miércoles, 6 de junio de 2012

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Familia, trabajo, fiesta




“La familia, el trabajo y la fiesta” era el tema del VII Encuentro mundial de las familias. En su homilía en el parque de Bresso, Milán (3-VI-2012), Benedicto XVI ha explicado la relación de esos tres elementos en el marco cristiano.


La Iglesia como familia

      En primer lugar la Iglesia como familia. A ella nos incorporamos por el bautismo. “En aquel momento se nos dio un germen de vida nueva, divina, que hay que desarrollar hasta su cumplimiento definitivo en la gloria celestial”. Concretamente “hemos sido hechos miembros de la Iglesia, la familia de Dios”, sagrario de la Trinidad, en palabras de San Ambrosio, o como dice el Concilio Vaticano II, pueblo “unido por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Lumen gentium, 4).

      Por medio de la Iglesia, continúa el Papa, somos así llamados a vivir la comunión con Dios y entre nosotros según el modelo de la Trinidad. “Estamos llamados a acoger y transmitir de modo concorde las verdades de la fe; a vivir el amor recíproco y hacia todos, compartiendo gozos y sufrimientos, aprendiendo a pedir y conceder el perdón, valorando los diferentes carismas bajo la guía de los pastores”. Se nos confía “la tarea de edificar comunidades eclesiales que sean cada vez más una familia, capaces de reflejar la belleza de la Trinidad y de evangelizar no sólo con la palabra. Más bien diría por ‘irradiación’, con la fuerza del amor vivido”. Todo esto tiene, en efecto, una importancia difícil de exagerar.


La familia, comunión de vida y amor

      En segundo lugar, la familia. “La familia, fundada sobre el matrimonio entre el hombre y la mujer, está también llamada, al igual que la Iglesia, a ser imagen del Dios Único en Tres Personas”. Hombre y mujer han sido creados para ser imagen de Dios no sólo cada uno sino en su colaboración y donación recíproca (cf. Gn 1, 27-28). “Dios creó el ser humano hombre y mujer, con la misma dignidad, pero también con características propias y complementarias, para que los dos fueran un don el uno para el otro, se valoraran recíprocamente y realizaran una comunidad de amor y de vida”.

     Esto tiene un valor especial en el caso de los esposos, con una triple fecundidad de su amor: “Viviendo el matrimonio no os dais cualquier cosa o actividad, sino la vida entera. Y vuestro amor es fecundo, en primer lugar, para vosotros mismos, porque deseáis y realizáis el bien el uno al otro, experimentando la alegría del recibir y del dar”. En un segundo momento, “es fecundo también en la procreación, generosa y responsable, de los hijos, en el cuidado esmerado de ellos y en la educación metódica y sabia. Y también “es fecundo, en fin, para la sociedad, porque la vida familiar es la primera e insustituible escuela de virtudes sociales, como el respeto de las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación”.


Educación de los hijos, cuidado de los padres


     Con respecto a la educación de los hijos, Benedicto XVI aconseja a los esposos: “Cuidad a vuestros hijos y, en un mundo dominado por la técnica, transmitidles, con serenidad y confianza, razones para vivir, la fuerza de la fe, planteándoles metas altas y sosteniéndolos en la debilidad”. Y dice a los hijos: “Procurad mantener siempre una relación de afecto profundo y de cuidado diligente hacia vuestros padres, y también que las relaciones entre hermanos y hermanas sean una oportunidad para crecer en el amor”.


Amor entre los esposos


    En cuanto al amor entre los esposos, “el proyecto de Dios sobre la pareja humana encuentra su plenitud en Jesucristo, (…) haciéndoos signo de su amor por la Iglesia: un amor fiel y total”. Esto se puede lograr manteniendo viva la gracia del sacramento del matrimonio y renovando con valentía cada día el “sí” al amor recíproco y hacia todos. De esta manera “también vuestra familia vivirá del amor de Dios, según el modelo de la Sagrada Familia de Nazaret”.

      Insiste el Papa: “Queridas familias, pedid con frecuencia en la oración la ayuda de la Virgen María y de san José, para que os enseñen a acoger el amor de Dios como ellos lo acogieron. Vuestra vocación no es fácil de vivir, especialmente hoy, pero el amor es una realidad maravillosa, es la única fuerza que puede verdaderamente transformar el cosmos, el mundo”.


Evangelio vivo, Iglesia doméstica

      Es así, muestra Benedicto XVI, como cada familia puede convertirse en un “Evangelio vivo”, en una “Iglesia doméstica” (cf. Exh. Familiaris consortio, 49), con toda la belleza propia del proyecto familiar cristiano.

     Y no se trata de un ideal irrealizable: “Ante vosotros está el testimonio de tantas familias, que señalan los caminos para crecer en el amor: mantener una relación constante con Dios y participar en la vida eclesial, cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, estar dispuestos a servir, tener paciencia con los defectos de los demás, saber perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a las demás familias, atentos con los pobres, responsables en la sociedad civil”.


Familia y trabajo

     Tercero, la familia en relación con el trabajo, en nuestro ambiente utilitarista e individualista. “Vemos que, en las modernas teorías económicas, prevalece con frecuencia una concepción utilitarista del trabajo, la producción y el mercado. El proyecto de Dios y la experiencia misma muestran, sin embargo, que no es la lógica unilateral del provecho propio y del máximo beneficio lo que contribuye a un desarrollo armónico, al bien de la familia y a edificar una sociedad justa, ya que supone una competencia exasperada, fuertes desigualdades, degradación del medio ambiente, carrera consumista, pobreza en las familias”. “Es más –añade el Papa­–, la mentalidad utilitarista tiende a extenderse también a las relaciones interpersonales y familiares, reduciéndolas a simples convergencias precarias de intereses individuales y minando la solidez del tejido social”.


Familia, trabajo y domingo 

     Cuarto y último elemento de esta relación: el descanso y la fiesta. A partir del Génesis (cf. Gn 2, 2-3), donde Dios mostró que el trabajo debía tener un descanso periódico, que se estableció semanal, “para nosotros, los cristianos el día de fiesta es el domingo, día del Señor, pascua semanal”.

     También es el “día de la Iglesia, asamblea convocada por el Señor alrededor de la mesa de la palabra y del sacrificio eucarístico, (…) para alimentarnos de él, entrar en su amor y vivir de su amor”.

     Asimismo “es el día del hombre y de sus valores: convivialidad, amistad, solidaridad, cultura, contacto con la naturaleza, juego, deporte”. Y “es el día de la familia, en el que se vive juntos el sentido de la fiesta, del encuentro, del compartir, también en la participación de la santa Misa”.

      Por eso, pide el Papa: “Queridas familias, a pesar del ritmo frenético de nuestra época, no perdáis el sentido del día del Señor. Es como el oasis en el que detenerse para saborear la alegría del encuentro y calmar nuestra sed de Dios”.

     Y concluye: “Familia, trabajo, fiesta: tres dones de Dios, tres dimensiones de nuestra existencia que han de encontrar un equilibrio armónico. Armonizar el tiempo del trabajo y las exigencias de la familia, la profesión y la paternidad y la maternidad, el trabajo y la fiesta, es importante para construir una sociedad de rostro humano”.

      Un programa para meditar y sobre todo para vivir.




 (publicado en www.religionconfidencial.com, 4-VI-2012) 

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Imágenes del VII Encuentro Mundial de las Familias

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