sábado, 5 de noviembre de 2011

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El amor, clave cristiana de la ética

Giotto, El lavatorio de los pies (1303-1305)
Padua, Capilla de los Scrovegni


El cristianismo no es, no debe ser, un moralismo; es decir: una exaltación desmedida de los valores morales, que conduciría a una vida centrada en el “cumplimiento” de unas reglas o un código moral.
            Esto lo explicó Benedicto XVI en su visita al Seminario de Roma, el 12 de febrero de 2010, en una meditación sobre el capítulo 15 del evangelio de San Juan.


Cristo y la ética
           
            La Iglesia es la viña que Dios ha plantado –ya en el Antiguo Testamento, al elegir al Pueblo de Israel– y esperaba de ella muchos frutos. Ahora la viña es la Iglesia y por eso hemos de “permanecer” en Cristo (Él es la vid y nosotros los sarmientos, cf. Jn cap. 15), especialmente por medio de la Eucaristía. En ella encontramos y nos unimos a esta “gran historia de amor, que es la verdadera felicidad”. 
            Como consecuencia de ese “permanecer” con Cristo –el nivel que el Papa llama “ontológico”, es decir, perteneciente al ser– vienen otras palabras –que expresan el nivel del obrar–: “Guardad mis mandamientos”.
            Por tanto, es la unión con Cristo la que procura el fruto anticipado de nuestro amor; no somos nosotros los importantes –nuestras obras y nuestras valoraciones–, sino que lo más importante es ese darse de Dios mismo, que precede a nuestro obrar:
            “No somos nosotros los que hemos de producir el gran fruto; el cristianismo no es un moralismo, no somos nosotros los que debemos hacer cuanto Dios espera del mundo, sino que ante todo debemos entrar en ese misterio ontológico: Dios se da a sí mismo. Su ser, su amar, precede a nuestro obrar, y, en el contexto de su Cuerpo, en el contexto de su estar con Él, identificados con él, ennoblecidos con su sangre, también nosotros obrar con Él”.


La Iglesia y la ética

            He aquí los fundamentos de la ética cristiana, o, podría decirse también, las claves cristianas de la ética.  Puesto que “la ética es consecuencia del ser”–explicaba Benedicto XVI–, “primero el Señor nos da un nuevo ser, este es el gran don; el ser precede al actuar y a este ser sigue luego el actuar, como una realidad orgánica, para que lo que somos podamos serlo también en nuestra actividad”.
            En efecto, ese nuevo ser es el gran don que formamos en unión con Cristo. Y de este ser procede el actuar conforme a lo que se es: un cuerpo vivo y orgánico. El cristiano actúa no como quien obedece a una ley externa que otro le impone; sino que desde el amor saca gustosamente lo mejor de sí mismo, dando así sentido pleno a su existencia.
            Estamos, por tanto, en las antípodas de una ética moralista, que conduce a una vida centrada en el “cumplimiento” de unas reglas o un código moral impuesto desde fuera a la persona.  Un moralismo que, al ser artificial, no hace mejor a la persona ni la dirige hacia el amor, como tampoco la aparta de las tentaciones del individualismo y la violencia.
            Se entiende que añadiera el Papa: “Y así damos gracias al Señor porque nos ha sacado del puro moralismo; no podemos obedecer a una ley que está frente a nosotros, sino que debemos sólo obrar según nuestra nueva identidad”. No se trata de la obediencia a algo exterior, “sino de una realización del don del nuevo ser”, que es este amor de Dios en Cristo que nos constituye en su Cuerpo místico.
A todo ello le sigue este mandamiento nuevo: “Amaos como yo os he amado” (Jn 13, 34). No hay amor más grande que este “dar la vida por los propios amigos” (Jn 15, 13).        
¿Pero qué quiere decir esto exactamente?, se preguntaba Benedicto XVI. Tampoco aquí se trata –dice por tercera vez– de un moralismo. Y lo explica por pasos.
Una posible interpretación, argumenta, sería en primer lugar: “No es un mandamiento nuevo; el mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo existe ya en el Antiguo Testamento”. Otra posición de algunos: “Ese amor queda radicalizado; este amor al otro debe imitar al de Cristo, que se ha dado por nosotros; debe ser un amor heroico, hasta el don de sí mismos”. “En este caso –replica–, sin embargo, el cristianismo sería un moralismo heroico”.
Y llega a la conclusión de su razonamiento, que vuelve a descubrir la ética del nuevo ser que constituye al cristiano en el “nosotros” de Cristo:
“Es verdad que debemos llegar hasta esta radicalidad del amor, que Cristo nos ha mostrado y donado, pero también es cierto que la verdadera novedad no es –insiste– lo que hacemos nosotros, la verdadera novedad es cuanto Él ha hecho: el Señor se nos dado Él mismo, y el Señor nos ha dado la verdadera novedad de ser miembros en su cuerpo, ser sarmientos de la vida que es Él. Por tanto, la novedad es el don, el gran don, y desde ese don, desde esa novedad del don, se sigue también, como he dicho, el nuevo obrar”.
Para dar con la raíz de la “novedad cristiana”, Benedicto XVI acudió al pensamiento de Santo Tomás de Aquino. Éste afirma, con respecto al cristianismo, que “la nueva ley es la gracia del Espíritu Santo” (Suma teológica, I-II, q. 106, a. 1). E interpreta el Papa: “La nueva ley no es un mandamiento más difícil que los otros: la nueva ley es un don, la nueva ley es la presencia del Espíritu Santo que se nos da en el Sacramento del Bautismo, en la Confirmación, y se nos da cada día en la Santísima Eucaristía”.


El Espíritu Santo y la ética

Con la clave de ese don del amor, que es el Espíritu Santo –principio de unidad y vida de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo–, interpretaba Benedicto XVI también las palabras del Señor: “’Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Yo os he llamado amigos porque todo lo que he oído del Padre os lo he dado a conocer’. Ya no somos siervos ­–observaba el Papa– que obedecen al mandato, sino amigos que conocen, que están unidos en la misma voluntad, en el mismo amor”.
Al final de su intervención expresó que forma parte de la novedad cristiana también el hecho de que el Espíritu Santo se nos dé –junto con los sacramentos– como fruto principal de la oración, para que “podamos responder a las exigencias de la vida y ayudar a los otros en sus sufrimientos”.
Este argumento lo recoge también Benedicto XVI en el segundo volumen de su libro Jesús de Nazaret, cuando dice que “amaos los unos a los otros como yo os he amado” no significa simplemente “amar hasta estar dispuestos a sacrificar la propia vida por el otro” (p. 81). La verdadera novedad se refiere “al nuevo fundamento del ser que se nos ha dado”. Con otras palabras: “La novedad solamente puede venir del don de la comunión con Cristo, del vivir en Él” (p. 82).
En otros términos, sólo quien está unido a Cristo, y por tanto a todos los que están unidos con Él por el Espíritu Santo, puede amar “como” Cristo. No se trata de seguir su ejemplo (cf. Jn 13, 15) desde fuera, sino de ver la realidad con su misma mirada, querer con su misma voluntad, sentir con su mismo corazón. Entrar, para vivirla, en su misma Vida, que es vida de cada uno compartida con Cristo y, en Cristo, con los demás. Y sin que nada de eso nos quite de ser “nosotros mismos”; sino que, al contrario, eso es lo que nos hace descubrir nuestro verdero proyecto, nuestra verdadera felicidad.


La Eucaristía y la ética

Así es. Cristo se nos da sobre todo en la Eucaristía, que es la unión con Él y todos los que están con Él. Si soy cristiano y trato de vivir como tal, mi acción es fruto de mi amor, no de unas normas impuestas desde fuera. Pero ese amor no será un amor individualista, sino un amor abierto a Dios y a los demás en la manera más personal y total posible, que será integrado en “nuestro” amor. De ahí surge la verdadera pureza del corazón.
 Por eso el “mandamiento nuevo” sólo puede ser entendido y vivido “en” la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, semilla de fraternidad universal. Por eso la vida cristiana no es algo individualista. También por eso la acción de la Iglesia no se entiende si se enfoca como el resultado de un activismo puramente sociológico. Y, en último término, por eso la acción humana, a través de la que el hombre se autorrealiza, encuentra su plenitud, su explicación y su orientación más plena y profunda en el cristianismo.
Desde aquí se ilumina el por qué se insiste, en la formación cristiana, en la prioridad de los sacramentos –sobre todo la Eucaristía y la Penitencia– y la oración. La respuesta es: porque es el Espíritu Santo, y no nuestras obras o realizaciones, el gran don que hace posible tanto la vida cristiana (que a veces se denomina por eso “vida espiritual”), como la misión y la acción de la Iglesia. Es el don del amor, que se convierte también en tarea nuestra, lo que nos da la unidad, la vida y la eficacia.


Consecuencias para la formación: autenticidad de lo cristiano

A veces se oye decir: no basta la santidad personal, no basta la oración o la educación en las virtudes, no bastan los sacramentos, sino que hay que transformar las estructuras sociales, hay que cambiar el mundo. Se esconde ahí un error. La santidad personal, la oración y las virtudes, los sacramentos, cuando se viven auténticamente, impulsan siempre a transformar, primero, el propio corazón; y, desde ahí, las estructuras sociales injustas y todo lo que en el mundo pueda y deba ser cambiado.
Y de esta manera, que sería inalcanzable por las meras fuerzas naturales e inasequible por la pura razón, el cristianismo “realmente vivido” muestra que la clave de la ética es el amor. Todo lo que va en esa dirección –la apertura a Dios y el encuentro con los demás– es garantía de humanidad verdadera.  



                      

Una primera versión de este texto fue publicada en www.zenit.org, 20-II-2010,
con el título "El cristianismo no es un moralismo"

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