir”, de Zhang Yimou, 1994).

     Para la espiritualidad bíblica, el artista vale más que todas las obras de arte, se alimenta de la oración y goza y sufre con los acontecimientos de su pueblo. De ahí que la liturgia cristiana puede verse, ella misma, como una obra de arte.

     De todo ello deduce Guardini que hay una ética propia del artista, por difícil que resulte de perfilar: el artista debe servir a la realidad, no manipularla; tiene una responsabilidad ante los demás, que le impide tomar dos extremos: dejarse llevar por lo que le apetezca, o hacer caso sólo a los fines que otros tratan de imponerle (políticos, religiosos, etc.); debe, ante todo, aceptarse a sí mismo en su realidad, y no rebelarse por medio del rencor, ni tomarse la justicia por su mano.  

 

¿Es posible hacer de la propia vida una obra de arte?

     En su Carta a los artistas (1999) escribe Juan Pablo II: “A cada hombre se le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra”.

     Benedicto XVI, que ha llamado a la Iglesia “el don más bello” (en el Olympiastadion, de Berlín, 22-IX-2011), da a los artistas un buen consejo, que sirve para todos aquellos que se preguntan cómo hacer de su vida una obra de arte. Puesto que la belleza deriva de la sinfonía entre la verdad y el bien o el amor, se trata de no separar nunca la creatividad de la verdad y el amor, no buscar nunca la belleza lejos de la verdad y el amor:

     “Haced resplandecer la verdad en vuestras obras y haced de modo que su belleza suscite, en la mirada y en el corazón de quien las admira, el deseo de hacer bella y verdadera la existencia, toda existencia, enriqueciéndola con ese tesoro que no disminuye nunca, que hace de la vida una obra de arte y de cada hombre un artista extraordinario: la caridad, el amor” (Discurso 4-VII-2011). 




(publicado en www.religionconfidencial.com, el 6-X-2011)

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