domingo, 4 de marzo de 2012

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Sacerdotes de la unidad

Detalle del retablo en el Santuario de Torreciudad (Huesca)


Quien se pregunte en qué consiste hoy ser sacerdote, qué valores representa y pide el sacerdocio ministerial, y cuál es su lugar en la Iglesia y en el mundo, hará bien en leer el texto que Benedicto XVI pronunció en el encuentro con los párrocos de Roma el jueves 23 de febrero.

      Se trata de una meditación sobre el pasaje de la Carta de San Pablo a los Efesios, 4, 1-16. Amplio y lleno de matices, el texto del Papa podría esquematizarse en tres puntos y una conclusión.


El sacerdote, encadenado por el amor

      Primero, el sacerdote es un “prisionero”, un encadenado, como Pablo, no sólo por amar a Cristo, sino por ese mismo amor. El amor es, ciertamente, una cadena; porque “El amor es sufrimiento, es entregarse, es perderse, y precisamente de este modo es fecundo”. Esa es la verdadera cadena que une a Pablo con Cristo, la cadena del amor: “Y también para todos nosotros esta debería ser la última cadena que nos libera, unidos con la cadena del amor a Cristo. Así encontramos la libertad y el verdadero camino de la vida, y, con el amor de Cristo, podemos guiar también a los hombres que nos han sido encomendados a este amor, que es la alegría, la libertad”.

      Prisionero y encadenado, el sacerdote es también alguien que ha sido “llamado”, y por tanto, alguien que sigue una voz. “Y mi vida debería ser un entrar cada vez más profundamente en la senda de la llamada”. La llamada le viene al sacerdote ya como cristiano, por el bautismo; y, luego, como Pastor, al servicio de Cristo y de sus fieles. Y en la medida en que se sitúa siempre a la escucha de esa llamada, el sacerdote se hace capaz de ayudar a que otros escuchen también al Señor que les llama; también ahora, cuando “El gran sufrimiento de la Iglesia de hoy en Europa y en Occidente es la falta de vocaciones sacerdotales”.


Llamado a servir en el "nosotros" de la Iglesia

      La vocación sacerdotal es una llamada a la esperanza, primero porque viene de Dios, que no falla. También porque no es sólo individual, sino dialógica, porque el que ha sido llamado, llama a su vez a otros. Y así se sitúa en el “nosotros” de la Iglesia. Por eso “ser fieles a la llamada del Señor implica descubrir este 'nosotros' en el cual y por el cual estamos llamados, así como ir juntos y realizar las virtudes necesarias”. Y eso también requiere “dejarse ayudar por el ‘nosotros’ y construir este ‘nosotros’ de la Iglesia”.


Humildad, mansedumbre, magnanimidad, "alteridad"

      Para todo esto el sacerdote necesita especialmente algunas virtudes. Según este pasaje de San Pablo: la humildad, la mansedumbre, la magnanimidad y lo que Benedicto XVI llama la “alteridad” (la capacidad de aceptar al otro). Se detiene en la humildad, virtud propiamente cristiana (cf. Fil 2, 6-8) que se opone al complacerse en sí mismo, pues “ser cristiano es ser verdadero, sincero, realista”. Es aprender, también por las pequeñas humillaciones cotidianas, el olvido de sí y la aceptación de la propia pequeñez, como base de un gran servicio a Dios. “Y sólo vivo bien viviendo la verdad, el realismo de mi vocación por los demás, con los demás, en el cuerpo de Cristo”.

      La mansedumbre, continúa el Papa, no quiere decir debilidad, pero se opone claramente a la violencia. La magnanimidad implica percibir que Dios siempre nos perdona y cuenta con nosotros. La “alteridad” supone aceptar con amor al otro, y no sólo soportarlo, y “es necesaria para la belleza de la sinfonía de Dios”.
     Estas virtudes las califica Benedicto XVI como “virtudes de la unidad”, sobre todo porque se encaminan a una unidad explícita; la que surge de “una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre” (Ef 4, 5).


Unidad de la fe, de la esperanza y del amor

      La unidad de la fe se manifiesta por la unidad entre su dimensión personal (el acto de fe, que surge en el encuentro personal con Cristo) y el “contenido” de la fe (que es el “sí” a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo).

      Por tanto, entiende el Papa, en la práctica, el “Año de la Fe” deberá ser “Año del Catecismo”, pues es necesario superar el “analfabetismo religioso”; vivir y comprender la fe, "no como un paquete de dogmas y de mandamientos, sino como una realidad única que se revela en su profundidad y belleza”. Por eso, añade Benedicto XVI, “debemos hacer lo posible por una renovación catequística”, para que crezca la unidad en la verdad. El Papa pone así el dedo en la llaga: la falta de una buena mediación entre el gran desarrollo teológico del último siglo (que nos ha dejado en herencia una contemplación renovada de Dios y una comprensión profunda de la Iglesia, separadas de la ganga de tantas ideas confusas que aún hoy se lanzan en los medios de comunicación y en otros foros pequeños, pero muy activos) y el profundo desconocimiento de la fe que hay en la calle.

      La unidad de la fe es también la unidad de la esperanza, puesto que Dios es de verdad el Omnipotente. Ciertamente, señala Benedicto XVI, en la historia Dios ha puesto un límite a su omnipotencia, al querer nuestra libertad. Pero al final lo que vence es el amor, no el mal sino el bien. Y de ahí la esperanza.

      Dios nos concede sus dones, gracias y carismas para la edificación de la Iglesia, entre otros, el don del sacerdocio, con las gracias que implica. Y todos esos dones son para contribuir a la formación de Cristo en nosotros. Señala el Papa la diferencia entre madurez de la fe e infantilismo; entre la falsa emancipación de quien se considera adulto por rechazar a la Iglesia, y la verdadera libertad de los hijos de Dios “que creen juntos en el Cuerpo de Cristo, con Cristo resucitado, y así ven la realidad, y son capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo”. (Cabe pensar aquí en la confusión que ha traído el proceso de secularización, aun admitiendo como ganancia positiva la autonomía, relativa, de las realidades temporales. Y también, por tanto, en la responsabilidad de los sacerdotes respecto a la vocación y misión propias de los fieles laicos).

      Todo ello desemboca en la unidad del amor, en ese vivir la verdad en la caridad, de que habla San Pablo (cf. Ef. 4, 16). Observa el Papa: “Hoy se discute sobre el concepto de verdad porque se combina con la violencia”, cuando en realidad son opuestas. La verdad la conocemos en Cristo y (atención) en su Cuerpo. Y así podemos crecer en la caridad, “que es la legitimación de la verdad y nos muestra qué es verdad”. La caridad es el fruto de la verdad y “si no hay caridad, tampoco nos apropiamos ni vivimos realmente la verdad”.

      El sacerdote está, en definitiva, al servicio de la unidad de la fe, de la esperanza y del amor. Sencillamente, al servicio de la vida cristiana en el mundo. 

(una primera versión se publicó en www.religionconfidencial.com, 4-II-2012)



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