sábado, 24 de octubre de 2026

La liturgia nos da la vida de Cristo

Continuando con su catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, León XIV ha dedicado siete miércoles a la constitución conciliar «Sacrosanctum Concilium», sobre la liturgia.

¿Qué es para muchos la liturgia? En el trasfondo de esta catequesis se puede ver el deseo de contrarrestar ciertas tendencias, como vivir la liturgia casi como espectáculo sociocultural o, por otro lado, como una devoción puramente individual, un tanto desconectada de la vida cotidiana; sin valorar adecuadamente la Palabra de Dios que ahí nos interpela y la fuerza de la oración pública de la Iglesia, que asume todo lo nuestro y nos educa, y pide ser preparada y vivida adecuadamente…, porque todo eso es la liturgia.

La liturgia es la Iglesia en oración

La constitución sobre la liturgia, Sacrosanctum Concilium (SC),fue el primer documento promulgado por el Concilio Vaticano II. No se trataba simplemente, observa León XIV, de reformar los ritos, sino de ayudar a contemplar y profundizar en el vínculo vivo que constituye a la Iglesia y la une: el misterio de Cristo. Es decir, en la comunión con Él y con su salvación redentora por medio de la Iglesia, según el plan de la salvación (cfr. Ef 3, 3-6).

En la liturgia Cristo ejerce su sacerdocio. Como enseña el Concilio, se hace presente en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en los ministros que celebran, en la comunidad reunida y, en grado sumo, en la Eucaristía (cfr. SC, 7). Y así puede afirmar san Agustín (cfr. Serm., 277) que, al celebrar la Eucaristía, la Iglesia “recibe el Cuerpo del Señor y se convierte en lo que recibe”: se convierte en el Cuerpo de Cristo, “morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,22). Por todo ello se comprende que la liturgia sea “la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC, 10).

“Esto significa –señala el Papa en ese contexto durante su primera audiencia sobre la Sacrosanctum Concilium, el 20 de mayo– que (la liturgia) está llamada a desarrollarse concretamente a lo largo de toda la vida cotidiana, en una dinámica ética y espiritual, de modo que la liturgia celebrada se traduzca en vida y exija una existencia fiel, capaz de hacer concreto lo que se ha vivido en la celebración: es así como nuestra vida se convierte en ‘sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”, realizando nuestro “culto espiritual’ (Rom 12,1)”

Contemplación en medio de la calle

Contemplativos en medio del mundo


Parece que el término contemplación significaba originariamente profundizar en un espacio delimitado y especialmente cuando se desea contactar con lo divino, espacio que terminó llamándose templo. En filosofía el término latino contemplatio tradujo el griego theoria, que designa la observación de una realidad para comprender su esencia y verdad más profunda. En el lenguaje normal de hoy, contemplar significa considerar a una persona o una realidad con especial atención e interés.

En la tradición cristiana, la contemplación expresa la finalidad de la vida humana, la santidad, que comporta la mirada amorosa y unitiva hacia Dios y en Dios todas las cosas, no solo dentro del templo sino también en medio de las actividades «profanas». Esto puede incoarse durante la vida terrena. Pero solo se consumará cuando los santos estén gozando definitivamente de la vida eterna en el cielo.

Durante muchos siglos se pensó que, en la práctica, a la contemplación, durante la vida terrena, sólo podían aspirar los miembros de la vida religiosa y como mucho los clérigos. Pero no la gente de la calle, los cristianos laicos, involucrados como están en tantas ocupaciones temporales.

Durante su catequesis sobre la constitución pastoral Gaudium et spes, del Concilio Vaticano II, el 23 de septiembre el Papa León XIV abordaba el sentido cristiano del trabajo.

Hablando de cómo en la Eucaristía se ofrece el pan y el vino como frutos del trabajo de los hombres que se convierten en el cuerpo y sangre del Señor, decía el sucesor de Pedro: «Desde esta perspectiva surge una verdad importante: para encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que puede vivir plenamente su propia vocación haciendo bien su trabajo cotidiano y santificándolo». Y en nota remite a: San Juan Pablo II, Homilía para la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer, 6-X-2002).


La filiación divina y el Bautismo


San Josemaría aconsejaba meditar el ejemplo de los primeros cristianos. ¿Qué sucedía, en efecto, con los primeros cristianos? ¿Qué cambiaba en su vida al recibir el Bautismo? Aparentemente o externamente, nada cambiaba: seguían siendo y haciendo lo que eran y hacían: comerciantes, soldados, amas de casa, etc. Pero lo que hacían hasta entonces, Dios se lo había devuelto como misión cristiana. Ahora eran hijos de Dios por el Bautismo, estaban llamados a ser como dioses. No en el sentido de las palabras con que el demonio tentó a nuestros primeros padres (cf Gn 3, 5), sino en cuanto que ser cristianos es participar de la vida divina. Esto es lo que la tradición cristiana llama la santificación, la divinización o el «endiosamiento»; y para asegurar que se entiende bien, san Josemaría añade así un adjetivo: «el endiosamiento bueno» (cf. por ejemplo, Amigos de Dios, 94, 98, 99, 106-107).

La Iglesia naciente era consciente de que el Bautismo nos diviniza. Así lo comprendieron los apóstoles (cfr. Hch 11, 16-18) y quienes les siguieron al inicio: la razón de la Encarnación es «que el hombre al entrar en comunión con el Verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo de Dios» (san Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 3, 19, 1).

Pues bien, el espíritu del Opus Dei invita a redescubrir la fuerza del Bautismo en el alma, reforzando el sentido de la filiación divina (cfr. san Josemaría, Carta nº 29, n.1).

Y así dice san Josemaría en otro lugar: «La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual (...). Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo» (Es Cristo que pasa, 65).


Vivir en Cristo

Por el alma contemplativa, percibimos la presencia de Dios en el mundo y en las almas y vemos el mundo y las almas con sus ojos, desde su Corazón. Para aprender a mirar así –aconsejaba el santo de lo ordinario– necesitamos detenernos, durante la oración diaria, en la Humanidad Santísima del Señor y contemplarla en el Evangelio: entrar en sus escenas como un personaje más, acompañar a Jesús en sus caminos, observar cómo mira, cómo escucha, cómo trata a cada persona, qué le alegra, qué le conmueve, qué le hace sufrir y cómo reacciona ante las situaciones más diversas. Seguir al Señor de cerca, vivir con Él su misma vida, identificarnos con Él. Hasta que podamos decir con san Pablo: «No vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2, 20); y también «para mí, vivir es Cristo» (Flp 1,21).

Es interesante que el Papa Prevost, en su diálogo con los jóvenes franceses, haya aplaudido la «traducción» de esa expresión de san Pablo que ellos hicieron: ¡Para nosotros (los cristianos), vivir es Cristo! (Encuentro en el Estadio de Francia, Saint Denis, 25-IX-2026). En efecto, y esto es posible porque vivir en Cristo no es una realidad individualista, de cada uno a solas con Cristo, sino que estamos siempre junto a todos los que están con nosotros en su Cuerpo místico que es la Iglesia, gracias a la acción del Espíritu Santo. El mismo León XIV en su encíclica Magnifica humanitas explica que estamos llamados a divinizarnos porque la gracia nos hace «más que humanos». No como prometen el poshumanismo y el transhumanismo, al margen de nuestras circunstancias y con desprecio de los límites humanos, sino precisamente en medio y a través de todas las realidades que vivimos: «El modo en el que pensamos y estructuramos las relaciones, el trabajo y las instituciones, manifiesta nuestros valores fundamentales y, en definitiva, nace de lo que tenemos en el corazón. Es un amor que nos guía: aquello que amamos realmente, como individuos y como sociedad, orienta nuestra vida y nuestras acciones» (León XIV, enc. Magnifica Humanitas, n. 130).