miércoles, 13 de agosto de 2014

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Pedagogía del amor desde la familia

El documento de trabajo del próximo sínodo sobre la familia insiste en que hemos de saber presentar la belleza del proyecto matrimonial y familiar cristiano.

     Cabe recordar por nuestra parte algunos puntos importantes en esto.




La belleza de la familia de Dios

1. La belleza de la familia de Dios. Dios ha manifestado su amor al mundo con una pedagogía singular. Ha querido crear a la persona humana con dos modos, varón y mujer, que en su conjunto expresan la imagen divina y su amor por la humanidad. La familia que procede del matrimonio es una imagen de Dios, que en su vida íntima y eterna es una comunión de personas.

    Dios se explica a sí mismo como enamorado en el Cantar de los cantares. Establece con el pueblo elegido una Alianza, que va renovando a pesar de las infidelidades del pueblo. Con las enseñanzas de los profetas y a través de la historia misma del Pueblo elegido (el éxodo de Egipto, el exilio de Babilonia), le va llevando hacia el horizonte universal de su amor.

    La Iglesia es la familia de Dios. Por eso, en palabras del papa emérito Benedicto XVI, los cristianos debemos colaborar en “la tarea de edificar comunidades eclesiales que sean cada vez más familia, capaces de reflejar la belleza de la Trinidad y de evangelizar no solo con la palabra. Más bien diría por irradiación, con la fuerza del amor vivido” (Discurso a los participantes en un encuentro del Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia, 13-V-2011). También el Papa Francisco ha presentado a la Iglesia como familia de Dios.


Amor humano y amor cristiano: el lenguaje del cuerpo

      2. Amor humano y amor cristiano: el lenguaje del cuerpo. El lenguaje del cuerpo les invita a los esposos a donarse uno al otro, con todo lo que cada uno es o puede llegar a ser, personalmente. La relación conyugal pide ante todo respetar la dignidad y el misterio personal del otro, valorar el tiempo, aprender a vencer las resistencias egoístas y, con la ayuda de la gracia de Dios, abrirse al significado profundo de la unión mutua (de ahí la diferencia entre la anticoncepción y la planificación natural de los nacimientos, cuando existan suficientes motivos). Y eso conlleva sacrificios y renuncias como consecuencia del “sí” que mutuamente se dieron los esposos.

    Así el matrimonio está llamado a ser “Evangelio vivo” del amor de Dios manifestado en Cristo. A la vez, la Iglesia se convierte en la nueva familia de Jesús; y la familia fundada sobre el matrimonio cristiano, en “Iglesia doméstica” (pequeña Iglesia, Iglesia del hogar, pequeña comunidad de gracia).


La familia, partícipe de la nueva evangelización

     3. La familia, partícipe de la nueva evangelización. A partir de lo visto en los párrafos anteriores, se comprende bien que la transmisión del Evangelio se haya realizado desde el principio gracias al testimonio de las familias, mientras viven su propio proyecto de vida como don y tarea.

     Las familias cristianas testimonian que, mediante la relación con Dios y la participación en la vida eclesial, es posible ser fieles mutuamente y estar abiertos a la vida; es posible cultivar el diálogo, respetar el punto de vista del otro, servir y tener paciencia con los defectos de los demás, perdonar y pedir perdón, superar con inteligencia y humildad los posibles conflictos, acordar las orientaciones educativas, estar abiertos a otras familias, atender a los pobres, responsabilizarse de la sociedad civil (cf. Benedicto XVI, Homilía en el Encuentro Mundial de las Familias, Milán, 3-VI-2012).

     Ahora bien, para esto la familia necesita ser continuamente evangelizada. Ante todo se requiere una catequesis y formación sobre el matrimonio, que comience en la infancia, continúe con la educación afectiva de los jóvenes y se renueve en la preparación próxima para el matrimonio. En esta última etapa deben quedar claras las diferencias entre divorcio, separación y nulidad matrimonial. Adenás de la ayuda de la gracia (por medio de los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia), hay que salir al encuentro de las dificultades de las familias.

     En el caso de los casados solo civilmente o los divorciados que se casan de nuevo, ellos mismos se encuentran en una situación que no hace posible la comunión eucarística, pero no están excluidos de la Iglesia. Al contrario, la Iglesia debe ayudarles en un camino progresivo que no oculta el desorden moral de sus vidas. La presencia del sacerdote y de otras familias, junto con el apoyo de movimientos y grupos eclesiales, les ayudará a redescubrir el amor de Cristo por su Iglesia (incluyendo el valor del sufrimiento), de modo que se pueda encontrar el modo de que asuman un papel activo en la nueva evangelización. Otras situaciones más complejas requieren de la ayuda de especialistas en cuestiones concretas, sea desde el punto de vista jurídico-canónico, médico y psicológico, etc.


Vivir el "hacer familia"

     4. Vivir el “hacer familia”. Los cristianos, junto con otras personas de buena voluntad, hacemos familia en todos los ambientes, también en la calle y en la vida pública. Esto requiere, ante todo, que Dios esté presente en el centro de las familias. Pide un ambiente de confianza y cariño por parte de los padres hacia los hijos, con un estilo de vida caracterizado por la gratuidad y la donación, la acogida y la comprensión. Es fundamental el ambiente de alegría y de piedad en la familia, para transmitir a los niños el sentido cristiano del sufrimiento y del perdón; pues desde los primeros años captan el valor del ejemplo –o contraejemplo– de los padres, también cuando éstos piensan que no los oyen o atienden.


Trasmitir la fe vivida

     5. Trasmitir la fe vivida. La familia trasmite la fe y enseña a contar con Dios en medio de lo corriente, sin formalismos ni rigorismos, aprovechando la “edad de las preguntas” para introducir a los niños en la historia de la salvación (la Biblia), el lenguaje y los signos cristianos (preparación para los sacramentos), y el servicio a los demás (pequeños actos de desprendimiento y generosidad, obras de misericordia, colaboración con las parroquias, etc.). Es importante que los hijos puedan aprender de cómo los padres hablan de la Iglesia, cómo se saben Iglesia y sienten con la Iglesia.

     Así la familia puede ser escuela natural de valores y virtudes personales y sociales (el valor del esfuerzo, el dominio de sí, la búsqueda de la verdad, el sentido de la autoridad y del trabajo, de la solidaridad y de la sexualidad en el horizonte del amor). Asimismo los padres son insustituibles en el desarrollo de las virtudes teologales y en la educación religiosa. No deben delegar totalmente la educación de la fe en la parroquia y la escuela; y al mismo tiempo deben comprender que necesitan de ellas.


Mentes abiertas, corazones abiertos, casas abiertas

     6. Es importante que las familias cristianas trabajen para que sus miembros tengan las mentes y los corazones abiertos; y para que sus casas estén abiertas especialmente a los más necesitados: los pobres, los más débiles y desprotegidos. Esto es una tarea nada fácil pero verdaderamente urgente.

      En la medida en que se cultive esta generosidad, las familias cristianas pueden ser el primero y mejor “semillero” de vocaciones. Respecto a la vocación de sus hijos, los padres deben orientar y ayudar, con su ejemplo, su consejo y oración. No deben forzar a una determinada opción, ni oponerse a que sigan la vocación a la que se sienten inclinados. Para todo ello los padres pueden también contar con consejos de otras personas prudentes y de sentido cristiano, teniendo en cuenta la razón y la fe, las necesidades concretas de la Iglesia y del mundo, y las aptitudes de sus hijos.


Anuncio de la fe y "Evangelio de la vida"

     7. Anuncio de la fe y “evangelio de la vida”. La educación de la fe, que los padres deben a sus hijos, incluye la promoción de una cultura de la vida. Desde la familia ha de proclamarse la dignidad de la vida humana y su valor absoluto, revelado plenamente por Cristo. Es necesario oponerse a la “cultura de la muerte” (aborto y eutanasia provocados), fomentando una cultura de la vida que implica la protección de los más débiles (niños no nacidos, enfermos, ancianos, pobres, etc.).

    Contribuir a una cultura de la familia y de la vida es misión de las familias, pero también de todos los cristianos, personalmente y también la Iglesia como institución o en sus instituciones. Debemos procurar que en la sociedad y desde el Estado se reconozca el protagonismo de la familia basada en el matrimonio natural, se defienda su identidad y sus derechos fundamentales, entre ellos la conciliación entre la vida familiar y el trabajo y el descanso dominical, que facilita poder dedicar un tiempo a Dios y a la familia, y que la sociedad tenga un rostro humano y no el rostro de la esclavitud del trabajo.

     En suma, la pedagogía del amor desde la familia cristiana incluye contar con la belleza del proyecto divino sobre la familia y la Iglesia, y el lenguaje del cuerpo; la participación de la familia en la evangelización y el “hacer familia” en la sociedad; la transmisión de la fe vivida a la vez personal y socialmente; la preocupación por las vocaciones concretas de los cristianos; la promoción de una cultura de la vida, en la que sea posible conciliar la vida familiar y el trabajo, el descanso y la apertura a Dios.

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