martes, 17 de junio de 2014

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Vocación cristiana y vocación matrimonial


                                                M. Chagall, Pareja en el paisaje azul (1969-1971)

En el lenguaje habitual la palabra vocación tiene un primer significado cristiano. Hablamos de “vocaciones” cuando nos referimos a personas que se dedican a Dios de una forma más intensa. Derivadamente usamos ese término para hablar de una inclinación a cualquier estado, profesión o carrera.

      El Concilio Vaticano II declaró que todos los cristianos –y más ampliamente todas las personas– tenemos vocación, sí vocación, a la santidad y al amor. Sin embargo, aún la palabra vocación remite para muchos únicamente a clérigos y miembros de la vida religiosa. Pero el Catecismo de la Iglesia Católica, en la línea del Concilio habla de la “vocación al matrimonio” (n. 1603) como una de las formas de la vocación cristiana.


El "Evangelio de la familia"

      La revelación cristiana nos trae una “buena noticia” sobre el matrimonio, buena noticia que es a la vez un don y una fuerza, una luz y un camino de belleza hacia la verdadera felicidad. Y es esta: que los esposos están llamados a ser imagen de Dios en su amor mutuo, abierto a la procreación y a la educación de los hijos. Este es el proyecto de Dios que encontramos en el libro del Génesis (cf. Gn, 1, 24-31).

      El pecado original alteró las relaciones entre el varón y la mujer, haciendo que surjan entre ellos disensiones y que predomine el afán posesivo sobre la capacidad de compartir; además aparece el cansancio por el trabajo, el sufrimiento y finalmente la muerte. Pero no se altera sustancialmente el plan originario. Más aún, la Biblia testimonia que Dios se sirve del amor esponsal como lenguaje para explicar su amor por la humanidad y cada persona en particular.

     En Cristo, dice San Pablo, Dios dijo un gran “sí” al hombre y a su vida, a todo lo creado (cf. 2 Co 1, 20), también por tanto al amor matrimonial. Un sí que no desconoce nuestros errores y pecados, y viene a ofrecernos un remedio definitivo: la unión con Dios en Cristo por medio del Espíritu Santo. Esto es lo que Cristo ha ganado, para el matrimonio y la familia, con su vida entera: desde su encarnación en el seno de María, pasando por su vida de familia y de trabajo en Nazaret, el trato con sus amigos y su presencia en las bodas de Caná, su predicación, su pasión y muerte en la Cruz y su resurrección.

     Esta obra de Cristo es confirmada y explicada en sus enseñanzas: restablece la dignidad del amor conyugal como signo del amor de Dios por la humanidad y concretamente del amor entre Cristo y su esposa la Iglesia (cf. Ef, 5, 31ss), a la vez que confirma la unidad y la fidelidad entre los esposos y reprueba el repudio y el adulterio. Así hace de la familia la “Iglesia doméstica” (pequeña Iglesia o Iglesia del hogar), icono y semilla de la Iglesia, familia de Dios respecto a la humanidad, e instrumento –“sacramento”– de la salvación.

      En cuanto a la indisolubilidad del matrimonio, prevista desde el principio, Cristo la hace posible dando a los esposos cristianos en el sacramento el don de la gracia (cf. Mt 19, 11, que otorga la valentía y la fuerza para mantener la fidelidad. Con la misericordia de Dios viene la capacidad para perdonar y ser capaces de recomenzar cuantas veces sea necesario.

     Todo esto ha sido confirmado por el magisterio de la Iglesia en la encíclica de Pablo VI, Humanae vitae (1968) y en la exhortación postsinodal de Juan Pablo II Familiaris consortio (1981), y será sin duda reafirmado en los dos próximos sínodos, en los que se estudiarán las formas de presentar, impulsar y defender la belleza del proyecto matrimonial y familiar cristiano en nuestros días.


"Hacer familia" en el mundo

    La dificultad actual para asumir y mantener el compromiso del amor, puede superarse si se descubre “un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada” (cf. encíclica Lumen fidei, de 2013, n. 52). Especialmente para los esposos, la fe cristiana les lleva a descubrir “una gran llamada, la vocación al amor (….), fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que todas nuestras debilidades” (Ibid., n. 53).

    Sociológicamente, la familia se ha vuelto frágil por la crisis social que la rodea y los modelos alternativos que se proponen, pero sigue situada en el ranking de los valores. En este marco, el "Evangelio de la familia" es una parte importante de la evangelización que los cristianos hemos de comunicar con respeto y valentía (cf. Francisco, Discurso a los participantes en la plenaria del Consejo Pontificio para la Familia, 25-X-2013). ¿Cómo? Por parte de las familias, viviendo –con alegría y agradecimiento– lo que son: escuelas de humanidad y solidaridad, de apertura a la fe, de oración y existencia cristiana, de respeto a la vida y a la moral natural, de vida sacramental centrada en la Eucaristía y manifestada luego en la misericordia con los más necesitados y en la justicia. Eso es “hacer familia” en el mundo.

     Una ayuda para esto es el voluntariado, experiencia que, sin ser una panacea, abre a los jóvenes un camino de sensibilidad social, humana y cristiana. Es a la vez un modo para vencer el escepticismo y el aburrimiento existencial que muchos intentan matar con la bebida o la droga. Es también un camino para sembrar inquietudes profesionales y vocacionales.

     Así las familias pueden también contribuir al desarrollo de los pueblos, que “depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia” (cf. Benedicto XVI, encíclica Caritas in veritate, 2009, n. 53).


Maternidad y paternidad, filiación y fraternidad

      En la familia se integran la maternidad y la paternidad, se vive la filiación y se aprende la fraternidad. La especial capacidad que tiene la mujer de acogida del otro, es esencial en la familia, en el trabajo y en la organización social. Y esto implica que la sociedad debe facilitar la conciliación entre la familia y el trabajo, en el contexto de la colaboración humana entre los varones y las mujeres.

  A la par necesitamos hoy –con urgencia– redescubrir la paternidad. El padre ha de ser primero un buen hijo de Dios, buen esposo de su esposa, auténtico testigo de la fe cristiana en su familia, en su trabajo, en sus relaciones sociales; y para eso necesita del apoyo de la sociedad y de la Iglesia*. Y es importante también que se deje ayudar: el reto que tiene ante él es grande y vale la pena prestar oído y hacer una prueba de confianza.

     En nuestros días es un ambicioso desafío este bello proyecto de la familia cristiana, que encuentra su modelo en la Sagrada Familia: Jesús, José y María. En su contemplación del hogar de Nazaret pueden consolidar los esposos cristianos su vocación y misión, como partícipes de la paternidad divina, la fuerza para recibir sus hijos como un don y amarlos y respetarlos como personas e hijos de Dios, la constancia y generosidad para proveer a sus necesidades materiales y espirituales, para acertar con la escuela adecuada y orientarles en la elección de su profesión y estado de vida (cf. Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 460).


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* Cf. Benedicto XVI, Discurso inaugural de la Conferencia de Aparecida (13-V-2007), n. 5. Vid. también, en el Documento de Aparecida capítulo 9, los apartados “dignidad y participación de las mujeres”, nn. 451-458, y “la responsabilidad del varón y padre de familia”, nn. 459-463.

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