martes, 22 de mayo de 2012

La acción del Espíritu Santo en nuestra oración

El Greco, Pentecostés (h. 1600), Museo del Prado

Con frecuencia querríamos orar y no sabemos cómo. Imaginamos que debe ser algo difícil, que Dios no nos oye, que quizá no vale la pena. Y sin embargo, nada hay que “valga más la pena” que la oración. Su valor poco tiene que ver (¡gracias a Dios¡), con nuestras “ganas”; sino con el amor, que está básicamente en los hechos. Alguien dijo que la verdadera “estatua de la libertad” se alza sobre una banqueta que tiene tres apoyos: el hombre, el mundo y Dios. Y todo esto quiere decir oración.

      Después de sus catequesis sobre la oración en los Hechos de los Apóstoles, Benedicto XVI ha comenzado, en su audiencia general del 16 de mayo, a hablar de la oración según las cartas de San Pablo. Y lo primero que subraya, evocando las frecuentes alusiones del Apóstol a la oración en las introducciones y despedidas de sus epístolas, es que “la oración involucra y penetra todas las situaciones de la vida, sean aquellas personales, sean aquellas de la comunidad a la que se dirige”. 


El Espíritu Santo guía nuestra oración

      Según San Pablo la oración no es sólo una obra buena, una tarea nuestra; sino y ante todo un don, fruto de la presencia vivida y vivificante, de la acción de la Trinidad en el cristiano. De un modo más inmediato es el Espíritu Santo la persona divina que nos ayuda en la oración, superando nuestra debilidad y haciéndonos ver lo que queremos decir a Dios (cf. Rm 8, 26; 1 Co 2, 12-13).

      “Es el Espíritu Santo –señala el Papa– que ayuda nuestra incapacidad, ilumina nuestra mente y calienta nuestro corazón, guiando nuestro dirigirnos a Dios. Para san Pablo la oración es sobre todo el operar del Espíritu en nuestra humanidad, para hacerse cargo de nuestra debilidad y transformarnos de hombres atados a la realidad material, a hombres espirituales”.

      Se trata, explica, del Espíritu del Padre y del Hijo, en el cual nos hemos vuelto hijos. De esta manera, “el Espíritu de Dios se vuelve también espíritu humano y nos toca, y podemos entrar en la comunión del Espíritu”.

      El Espíritu Santo nos ayuda no solamente a dirigirnos a Dios Padre, sino también a reconocer a Jesús como Señor (cf. 1 Co 12, 3), y orientar nuestro corazón hacia Él, de manera que “no vivimos más nosotros, sino es Cristo que vive en nosotros” (cf. Ga 2, 20).

      Todo esto sucede en el cristiano enraizado en Cristo por la Eucaristía. El Espíritu Santo actúa como protagonista oculto, pero vivo, en el trasfondo de nuestra oración. Y esto, también cuando “no tenemos ganas” de rezar (que es, sencillamente, hablar con Dios), o pensemos que no sabemos cómo hacerlo, porque apenas se nos ocurre qué decir, o no tenemos en cuenta la actualidad de las oraciones cristianas más tradicionales y sencillas (Padrenuestro, Avemaría, Gloria, Salve, etc.), siempre bellas y llenas de contenido.

      Benedicto XVI extrae tres consecuencias, de esta acción del Espíritu Santo en nuestra oración, para la vida cristiana.


En la oración, el Espíritu Santo nos hace más libres


     Primera, la oración nos hace más libres. Nos pone “en condiciones de abandonar y superar toda forma de miedo o de esclavitud, viviendo la auténtica libertad de hijos de Dios”. En cambio, “sin la oración que alimenta cada día nuestro estar en Cristo, en una intimidad que crece progresivamente, nos encontramos en la condición descrita por san Pablo en la Carta a los Romanos: no hacemos el bien que queremos, sino más bien el mal que no queremos (cf. Rm. 7,19), como consecuencia del pecado original.

      Puesto que “donde está el Espíritu del Señor hay libertad” (2 Co, 3, 17), y el Espíritu está en nuestra oración, dice el Papa, “con la oración experimentamos la libertad que nos dona el Espíritu: una libertad auténtica que nos libera del mal y del pecado en favor del bien y la vida, y por Dios”. Esta libertad del Espíritu, en la perspectiva de san Pablo, “no se identifica nunca ni con el libertinaje ni con la posibilidad de elegir el mal, sino con el fruto del Espíritu que es amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí (cf. Ga. 5, 22)”. Esta es ­–deduce el Papa– la verdadera libertad: “poder realmente seguir el deseo de bien, de verdadera alegría, de comunión con Dios y no estar oprimido por las circunstancias que nos indican otras direcciones”.


En la oración, el Espíritu Santo nos da fuerzas ante las dificultades

      Segunda consecuencia: la oración nos ayuda a llevar las dificultades y los sufrimientos con una fuerza nueva. Así como (se mostraba en las últimas catequesis) a San Esteban y a San Pedro, su oración personal y la oración de la Iglesia por ellos les fortaleció en sus pruebas más duras.

      Ciertamente, observa Benedicto XVI, “con la oración no nos liberamos de las pruebas o de los sufrimientos, pero los podemos vivir en unión con Cristo, con sus sufrimientos, en la perspectiva de participar también de su gloria (cf. Rm. 8,17)”. Muchas veces, explica, en la oración le pedimos a Dios que nos libere del mal físico y espiritual, y lo hacemos con gran confianza; otras veces tenemos la impresión de que no somos escuchados y entonces corremos el riesgo de desanimarnos y de no perseverar. En realidad Dios siempre escucha la oración, especialmente ante las dificultades.

      El Papa evoca la oración de Jesús, llena de confianza, ante su pasión (cf. Hb, 5, 7). “La respuesta de Dios Padre al Hijo, a sus fuertes gritos y lágrimas, no fue la liberación de los sufrimientos (…); Dios respondió con la resurrección del Hijo, con la nueva vida”. En nuestro caso, “la oración animada por el Espíritu Santo nos lleva además a vivir cada día el camino de la vida con sus pruebas y sufrimientos, con plena esperanza en la confianza de Dios que responde como respondió al Hijo”.



En la oración, el Espíritu Santo nos abre a las necesidades de los demás

      En tercer lugar, la oración nos abre a las necesidades de los demás y del mundo. “Esto significa –según Benedicto XVI– que la oración, sostenida por el Espíritu de Cristo que habla en lo íntimo de nosotros mismos, nunca se queda cerrada en si misma, nunca es una oración solamente por mi, sino que se abre para compartir los sufrimientos de nuestro tiempo y de los otros. Se vuelve intercesión hacia los otros y así liberación para mí, y canal de esperanza para toda la creación, expresión de aquel amor de Dios que se ha volcado en nuestros corazones por medio del Espíritu que nos fue dado (cf. Rm. 5, 5)”.

      Añade el Papa: “Es justamente esto un signo de una oración verdadera que no termina en nosotros mismos, sino que se abre a los otros y así me libera y ayuda para la redención del mundo”. Y concluye recogiendo su mensaje sobre la acción del Espíritu Santo en nuestra oración: “El Espíritu de Cristo se vuelve la fuerza de nuestra oración 'débil', la luz de nuestra oración 'apagada', el fuego de nuestra oración 'árida', donándonos la verdadera libertad interior, enseñándonos a vivir afrontando las pruebas de la existencia, con la certeza de no estar solos, abriéndonos a los horizontes de la humanidad y de la creación”.

      En suma, en la oración el Espíritu Santo nos une a Dios Padre y a Cristo, haciendo posible que vivamos como hijos de Dios, “con todo nuestro corazón y nuestro ser”, en todas las circunstancias de la vida. La oración nos hace crecer en libertad, nos ayuda a llevar las dificultades y los sufrimientos, y nos saca de nosotros mismos, para compartir las necesidades de los demás. Y así la oración es manifestación personal de fe, cauce de esperanza para todos y manifestación del amor de Dios. Una lección sobre el sentido profundo de la oración y su eficacia (fuerza, luz y fuego, libertad y certeza, fe, esperanza y caridad), incluso en la oración más sencilla.




(publicado en www.analisisdigital.com, 21-V-2012)

jueves, 17 de mayo de 2012

Buscar a Dios con la fe y la ciencia



¿Cuáles son las condiciones para un diálogo fecundo entre la fe y la ciencia? Podría adelantarse que ante todo las dos partes de esa relación deben ser auténticas: una fe “vivida” y una ciencia que lo sea también verdaderamente.
      Toda universidad, que por definición debe preparar a la persona para afrontar la vida y construir el futuro de la sociedad, requiere esta reflexión. Y dentro de la universidad parece más apremiante aún en una facultad de medicina, que forma al futuro científico para atender al enfermo que sufre; y ha de hacerlo con esmero del que trata a una persona, dotada de la plena dignidad humana, y que se encuentra necesitada de su ayuda. Por ello la esmerada atención al enfermo es signo visible de la calidad educadora de la institución que gradúa al médico. Y, por el contrario, su carencia sería luz roja intermitente que señala la urgencia de revisar los planes de estudio y el modo de impartir la ciencia y seguir las prácticas de los alumnos que en ella se forman.

      Sobre estos temas ha reflexionado Benedicto XVI con motivo de los 50 años de la Facultad de Medicina del Policlínico Gemelli, perteneciente a la Universidad Católica del Sacro Cuore (Roma). 



También el científico busca el sentido de la vida

      El Papa ha señalado en primer lugar que en nuestro tiempo “las ciencias experimentales han transformado la visión del mundo e incluso la autocomprensión del hombre”. Pero al mismo tiempo las tecnologías innovadoras “a menudo no carecen de aspectos inquietantes”. Concretamente, “un reduccionismo y un relativismo que llevan a perder el significado de las cosas”. Como resultado, no se responde a la demanda de sentido, se margina la dimensión trascendente de la persona y se empobrece la ética.

      Con ello se olvidan las raíces culturales de Europa, según las cuales el cultivo de las ciencias profanas es simultáneo a la búsqueda de Dios. En efecto, “la investigación científica y la demanda de sentido, aun en la específica fisonomía epistemológica y metodológica, brotan de un único manantial, el Logos que preside la obra de la creación y guía la inteligencia de la historia”. En cambio actualmente “una mentalidad fundamentalmente tecno-práctica genera un peligroso desequilibrio entre lo que es técnicamente posible y lo que es moralmente bueno, con consecuencias imprevisibles”.

      “En el fondo –explica el Papa– el hombre de ciencia tiende, también de modo inconsciente, a alcanzar aquella verdad que puede dar sentido a la vida”. Pero esto no le es posible con sus solas fuerzas, al margen de la fe. Por eso la búsqueda de Dios por parte del hombre debe reconocer la iniciativa de Dios que busca con amor al hombre en Cristo (cf. Juan Pablo II, Tertio millennio adveniente, 7). 



Cristo, horizonte para la fe y la ciencia

      Con esta argumentación alcanza Benedicto XVI una primera conclusión de su discurso: Cristo como horizonte no sólo para la fe sino también, a través de la fe, para la razón y la ciencia humana. Cristo, camino, verdad y vida para el hombre (cf. Jn 14, 6). Camino, porque manifiesta el amor a Dios e invita a buscarlo. Verdad, porque en Él se conoce y se alcanza el proyecto más pleno del hombre. Vida porque es imagen de la Vida plena, es decir, de Dios.

      La segunda parte del discurso comienza refiriéndose al sufrimiento (recordemos el contexto: la celebración de los 50 años de la Facultad de Medicina).

      En unión con Cristo por la fe, entiende el Papa, se puede lograr el bien y la vida incluso en las realidades del sufrimiento y de la muerte: “En la cruz de Cristo (el hombre) reconoce el Árbol de la vida, revelación del amor apasionado de Dios por el hombre”. 



La fe y el amor impulsan la investigación propiamente humana

      Por eso encontrarse con los enfermos y servirles es encontrarse con Cristo, ser instrumentos de su misericordia y manifestar su victoria: “La atención hacia quienes sufren es, por tanto, un encuentro diario con el rostro de Cristo, y la dedicación de la inteligencia y del corazón se convierte en signo de la misericordia de Dios y de su victoria sobre la muerte”.

      De esta manera –retoma Benedicto XVI el hilo de su argumento–, la búsqueda de Dios, con las dos alas de la ciencia y de la fe, “resulta fecunda para la inteligencia, fermento de cultura, promotora de auténtico humanismo, búsqueda que no se queda en la superficie”.

      Esta tarea de profundización en lo propiamente humano es muy específica de una universidad católica, “que no limita el aprendizaje a la funcionalidad de un éxito económico, sino que amplía la dimensión de su proyección, en la que el don de la inteligencia investiga y desarrolla los dones del mundo creado, superando una visión sólo productivista y utilitarista de la existencia, porque el ser humano está hecho para el don, el cual manifiesta y desarrolla su dimensión trascendente’ (enc. Caritas in veritate, 34)”.

      Se puede conseguir esta meta, observa el Papa llegando a la cima de su discurso, porque “la perspectiva de la fe es interior —no superpuesta ni yuxtapuesta— a la investigación aguda y tenaz del saber”. Y porque “es precisamente el amor de Dios, que resplandece en Cristo, el que hace aguda y penetrante la mirada de la investigación y ayuda a descubrir lo que ninguna otra investigación es capaz de captar. (…) Sin amor, también la ciencia pierde su nobleza. Sólo el amor garantiza la humanidad de la investigación”.

* * *

      Se trata, en síntesis, de una propuesta nada pequeña. En el creyente, la fe ha de iluminar y fecundar desde dentro la investigación y la ciencia. El científico, también el no creyente, busca la verdad y cuenta con la razón. Si no se deja reducir, en su horizonte, por la mentalidad utilitarista y relativista, puede reconocer la racionalidad de lo creado, y, por tanto, su creador.



Dios: la gran cuestión de la fe y también de la ciencia

     La cuestión de Dios, por utilizar el lenguaje de Joseph Ratzinger, resulta así no sólo una cuestión “de religión”, sino también de razón y de ciencia. Primero, porque la sola razón puede llegar –muchos han llegado- a la existencia de Dios, la inmortalidad del alma y el juicio final. Por tanto el argumento de Dios no es simplemente “un argumento de religión”, ni se puede descartar como no científico. Si alguien lo piensa así, se le podría animar a preguntarse si no tiene una visión reducida de la ciencia. Segundo, porque la fe cristiana no camina “en paralelo” con la razón y la ciencia, ni tampoco las detiene o las desvía; más bien al contrario, las purifica e impulsa.

      Así, para una colaboración que sea fecunda al servicio de la humanidad, entre la fe y la ciencia, es condición, en el creyente, la valentía de la fe que le lleve a comprometerse por Dios al servicio “real” de los hombres. Y también es condición, en todos, la apertura de la razón hacia la profundidad y la altura de lo propiamente humano; la valentía de la razón y de la ciencia que permite contribuir a iluminar y aliviar el sufrimiento, bajo el impulso del amor. 



(publicado en www.religionconfidencial.com, 17-V-2012)

viernes, 11 de mayo de 2012

Formación de los laicos para la política



Cuando nos acercamos a un sínodo sobre la nueva Evangelización, conviene tener en cuenta la importancia de los fieles laicos, los “cristianos corrientes”. Ellos están llamados a participar, según su propia condición de ciudadanos y cristianos, en la nueva Evangelización. Para eso requieren una adecuada formación.

     Lo ha señalado Benedicto XVI ante un grupo de obispos estadounidenses, en el contexto de una reflexión sobre su tarea en el momento actual, concretamente para defender los principios éticos de la ley natural, como garantía de humanidad y de progreso.

     “En el corazón de cada cultura ­–afirma el Papa-, sea o no percibido, existe un consenso acerca de la naturaleza de la realidad y el bien moral, y así acerca de las condiciones para la prosperidad humana”. Pero hoy existen corrientes culturales que erosionan esos principios éticos que, junto con otros procedentes de la tradición judeocristiana y de la fe cristiana, están en las raíces de nuestra civilización. (Y esto que está dicho para Estados Unidos, sirve también para otros muchos lugares, sobre todo de Europa y de América Latina).



Claves para la felicidad y el progreso

     Respecto a los valores morales perennes, que la Iglesia propone como claves para la felicidad y el progreso, “en la medida que algunas tendencias culturales actuales contienen elementos que podrían restringir la proclamación de esas verdades, sea constriñéndolas en los límites de una racionalidad meramente científica, o suprimiéndolas en el nombre del poder político o la regla de la mayoría (esas tendencias), representan una amenaza no sólo para la fe cristiana, sino también para la humanidad misma y para la verdad profunda acerca de nuestro ser y vocación últimos, nuestra relación con Dios”.

     Notemos que no se trata de una afirmación gratuita y menos de una obsesión de los católicos, sino de un argumento de experiencia al que Benedicto XVI acude con frecuencia. “Cuando una cultura intenta suprimir la dimensión del misterio último, y cerrar las puertas a la verdad trascendente, inevitablemente se empobrece y cae presa, como vio claramente en sus últimos años Juan Pablo II, de lecturas reduccionistas y totalitarias sobre la persona humana y la naturaleza de la sociedad”. 



Justicia y razón abierta al espíritu

     En consecuencia, continúa, la Iglesia juega un papel decisivo al oponerse a esas “tendencias culturales que, sobre la base de un individualismo extremo, intentan proponer nociones de libertad separadas de la verdad moral”. Subraya el Papa actual que “nuestra tradición no habla desde la fe ciega, sino desde una perspectiva racional que vincula nuestro compromiso por la edificación de una sociedad justa, humana y próspera, con nuestra definitiva certeza de que el cosmos posee una lógica interior accesible al razonamiento humano”. Por eso la ley natural no es una amenaza a la libertad, sino más bien un “lenguaje” que nos capacita para entendernos a nosotros mismos y la verdad de nuestro bien (diríamos, como un potente ipad que nos permite contemplar y leer, en su contexto, las maravillas de los seres que nos rodean y a nosotros mismos). De esta manera la enseñanza moral no es un mensaje de constricción sino de liberación, y la base para edificar un futuro seguro.

     De ahí deduce Benedicto XVI que el testimonio de la Iglesia es por naturaleza público, y propone argumentos racionales en la plaza pública. La legítima separación entre Iglesia y Estado no debe significar que la Iglesia permanezca en silencio ante determinados temas, o que el Estado no pueda dialogar con las voces de creyentes comprometidos en la determinación de valores que configurarán el futuro de la nación. 



Libertad de los laicos en las cuestiones opinables

     En efecto. Todo ello es muy oportuno en el actual momento de debate ético sobre las cuestiones fundamentales que afectan a las personas y a la sociedad. El camino para todos sólo puede ser el respeto a la ley natural, que precisamente por ser natural está abierta a la verdad trascendente, y no cerrada en las realidades meramente empíricas y en las decisiones voluntaristas. Por otra parte, cabe recordar la libertad de los fieles laicos a la hora de mantener sus opiniones como ciudadanos: pueden tomar, y de hecho lo hacen, opciones diversas en los temas políticos, sociales y culturales, siempre que no estén en contra del lenguaje que la naturaleza imprime en la creación. Es claro que los fieles laicos no representan oficialmente a la Iglesia, por lo que ni sus opiniones ni sus actuaciones han de ser tomadas por las “opiniones de la Iglesia” o actuaciones de la Iglesia institucional. Los laicos hacen presente el misterio de la Iglesia en la sociedad civil, pero esto no les priva de su libertad en las cuestiones opinables, y no implica una uniformidad de pareceres o caminos concretos entre los católicos, tampoco por tanto entre los que se dedican a la política.

    Con este transfondo que sin duda tiene presente, Benedicto XVI considera imperativo que los católicos se opongan al “secularismo radical” que amenaza los ámbitos político y cultural. Particularmente, dice, deben oponerse a los intentos de limitar la libertad religiosa, por ejemplo negando el derecho a la objeción de conciencia por parte de personas o instituciones respecto a la cooperación con prácticas intrínsecamente malas; o también intentado “reducir la libertad religiosa a una mera libertad de culto sin garantizar el respeto a la libertad de conciencia”. 



Laicos, política y nueva evangelización

     El Papa declara la necesidad de la formación de fieles laicos dotados de un “fuerte sentido crítico” frente a estos aspectos de la cultura dominante relacionados con un “secularismo reductivo”. Y señala que la preparación de líderes laicos comprometidos y la presentación de una convincente articulación de la visión cristiana del hombre y la sociedad, aparece como una tarea primordial.

     La formación de los laicos para la política, entiende Benedicto XVI, debe considerarse como “un componente esencial de la nueva evangelización”. Por tanto ha de “configurar el enfoque y las metas de los programas catequéticos en todos los niveles” (léase: para todas las edades, no sólo para los niños y jóvenes, sino también para los adultos, y en cualquiera de los ámbitos de la formación: escuela y familia, parroquia, grupos y realidades eclesiales, etc.).

     Insiste el Papa en la formación de los laicos, especialmente los que se dedican a la política, en lo que se refiere a los grandes temas morales de nuestro tiempo: “el respeto por el don divino de la vida, la protección de la dignidad humana y la promoción de los derechos humanos auténticos”. Teniendo en cuenta la libertad en lo temporal y el respeto a una justa autonomía de la esfera secular, subraya que “no hay ningún ámbito de los asuntos humanos que pueda ser retraído del Creador y su dominio” (cf. GS 36).

     Conviene tomar nota de esta llamada de atención para la formación de los laicos, que implica a toda la comunidad cristiana, comenzando por sus pastores. Éstos deben impulsar, en efecto, una educación que prepare a todos, en concreto, para los desafíos éticos de nuestro tiempo. 




(publicado en www.cope.es, 10-V-2012)

viernes, 4 de mayo de 2012

Oración y acción


Tintoretto, Cristo en casa de Marta y María (1540-1545)

Antes es la obligación que la devoción, dice el refrán popular. Con ello suele significarse que no hay que dar prioridad a las cosas que nos agradan o que son buenas, pues primero está el cumplimiento del deber. Pero si se intenta entenderlo en sentido literal, puede confundir.

      Y confunde siempre que se piensa el deber como una “obligación”, en el sentido de un quehacer puramente humano y externo, y se entiende por “devoción” una actividad de tipo espiritual que puede o no desarrollarse, según el gusto y sensibilidad religiosa de cada uno.


El deber primero es la oración


      En realidad, el deber primero del hombre es la oración, el trato de amistad y diálogo con Dios, la piedad auténtica, base de toda devoción. Y la oración, que es ya una acción, no es sin embargo mera acción humana, sino que en ella interviene Dios, también como amigo y como interlocutor. Para los cristianos la oración, de un modo u otro, se dirige siempre al Padre, por el Hijo y en el amor del Espíritu que a los dos une y con ellos nos une: nos da unidad y vida en la Iglesia, familia de Dios al servicio del mundo. Por tanto, la relación entre oración y acción solo puede captarse en las coordenadas generales de la vida cristiana: la fe, los sacramentos, el servicio de la caridad.

      Tanto la oración como la acción (externa) son expresiones esenciales de la vida cristiana. Pero no están al mismo nivel, porque la oración, en su forma más alta de contemplación, se refiere a la finalidad de la vida cristiana: el amor a Dios que se traduce en el amor a los demás; mientras que la acción se refiere al medio para lograr ese amor. Así que es la oración (el diálogo con Dios y la contemplación de su belleza y grandeza, con la ayuda de la liturgia) la que debe impulsar a la acción. Y en la vida cristiana, gracias a la oración, que nos ayuda a discernir la voluntad de Dios y nos da las fuerzas para seguirla, todo puede convertirse en un “medio”, en un camino u ocasión para proclamar, celebrar y vivir la fe y para alcanzar la plenitud del amor.

      Además de estas razones, que podríamos llamar de antropología cristiana, hay otros motivos de orden más pedagógico, o si se quiere pastoral, para comprender la prioridad de la oración sobre la acción. 


Sin orden interior no se puede bucar el Reino de Dios

     Primero, que el Reino de Dios se difunde desde lo que san Pablo llama el “hombre interior”; es decir, desde el corazón del cristiano. “Antes” de buscarlo fuera hay que edificarlo dentro: sin orden en el espíritu, es difícil que se pueda actuar para la ordenación de la vida y del mundo al Reino de Dios.

     En segundo lugar, que como consecuencia del pecado, tanto la inteligencia como la voluntad y los afectos fácilmente se pierden o se desordenan en sus objetivos y en su orden mutuo: la luz de la fe no brilla con toda su capacidad orientativa, la voluntad puede torcerse y con ella la pureza de intención, y los sentidos reclaman una atención que puede dañar la serenidad habitual incluso de quien está unido a Dios.

      Finalmente, hay que recordar la tendencia que hay en nuestro tiempo hacia el activismo.

      Por otra parte, para asegurar la prioridad de la oración hay que estar persuadido de algunos argumentos, en la línea de que la oración fomentaría el subjetivismo, el individualismo o el egocentrismo, la falta de espontaneidad, la evasión de la realidad, o supondría un anacronismo respecto al mundo moderno. Esto no es ajeno a las diversas concepciones de la religión que hoy se difunden, también dentro del cristianismo, e incluso, en su caso, a los modos distintos (no igualmente válidos) de enfocar el apostolado cristiano.

     Pero todo ello no hace sino confirmar la necesidad de la auténtica oración, y de anteponer la oración a la acción. Pues la “actividad” más importante para el cristiano es una vida espiritual y sacramental intensa, que surge del esfuerzo por corresponder a la acción del Espíritu Santo con el “combate espiritual” personal. De esa fuente debe manar la actividad apostólica, verdadero servicio de caridad, que para la mayoría de los cristianos se desarrolla en el ambiente de la vida cotidiana: la familia, el trabajo, las relaciones sociales, culturales, etc. Ese es el camino, y no hay otro, para que la oración en la vida corriente se traduzca en anuncio y testimonio de la fe, en acción apostólica y promoción humana.


La justicia y el amor deben brotar de la oración

     De la prioridad de la oración en relación con el anuncio de la Palabra de Dios, se ocupó Benedicto XVI en la audiencia general del miércoles 25 de abril. Como punto de partida tomó el suceso que cuentan los Hechos de los Apóstoles (6, 1ss), cuando éstos decidieron no abandonar el anuncio de la fe y la predicación, sino organizar, por medio de los diáconos, la atención a personas necesitadas de asistencia y ayuda. Se trataba, según el Papa, de “dos realidades que se deben vivir en la Iglesia: la predicación de la palabra, la primacía de Dios, y la caridad práctica, la justicia”; porque “la Iglesia no solo debe proclamar la palabra, sino también cumplir la palabra, que es amor y verdad”. Además hay que tener en cuenta que “la caridad y la justicia no son solo acciones sociales, sino son acciones espirituales realizadas a la luz del Espíritu Santo” (así es, en efecto, tanto para la Iglesia-institución como para cada cristiano personalmente).

     En esta ordenación de actividades se refleja, a juicio de Benedicto XVI, lo que sucedió durante la vida pública de Jesús en casa de Marta y María, en Betania. Mientras Marta estaba abrumada con el trabajo de la casa, María escuchaba la palabra del Señor (cf. Lc. 10,38-42). Las palabras de Jesús, “… María ha elegido la mejor parte”, no significan oposición entre la oración y la actividad diaria o la caridad. Lo mismo que las de los apóstoles: “"Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra" (Hch. 6,4), no significan que decidieron apartarse del servicio de caridad abnegada a todos. En ambos casos, entiende el Papa, lo que se muestra es “la prioridad que debemos darle a Dios; (…) no se condena la actividad por el prójimo, por el otro, pero se subraya que debe ser penetrada interiormente también por el espíritu de la contemplación”.


Sin la oración, la acción se vacía

    En esta línea –continúa-, se manifiestan los santos (como san Agustín, san Ambrosio y san Bernardo). Precisamente porque “han experimentado una profunda unidad de vida entre la oración y la acción, entre el amor total a Dios y el amor a los hermanos”, han insistido en la necesidad del recogimiento interior para defenderse del activismo.

     Por eso, deduce Benedicto XVI, el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que consideramos subraya la importancia del trabajo y del servicio a los demás, “pero también nuestra necesidad de Dios, de su orientación, de su luz que nos da fortaleza y esperanza”. Y es que “sin la oración diaria fielmente vivida, nuestra acción se vacía, pierde su alma profunda, se reduce a un simple activismo sencillo que con el tiempo nos deja insatisfechos”. De ahí las palabras de una invocación tradicional cristiana: "Inspira nuestras acciones, Señor, y acompáñalas con tu ayuda, para que todo nuestro hablar y actuar, tenga siempre en ti su principio y en ti su cumplimiento".

     Y concluye resaltando esta necesidad de anteponer la oración, particularmente para los pastores de la Iglesia: “Para los pastores esta es la primera y más valiosa forma de servicio a la grey a ellos confiada. Si los pulmones de la oración y la palabra de Dios no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el riesgo de asfixiarnos en medio de miles de cosas todos los días: la oración es la respiración del alma y de la vida”. Esto, sin olvidar que cuando se hace oración, incluso en el silencio de la Iglesia o en la propia habitación, “estamos unidos en el Señor con muchos hermanos y hermanas en la fe, como un conjunto de instrumentos que, a pesar de su individualidad, elevan una única y gran sinfonía de intercesiones a Dios, de acción de gracias y de alabanzas”.


(publicado en www.analisisdigital.com, 3-V-2012)

lunes, 30 de abril de 2012

Todos llamados, todos responsables

"Señor, úneme al árbol al que pertenezco" 
(A. de Saint-Éxupéry)

Toda llamada espera una respuesta. En el vocabulario cristiano tradicional se ha empleado la palabra “vocación” para referirse particularmente a la vida sacerdotal y a la vida religiosa (hoy denominada más ampliamente vida consagrada). Pero, como el Concilio Vaticano II quiso declarar en su constitución Lumen gentium, en la Iglesia, “todos, lo mismo quienes pertenecen a la Jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad” (n. 39); dicho de otra manera, “todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad” (n. 40).

     Esta es la común vocación cristiana. Todos los cristianos están llamados por Dios para manifestar su amor en el mundo, según las condiciones de vida de cada uno. La palabra “Iglesia” significa precisamente vocación, llamada conjunta de muchos. Y “cristiano” es nombre de vocación: llamado a participar de la vida y la misión de Cristo.


La existencia humana es una llamada


      Pero aún hay más. Todas las personas, y no sólo los cristianos, están llamadas por Dios a encontrarse con Él, a descubrir su amor, dejarse transformar por él y llevarlo a los demás. La existencia humana es siempre una llamada del Amor al amor.

     En su mensaje para la 49 Jornada mundial de oración por las vocaciones (29-IV-2012), escribe Benedicto XVI: “Toda criatura, en particular toda persona humana, es fruto de un pensamiento y de un acto de amor de Dios, amor inmenso, fiel, eterno (cf. Jr 31, 3)”.

      Ya en su primera encíclica explicaba que el plan salvífico de Dios es un designio de amor, que se narra en la Biblia como una historia de amor: “Él sale a nuestro encuentro, trata de atraernos, llegando hasta la Última Cena, hasta el Corazón traspasado en la cruz, hasta las apariciones del Resucitado y las grandes obras mediante las que Él, por la acción de los Apóstoles, ha guiado el caminar de la Iglesia naciente. El Señor tampoco ha estado ausente en la historia sucesiva de la Iglesia: siempre viene a nuestro encuentro a través de los hombres en los que Él se refleja; mediante su Palabra, en los Sacramentos, especialmente la Eucaristía” (Deus caritas est, n. 17).


Iglesia, familia y vocación

     Pues bien, la Iglesia existe para anunciar la belleza de ese amor. Escribe el Papa en este mensaje que “la comunidad cristiana se convierte ella misma en manifestación de la caridad de Dios que custodia en sí toda llamada”. Y esto puede aplicarse tanto a la Iglesia universal como a las Iglesias locales, y también a los movimientos y a todas las realidades eclesiales.

      Incluso afirma que “esa dinámica, que responde a las instancias del mandamiento nuevo de Jesús, se puede llevar a cabo de manera elocuente y singular en las familias cristianas, cuyo amor es expresión del amor de Cristo que se entregó a sí mismo por su Iglesia (cf. Ef 5,32)”. Concreta que cada familia, “comunidad de vida y de amor” (Gaudium et spes, 48), es lugar privilegiado de la formación humana y cristiana; y puede convertirse en el mejor “seminario” (que quiere decir semillero) de las vocaciones, en la medida en que las familias sean “casas y escuelas de comunión”.

      Es claro que con ello no se quiere desnaturalizar la familia, haciendo de ella lo que no es. Al contrario, ese ha de ser el horizonte mejor: la comunión de vida y amor, comunión que quiere decir unión en la diversidad, y participación en la tarea común de vivir como personas y como cristianos.


Toda vocación es vocación al amor

     Benedicto XVI señala que en el contexto de “la apertura al amor de Dios y como fruto de este amor, nacen y crecen todas las vocaciones”, con la ayuda de la oración y los sacramentos, particularmente la Eucaristía. Y que el amor de Dios se expresa, se descubre y se aprende en el amor al prójimo, “sobre todo hacia los más necesitados y los que sufren”. Amor a Dios y amor al prójimo son “dos amores” que “brotan de la misma fuente divina y a ella se orientan”.

     A este propósito cabe recordar que, en la Iglesia, la vocación cristiana se vive en tres modos o caminos principales: la mayor parte de los cristianos, los fieles laicos, poseen la vocación de ordenar las realidades temporales (el trabajo, la familia, la cultura, etc.) al Reino de Dios como desde dentro (dice el Concilio) de esas mismas realidades. Otros, los ministros sagrados (obispos, presbíteros y diáconos) hacen presente la vida y la acción de Cristo ante los demás. Y la vida religiosa o consagrada da un testimonio público de la fe por medio de determinados votos, y desarrollando sus correspondientes dones y carismas.


Sentido de la vida y compromiso

     Todos los cristianos, unos y otros, necesitamos de los demás. Es importante para cada uno descubrir su vocación concreta. Y luego, ser fiel a esa vocación, como a lo más querido, a lo que da sentido a la vida, porque hace grande lo pequeño y ordinario, y más fácil y llevadero, lo grande o extraordinario.

     En otras ocasiones el Papa ha puesto de relieve que la vocación cristiana implica el compromiso de colaborar en el desarrollo humano integral. Esto pertenece a “la caridad en la verdad”. Pues si bien todos los hombres perciben en su interior una llamada a la verdad y al amor, el Evangelio es la mayor luz y el mayor impulso para esa tarea. Y cada cristiano la lleva a cabo según su vocación concreta y sus posibilidades (cf. la encíclica Caritas in veritate, de 2009).


El papel de los padres y madres

      Algunos padres y madres se preguntan cómo actuar en relación con la vocación concreta de sus hijos. Ese papel podría resumirse en estos términos: orientar y apoyar, con su consejo y su oración. Deben orientar a sus hijos para descubrir su vocación, sea que se inclinen por la vocación sacerdotal, religiosa, o laical (y ésta, bien en el matrimonio o en el celibato al servicio de los demás por medio de un trabajo profesional, o de alguna tarea de caridad). No deben inmiscuirse hasta el punto de obligar a los hijos a tomar una determinada opción. En ningún caso han de ser obstáculos para que los hijos cumplan con la voluntad de Dios y el servicio a los demás.

     En la medida en que los hijos lo necesitan (y de algún modo siempre necesitan algo de esto), los padres deben aconsejarles sobre su camino, después de considerar ante Dios la vocación de sus hijos, y si es preciso consultando con personas prudentes y de criterio cristiano. En este consejo han de tener en cuenta la razón (la ética) y la fe, las necesidades concretas de la Iglesia y del mundo, y las aptitudes de sus hijos, a los que se supone que conocen bien. Además, no acaba ahí su responsabilidad, sino que durante toda su vida deberán apoyarles con la oración y el buen ejemplo de cristianos.


(publicado en www.religionconfidencial.com, 30-IV-2012)

miércoles, 25 de abril de 2012

Llevar a la oración la vida cotidiana


Sara Maria Vaccarezza Fariña, Calle con árboles, gente y colores


Después de que los apóstoles Pedro y Juan curaron al cojo de nacimiento, les metieron en la cárcel, pero acabaron soltándoles, con la prohibición de que predicaran y enseñaran en nombre de Jesús (cf. Hch., capítulos 3 y 4). Ellos volvieron a reunirse con los demás discípulos. Y entonces, lo primero que hicieron todos fue invocar a Dios. Esta oración dio como fruto una efusión del Espíritu Santo que suele llamarse “el pequeño Pentecostés”. 

     A esta plegaria le ha dedicado Benedicto XVI una reflexión en la audiencia general del miércoles 18 de abril, dentro de sus catequesis sobre la oración.  Ha analizado el contexto, lo que se pedía en ella, sus resultados inmediatos y las enseñanzas que se desprenden para nosotros.


Siempre, ante todo, ponerse en oración

     Primero, el contexto. Como ya hemos visto, se trata de una dificultad para los primeros cristianos de Jerusalén. En esta situación, observa el Papa, “la primera comunidad cristiana no trata de hacer un análisis sobre cómo reaccionar, encontrar estrategias de cómo defenderse a sí mismos, o qué medidas adoptar; sino que ante la prueba empiezan a rezar, se ponen en contacto con Dios”. Y esta oración tiene una característica sobresaliente: se trata de una oración unánime,  dice el texto utilizando una terminología que también en otras ocasiones (cf. Hech. 1, 14; 2, 46) expresa la concordia y la unidad profunda que aquellos cristianos experimentan, poniéndose a rezar “como una sola persona”. Esto, entiende Benedicto XVI, es el primer prodigio que Dios hace en ellos: que a causa de su fe, “la unidad se refuerza, en lugar de verse comprometida, ya que está sostenida por una oración inquebrantable”. 


Dejar que la fe ilumine las cosas que pasan... y pedir lo que nos falta

     Pasando al contenido de esa oración, leemos cómo ante todo buscan, en palabras del Papa, “comprender en profundidad lo que ha sucedido”, tratan de “leer los acontecimientos a la luz de la fe” y lo hacen “precisamente a través de la Palabra de Dios, que nos permite descifrar la realidad del mundo”.  Dicho de otra manera: llevan a su oración lo que está pasando, para situarlo en la realidad: comienzan por reconocer quién es Dios, con su grandeza e inmensidad, y cómo actúa para nuestro bien. Dios, el creador del mundo, no abandona nunca a sus criaturas, y concretamente a sus elegidos; tampoco cuando surgen las dificultades o las amenazas de los poderosos (cf. el Salmo 2). “Como le sucedió a Jesús, también sus discípulos encuentran oposición, incomprensión, persecución”. 

     En esa consideración, que es ya oración de alabanza y acción de gracias, surge la petición. ¿Qué piden esos primeros cristianos en un momento de prueba? Hace notar Benedicto XVI que no piden ser librados de la persecución, de la prueba o del sufrimiento, ni la venganza contra sus enemigos, ni lograr éxito. Piden solamente a Dios que les conceda “proclamar tu palabra con libertad” (cf. Hch. 4, 29), es decir, no perder la valentía de la fe.

     A esa petición se añade la de que Dios confirme claramente su ayuda, mediante curaciones u otros signos o prodigios, “para que sea visible la bondad de Dios, es decir, una fuerza que transforme la realidad, que cambie el corazón, la mente, la vida de los hombres y traiga la novedad radical del Evangelio”. 


Dios siempre responde

     Finalmente, el resultado inmediato de la oración: “Tembló el lugar en que estaban reunidos tembló y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios con libertad” (Hch. 4, 31). He ahí, señala el Papa, el fruto de aquella oración: “La efusión del Espíritu, don del resucitado que sostiene y guía el anuncio libre y valiente de la Palabra de Dios, que impulsa a los discípulos del Señor a salir sin miedo para llevar la buena noticia hasta los confines del mundo”. 

     Y la principal lección para nosotros: “También nosotros (…) debemos saber presentar los acontecimientos de nuestra vida cotidiana en nuestra oración, para buscar su significado profundo”. Lo haremos, explica Benedicto XVI, si, como aquellos primeros cristianos, nos dejamos iluminar por la Palabra de Dios, la meditación de la Sagrada Escritura, para aprender a ver que Dios está presente en nuestras vidas, también en los momentos difíciles o en las cosas que no comprendemos, porque todo lo que sucede forma parte de su designio amoroso, en el que al final vence el bien. 

     También nosotros debemos renovar la petición del Espíritu Santo, que nos ilumine y vivifique, que nos lleve a reconocer al Señor, que responde a nuestras invocaciones con su voluntad de amor “y no según nuestras ideas”. Así podremos vivir con serenidad, valentía y alegría todas las situaciones, incluyendo las dificultades, con paciencia y esperanza (cf. Rm 5, 3-5).


El tema de mi vida... y de los demás

     Al leer estas palabras del Papa, me venían a la mente otras de san Josemaría Escrivá: “El tema de la oración es el tema de mi vida”. Por eso animaba a considerar lo que pasa en nuestra vida a la luz de la vida y las enseñanzas de Jesús, y con docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo.  Es sobre todo en la oración, predicaba, donde nos daremos cuenta “hasta qué extremo deben llevarse el amor y el servicio”. Y añadía: Sólo si procuramos comprender el arcano del amor de Dios, de ese amor que llega hasta la muerte, seremos capaces de entregamos totalmente a los demás, sin dejarnos vencer por la dificultad o por la indiferencia”.  



(publicado en www.analisisdigital.com, 25-IV-2012)

Líderes en solidaridad



La crisis económica acompaña nuestra preparación para el año de la fe. Esta coincidencia nos puede ayudar a pensar. ¿Será porque hemos de quedarnos con los brazos cruzados, esperando que Dios nos ayude a resolver nuestros problemas? No precisamente. Al contrario, la fe ilumina a la razón y da fuerzas para la salida de todas las crisis que se presentan en la vida humana.

     Concretamente, cabe considerar, desde la fe, una experiencia universal: todas las crisis requieren de la solidaridad. Quizá por ello, algunas películas, sin tener quizá gran valor cinematográfico e incluso habiendo recibido reprimendas de los críticos, tienen mucha aceptación, sobre todo entre los jóvenes.


Nostalgia de solidaridad

     Así por ejemplo, “Cadena de favores” (Pay it forward, M. Leder, 2000), “El último regalo” (The Ultimate Gift, M.O. Saible, 2006), o “El estudiante” (R. Girault, 2009). Entre muchas otras, estas películas reflejan, con más o menos acierto, diversos aspectos de la solidaridad. Y los jóvenes, aunque estén amenazados por el individualismo y el relativismo que domina el ambiente, tienen nostalgia de verdadera solidaridad. Se dan cuenta de que es algo que llevan dentro y que forma parte de la solución de todas las crisis personales y sociales. Y a la vez, de que no es automático, ni fácil.

     El valor o la virtud de la solidaridad está en relación no sólo con “grandes” virtudes como el amor y la justicia, sino también con otras que pueden parecer “pequeñas” y no lo son, como el altruismo y la comprensión, la cortesía y la gratitud, la responsabilidad y el compromiso.

      Es curioso que el diccionario del castellano defina la solidaridad como: “Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros”. Tal vez sea la idea dominante en la calle: dar un poco de tiempo o de dinero, alguna vez o de vez en cuando (circunstancialmente), para algo. Si es así, se trataría de un valor pobre y superficial. Y, desde luego, una encuesta entre jóvenes daría como resultado la negativa a quedarse con esa definición, por corta de horizontes.


Lo primero es "hacer el bien", no "sentirse bien"


     Si se les pregunta qué es para ellos la solidaridad, en medio de muchas respuestas interesantes, quizá se les escape algo que está en el ambiente: ayudar y “sentirse bien”. Pero ¿qué es lo más auténtico, “hacer el bien” o “sentirse bien”? Sin duda lo primero lleva a lo segundo, con tal de que no se cambie el orden.

     El término solidaridad nos habla, etimológicamente, de algo “sólido”, compacto o entero, como puede ser una edificación, en la que cada elemento contribuye al todo y lo sustenta; y como valor personal, lleva a saberse y sentirse responsable de todos. No se trata de ingenuidad, sino de la conciencia vivida de ser y actuar como persona.

     Por eso la solidaridad tiene que ver más bien con lo que Juan Pablo II escribió: “Solidaridad no es un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas, sino la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y de cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (Enc. Sollicitudo rei socialis, de 1987, n. 38). Como es obvio esto no se limita a las catástrofes, sino que debería estar presente en lo ordinario.


Solidaridad y caridad

     Hay quien opone la solidaridad a la caridad: la caridad sería algo humillante, porque se ejerce verticalmente, desde arriba; mientras que la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo. Ciertamente durante mucho tiempo se ha podido entender, en muchos ambientes, la caridad como algo oficial, frío y seco, que nada tiene que ver con lo concreto de la solidaridad; asimismo puede haber sucedido o estar sucediendo, como hemos visto más arriba, que la solidaridad se diluya en un sentimiento “ciscunstancial”.

      En cambio la verdadera solidaridad se abre a la caridad auténtica, que está plenamente representada en la cruz de Cristo, con sus dos palos o travesaños: uno vertical (que viene de Dios) y otro horizontal (para extender los brazos a todos). Y se hace densa y real donde esos dos palos se juntan: en el corazón. No como lugar de un sentimentalismo barato, sino como fuente de entrega hasta el final.

      Escribió Pablo VI que nuestro mundo está enfermo de fraternidad. También lo decía, de otra manera, Martin Luther King: "Hemos aprendido a volar como los pajaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el arte dew vivir juntos, como hermanos".

      En consecuencia, no es verdad que “la fraternidad es una de las más bellas invenciones de la hipocresía social” (G. Flaubert), sino la realidad humana más profunda, que debería hacerse una realidad también querida y buscada por todos cada día.


Formar líderes en solidaridad

     Por estas razones, entre otras, toda educación –tanto la educación familiar como la educación escolar y la universitaria, como también la formación cristiana en cualquiera de sus ámbitos y niveles– debería proponerse formar “líderes en solidaridad”.

     La solidaridad, como la caridad, de la que es germen y camino, tiene sin duda un orden: debe comenzar por los más cercanos: los familiares, los amigos, los vecinos. Pero no para limitarse a ese ámbito, porque si no, se destruiría. Si sólo amo a los que espero que me correspondan, ¿de qué amor se trata? Como la caridad, la solidaridad debe tener un componente de desinterés. Dar sin esperar nada a cambio, aunque sepamos que eso es imposible, porque al menos se recibe a cambio un sentimiento de alegría, que es prueba de que estamos bien hechos.

      Benedicto XVI ha señalado que la solidaridad de Dios con los hombres se manifiesta en su Hijo, al hacerse uno con nosotros en todo menos en el pecado; se puso “en fila con los pecadores” (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 9-I-2011) y cargó con los pecados de todas las personas de todos los tiempos.


Jesús y la solidaridad

     Y todavía más. El Papa ha observado, de un modo nuevo hasta ahora, que Jesús pidió la solidaridad de los suyos en el Huerto de los Olivos, en el momento en que veía acercarse la muerte. Les pedía “una cercanía en la oración, para expresar, de alguna manera, la sintonía con Él, en el momento en que está a punto de cumplirse totalmente la voluntad del Padre, y es una invitación a cada discípulo a seguirlo en el camino de la cruz” (Audiencia general, 1-II-2012). Toda la vida del Señor, y especialmente su pasión y muerte, muestra que “su intercesión no es sólo solidaridad, sino que se identifica con nosotros: nos lleva a todos en su cuerpo” (Audiencia general 1-VI-2011). Este es, en efecto, el verdadero fundamento, siempre vivo, de la Iglesia, familia de Dios y germen de solidaridad universal en el mundo.

    Por eso Benedicto XVI nos invita, particularmente a los cristianos, a escoger con Jesús “la lógica de la comunión entre nosotros, de la solidaridad y del compartir. La Eucaristía es la máxima expresión del don que Jesús hace de sí mismo y es una constante invitación a vivir nuestra existencia en la lógica eucarística, como un don a Dios y a los demás” (Homilía en Venecia, 8-V-2011).

     Se atribuye a Apuleyo (siglo II) la frase: “Uno a uno, todos somos mortales. Juntos, somos eternos”. El evangelio vino a subrayar que uno a uno somos irrepetibles, queridos por Dios como hijos y, por tanto, como hermanos. Por eso, a la vez, vino a quebrar los moldes del individualismo. Y también por eso, el evangelio es la luz más potente y el mayor impulso para formar líderes en solidaridad.




(publicado en www.cope.es, 24-IV-2012)