domingo, 27 de febrero de 2011

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Desarrollo y cristianismo


 Caravaggio, Los jugadores de cartas (1595), 
también conocido como Los tramposos


Desde su principio hasta el final, la encíclica Caritas in veritate declara su afirmación más importante: “La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad” (n. 1). “La fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano” (n. 78).
    Puede llamar la atención la contundencia con que se expresa esta capacidad plena del Evangelio para impulsar el auténtico desarrollo humano. Esto no equivale a negar la capacidad que otras perspectivas  puedan tener para contribuir al desarrollo en modo alguno.
     Para captar adecuadamente el mensaje y el tono de la encíclica, cabe destacar algunas de sus claves. Articuladas en diversos planos (teológico, cultural, económico-político), esas claves principales pueden desgranarse en los siguientes puntos.
     En primer lugar, la continuidad de esta encíclica con las otras dos, sobre el amor y la esperanza (pues sólo quien tiene una visión completa de la persona, de su capacidad de donarse y proyectarse hacia un don cada vez mayor, puede contribuir a su desarrollo integral).
     En segundo lugar, la continuidad histórica del texto con la encíclica Populorum progressio (1967), de Pablo VI. Este documento giraba en torno al concepto de “desarrollo humano integral”, cuyas raíces pueden encontrarse en la filosofía del “humanismo integral” (Maritain), que impulsó todo un proyecto político de fondo cristiano.
     Los últimos Papas han perfeccionado la visión del “hombre cristiano” —que en último término viene de San Pablo—, por medio de una perspectiva más profundamente antropológica, cristológica y eclesiológica.
     Tercero, Caritas in veritate explica el “desarrollo humano integral” a través de la relación entre la caridad y la verdad. Esta relación ha sido antes que reflexionada por la teología, vivida plenamente por Cristo en su redención, y consumada por el Espíritu Santo a partir de Pentecostés; y como fruto posterior, también vivida por muchos cristianos (los santos) en todos los tiempos.
     La relación entre la caridad y la verdad afecta a todas las personas y grupos humanos, porque es vocación del hombre y de la sociedad, capaz de fundar una ética universal sobre la ley natural. Esa relación entre caridad y verdad puede y debe ser plenamente vivida en la perspectiva cristiana de la Iglesia como familia de Dios, con una misión de reconciliación que implica la promoción humana en todos los niveles. Por eso es necesario estar alerta, para que el ruido de la fiesta del bienestar no impida escuchar la llamada de los excluidos: “Mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una conciencia incapaz de reconocer lo humano” (n. 75).
     Sobre ese plano teológico de fondo, la encíclica va desgranando los frutos y la crisis de la globalización (resultado de la encrucijada de la ideología tecnicista, el eclecticismo cultural y el relativismo, una visión mecanicista de la vida, el ateísmo práctico impuesto a veces desde el Estado, etc.), así como las oportunidades (la introducción del principio de la gratuidad y el don en la economía, una orientación personalista y a la vez promotora de la participación, el horizonte de una verdadera “ecología humana” fundada en la fraternidad, etc.) y los desafíos (como el laicismo y el fundamentalismo) que se presentan actualmente.
     Por tanto, los cristianos han de trabajar con sus conciudadanos, conscientes de que “el desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común” (n. 71). Esa rectitud comienza otorgando la primacía a la vida espiritual.
     Se entiende bien que la contribución del cristianismo al desarrollo humano no radica en una única visión cultural y política de las cosas, sino en una transformación interior del corazón humano que, abriéndose al amor verdadero, lo sitúa ante su responsabilidad personal y social, y por tanto ante la libertad y la diversidad, con todas las consecuencias.


Palabras de San Josemaria en Tajamar


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(una primera versión de este texto fue publicada en "La Gaceta", el 11-VIII-2009)

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