lunes, 5 de agosto de 2013

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El acontecimiento de Aparecida


El discurso del Papa Francisco a los cardenales y obispos brasileños, el 27 de julio en Río de Janeiro, puede compararse en importancia –en unidad con el dirigido al comité de coordinación del CELAM al día siguiente y cambiando lo que deba cambiarse, porque se trata de protagonistas, contextos y temas diversos– al último encuentro de Benedicto XVI con el clero romano (14-II-2013).

     Ambos discursos fueron impartidos como una charla sin pretensiones, como simples reflexiones. Pero ambos clarifican más
que muchos libros.

     En este caso, aunque el discurso se refiere directamente a Brasil, contiene luces para la nueva evangelización que hoy ha de desarrollarse en todos los lugares. Nos ocuparemos ahora solo de la primera parte: el acontecimiento originario de Aparecida.


Un acontecimiento significativo

    La Virgen de Aparecida es una pequeña imagen que encontraron unos pescadores al alzar sus redes (fue en 1717, en el río Paraíba, situado al norte de la ciudad de Río de Janeiro). Pero en esos sencillos sucesos –asegura el Papa Francisco– “Dios ha dado también en Aparecida una lección sobre sí mismo, sobre su forma de ser y de actuar”, de manera que “en Aparecida hay algo perenne que aprender sobre Dios y sobre la Iglesia”.

     Eran unos pobres pescadores. Así los caracteriza el Papa, con frases entrecortadas: “Mucha hambre y pocos recursos. La gente siempre necesita pan. Los hombres comienzan siempre por sus necesidades, también hoy. Tienen una barca frágil, inadecuada; tienen redes viejas, tal vez también deterioradas, insuficientes”. He ahí los presupuestos, y, desde el principio del relato, la referencia a la situación actual de la humanidad.

     Solo en un segundo momento comienza propiamente la acción, y lo que se narra va apareciendo mezclado con la interpretación que el pueblo le ha ido dando a esa historia, y con el significado que el narrador encuentra para nuestra vida actual:

     “Después, cuando Dios quiere, él mismo aparece en su misterio. Las aguas son profundas y, sin embargo, siempre esconden la posibilidad de Dios; y él llegó por sorpresa, tal vez cuando ya no se le esperaba. Siempre se pone a prueba la paciencia de los que le esperan. Y Dios llegó de un modo nuevo, porque siempre puede reinventarse: una imagen de frágil arcilla, ennegrecida por las aguas del río, y también envejecida por el tiempo. Dios aparece siempre con aspecto de pequeñez”.

     ¿Qué aspecto tenía la imagen? “Así apareció entonces la imagen de la Inmaculada Concepción. Primero el cuerpo, luego la cabeza, después cuerpo y cabeza juntos: unidad. Lo que estaba separado recobra la unidad. El Brasil colonial estaba dividido por el vergonzoso muro de la esclavitud. La Virgen de Aparecida se presenta con el rostro negro, primero dividida y después unida en manos de los pescadores”.

     Sobre todo, continúa el Papa Francisco, “hay una enseñanza perenne que Dios quiere ofrecer. Su belleza reflejada en la Madre, concebida sin pecado original, emerge de la oscuridad del río. En Aparecida, desde el principio, Dios nos da un mensaje de recomposición de lo que está separado, de reunión de lo que está dividido. Los muros, barrancos y distancias, que también hoy existen, están destinados a desaparecer. La Iglesia no puede desatender esta lección: ser instrumento de reconciliación”.


La reacción de los sencillos

¿Cómo reaccionaron los pescadores? “Los pescadores no desprecian el misterio encontrado en el río, aun cuando es un misterio que aparece incompleto. No tiran las partes del misterio. Esperan la plenitud. Y ésta no tarda en llegar. Hay algo sabio que hemos de aprender. Hay piezas de un misterio, como teselas de un mosaico, que encontramos y vemos. Nosotros queremos ver el todo con demasiada prisa, mientras que Dios se hace ver poco a poco. También la Iglesia debe aprender esta espera”.

     ¿Y qué hicieron luego? “Después, los pescadores llevan a casa el misterio. La gente sencilla siempre tiene espacio para albergar el misterio. Tal vez hemos reducido nuestro hablar del misterio a una explicación racional; pero en la gente, el misterio entra por el corazón. En la casa de los pobres, Dios siempre encuentra sitio".

     Más detalles, humanos y divinos, sobre la acogida de la pequeña imagen: “Los pescadores ‘agasalham’: arropan el misterio de la Virgen que han pescado, como si tuviera frío y necesitara calor. Dios pide que se le resguarde en la parte más cálida de nosotros mismos: el corazón. Después será Dios quien irradie el calor que necesitamos, pero primero entra con la astucia de quien mendiga. Los pescadores cubren el misterio de la Virgen con el pobre manto de su fe. Llaman a los vecinos para que vean la belleza encontrada, se reúnen en torno a ella, cuentan sus penas en su presencia y le encomiendan sus preocupaciones. Hacen posible así que las intenciones de Dios se realicen: una gracia, y luego otra; una gracia que abre a otra; una gracia que prepara a otra. Dios va desplegando gradualmente la humildad misteriosa de su fuerza”.


Dar espacio a Dios, dejar que muestre su belleza

      Y el Papa Francisco encuentra que “hay mucho que aprender de esta actitud de los pescadores”. A saber: “Una Iglesia que da espacio al misterio de Dios; una Iglesia que alberga en sí misma este misterio, de manera que pueda maravillar a la gente, atraerla. Sólo la belleza de Dios puede atraer. El camino de Dios es el de la atracción, la fascinación. A Dios, uno se lo lleva a casa. Él despierta en el hombre el deseo de tenerlo en su propia vida, en su propio hogar, en el propio corazón. Él despierta en nosotros el deseo de llamar a los vecinos para dar a conocer su belleza. La misión nace precisamente de este hechizo divino, de este estupor del encuentro. Hablamos de la misión, de Iglesia misionera. Pienso en los pescadores que llaman a sus vecinos para que vean el misterio de la Virgen. Sin la sencillez de su actitud, nuestra misión está condenada al fracaso”


Dios actúa a través de lo pequeño

     Insiste Francisco, recogiendo como en una espiral ascendente los aspectos centrales de la lección de Aparecida, mientras asegura que “la Iglesia siempre tiene necesidad apremiante de no olvidar la lección de Aparecida, no la puede desatender”. Concretamente: “Las redes de la Iglesia son frágiles, quizás remendadas; la barca de la Iglesia no tiene la potencia de los grandes transatlánticos que surcan los océanos. Y, sin embargo, Dios quiere manifestarse precisamente a través de nuestros medios, medios pobres, porque es siempre él quien actúa”.

      Con una interpelación aún más directa, continúa Francisco: “Queridos hermanos, el resultado del trabajo pastoral no se basa en la riqueza de los recursos, sino en la creatividad del amor. Ciertamente, es necesaria la tenacidad, el esfuerzo, el trabajo, la planificación, la organización, pero hay que saber ante todo que la fuerza de la Iglesia no reside en sí misma, sino que está escondida en las aguas profundas de Dios, en las que ella está llamada a echar las redes”.

     Sigue el Papa con intensidad: “Otra lección que la Iglesia ha de recordar siempre es que no puede alejarse de la sencillez, de lo contrario olvida el lenguaje del misterio, y no sólo se queda fuera, a las puertas del misterio, sino que ni siquiera consigue entrar en aquellos que pretenden de la Iglesia lo que no pueden darse por sí mismos, es decir, Dios mismo. A veces perdemos a quienes no nos entienden porque hemos olvidado la sencillez, importando de fuera también una racionalidad ajena a nuestra gente. Sin la gramática de la simplicidad, la Iglesia se ve privada de las condiciones que hacen posible ‘pescar’ a Dios en las aguas profundas de su misterio”.

     Y termina: “Una última anotación: Aparecida se hizo presente en un cruce de caminos. La vía que unía Río de Janeiro, la capital, con San Pablo, la provincia emprendedora que estaba naciendo, y Minas Gerais, las minas tan codiciadas por la Cortes europeas: una encrucijada del Brasil colonial. Dios aparece en los cruces. La Iglesia en Brasil no puede olvidar esta vocación inscrita en ella desde su primer aliento: ser capaz de sístole y diástole, de recoger y difundir”.

     En 1930 Pío XI declaró a Nuestra Señora Aparecida patrona de Brasil. En 1980 Juan Pablo II visitó su santuario y le dio el título de basílica. Y ahí están las lecciones de Aparecida. Dios se manifiesta precisamente en la pobreza y en la escasez de recursos cuando no falta “la creatividad del amor”. Sin la sencillez y el corazón, se pierde la profundidad, el horizonte y una gran parte de la pesca. Dios se sirve de nuestra tarea de reconciliación, de la paciencia y de la espera “activas”, del asombro ante la belleza del misterio de su acción. Y da los frutos.

(publicado en www.analisisdigital.com, 5-VIII-13)

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