viernes, 26 de octubre de 2018

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El sentido del rosario


Nuestra Señora del Rosario, patrona de Guatemala


Durante este mes que termina, el Papa Francisco nos ha pedido rezar el rosario por la Iglesia. Y parece lógico que prolonguemos luego esa oración por la misma u otras intenciones. Tanto a los que lo han rezado o lo rezan, como a los que se puedan plantear rezarlo, les puede interesar profundizar en el sentido del rosario (*).

¿Qué sentido tiene la oración del rosario? ¿No parece como una “cantinela” larga y repetitiva, poco adecuada para nuestra época, ávida de novedades y aficionada a lo breve y efímero? ¿Cómo es posible que los Papas la hayan aconsejado constantemente desde hace tantos siglos como “arma” para el combate espiritual?

1. El rosario tiene como finalidad “contemplar” la vida de Cristo. ¿Qué interés puede tener esto? La fe cristiana considera que sin Jesucristo no se puede comprender plenamente ni al hombre ni al mundo, pues en Él resplandece el sentido más profundo de la realidad. Por lo tanto, su vida, y los detalles de su vida, tienen multitud de consecuencias para la nuestra.


Contemplar la vida de Cristo

Afirma el Catecismo de la Iglesia Católica que “todo en la vida de Jesús ­–desde los acontecimientos más llamativos hasta los pequeños detalles­– es signo de su Misterio” (n. 515). ¿Qué significa esto? No se usa aquí la palabra misterio en su sentido habitual (algo que no se puede ver, comprender o explicar), sino en el sentido que le da san Pablo al “Misterio de Cristo”: Cristo nos ha revelado el ser y obrar de Dios-amor que estaba oculto durante siglos. ¿Y cómo lo ha hecho? Con todo lo que es, lo que hace y lo que dice. Con otras palabras, Él es el "sacramento" (el signo e instrumento) primordial de Dios, del que procede la capacidad significativa y operativamente eficaz de la Iglesia (lo que llamamos la sacramentalidad de la Iglesia) y de los siete sacramentos particulares.

2. A partir de ese “Misterio” de Cristo se entiende lo que son los “misterios” de la vida de Cristo: momentos o “escenas” de la vida de Cristo que se van contemplando en el rosario a medida que van transcurriendo las avemarías, y que se dividen en misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos (porque son fuente de alegría y de luz, también de dolor y siempre de gloria para nosotros).

Pues bien, dice también el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. nn. 516-518), con ideas de san Agustín, que todos y cada uno de los misterios de Cristo son, a la vez, misterios de Revelación, de redención y de recapitulación:

– Son misterios de revelación, porque en cada uno de ellos se nos ilumina algún aspecto fundamental de Dios y de la vida cristiana.

– Son misterios de redención, porque en cada uno de ellos Cristo nos salva y redime de nuestros pecados. Redención (de latín redemptio, volver a comprar, rescatar o liberar) quiere decir que se nos libera de cierta influencia que tiene el demonio sobre el pecador, de las consecuencias temporales del pecado (la rotura de la amistad con Dios, de la unidad en nuestro interior, en relación con los demás y con el mundo) y de la posibilidad (si no hubiera arrepentimiento) de la muerte eterna; por todo ello “Jesús” significa salvador.

– Son misterios de recapitulación (de capitis, cabeza) porque en cada uno de ellos se nos establece en nuestra condición primera de amigos de Dios y, más aún, se nos da la condición de Hijos de Dios. No sitúan así, en la Iglesia que es el Cuerpo místico de Cristo, bajo el influjo vital de nuestra Cabeza.

Cada uno de esos “misterios” (como su nacimiento, su bautismo, sus milagros y su predicación, su pasión, muerte y resurrección, etc.) los vivió Jesús por y para nosotros, como nuestro salvador y nuestro modelo. Ya hemos visto por qué es nuestro salvador, al librarnos del pecado. Es nuestro modelo no en un sentido meramente imitativo, sino que más bien en el sentido de que Él es verdaderamente el proyecto que el Espíritu Santo tiene para configurarnos o identificarnos con Él, haciéndonos Hijos de Dios y contando con nuestra colaboración.

Además, Jesús nos ha dado el Espíritu Santo (y con Él la vida de la gracia o amistad con Dios) para que todo lo que Él ha vivido –bajo formas muy distintas– lo podamos vivir nosotros en Cristo y que Él lo viva en nosotros (cf. Ibid., 520 s).

Eso es la santidad: la identificación con Cristo (configuración más que imitación): con Su mente (y esto es la Fe), con Su corazón (y esto es la Caridad) y con Su actitud para obrar en conformidad con la voluntad del Padre (y esto es la Esperanza).

Todo esto no son meras especulaciones o sentimientos, sino profundas realidades atestiguadas por la Sagrada Escritura y la Tradición cristiana, y vividas de modos muy diversos por los santos y los mártires de todos los tiempos.


Rezar "desde la ojos" de María

3. Entre todos los santos que han “vivido” la vida de Cristo, destaca la Virgen María. San Juan Pablo II escribió precisamente una carta sobre “El Rosario de la Virgen María" (2002). En ese documento propone a María como nuestro modelo y ayuda para contemplar la vida del Señor. Sus anotaciones sobre el Rosario son muy pertinentes y esclarecedoras, como veremos.

La mirada de María –observa Juan Pablo II– está siempre pendiente de su Hijo, a veces de modo interrogador o penetrante, otras veces con mirada dolorida, radiante o ardorosa ante los acontecimientos de la vida de Jesús. Ella recordaba y “guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Y también ahora desde el Cielo nos anima y apoya para que hagamos como ella. Por eso el rosario es una oración marcadamente contemplativa, más allá de la repetición de oraciones, que podría convertirse en algo mecánico si no se rezase con un poco de pausa y reflexión, tratando de “meternos” en el corazón de María y hacer nuestra su “mirada”.

El rosario es, pues, una “contemplación cristológica”, dice el santo Papa polaco. En esa contemplación recordamos esos “misterios” de Jesús tratando de revivirlos durante unos momentos –puede ayudar pararse unos segundos para contemplar la escena correspondiente, antes de rezar las 10 avemarías de cada misterio–.

Notemos, en un paréntesis, que este tratar de revivir (o “actualizar”) los misterios (sus asombrosos hechos y palabras en favor nuestro) de Cristo tiene su fundamento en que todos los actos de Jesús (sobre todo su “misterio pascual”, su paso al Padre) son actos de Dios, y por tanto no “pasan” al tiempo pretérito, como los nuestros, sino que están siempre en el “hoy” de Dios, son siempre actuales.

De esta manera –prosigue explicando el texto– al “hacer memoria” de ellos en actitud de fe y de amor, nos vamos abriendo a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con su vida, muerte y resurrección. Por eso el rosario es contemplación saludable que nos ayuda a asimilar todo lo que Cristo ha hecho por nosotros, de modo que forje la propia existencia.

El rosario, rezado así, con humildad, confianza y perseverancia (con una “asiduidad amistosa”), nos va ayudando a “comprender” al Señor. Y, como nadie mejor que Ella conoce a Cristo –sostiene Juan Pablo II–, “recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la ‘escuela' de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje”.

Así el rosario nos consigue abundantes dones del Espíritu Santo. En conjunto nos va identificando (configurando) con Cristo, de manera que nuestra conducta se va pareciendo a la suya (sin dejar de ser nuestra): vamos teniendo, como nos aconseja san Pablo “los sentimientos” de Cristo, nos vamos “revistiendo” de Él (cf. Flp, 2, 5: Rm 13, 14; Ga 2,3, 27).

Así vamos creciendo en la vida cristiana en compañía de María –madre de Cristo y de la Iglesia, madre espiritual de cada uno de nosotros– y con su ayuda, dejándonos “educar y modelar por ella”.

Afirma san Juan Pablo II que si Cristo nos ha asegurado “pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” (Mt 7, 7), la oración del rosario –oración a Cristo por María, que siempre nos muestra a Jesús y nos lleva hacia Él– no puede dejar de ser eficaz. Y así es en efecto, para vencer las “batallas” de la vida cristiana y de la vida de la Iglesia; y también contra el demonio, al que el Papa actual ha llamado el “gran acusador (...), que siempre pretende separarnos de Dios y entre nosotros”.


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(*) La palabra rosario viene a ser equivalente a una "rosaleda" (lugar en que hay muchos rosales). Se refiere tanto a la oración en sí como al instrumento con el que se reza (las "cuentas" del rosario). Se originó en Oriente y pasó a Occidente en el siglo IX, asentándose primero en los monasterios de los benedictinos, cartujos y dominicos. 


Con motivo de los enfrentamientos entre católicos y albigenses, se popularizó en el s. XIII, gracias sobre todo a la predicación de Santo Domingo de Guzmán. Hasta el siglo XIV solo se rezaba la primera parte del Avemaría. A partir de entonces las avemarías se rezaron como actualmente. 

El rosario se universalizó en tiempos de san Pío V (s. XVI). De esa época es también la fiesta de Nuestra Señora del Rosario (7 de octubre), vinculada a la victoria de los cristianos contra los turcos en la batalla de Lepanto. 

En 1917 la Virgen de Fátima les explicó a los pastorcillos que el rosario era como una corona de rosas, expresión que había usado san Luis María Grignon de Monfort en sus escritos.

Entre los libros disponibles sobre el rosario, cabe citar: 
- S. Luis Mª Grignion de Monfort, El secreto admirable del Santísimo Rosario, Barcelona 1988, trad. por I. Noriega y M. Jove (escrito a principios del s. XVIII); 
- S. Josemaría Escrivá de Balaguer, Santo Rosario, Madrid 2010 (ed. crítica-histórica a cargo de P. Rodríguez, C. Anchel y J. Sesé), escrito en 1931; 
- R. Guardini, El Rosario de Nuestra Señora, Bilbao 2005, trad. por A. López Quintás (escrito en 1940); 
- T. López Fernández, Los veinte misterios del Rosario, Bogotá 2007. 
- Por otra parte tiene especial interés el libro de San John Henry Newman comentando algunas letanías del Rosario: Rosa mística, Madrid 1983.





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