miércoles, 30 de octubre de 2013

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Antropología cristiana y familia de Dios





Clave de la educación cristiana es la antropología cristiana, es decir la visión cristiana del hombre. Es esta una “antropología de la trascendencia”  (J.M. Bergoglio) que conduce a vivir y educar en la Iglesia, familia de Dios. La fe ha de educarse como apertura al amor; con alegría y, a los niños, cuando empiezan a percibir y conocer, con expresiones familiares y, poco a poco, con argumentos sencillos pero realistas. Necesitamos formar para la experiencia cristiana y en la tradición viva de la Iglesia. Es una labor de filigrana que lleva a educar para vivir las consecuencias de la fe, tanto las personales como las familiares y eclesiales.


El sentido cristiano del hombre

1. El sentido cristiano del hombre (J. Mouroux) asume la visión clásica de la persona apoyada en sus tres pilares, que podemos llamar para simplificar: razón, experiencia y tradición; y abierta siempre hacia la trascendencia. La revelación cristiana enriquece esta antropología impulsando el diálogo entre la razón y la fe, hasta llegar a ver “con los ojos de Cristo”, experimentar sus propios sentimientos y participar de la dinámica de su entrega. Y afrontar así el trato con los demás y la vida familiar y profesional, social, cultural, política, etc.

Todo ello solo puede realizarse en y a través de la Iglesia como familia de Dios Esto no significa clericalismo, pues la Iglesia es el “nosotros” de los cristianos, donde cada uno participa según su condición, dones y capacidades. La Iglesia es comunidad de personas llamadas a vivir y transmitir que lo primero es el Amor (S. Hahn). Dios nos llama en la Iglesia a la comunión con Dios Padre como hijos en su Hijo Jesucristo por la gracia del Espíritu Santo, lo que nos conduce  a la verdadera fraternidad de los hijos de Dios. En la unión con el Dios que es Amor, encontramos la luz y fuerza para salir del pecado y del individualismo.


Creer en el amor

2. En la antropología cristiana esto incluye una propuesta fundamental: “creer en el amor” (cf. 1 Jn. 4, 16). No se trata de una utopía ingenua en un tiempo como el nuestro, en el que muchos están de vuelta de lo que significa generosidad y entrega de sí mismo a los demás. “Creer en el Amor” distingue el auténtico espíritu cristiano, que es siempre joven, de la actitud recelosa de quién no se fía de nadie ni de nada. De hecho esta propuesta, “creer en el amor”, se sitúa en el núcleo del mensaje que nos ha dejado el pontificado de Benedicto XVI.

En efecto, en el cristianismo el amor es la síntesis y el fruto de la fe. La fe es respuesta al Amor de Dios. Y para dar una respuesta verdaderamente personal hay que darla con la inteligencia, la voluntad y los sentimientos, y con obras de servicio a los demás. La fe es luz, conocimiento; y al mismo tiempo impulso para la acción, precisamente en cuanto que la fe “vive” por el amor (cf. Ga 5, 6; St 2, 14-19). El amor es “vida de la fe” en unión con la mente, el corazón y las obras meritorias de Cristo, también en unión con su oración pues el Resucitado sigue intercediendo por nosotros a la derecha del Padre.

Pues bien, esto solo puede hacerse en unión con los otros cristianos, porque solamente la Iglesia es la portadora histórica de la visión integral de Cristo sobre el mundo” (R. Guardini), y no cada cristiano aisladamente (cf. enc. Lumen fidei, n. 22). Realmente la Iglesia es el primer sujeto de la fe,  de la esperanza y del amor, el “nosotros” de esta nueva vida que es la vida cristiana, como vida que nos hace participar de las energías de Cristo: de su mirada, de su voluntad y sentimientos, de su misma acción. Si yo quiero participar de eso, necesariamente he de pasar por la Iglesia.

Así lo dice la encíclica sobre la fe.  La fe “mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver”  (n. 18), es una experiencia espiritual por la que “el cristiano comienza a ver con los ojos de Cristo” (n. 46). “El cristiano puede tener los ojos de Jesús, sus sentimientos, su condición filial, porque se le hace partícipe de su Amor, que es el Espíritu” (n. 21). Por el bautismo, el cristiano recibe una “forma nueva de actuar en común, en la Iglesia” (n. 41). Este “actuar común” es a la vez profundamente personal, y lo es precisamente en la medida en que se inserta en el Cuerpo (místico) de Cristo. Con ello pasamos al punto siguiente.


Nuestra fe es personal solo si a la vez es eclesial

3. “Nuestra fe es verdaderamente personal, solo si es a la vez comunitaria: puede ser ‘mi fe’, solo si vive y se mueve en el ‘nosotros’ de la Iglesia, solo si es nuestra fe, nuestra fe común en la única Iglesia” (Benedicto XVI, Audiencia general, 31-X-2012). La fe no nos quita nuestra personalidad, sino que la dota de una mayor profundidad de conocimiento y de capacidad para amar. Y así podemos participar del supremo acto de amor que es la entera vida de Cristo, consumada en el misterio pascual de su muerte y resurrección.

En síntesis, la antropología cristiana vivida, si se puede hablar así, no es otra cosa que la vida cristiana en la familia de Dios. Todo lo que vive y realiza un cristiano (sus actividades familiares, su trabajo, sus tareas sociales y culturales, sus alegrías y sus penas, su descanso y sus cansancios, etc.) está llamado a hacerlo en la profunda comunión del Cuerpo de Cristo. Y así resulta meritorio, santificador, para uno mismo y para los demás.

La Iglesia no solo es nuestra familia, sino también nuestra madre. Y la Iglesia, como madre, despierta en nosotros, a través de los padres y los demás educadores cristianos, la “memoria de Dios” y de su amor manifestado en Cristo, y actuante en cada uno y en todos por el Espíritu Santo.

Es la Iglesia la que nos educa en la fe, por medio de la “profesión de la fe” (el Credo), de los sacramentos, del Decálogo, perfeccionado por las bienaventuranzas, y de la oración. Y por eso la educación en la fe se realiza en profunda comunión con la Iglesia y su Magisterio, o no se realiza. Se lleva a cabo en la unidad de la fe que es también integridad,  es decir, aceptación y vivencia de todos los aspectos de la fe, sin seleccionar solo los que parecen más “fáciles” de vivir y comprender.


Sentir con la Iglesia, familia de Dios

4. En sus catequesis sobre la Iglesia, el Papa Francisco nos ha preguntado si nos sabemos identificar con la Iglesia, pues es nuestra madre y nuestra familia; si rezamos por ella y procuramos que todos en ella se sientan acogidos y comprendidos, y puedan descubrir la misericordia y el amor de Dios que transforma la vida (cf. Audiencia general, 29-V-2013).

Asimismo nos ha invitado a cuestionarnos:  “¿Soy de los que ‘privatizan’ la Iglesia para el propio grupo, la propia nación, los propios amigos?” “¿Rezo por ese hermano, por esa hermana que está en dificultad por confesar y defender su fe?” (25-IX-2013).

Esas y otras preguntas debemos hacérnoslas no solamente en singular, pues la fe cristiana tiene consecuencias sociales y eclesiales, institucionales y familiares. Una familia o una comunidad cristiana es más que la suma de los individuos que la componen. Es un nudo de relaciones personales donde cada uno es valorado ante todo por lo que es y no primero por lo que tiene o por lo que aporta; donde se fomenta la comunicación, el diálogo y la participación, según las diversas condiciones y capacidades; donde cada uno está siempre dispuesto a sacrificarse por otros, defendiendo especialmente a los más frágiles y a los más débiles (cf. Papa Francisco, Discurso al Pontificio Consejo para la familia, 25-X-2013); donde los más responsables –por razón de edad, autoridad u oficio– se plantean siempre el bien que Dios desea para cada uno y para todos; donde las tareas y las cargas se reparten buscando la unidad, pero sin deshacer la diversidad; donde la “imagen” que se da de la propia familia o grupo se busca como fruto de una realidad que compromete a todos y que cuenta con todos.


Por eso son igualmente pertinentes otras preguntas en plural: “¿Somos una Iglesia que llama y acoge con los brazos abiertos a los pecadores, que da valentía, esperanza, o somos una Iglesia cerrada en sí misma?” (Audiencia general, 2-X-2103) “¿En nuestras comunidades vivimos la armonía o litigamos entre nosotros? ¿Aceptamos al otro, aceptamos que exista una justa variedad, que éste sea diferente, que éste piense de un modo o de otro –teniendo la misma fe se puede pensar de modo diverso– o tendemos a uniformar todo? ¿Somos misioneros con nuestra palabra, pero sobre todo con nuestra vida cristiana, con nuestro testimonio? (9-X-2013).


(publicado en www.analisisdigital.com, 30-X-2013)

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