martes, 10 de abril de 2018

Santidad para todos


En la exhortación apostólica Gaudete et exsultate (“Alegraos y regocijaos”), sobre la llamada a la santidad en el mundo actual (19-III-2018), el Papa Francisco explica el camino cristiano de la santidad. Un camino que se propone para todos y del que los cristianos hemos de ser especialmente conscientes.  (Ver video de Vatican Media).

Después de exponer el significado de la santidad, advierte de algunas malas interpretaciones. Luego muestra las enseñanzas de Jesús en los Evangelios. A continuación, presenta algunas manifestaciones o características de la santidad. Concluye subrayando algunos medios que tiene el cristiano para colaborar en su propia santidad. En una lectura primera y rápida cabe señalar algunos acentos.

sábado, 7 de abril de 2018

La cercanía, clave de la evangelización


Curación del ciego de nacimiento,
detalle de un cuadro realizado por el equipo de M. I. Rupnik,  
 Hospital de San Benito Menni, Isla Tiberina, Roma.


En la misa crismal, el Jueves santo 29 de marzo, el papa Francisco ha descrito la salvación obrada por Dios con el término cercanía. Una persona cercana es alguien próximo, no tanto en el sentido físico sino más bien en el sentido afectivo -mente y corazón, unidos-: alguien que acompaña y comprende, que ayuda y se compromete, que se sacrifica por el otro.

Nos viene bien esta reflexión cuando muchos, ante el mal y el sufrimiento que abundan en el mundo, se preguntan: ¿dónde está Dios? Y, lógicamente, se resisten a admitir la existencia de un dios imaginado como lejano o insensible al dolor humano. Pero esto nada tiene que ver con Dios según la revelación bíblica y sobre todo en la perspectiva cristiana.

sábado, 24 de marzo de 2018

El compadecer de Dios



M. Caravaggio, El sacrificio de Isaac (1603)
Galeria Uffici, Florencia


Probablemente recordando el suceso del sacrificio de Isaac (cf. Gn 22), que finalmente no tuvo que morir a manos de Abrahán, dice San Pablo que “Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros” (Rm 8, 32).

¿Cómo debe entenderse que Dios “no perdonó” a su propio hijo?

Como ha explicado Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, esto no debe entenderse como si los pecados cometidos por los hombres a lo largo de los siglos acumularan una inmensa deuda ante Dios, y Dios solo se sintiera satisfecho o aplacado mandando a su Hijo a la Cruz, quedándose Dios Padre tranquilo en su trono celeste, mientras Jesús sufría en su naturaleza humana.

No. Jesús en su pasión y muerte estaba acompañado siempre por su Padre, como había dicho: “Me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre” (Jn 16, 32).

domingo, 4 de marzo de 2018

Felicidad y salvación


M. Chagall, de la colección Fábulas de La Fontaine (1927-1930)

¿Quién diría que no le interesa la felicidad? La religión afronta la cuestión de la felicidad al hablar de la salvación. Un nuevo documento de la Congregación para la doctrina de la fe (Carta Placuit Deo, fechada el 22-II-2018) toca algunos aspectos del mensaje cristiano sobre la salvación en referencia a las enseñanzas del Papa Francisco. Si bien es un documento de tipo doctrinal, manifiesta una notable sensibilidad evangelizadora y pastoral. Sus observaciones tienen especial interés en el campo de la educación cristiana.

Comienza por una mirada a la situación de nuestra cultura: ¿dónde pone la felicidad? ¿Siente la necesidad de “salvación”?

Fidelidad creativa


V. Van Gogh, La noche estrellada (1889)
Museo de arte moderno, Nueva York,

Vivimos tiempos de cambios. Vivir es cambiar, aunque solo sea para avanzar. Es conocida la expresión de san Agustín: “Si dices basta, ya estás perdido. No te detengas, avanza siempre; no vuelvas hacia atrás, no te desvíes. En este camino, el que no adelanta, retrocede” (Sermón 169, 18). Y Unamuno selló la frase de que “el progreso consiste en renovarse”. Esto sucede tanto en el plano material como en el biológico, en el ámbito familiar y en el empresarial, en la vida cristiana y en la eclesial.

En un videomensaje a la semana social de Verona en noviembre de 2017, ha explicado el papa Francisco que la fidelidad significa cambio. En efecto, para ser fieles se requiere avanzar sobre lo vivido sin dejar de vivirlo, recomenzar continuamente, renovarse, actualizarse sin olvidar la propia identidad y los propios fines. Quien no avanza se detiene y deja de ser fiel a su camino y a su misión. Y esto –observaba Francisco– tiene dos caras. Una positiva: la confianza en Dios que impulsa y acompaña. Y otra cara negativa: la resistencia a caminar y renovarse, la rutina, el encerramiento defensivo en las falsas seguridades.

jueves, 18 de enero de 2018

Teología pastoral como Teología de la misión

Se ha publicado un nuevo libro: R. Pellitero, Teología de la Misión (Colección Manuales del ISCR, n. 17), ed. Eunsa, Pamplona 2018, 210 pp.

La vida cristiana es misión. Si toda vida humana es un proyecto y una tarea, lo es aún más en la perspectiva cristiana, como dice el Documento de Aparecida: "La vida se alcanza y madura a medida que se la entrega para dar vida a los otros. Eso es, en definitiva, la misión" (n. 360).

Según la Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II, la entera Iglesia es enviada por Dios para la salvación del mundo. Todos los discípulos de Cristo, según la propia condición de vida, dones y carismas, son responsables de la única Misión.

La misión cristiana se identifica con la vida cristiana: es un "hacer" que se realiza a medida que se vive, es decir, consiste en un modo de "ser".

Cada discípulo del Señor está enviado a llevar a cabo la misión personalmente y como comunidad “convocada”: Iglesia. Se es cristiano como miembro de un cuerpo, de un pueblo, de una familia. La misión es el testimonio del don recibido, que compromete a cada uno personalmente, y a todos juntos como Iglesia. Por eso hablamos de la Misión de la Iglesia.

Hoy estamos convocados a una renovación del testimonio evangelizador. Pero, ¿qué formas adquiere ese testimonio? ¿Cómo acertar en la tarea de “iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar” (Evangelii gaudium, 273)? ¿Qué es lo esencial y más necesario? (cf. ibid, 35) ¿Cómo llevarlo a cabo con fidelidad y creatividad? ¿Cómo compartir el don con los individuos y las familias, con jóvenes y ancianos, con todas las personas, especialmente con los más pobres y necesitados? ¿Cómo configurar el diálogo de la fe con la cultura y las ciencias, en el contexto de los rápidos avances de las tecnologías de la comunicación? ¿Cómo articular la misión y sus tareas? ¿Cómo educar para la misión?

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Dimensiones de la coherencia cristiana



En el Documento de Aparecida puede leerse: “Cuando hablamos de una educación cristiana entendemos que el maestro educa hacia un proyecto de ser humano en el que habite Jesucristo con el poder transformador de su vida nueva” (n. 332). Esto tiene especial interés en la perspectiva del próximo Sínodo sobre los jóvenes.

La formación cristiana está centrada en Cristo. San Pablo exhorta a los Filipenses para que tengan “los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp 2, 5). Y a los Corintios les dice que tienen “la mente de Cristo” (1 Co 2, 16). La carta a los Hebreos explica la entrega de Cristo en toda su vida, y especialmente en la Cruz, en solidaridad por la salvación de todos los hombres. Estas son las coordenadas de la educación cristiana, sobre la base de la antropología bíblica, que ve a la persona como imagen de Dios (cf. Gn 1, 27).

Por tanto la educación cristiana se asienta sobre los fundamentos antropológicos y éticos de la racionalidad, de la afectividad y de la dimensión social. Pero no se queda a nivel meramente humano, sino que asume esas tres dimensiones en la plenitud de Jesucristo, que da así unidad al vivir cristiano en la apertura al amor divino. En efecto, “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et spes, 22).

Todo ello requiere de los educadores cristianos unas adecuadas disposiciones y actitudes, que comienzan por cultivar la amistad personal con Jesucristo y, al mismo tiempo, conocer en profundidad el mundo en que vivimos y las personas que nos encontramos.

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