martes, 21 de junio de 2011

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La catequesis, transmisión de vida cristiana

 Mosaico del Mausoleo de Gala Placidia (s. V), en Ravena (Italia)
La vida cristiana que se transmite en la catequesis
es como el agua que permite "vivir de verdad"
ya durante este tiempo, y para siempre


Transmitir la vida cristiana de la fe es responsabilidad de todos y cada uno de los cristianos: “De por sí, la fe no se conserva en el mundo, no se transmite automáticamente al corazón del hombre, sino que debe ser siempre anunciada”, ha dicho Benedicto XVI ante la asamblea eclesial de Roma (13-VI-2011).



Catequesis y Enseñanza Escolar de la Religión

      En esta tarea, hoy se distinguen dos modalidades complementarias: la enseñanza escolar de la Religión y la catequesis. La enseñanza de la Religión en la escuela –pública o privada– es un derecho fundamental de las familias, que debe reconocer toda sociedad madura y libre. Esta enseñanza subraya los aspectos intelectuales del cristianismo, y se sitúa en diálogo con la formación científica y cultural. Junto a ella, la catequesis es transmisión de “vida cristiana” en el seno de las familias, con la ayuda de la parroquia y otros grupos, movimientos e instituciones eclesiales.

      “La peculiaridad de la catequesis, distinta del anuncio primero del Evangelio que ha suscitado la conversión, persigue el doble objetivo de hacer madurar la fe inicial y de educar al verdadero discípulo por medio de un conocimiento más profundo y sistemático de la persona y del mensaje de Nuestro Señor Jesucristo” (Juan Pablo II, Catechesi tradendae, 19).


La catequesis hoy

      ¿Cómo plantear hoy la catequesis? Ante todo se precisa redescubrir la vida cristiana uno mismo, el propio educador: procurar vivirla –con la ayuda de otros en el seno de la familia de Dios que es la Iglesia– en sus diversos aspectos: personales y familiares, profesionales y sociales. Además el Papa actual suele señalar la importancia de aprovechar la catequesis de niños y jóvenes para llegar a sus familias. Con estos presupuestos, se puede hablar de una metodología que atienda a tres dimensiones integrales y complementarias de la vida cristiana, que se pueden llamar, un poco esquemáticamente: la razón, la experiencia y la tradición.


Razón y fe

      a) La razón es lo propio de las personas. Por eso hay que transmitir los valores humanos (por ejemplo, a través de historias y películas que muestran a personas que hacen el bien). Al mismo tiempo se requiere el anuncio de la fe que perfecciona lo humano, y que se basa en la manifestación del amor de Dios en Jesucristo. Las “razones” de la fe no son menos razones sino mejores y más perfectas, incluso desde el punto de vista humano. Por ejemplo, los sacramentos se acomodan a la “realidad humana”: el agua que lava en el Bautismo, el pan y vino que alimentan en la Eucaristía; en la Biblia Dios “explica” su amor por la humanidad hablando del amor humano (sobre todo en el Cantar de los Cantares).

      Benedicto XVI les decía a los obispos de Brasil que los “catequistas no son simples comunicadores de experiencias de fe, sino que deben ser auténticos transmisores, bajo la guía de su Pastor, de las verdades reveladas” (11-V-2007). Habría que preguntarse si como educadores cristianos, conocemos y consultamos con frecuencia el Catecismo de la Iglesia Católica y su Compendio.


La experiencia cristiana

      b) La experiencia cristiana se apoya en la experiencia humana, la asume, purifica y perfecciona. Para ello es preciso que la fe se haga vida, se haga carne de nuestra carne, algo así como la vida de Dios -Dios mismo- se hizo carne en Jesús de Nazaret. Ser cristiano es “encarnar” la fe en la vida personal y en la cultura que nos rodea, y que nosotros mismos contribuimos a configurar.

      Y esto comienza con la experiencia de Dios: es decir, el conocimiento y el trato personal con Jesucristo, centrado en la oración y los sacramentos. Concretamente “la catequesis eucarística y sacramental debe realmente llegar a lo profundo de nuestra existencia, ser precisamente educación para abrirme a la voz de Dios”; a la vez, “me lleva al otro porque el otro recibe al mismo Cristo, como yo. Por tanto si en él y en mí está el mismo Cristo, también nosotros dejamos de ser individuos separados. Aquí nace la doctrina del Cuerpo de Cristo, porque hemos sido todos incorporados, si recibimos bien la Eucaristía en el mismo Cristo” (Encuentro con los párrocos de Roma, 26-II-2009). También es importante la catequesis sobre el Sacramento de la Penitencia y el sentido del pecado. Como lo es una catequesis sobre la Doctrina Social de la Iglesia (cf. Discurso inaugural de la V Asamblea del CELAM, 13-V-2007).


Vida cristiana y tradición eclesial

      c) La vida cristiana se desarrolla en una tradición. Se acompaña de una historia que la transmite y una Escritura que la recoge, de un lenguaje comunicable y una existencia gozosamente compartida en la familia de Dios, que es germen de solidaridad para formar libremente, de todas las gentes, la familia universal de Dios en el mundo. Como consecuencia, es una vida de servicio a los demás, a sus las necesidades materiales y espirituales, comenzando por los más cercanos y por los más débiles. Esto lo debe promover todo catequista o educador, junto con el amor a la Iglesia y la fidelidad a su Tradición.

     De este modo la catequesis puede ser “escuela” de servicio a la sociedad y de vida cristiana auténtica; escuela de “sabiduría, es decir, un mensaje que conjuga fe y vida, verdad y realidad concreta” (Benedicto XVI, Homilía 5-IX-10). Además en la catequesis, la fidelidad a la fe de la Iglesia debe conjugarse “con una ‘creatividad catequística’ que tenga en cuenta el contexto, la cultura y la edad de los destinatarios” y que sepa mostrar la vida de fe como un “camino de belleza” (Discurso ante la asamblea eclesial de Roma, 13-VI-2011).


Lo que no es la catequesis

      Y así se entiende lo que “no” es la catequesis. No consiste en enseñar un pura teoría como conjunto de verdades abstractas o normas de un código voluntarista o moralista. No es la promoción de sentimientos “baratos” (una ingenua solidaridad a nivel meramente humano) o falsamente “piadosos” (pseudorreligiosidad sentimentalista), o de un intimismo o espiritualismo que llevase a evadirse del mundo. Tampoco se trata de impulsar una revolución fundamentalista o fanática en nombre de Dios o de la justicia. La Iglesia tampoco es un grupo de personas que piensan sólo en el “más allá” –cuyos modelos serían los clérigos o los “religiosos”–, ni un grupo de presión para conseguir posiciones o influencias humanas.


 Una escuela de sabiduría y amor

      “Todos –proponía el Papa al principio de su pontificado– debemos comprometernos seriamente, como siempre, en una renovación de la catequesis en la que sea fundamental la valentía de dar testimonio de la propia fe y de encontrar los modos adecuados para hacer que sea comprendida y acogida, pues la ignorancia religiosa ha alcanzado un nivel espantoso” (Encuentro con los obispos de Suiza, 7-XI-2006).

      Digámoslo de nuevo. La catequesis es la educación de la vida cristiana como sabiduría y amor efectivo. Es transmitir un mensaje que une la fe y la vida, la verdad y el amor. Por eso sabe conjugar los elementos esenciales de la vida cristiana con los “modos” opcionales, diversos y legítimos, de expresar la fe, celebrarla y vivirla.

      En todo caso, sobre la base del testimonio y del compromiso personal (ejemplo y palabra) del educador, y con el conveniente conocimiento de las personas y las familias, la catequesis es un don de Dios y una altísima tarea.






(publicado en www.religionconfidencial.com, 20-VI-2011)

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