domingo, 17 de febrero de 2013

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Rosa blanca en cáliz de sangre


Lamentación sobre la tumba, icono en al Museo Bizantino de Atenas

Dos años antes de ser recibida en la Iglesia Católica, Gertrud von Le Fort (1876-1971) escribió sus “Himnos a la Iglesia”. Considerar la realidad de la Iglesia, su santidad esencial y su sufrimiento unido al de su Cabeza, por los pecados del mundo –también por los de sus miembros–, es un buen marco para acompañar, con agradecimiento y oración, la despedida de Benedicto XVI.

      Esos poemas están estructurados como diálogo entre el alma, que anhela la Verdad, y la Iglesia, que le explica su misterio de catolicidad y de amor. Un misterio que lleva en sí el cumplimiento de las promesas divinas de salvación para la humanidad y para cada persona. Estamos en 1924 y la autora está cercana a cumplir los cincuenta años.


El Año litúrgico

     La segunda parte del himnario se titula “El año de la Iglesia” y se refiere obviamente al Año litúrgico (Adviento, Navidad, Pasión, Pascua, Pentecostés y otras fiestas). El Año litúrgico no es simplemente un procedimiento pedagógico para recordar los pasos de la vida de Cristo; sino, y ante todo, una forma de revivirlos y actualizarlos realmente, gracias a la acción de la Trinidad.

     En una célebre conferencia-testimonio observaba Joseph Ratzinger que en el Año litúrgico, “se funden en un conjunto el ayer y el hoy, el tiempo y la eternidad” (Por qué permanezco en la Iglesia, 1971).

     Más adelante, ya como Papa, en un texto sobre el Catecismo de la Iglesia Católica (2005), escribe: “En el año litúrgico la Iglesia recorre la historia de la salvación en toda su amplitud y experimenta –leyendo la Escritura de modo espiritual, es decir, a partir del autor que la ha inspirado y la inspira, el Espíritu Santo– el hoy de esta historia”.

     El Año litúrgico es, pues, un revivir el misterio de Cristo en nuestra historia, de manera que Dios se pone en camino hacia cada uno de nosotros de modo siempre nuevo, para que nos acerquemos a él y descubramos o redescubramos su amor.


Una blanca rosa en un cáliz lleno de sangre

     Pues bien, en su himno primero sobre la Pasión, Gertrud von Le Fort pone en boca de la Iglesia las siguientes palabras: “Soy una blanca rosa en un cáliz lleno de sangre”. Una bella y fuerte metáfora sobre la Iglesia, que en la Cuaresma nos invita a contemplar y asimilar la pasión del Señor como camino para la verdadera Vida.

     Por eso, la Iglesia le explica al alma, que ante el color morado de la liturgia en la Cuaresma, no debe temer; porque ella solamente quiere, como buena madre, llevar los dolores de sus hijos, de cada uno y los del mundo. Lo hace desde el corazón de Cristo, naciendo de sus cinco llagas, abiertas sobre el árbol de la cruz. De ese corazón brotó la sangre en que se convierte el vino de la Eucaristía. Y ese cuerpo y sangre del Señor es lo que da la vida a la Iglesia, y, por tanto también da la vida, el descanso, la grandeza y la fuerza al alma cristiana.


La Iglesia le explica al alma el significado de la Cuaresma

Dice la Iglesia al alma:

“No temas ante mis áureas vestiduras,
     ni te asustes ante el fulgor de mis cirios,
¡Pues son velos de mi amor,
      son sólo como tiernas manos sobre mi misterio!
Quiero descubrirme, alma llorosa,
     para que sepas que no te soy extraña:
    ¿cómo podría una madre
     no parecerse a su hijo?
¡Todos tus dolores están en mí! He nacido de sufrimientos,
     he florecido de cinco heridas sagradas,
He crecido en el árbol del oprobio,
     me he fortalecido con el amargo vino de las lágrimas.
¡Soy una blanca rosa en un cáliz lleno de sangre!
Vivo del sufrimiento,
     soy una fuerza del sufrimiento,
     soy una magnificencia del sufrimiento:
¡Ven a mi alma y aposéntate en ella!”
(G. von Le Fort, Himnos a la Iglesia, Madrid 1995, p. 58)

      Padre y Pastor de la Iglesia, Benedicto XVI ha experimentado en su vida esa fuerza y magnificencia del sufrimiento de y en la Iglesia. Lo ha hecho suyo, compartiendo el de Jesús Salvador. Ahora, en esta nueva etapa de su vida, se dispone a seguir compartiendo la oración y la entrega del Señor por su Iglesia.


(publicado en www.analisisdigital.com, 18-II-2013)


 (ver versión en checo czech / český )


 Giotto, Lamentación (h. 1304-1306), Capilla Scrovegni, Padua (Italia)

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