lunes, 9 de abril de 2012

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El sí de Jesús en su oración

P. Veronese, La agonía en el Huerto (h. 1583)
Pinacoteca de Brera, Milán

Durante su homilía en San Juan de Letrán, el jueves santo 5 de abril, Benedicto XVI contemplaba, una vez más, la oración de Jesús en “la noche oscura del Monte de los Olivos”. No se trata solamente de la muerte que se cierne sobre él, por la traición de sus amigos y las asechanzas de sus enemigos. Es la oscuridad del mal presente en todos los siglos y en cada persona, muerte para la vida verdadera. En medio de esa oscuridad, la oración de Jesús abre a la luz y a la vida, a la verdad y a la inocencia, a la salvación y a la libertad.


La oración de Jesús, luz y vida

     Jesús reza como luz y vida, entrando en nuestra oscuridad y en nuestra muerte. “Jesús sale en la noche. La noche significa falta de comunicación, una situación en la que uno no ve al otro. Es un símbolo de la incomprensión, del ofuscamiento de la verdad. Es el espacio en el que el mal, que debe esconderse ante la luz, puede prosperar. Jesús mismo es la luz y la verdad, la comunicación, la pureza y la bondad. Él entra en la noche. La noche, en definitiva, es símbolo de la muerte, de la pérdida definitiva de comunión y de vida. Jesús entra en la noche para superarla e inaugurar el nuevo día de Dios en la historia de la humanidad”.


La oración del Hijo y del "niño"

     Jesús reza como Hijo y como “niño”. Ante Pedro, Santiago y Juan, en la transfiguración, Jesús hablaba de su “éxodo” en Jerusalén. ¿Qué podía significar aquello?, se preguntaban. Ahora, observa el Papa, “los discípulos son testigos del primer tramo de este éxodo, de la extrema humillación que, sin embargo, era el paso esencial para salir hacia la libertad y la vida nueva, hacia la que tiende el éxodo”. Sin embargo, y a pesar de que Jesús les pidió que le apoyaran en aquella oración de Getsemaní, pronto se durmieron. Sí pudieron escuchar algo de la oración de Jesús, que luego contaron. Sobre todo cómo llamaba a Dios Abbá, equivalente de nuestro “papá”.

     Este es así, señala Benedicto XVI, “el lenguaje de quien es verdaderamente ‘niño’, Hijo del Padre, de aquel que se encuentra en comunión con Dios, en la más profunda unidad con él”. Así se muestra que lo más característico de Jesús según los evangelios es el trato con su Padre Dios: “El ser con el Padre es el núcleo de su personalidad”. Y sólo a través de Cristo conocemos verdaderamente a Dios (cf. Jn 1, 18) como Padre bueno y omnipotente.


Oración de sacerdote

     Jesús ora como sacerdote. Según Mateo y Marcos “cayó rostro en tierra”. San Lucas dice que Jesús rezaba arrodillado. Por eso entiende el Papa que “los cristianos con su arrodillarse, se ponen en comunión con la oración de Jesús en el Monte de los Olivos”. Así le acompañan en aquél “combate” consigo mismo y por nosotros.

     No se trata únicamente, insiste Benedicto XVI, de la angustia natural ante la muerte: “En las noches del mal, él ensancha su mirada. Ve la marea sucia de toda la mentira y de toda la infamia que le sobreviene en aquel cáliz que debe beber. Es el estremecimiento del totalmente puro y santo frente a todo el caudal del mal de este mundo, que recae sobre él. Él también me ve, y ora también por mí. Así, este momento de angustia mortal de Jesús es un elemento esencial en el proceso de la Redención”.

     Y deduce que “por eso, la Carta a los Hebreos ha definido el combate de Jesús en el Monte de los Olivos como un acto sacerdotal. En esta oración de Jesús, impregnada de una angustia mortal, el Señor ejerce el oficio del sacerdote: toma sobre sí el pecado de la humanidad, a todos nosotros, y nos conduce al Padre”.


La oración del "nuevo Adán"

     Jesús reza como nuevo Adán que repara la soberbia del pecado, y nos abre a la libertad. Jesús se somete amorosamente a la voluntad de su Padre: “Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí ese cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres” (Mc 14,36). Aunque su voluntad natural como hombre se resiste, se abandona en lo que el Padre quiere. “Con esto ­–explica el Papa– ha transformado la actitud de Adán, el pecado primordial del hombre, salvando de este modo al hombre. La actitud de Adán había sido: No lo que tú has querido, Dios; quiero ser dios yo mismo. Esta soberbia es la verdadera esencia del pecado”.

     Esto, añade Benedicto XVI, sucedió no solamente con Adán; también nos pasa a nosotros: “Pensamos ser libres y verdaderamente nosotros mismos sólo si seguimos exclusivamente nuestra voluntad. Dios aparece como el antagonista de nuestra libertad. Debemos liberarnos de él, pensamos nosotros; sólo así seremos libres. Esta es la rebelión fundamental que atraviesa la historia, y la mentira de fondo que desnaturaliza la vida”.

     Y agrega lo que ha dicho muchas veces a lo largo de su pontificado, como voz de la experiencia que brota de la historia, tristemente renovada: “Cuando el hombre se pone contra Dios, se pone contra la propia verdad y, por tanto, no llega a ser libre, sino alienado de sí mismo”. Por eso: “Únicamente somos libres si estamos en nuestra verdad, si estamos unidos a Dios. Entonces nos hacemos verdaderamente ‘como Dios’, no oponiéndonos a Dios, no desentendiéndonos de él o negándolo”.


Su sí en la oración nos hace libres

     Así, concluye el Papa, en la oración de Getsemaní “Jesús ha deshecho la falsa contradicción entre obediencia y libertad, y abierto el camino hacia la libertad”. Y con su “sí” a la voluntad de Dios, ha hecho posible que seamos verdaderamente libres.

     De nuevo comprendemos cómo esta oración del Señor, por un lado, condensa todo el misterio de su oración. Y cómo su oración es la raíz y el fundamento, el centro siempre vivo, la fuerza y la eficacia de nuestra oración. También el camino que todos pueden descubrir y recorrer.

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