domingo, 24 de julio de 2011

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Sidney: el Espíritu del amor


De Sidney-2008 a Madrid-2011

En Sidney (julio de 2008) el Papa dijo a los jóvenes que para seguir a Cristo no hace falta ser personas extraordinarias ni perfectas, sólo se requiere estar abiertos al amor. Y según la tradición cristiana, el amor es lo propio del Espíritu Santo. Por eso no es extraño que Benedicto XVI señalara poco después, rememorando aquella gozosa experiencia: “La característica del encuentro de Sidney ha sido la toma de conciencia del carácter central del Espíritu Santo, protagonista de la vida de la Iglesia y del cristiano”


El mensaje de Sidney: paradojas, falsos dioses, horizontes de aventura


      Al llegar al muelle de Barangaroo, junto al asombro por la belleza del mundo creado, les confía la pena por las heridas de la tierra, como consecuencia de un consumismo insaciable. Y más aún por las heridas en la vida personal y social: la violencia y la explotación sexual, el relativismo y la mentira, la confusión y la desesperación. Pero la vida no se resuelve en el mercado de las opciones, las novedades o las experiencias subjetivas. Ese es el marketing del laicismo, que oscurece el orden natural y el bien, y los cambia en locura, avidez y explotación egoísta. El olvido de Dios lleva a relegar a los pobres, los ancianos y los inmigrantes; favorece la violencia doméstica y convierte el seno materno, “el ámbito humano más admirable y sagrado”, en “lugar de indecible violencia”. Pero nuestro corazón, cansado de codicias, explotaciones y divisiones, aburrido por falsos ídolos y respuestas parciales, decepcionado por falsas promesas, anhela una vida nueva.


      En Darlinghurst, Benedicto XVI denuncia los “falsos dioses” de la muerte: el dios de los bienes materiales (la codicia que aparta de los hambrientos y de los pobres), del amor posesivo (que no es amor sino manipulación) y del poder (que lleva al dominio de los otros y la explotación del medio ambiente natural). Hay que elegir la vida y no la muerte: elegir el amor, el servicio y la generosidad.

      Durante la gran vigilia del 19 de julio de 2008, en el hipódromo de Randwick, les explica cómo la fe cristiana supera las visiones parciales y facilita la coherencia y la certeza. Conduce a un amor que une, que perdura y que es capaz de entregarse para extender el Evangelio. Lo que hace feliz y plena la vida, no es acumular cosas y cosechar éxitos, sino servir, contribuir a transformar las familias, las comunidades y las naciones.

      En la misa de clausura, el día 20, les anima a vencer la indiferencia, el desánimo y el conformismo. En las palabras del Papa no hay halagos ni ingenuidad. Tampoco carga las tintas. Les hace ver que, junto con cierta prosperidad material, en el ambiente se expande el materialismo, el vacío interior, el miedo y hasta la desesperación. También la Iglesia está necesitada de nuestra renovación en el modo de pensar y actuar. Les pide protagonizar la aventura del cambio apoyados en la Esperanza.


El anuncio de una nueva era


     No es difícil imaginar los rostros cansados y polvorientos de quienes le escuchan. Es como si cada uno en su lengua y entrando a la vez en una resonancia común, estuvieran oyendo: otra vida y otro mundo son posibles, y esa nueva humanidad está ahora aquí, puede nacer con vosotros, en vosotros. Una nueva era del Espíritu está llegando, les anuncia Benedicto XVI. Entonces la vida será respetada, y no temida o amenazada; el amor será puro, fiel y verdaderamente libre, radiante de gozo y de belleza; la esperanza cristiana renovará la faz de la tierra.



¿Qué pasó en Sidney?


     Sidney fue –de nuevo con palabras de Papa– un “nuevo Pentecostés” en el sentido de un relanzamiento de los jóvenes a la misión. A quienes se encuentran personalmente con Él, Jesús les cambia la vida. Más aún, les hace participar de su misma Vida que lleva la fuerza del Espíritu del amor de Dios. Les hace una sola cosa respetando su diversidad. Les invita suave e impetuosamente para que abran sus puertas primero al amor auténtico, que viene de Cristo. Y desde ahí, con la fuerza del Espíritu Santo –que se recibe particularmente en la Confirmación– abrirse a toda la familia humana con el testimonio cristiano. Sidney fue la alegría y la fuerza gozosa de la fe, que borra los prejuicios y llena de luz.


     Dos semanas después, alguien que había estado en Sidney le preguntó a Benedicto XVI cómo percibir y secundar la acción del Espíritu Santo “en nuestra vida diaria”. La respuesta no podía ser otra: “debemos permanecer en el radio del soplo del Espíritu Santo”. Porque sólo así –madurando en la fe, sosteniéndola con la oración y alimentándola con los sacramentos– podremos dar lo que tenemos, y permitir que el Espíritu actúe también en la vida cotidiana.

     Con motivo del balance de 2008, el Papa volvió sobre el Espíritu Santo. Primero “aleteaba sobre las aguas” (Génesis), mientras la Palabra de Dios iba creando todo lo que existe, dotando de una estructura racional al cosmos, de modo que pueda ser comprendido por nosotros en orden al amor y no al egoísmo. En segundo lugar, el Espíritu ha inspirado las Sagradas Escrituras y nos ayuda a comprenderlas en la tradición de la Iglesia. Y así se explica cómo el Espíritu Santo es inseparable de la Palabra viva, que es Cristo. En efecto, Jesús sopló sobre los apóstoles y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo” y la Iglesia comenzó públicamente su misión. El Espíritu es “el soplo de Cristo” que nos da su misma vida, para asumir en unidad la gran diversidad de dones, lenguas y culturas. Y por eso “el espíritu misionero de la Iglesia no es más que el impulso por comunicar la alegría que se nos ha dado”.

     Los que estuvieron en Sidney –y los demás, y todos los que quieren permanecer jóvenes– tienen ante sí la grandeza y el desafío de una nueva era, de un nuevo mundo. Casi un sueño. El mensaje de Sidney continúa en Madrid-2011. Sigue ahí para que todos puedan escucharlo. Ojalá que entonces y después muchos puedan decir: no fue sólo un sueño, fue un comienzo. 




Primera versión publicada en  "Diario de Navarra", 26-VI-2008
Reproducido en "Al hilo de un pontificado: el gran sí de Dios"
ed. Eunsa, 2010



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