miércoles, 9 de octubre de 2013

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La aventura de educar en la fe

Estamos en un tiempo de “urgencia educativa” ¿Cómo afecta esto a la educación en la fe? La educación en la fe se dirige, desde el principio del cristianismo, a introducir en la vida cristiana, a formar personas con “cabeza y corazón” cristianos que actúen y sientan de acuerdo con lo que son y con lo que piensan, para la gloria de Dios y al servicio de los demás.

     En nuestro tiempo hay básicamente dos modos de educar en la fe. Un modo es la catequesis (en todas las edades), sobre todo en la parroquia y en la familia, dirigida a iniciar o a profundizar en la vida cristiana. Otro modo es la educación religiosa escolar, que los padres escogen libremente para sus hijos o que se imparte en un nivel superior, en otras instituciones educativas universitarias, diocesanas, etc.; esta formación se dirige a integrar la cultura religiosa con el resto de las materias de un currículo escolar o universitario.

    El 27 de septiembre el Papa Francisco se ha reunido en Roma con muchos cientos de catequistas de todo el mundo. Les ha dicho que ”la catequesis es un pilar maestro para la educación de la fe, y hacen falta buenos catequistas”.


Una de las más bellas aventuras educativas

    Después de agradecerles este importante servicio, ha subrayado la belleza de esta tarea: “Aunque a veces pueda ser difícil, se trabaje mucho, con mucho empeño, y no se vean los resultados deseados, educar en la fe es hermoso. Es, quizás, la mejor herencia que podemos dejar: la fe. Educar en la fe, para hacerla crecer. Ayudar a niños, muchachos, jóvenes y adultos a conocer y amar cada vez más al Señor, es una de las más bellas aventuras educativas: se construye la Iglesia”.

    No se trata solo de trabajar como catequistas sino en “ser” catequistas, ha añadido. Esto es así porque guiar al encuentro con Jesús solo puede hacerse con las palabras y con la vida, con el testimonio; es decir, con una vida coherente a la propia fe. “Las palabras vienen… pero antes el testimonio: que la gente vea en vuestra vida el Evangelio, que pueda leer el Evangelio”. Y esto requiere amor a Cristo y a las personas; un amor que es un regalo del Señor.

    Les ha explicado que este “caminar desde Cristo significa permanecer con Cristo, y desde ahí, salir al encuentro de los demás, abrir nuevos caminos a la fe. 


Permanecer con Cristo

    Primero, tener familiaridad con Cristo, permanecer en Él, unidos a Él, en su amor, como pidió en la Última Cena hablando de la vid y los sarmientos; porque solo así podemos dar fruto. El caminar con Cristo, que dura toda la vida, supone una actitud de mirarle y dejarse mirar por el Señor, para sentir lo que es verdad, que está cerca de cada uno y nos ama. Esto puede hacerse hablando con Él en la oración y ante el Sagrario. Lo importante es buscar y tener ese tiempo para el Señor.

     Por eso el Papa pregunta: “¿Hay momentos en los que me pongo en su presencia, en silencio, me dejo mirar por él? ¿Dejo que su fuego inflame mi corazón? Si en nuestros corazones no está el calor de Dios, de su amor, de su ternura, ¿cómo podemos nosotros, pobres pecadores, inflamar el corazón de los demás?

    En segundo lugar, caminar con Cristo significa “imitarlo en el salir de sí e ir al encuentro del otro”. Es una experiencia, dice el Papa, que “quien pone a Cristo en el centro de su vida, se descentra. Cuanto más te unes a Jesús y él se convierte en el centro de tu vida, tanto más te hace Él salir de ti mismo, te descentra y te abre a los demás”.

    Así es el verdadero dinamismo del amor ya en Dios mismo, que es don de sí, relación, vida que se comunica. “Donde hay verdadera vida en Cristo, hay apertura al otro, hay salida de sí mismo para ir al encuentro del otro en nombre de Cristo”.

   Pues bien, señala el Papa, ésta es la tarea del catequista -y lo mismo podría decirse en general del educador en la fe-: “Salir continuamente de sí por amor, para dar testimonio de Jesús y hablar de Jesús, predicar a Jesús. Esto es importante porque lo hace el Señor: es el mismo Señor quien nos apremia a salir”. 


Salir al encuentro de los demás

     Es como el movimiento del corazón con sus dos fases “sístole y diástole” (impulso de la sangre que lleva el oxígeno y entrada de la sangre que primero ha de purificarse): “Unión con Jesús y encuentro con el otro. Son las dos cosas: me uno a Jesús y salgo al encuentro con los otros. Si falta uno de estos dos movimientos, ya no late, no puede vivir”. Recibir para poder dar. Es un intercambio del don: un don recibido y un don transmitido.

    Así es la naturaleza del kerigma o anuncio de la fe: “un don que genera la misión, que empuja siempre más allá de uno mismo”. Cuando San Pablo decía “El amor de Cristo nos apremia”, esto –señala el Papa Francisco– puede traducirse también como “nos posee”. Traducido para el catequista: “el amor te atrae y te envía, te atrapa y te entrega a los demás”. Y en esta tensión se mueve el corazón del cristiano, especialmente el corazón del catequista.

    Por eso el Papa invita al educador a preguntarse si el corazón late así en unión con Jesús y en tensión hacia el encuentro con el otro. “¿Se alimenta en la relación con Él, pero para llevarlo a los demás y no para quedárselo él?


Ir con Él a las "periferias"

     En tercer lugar, caminar desde Cristo significa “no tener miedo de ir con El a las periferias” (es decir, más allá de los suburbios, allá donde no hay la seguridad que uno tiene habitualmente en su bienestar, en sus previos esquemas, en el propio grupo). Y En este punto el Papa evoca la figura bíblica de Jonás: un hombre piadoso, con una vida tranquila y ordenada, pero que juzgaba a los demás de manera rígida, inflexible. Cuando el Señor le pide ir a predicar a Nínive, la ciudad pagana, Jonás se resiste y huye.

    La historia de Jonás, dice el Papa, nos enseña a “no tener miedo de salir de nuestros esquemas para seguir a Dios”. Como Él no tiene miedo de ir a las "periferias", y si vamos allí, allí lo encontraremos. Él es siempre fiel y creativo, no está encerrado, no es rígido. Dios nos acoge, sale a nuestro encuentro, nos comprende. También el catequista –el educador cristiano, en realidad todo cristiano, porque todos hemos de interesarnos por formar a otros– hemos de ser fieles y creativos; y para ello hay que saber cambiar.

    “¿Y para qué tengo que cambiar?”, se pregunta el Papa. Y responde: “Para adecuarme a las circunstancias en las que tengo que anunciar el Evangelio. Para permanecer con Dios, hay que saber salir, no tener miedo de salir”.

    Otra cosa –dejarse ganar por el temor, quedarse impasible– sería cobardía y comodidad, ser como “estatuas de museo”, apergaminados y estériles.


No cerrarse en el propio grupo

    Y aquí retoma el Papa Francisco uno de sus frecuentes argumentos, y vale la pena reproducir entero el párrafo: “Cuando los cristianos nos cerramos en nuestro grupo, en nuestro movimiento, en nuestra parroquia, en nuestro ambiente, nos quedamos cerrados y nos sucede lo que a todo lo que está cerrado; cuando una habitación está cerrada, empieza a oler a humedad. Y si una persona está encerrada en esa habitación, se pone enferma. Cuando un cristiano se cierra en su grupo, en su parroquia, en su movimiento, está encerrado y se pone enfermo. Si un cristiano sale a la calle, a las periferias, puede sucederle lo que a cualquiera que va por la calle: un percance. Muchas veces hemos visto accidentes por las calles. Pero les digo una cosa: prefiero mil veces una Iglesia accidentada, y no una Iglesia enferma. Una Iglesia, un catequista que se atreva a correr el riesgo de salir, y no un catequista que estudie, sepa todo, pero que se quede encerrado siempre: éste está enfermo. Y a veces enfermo de la cabeza…”

    Permanecer en Cristo, salir de sí mismo, atreverse a salir a las periferias. Así ve el Papa Francisco la fascinante aventura de ser educador en la fe.



(publicado en www.religionconfidencial.com, 9-X-2013)

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