sábado, 19 de noviembre de 2022

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El templo de Dios y los pobres

Han transcurrido cinco años desde que Francisco instituyó la Jornada Mundial de los Pobres. En esta ocasión (cf. Homilía, 13-XI-2022; ver también el Mensaje para la VI Jornada mundial de los pobres, publicado el 13 de junio pasado), el Papa se refirió al templo de Jerusalén, que muchos admiraban en su esplendor (cf. Lc 21, 5-11). Ese templo, en la perspectiva cristiana, era prefiguración del verdadero templo de Dios, es decir, Jesús como cabeza de la Iglesia (cf. Jn 2, 18-21).

Es algo que nos afecta personalmente a cada cristiano. Porque ese trasfondo de la historia de la salvación y de la fe cristiana debe ser traducido en concreto, en el aquí y ahora de nuestra vida, mediante el discernimiento. Para mostrarlo, en esta ocasión el Papa se ha fijado en dos exhortaciones del Señor: “no os dejéis engañar”, y “dar testimonio”. 


Discernimiento para no dejarse engañar

Los oyentes de Jesús se preocupaban por cuándo y cómo se producirían los espantosos acontecimientos que les estaba anunciando (entre ellos la destrucción del templo). Tampoco nosotros, nos aconseja Francisco, hemos de dejarnos llevar por “la tentación de leer los hechos más dramáticos de manera supersticiosa o catastrófica, como si ya estuviéramos cerca del fin del mundo y ya no valiera la pena empeñarnos en nada bueno”.

Jesús nos dice, en palabras del sucesor de Pedro: “Aprended a leer los acontecimientos con los ojos de la fe, seguros de que estando cerca de Dios ni un cabello de vuestra cabeza perecerá (Lc 21, 18)”.

Además, aunque la historia está llena de situaciones dramáticas, guerras y calamidades, eso no es el fin, ni es para paralizarse por el miedo o el derrotismo de quien piensa que todo está perdido y es inútil esforzarse. El cristiano no se deja atrofiar por la resignación ni por el desánimo. Ni siquiera en las situaciones más difíciles, “porque su Dios es el Dios de la resurrección y de la esperanza, que siempre nos levanta: con Él siempre se puede mira arriba, recomenzar y volver a empezar”.


Ocasión de testimonio y trabajo

Y por eso la segunda exhortación de Jesús, después de “no os dejéis engañar”, está en positivo. Dice: «Esto os servirá de ocasión para dar testimonio» (v. 13). Se detiene el Papa en esa expresión: ocasión de dar testimonio. La ocasión significa tener la oportunidad de hacer algo bueno a partir de las circunstancias de la vida, aun cuando no sean las ideales.

“Es un arte hermoso, típicamente cristiano: no ser víctimas de lo que sucede –el cristiano no es víctima y la psicología victimista es mala, nos hace daño–, sino aprovechar la oportunidad que se esconde en todo lo que nos pasa, el bien que se puede, ese poco bien que se pueda hacer, y construir incluso a partir de situaciones negativas”.

Típica de Francisco es la afirmación, que repite aquí, de que toda crisis es una posibilidad y ofrece oportunidades de crecimiento (está abierta hacia Dios y los demás). Y que el mal espíritu intenta que la crisis se transforme en conflicto (algo cerrado, sin horizonte y sin salida). De hecho, al examinar o “releer” nuestra historia personal nos damos cuenta de que, con frecuencia, los pasos más importantes los hemos dado dentro de ciertas crisis o pruebas, donde no controlábamos del todo la situación.

Por ello, ante las crisis y conflictos que presenciamos –en relación con la violencia, el cambio climático, la pandemia, el paro laboral, las migraciones forzosas, la miseria, etc.– cada día, no podemos malgastar o derrochar el dinero, desperdiciar nuestra vida, sin tomar coraje y seguir adelante.

“Al contrario, demos testimonio” de que se puede construir un mundo algo más fraterno, seamos más valientes para ponernos al lado de los débiles, afrontemos esta historia que nos toca vivir. (Aquí podemos ver una llamada a las obras de misericordia, al trabajo bien hecho, con espíritu de servicio, a la búsqueda de la justicia en nuestras relaciones con los demás, al mejoramiento de nuestra sociedad).

“Siempre debemos repetirnos esto, especialmente en los momentos más dolorosos: Dios es Padre y está a mi lado, me conoce y me ama, vela sobre mí, no se duerme, me cuida y con Él no se perderá ni un cabello de mi cabeza”.


Reaccionar en concreto

Pero no se queda ahí la cuestión (porque la fe se vive en las obras): "¿Y yo cómo respondo a esto? (…) Al ver todo eso, ¿qué siento yo, como cristiano, que debo hacer en este momento?”

Alude Francisco a una vieja tradición cristiana, presente también en los pueblos de Italia: en la cena de Navidad, dejar un lugar vacío para el Señor que puede llamar a la puerta en la persona de un pobre necesitado.

Pero, observa, ¿mi corazón tendrá un lugar libre para esa gente, o estaré muy ocupado con los amigos, los eventos y las obligaciones sociales?

“No podemos quedarnos –concluye–, como aquellos de los que habla el Evangelio, admirando las hermosas piedras del templo, sin reconocer el verdadero templo de Dios, el ser humano, el hombre y la mujer, especialmente el pobre, en cuyo rostro, en cuya historia, en cuyas llagas está Jesús. Lo dijo Él. No lo olvidemos nunca”.




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