jueves, 7 de marzo de 2019

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Jesucristo, vida verdadera y eterna


M. I. Rupnik, La resurrección de Lázaro
Capilla de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón, del Padre Menni
Betanzos (Galicia) 





Cristo "nos vivificó con él, (...) al borrar el pliego 
de cargos que nos era adverso,
y que canceló clavándolo en la cruz"
(Col 2, 13-14) 

A propósito de “la protección de los menores en la Iglesia” (Francisco, Discurso, 24-II-2019) y para contribuir a esta tarea en el conjunto de la sociedad, los educadores de la fe deberíamos hacernos algunas preguntas: ¿cómo se explican las incongruencias, y a veces los delitos, de personas que dicen tener fe y que incluso tienen como misión la de educar a otros? ¿Qué tipo de educación hay que dar a los cristianos, comenzando por los educadores? ¿Podría bastar una educación suficientemente ética, como señalan algunos?

Esto no significa echar las culpas de todo a una mala educación recibida por quienes cometen abusos, ni tampoco lo contrario: afirmar que la única causa y por tanto el único remedio para evitar los problemas sea una buena educación o formación. Pero es nuestra responsabilidad preguntarnos cómo puede contribuir la educación de la fe en estas cuestiones.

Conviene preguntarse antes: ¿qué es la fe?, ¿qué implica la fe para la vida?, ¿cómo educar la coherencia de los cristianos en su colaboración con todos para la búsqueda del bien común?

La fe cristiana anuncia una vida humana mejor para todos, más plena y verdadera, en lo grande y lo pequeño de cada día. La fe cristiana me da la convicción de que hay un Dios que me ama. Un Dios que ha querido que Jesucristo, su Hijo unigénito, bajara a la tierra para traer el anuncio salvador a todos y a cada uno de los hombres. Al mismo tiempo, ese anuncio no es irracional, sino que comparte muchos elementos con la razón, aunque finalmente vaya más allá; comparte aspiraciones e ideales que muchos hombres, también de culturas lejanas, atisbaron con la sola luz de la razón y continúan atisbando hoy.

Es lo que explica Joseph Ratzinger, ahora papa emérito, en algunas páginas de su libro “Jesús de Nazaret” (vol. 2, Madrid 2011, pp. 101-105).

Su reflexión parte de las palabras de Jesús durante su Última Cena, poco antes de su pasión, que recoge el evangelio de san Juan: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn. 17, 3).


Jesús es la "vida eterna"

1. Ante todo, ¿qué significa “vida eterna”? El autor hace notar que vida eterna no significa una vida que viene después de la muerte –como puede pensar el lector moderno–, en contraposición a esta vida pasajera que no es eterna. Jesús no se refiere a eso: “Vida eterna significa la vida misma, la vida verdadera, que puede ser vivida también en este tiempo y que después ya no puede ser rebatida por la muerte física. Esto es lo que realmente interesa: abrazar ya desde ahora la vida, la vida verdadera, que ya nada ni nadie puede destruir”.

Este significado de “vida eterna” –explica Joseph Ratzinger– se puede ver claramente en el capítulo que recoge la resurrección de Lázaro: “El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre” (Jn 11, 25s). Con ello Jesús enseña, ciertamente, que el que cree en Él no morirá para siempre. Pero también enseña que ya ahora, lo característico del discípulo de Cristo es que está “vivo”. Y esto va mucho más allá del simple existir, pues lo característico del discípulo de Jesús es que “vive”; que el cristiano –observa Ratzinger–, “ha encontrado y abrazado la verdadera vida que todos andan buscando”.

Basándose en estos textos, los primeros cristianos se consideraban sencillamente como “los vivientes” (hoi zóntes). Y esto, porque habían encontrado lo que todos buscan: “la vida misma, la vida plena y, por tanto, indestructible”.


Que te conozcan a ti...y a tu enviado

2. Una vez aclarado qué es la vida verdadera en la perspectiva cristiana, pasemos a un segundo punto: ¿cómo se puede llegar a eso? Volviendo a esas palabras de Cristo encontramos una respuesta quizás sorprendente para muchos (“que te conozcan a ti...y a tu enviado), pero que –nos avisa Benedicto XVI– ya estaba preparada en el contexto del pensamiento bíblico:

“El hombre encuentra la vida eterna a través del conocimiento”. Para comprender esta afirmación, hay que tener en cuenta que para la Biblia el conocimiento en sentido propio y profundo crea comunión, hacerse una sola cosa con lo conocido.

Es en ese sentido como debe interpretarse las palabras de Cristo: la clave de la vida no es un conocimiento “cualquiera”, sino el hecho de “que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo” (Jn. 17,3).

Y explica el papa Benedicto que se trata de una síntesis de la fe. En esta síntesis podemos ver lo esencial del ser cristianos: “El cristiano no cree una multiplicidad de cosas. En el fondo cree simplemente en Dios, cree que hay realmente un único Dios”. Y que Dios se le hace accesible en quien ha enviado, Jesucristo.

Como consecuencia, en el encuentro con Jesús “se produce ese conocimiento de Dios que se hace comunión y, con ello, llega a ser vida”. Aquí se recuerda cómo en el libro del Éxodo, Dios pide que crean “en mí” “y en Moisés”, su enviado. Así, Dios mostró entonces su rostro en el enviado, Moisés, y lo muestra ahora definitivamente en su Hijo.


La relación con Dios en Cristo

3. De este modo damos un tercer paso, porque necesitamos saber qué es cómo se puede lograr ese “conocimiento” de Dios que se haga vida en nosotros y para todos.

En el libro esto se anuncia así: “La vida eterna es por tanto un acontecimiento relacional. El hombre no la ha adquirido por sí mismo, ni solo para sí. Mediante la relación con quien es Él mismo la vida, también el hombre llega a ser un viviente”. O sea, eso se adquiere por la relación con Dios.

De este pensamiento hondamente bíblico acerca de que la vida verdadera se da en relación con Dios –continúa Benedicto XVI–, se encuentran “preparaciones” en Platón. Este, a su vez, recoge tradiciones y reflexiones diferentes sobre el tema de la inmortalidad:

“Así encontramos en él (Platón) la idea según la cual el hombre puede hacerse inmortal uniéndose a lo que es inmortal. Cuanto más acoge en sí la verdad, se une a la verdad y se adhiere a ella, tanto más vive en función de ella y se ve colmado de lo que no puede ser destruido. En la medida en que, por decirlo así, se adhiere a la verdad, en la medida en que está sujeto a lo que permanece, puede estar seguro de la vida después de la muerte, de una vida plena de salvación”.

Lo que en este caso se busca a tientas –entiende Joseph Ratzinger–, aparece con espléndida claridad en la palabra de Jesús: “El hombre ha encontrado la vida cuando se sustenta en Él (Cristo), que es la vida misma. Entonces, muchas cosas en el hombre pueden ser abandonadas. La muerte puede sacarlo de la biosfera, pero la vida que la transciende, la vida verdadera, ésa perdura”.

Lo que se necesita es que el hombre se inserte en esa vida que Juan, distinguiéndola de la vida meramente biológica (bios) llama zoe.

Como hemos visto, lo que da esa vida que ninguna muerte puede quitar es la relación con Dios en Jesucristo. Es obvio, señala Benedicto XVI, que con este “vivir en relación” se entiende un modo de existencia bien concreta: “Se entiende que fe y conocimiento no son un saber cualquiera que tiene el hombre entre otros saberes más, sino que [la fe y el conocimiento que comporta la fe] constituyen la forma de su existencia”.

En términos más concretos, podríamos nosotros decir: la fe conduce a la relación con Dios, pero ha de ser no una fe teórica o inoperante (del que no vive lo que cree, e incluso vive en oposición a lo que cree); sino una “fe vivida” por medio del trato con Jesucristo en la oración, en los sacramentos y en la relación con los demás con motivo de nuestras relaciones familiares, de trabajo o de amistad. Y así será una fe que impregne todo nuestro ser: pensamientos, afectos, acciones. Este es el conocimiento que nos permite llevar una “vida lograda” desde el punto de vista cristiano, y participar ya ahora de la vida eterna. Y cuando no se da en nosotros la justicia y el amor a los demás, es de sospechar que nuestro conocimiento de Dios y de Cristo no es el adecuado, o que algo ha fallado para que ese conocimiento no se haya convertido en amor.

De hecho, concluye Benedicto XVI: “Aunque en este punto no se habla del amor, es evidente sin embargo que el conocimiento de Aquel que es el amor mismo, se convierte en amor en toda la magnitud de su don y su exigencia».

Así es. Se trata, en definitiva, de lo que el Catecismo de la Iglesia Católica llama conocimiento amoroso de Dios (cf. nn. 25 y 429, Compendio, 80), que alcanzamos en nuestra relación con Jesucristo, que, cuando es auténtica, se prolonga en nuestras relaciones con los demás y se alimenta también de ellas.


Un conocimiento falso o insuficiente

4. En torno a todo ello cabrían, como decíamos al principio, algunas preguntas. Nos limitamos ahora a las tres que hemos planteado y que nos interpelan a los educadores de la fe, también en el modo en que están interrelacionadas.

1) Una primera: ¿cómo se explica que haya quienes, conociendo a Dios y a Jesucristo, llevan una vida que no se puede llamar verdadera o plena, sino al contrario, falsa y vergonzosa, porque han hecho daño a los demás, y sobre todo a los más débiles, precisamente abusando de su papel de educadores?

Se podría responder a esto diciendo que esas personas, por diversos motivos, no han “conocido” propiamente a Dios ni a Jesucristo; o si le han conocido, ha sido de forma claramente defectuosa, falsa o al menos insuficiente. En todo caso, han desarrollado esa mala conducta no por haberle conocido, sino a pesar de haberle conocido. Quizá no hayan tenido una adecuada formación en su ambiente, o les hayan influido malos ejemplos, sin olvidar los factores psicopatológicos y los pecados personales.

Por supuesto que ninguno de estos u otros factores educativos, morales o culturales pueden servir como excusa para disminuir un ápice el deber de garantizar un juicio justo y proteger a las víctimas. Al mismo tiempo cabe plantearse cómo se puede actuar a nivel educativo para prevenir estos hechos y promover el sano desarrollo de las tareas educativas.

De hecho, ante la pregunta por el significado existencial del fenómeno criminal de los abusos a menores, Francisco ha destacado “la manifestación del espíritu del mal”. Y por ese motivo ha señalado la necesidad de evitar dos actitudes extremas: una actitud juridicista –que A. Ivereigh describe como creer que se puede cambiar todo simplemente por medio de leyes o regulaciones–, provocada por el sentido de culpa por los errores pasados y la presión del mundo mediático, y una actitud autodefensiva –de quien se refugia detrás del “no es mi problema”–, que no afronta las causas y consecuencias de estos graves delitos (cf. Francisco, Discurso, 24-II-2019).


¿Cómo educar un conocimiento amoroso de Cristo?

2) Una segunda pregunta o serie de preguntas: ¿qué tipo de conocimiento de Dios es el que pide la fe cristiana? Dicho de otro modo: ¿cómo educar para que ese conocimiento sea verdadero y amoroso, es decir, que lleve a vivir según la verdad y, por tanto, de modo conforme a la justicia y al amor de Dios hacia las personas?

Para responder a esto, habría que tener en cuenta la integración que pide la fe entre los distintos aspectos de la persona: su inteligencia y su voluntad –y por tanto su libertad–, sus afectos, las relaciones con los demás y su apertura a la trascendencia. Esto va en la línea de lo que Josemaría Escrivá llamaba “unidad de vida”. Por eso educar la fe cristiana requiere una visión (cristiana) completa de la persona, una antropología, y una metodología de tipo interdisciplinar.


Cultura y religión

3) En otro orden de cosas, pensando en los que no son cristianos y quizá ni siquiera creyentes: ¿qué sucede con alguien o con muchos en los que no se da el conocimiento de Dios y de Cristo? ¿No pueden tener una vida verdadera y eterna? ¿No basta para esto la formación ética sin necesidad de la religión?

Comencemos por esto último. La religión es necesaria a la cultura, pues “todo hombre se realiza como tal dentro de una tradición cultural, que tiene en la religión respectiva su expresión más elevada y su fundamentación última” (Comisión Teológica Internacional, Cristianismo y religiones, 1998, n. 11).

Como decía Juan Pablo II, “la religiosidad representa la expresión más elevada de la persona humana, porque es el culmen de su naturaleza racional. Brota de la aspiración profunda del hombre a la verdad y está en la base de la búsqueda libre y personal que el hombre realiza sobre lo divino” (Audiencia general 19-X-1983). Por eso “en el corazón de la cuestión cultural está el sentido religioso” (enc. Veritatis splendor, 1993, n. 98).

En la misma línea, Benedicto XVI señalaba que “la dimensión religiosa es intrínseca al hecho cultural, contribuye a la formación global de la persona y permite transformar el conocimiento en sabiduría de vida” (Discurso, 25-IV-2009).

En efecto. Sin la religión, las culturas están inacabadas e incomunicadas entre sí, puesto que es la religión quien les abre el camino hacia la trascendencia. Un camino donde las culturas pueden dar lo mejor de sí mismas y complementarse para contribuir a mejorar el mundo y la vida de las personas. 


Fe y responsabilidad

Según la fe cristiana, sin Dios y sin Cristo no se logra una vida en la profundidad y con la plenitud que Cristo nos ha traído. Esto no significa condenar a una persona a ser necesariamente desgraciada.

Por otra parte, ni siquiera un buen creyente tiene garantizada una vida fácil, exenta de las dificultades por las que todos o muchos pasan (de salud, económicas, etc.) y algunas otras que hoy tienen “sobre todo” los cristianos, como las persecuciones abiertas o solapadas. Además, está la desgraciada posibilidad de no ser coherente con la fe cristiana, de pecar y cometer graves injusticias.

En cualquier caso, Dios ayuda siempre a todos: al que le va conociendo, para que profundice en ese conocimiento y sea consecuente con él; al que lo busca en las religiones, con los valores distintos que tiene cada una, sus posibles elementos de verdad y de bien junto con otros que hay que purificar; y también ayuda al no creyente, con tal que tenga buenas disposiciones, intente buscar la verdad y vivir en el amor.

Esto es lo que deberíamos pensar los cristianos y concretamente los educadores: por una parte, debemos mejorar cada vez más nuestro conocimiento y amor a Jesucristo, también para ser coherentes con lo que creemos y decimos, aunque a veces no sea fácil. Y por otra parte, es justo que si hemos recibido más, tengamos la responsabilidad de dar más; es decir, de anunciar a Jesucristo con el testimonio de nuestra vida y nuestras palabras.

De esta manera la fe cristiana, si se vive auténticamente, se traduce en hacer el bien, en vivir la justicia y la misericordia con los demás, en iluminar –nunca suprimir ni contradecir– la razón y hacer verdaderamente plena la vida. Esto requiere un continuo esfuerzo por aprender a hacer el bien (cf. Is 1, 17; Mc 7, 37) y combatir el mal a todos los niveles. El mal –ha observado Francisco al final de su Audiencia general del 27 de febrero– tiene los días contados, no es eterno, porque ya está presente quien lo puede vencer: Jesucristo.

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