domingo, 24 de mayo de 2026

La evangelización, siembra de paz y de vida




(Entrevista en "Omnes" 22-V-2026)

A juzgar por el lema (“Alzad la mirada”) y el logo de la visita pastoral de León XIKV a España el mensaje que desea transmitir gira en torno a la belleza, la unidad y la acogida. Por otra parte, vivimos, en España como en muchos otros países y ambientes, tiempos de polarizaciones y conflictos, que pueden desanimar a quien intenta compartir su fe. En este contexto, entrevistamos al profesor Ramiro Pellitero, profesor de Teología pastoral en la Universidad de Navarra.

-– Cómo podemos entender la evangelización (el anuncio de la fe cristiana) hoy, para que sea una fuente de luz y no un motivo de disputa?

Una clave está en comprender que la evangelización no es una mera transmisión de información intelectual o un debate de ideas, sino un encuentro vivo con la persona de Jesucristo, que transforma la existencia humana.

Ante los conflictos, el discernimiento eclesial actúa como brújula para leer los “signos de los tiempos” y realizar el anuncio de la fe, tenienco en cuenta la realidad concreta de las personas y de las culturas.

Para evangelizar al mundo de forma auténtica, la Iglesia en su conjunto y cada uno debemos primero dejarnos evangelizar continuamente por el Espíritu Santo.

– Cuando nos enfrentamos a desafíos sociales o divisiones internas, ¿qué papel juega ese discernimiento que usted menciona?

El discernimiento eclesial no es una técnica de organización, sino una práctica espiritual compartida que permite a cualquier comunidad cristiana (ya sea una familia, una escuela o una parroquia) reconocer lo que el Espíritu está diciendo en relación con los problemas o los proyectos que surgen. Se puede ver como ejercicio cristiano de la virtud clásica de la prudencia, en su verdadero significado de guía de la acción.

En una Iglesia sinodal, este diálogo ayuda a interpretar la vida y la realidad humana a la luz del “kerygma” (el anuncio de Cristo), ayudando a tomar decisiones que realmente impulsen la misión.

– ¿Qué actitudes personales ayudarían a rebajar la tensión en estos ambientes tan polarizados?

Se requieren actitudes fundamentales como la humildad para la conversión personal y una disposición sincera para la escucha. Debemos escuchar primero a Dios en la oración y a la Iglesia en su magisterio, también es vital escucharnos a nosotros mismos y a los demás.

Esta "pedagogía del discernimiento" nos recuerda que Dios se comunica con nosotros de forma gradual, con lo que los Padres de la Iglesia llaman la «condescendencia» divina, adaptándose a nuestra capacidad humana.

– Hay quienes se sienten alejados de la Iglesia por verla como un conjunto de normas rígidas. Por el contrario, otros tienen miedo de que se diluya la doctrina cristiana. ¿Cómo podemos mostrarles que el mensaje del Evangelio es verdad y amor, y que pide la cercanía a las personas?

¡Absolutamente! Debemos privilegiar el "camino de la belleza" (Via Pulchritudinis). La educación de la fe es eficaz cuando atrae al corazón humano mostrando el resplandor y la bondad de la verdad cristiana. Además, debemos superar la dicotomía entre doctrina y vida, reconociendo que la existencia cotidiana es «lugar teológico» donde Dios sigue hablando, a través de los acontecimientos de la vida y la oración, también con la ayuda de los criterios luminosos de la tradición eclesial y el lenguaje propio de la fe.

Una formación de estilo catecumenal, como se hacía en los primeros siglos (es decir, con estilo iniciático), no solo instruye la mente, sino que ayuda a madurar la identidad y el sentido de pertenencia.

– En el entorno digital, donde las discusiones son a veces agresivas, ¿cómo podemos ser heraldos de paz?

La cultura digital es un nuevo «areópago» que nos desafía a ser comunicadores de fe. En esta comunicación, la primacía la tiene el testimonio (“martyria”), que es más elocuente que las palabras y que se puede ofrecer en medio de las actividades cotidianas, sin la actitud de dar lecciones, a través de la amistad y las tareas culturales y sociales, con serenidad y sentido positivo.

Es célebre la expresión de san Pablo VI: “el hombre contemporáneo escucha más a los testigos que a los maestros”. Como repetía el Papa Francisco, debemos usar el "lenguaje vivo" de la misericordia, actuando como un «hospital de campaña» que cura heridas y se hace asequible a los más alejados, centrando todo en el amor salvífico de Dios. Por otra parte, nada de esto quita valor a los razonamientos y a la formación intelectual.

Finalmente, ¿cómo mantenemos el equilibrio entre ser fieles a la doctrina cristiana y ser sensibles tanto a los problemas actuales como a las situaciones personales, sin caer en extremos que nos sacan de la realidad?

Podemos visualizar la misión cristiana como una elipse con dos focos: uno es la fidelidad al plan salvífico de Dios (la voluntad divina revelada) y el otro, la atención a la condición concreta y compleja de la historia. Esta tensión es fecunda y pide una formación integral que una la solidez doctrinal con la madurez humana y la sensibilidad social.

Como he señalado antes, es importante tener en cuenta las condiciones de las personas, tantas veces vulnerables, y de las culturas, con sus luces y sus sombras. También para fomentar el diálogo que nos puede enriquecer, a la vez que nos da nuevas luces y nos ayuda a profundizar en las cuestiones –escuchando cómo las ven otros– y a purificar nuestras intenciones.

Además, muchas cuestiones no tienen una solución única y pueden enfocarse de modos diversos. En una autopista se puede ir más o menos deprisa, en un lado u otro de nuestro carril, pero sin estorbar la marcha ni poner en peligro la vida propia o la de los demás.

La vida cristiana es una autopista que puede estar muy bien iluminada. Al unir la Palabra de Dios, cuya plenitud es Cristo, con la acción del Espíritu Santo (Palabra y Espíritu forman la “misión doble” que viene de Dios Padre), la fe se convierte en una realidad interior o «connaturalidad», que nos permite ver con más claridad, juzgar mejor los acontecimientos, elegir hacer el bien con sabiduría y vivir con mayor plenitud. Anuncio de la fe y experiencia cristiana, doctrina y vida, se unen así en nuestra existencia. Y participar en la evangelización es un servicio a todos para que puedan descubrir que la vida en Cristo es un camino de plenitud y belleza.

viernes, 8 de mayo de 2026

Primavera que forja unidad

El papa defiende el matrimonio entre hombre y mujer
Al cumplirse el primer año del pontificado de León XIV, elegido el 8 de mayo de 2025, la Iglesia y el mundo contemplan un estilo marcado por la profundidad de la interioridad agustiniana y una decidida urgencia misionera. Este "humilde siervo de Dios y de los hermanos", como describió el oficio papal en su primer encuentro con los cardenales, ha sabido recoger la herencia de su predecesor, Francisco, integrándola en una síntesis teológica donde la unidad y la caridad son los ejes transversales.

Testimonio de unidad para la paz

Su lema episcopal se ha convertido en hoja de ruta: "In Illo uno unum" (En Aquel uno –Cristo–, somos uno). Esta expresión de san Agustín no es solo deseo ecuménico, sino definición de la identidad eclesial: la comunión solo es posible si se converge en el Señor Jesús. En un mundo fragmentado, la Iglesia se ofrece como "puente" y "faro", no por la potencia de sus estructuras, sino por la santidad de sus miembros.

Uno de los acentos más vibrantes ha sido su llamamiento a una "paz desarmada y desarmante". En sus viajes, especialmente a tierras africanas y al Líbano, ha denunciado que la guerra es una "espiral destructiva" alimentada por la especulación de materias primas y la lógica del dominio. La paz no es una simple tregua, sino un cambio definitivo en el corazón de quien la recibe, con la fuerza del grano de trigo que si muere da vida a la espiga dorada. En todo gobierno el "poder es servicio", si antepone el bien común a los intereses particulares.

En la exhortación apostólica Dilexi te, ha recordado con fuerza que los pobres no son meros "objetos" de pastoral, sino "sujetos creativos" que estimulan a vivir el Evangelio con autenticidad. Siguiendo el espíritu de la Rerum novarum de su homónimo León XIII, el Papa ha denunciado la "exclusión" como la nueva cara de la injusticia social, instando a luchar por los derechos sagrados de "tierra, techo y trabajo". Su mensaje es claro: si la Iglesia no tocase la "carne de Cristo" en el necesitado y sufriente, se disolvería en una mundanidad espiritual vacía.


Educación y cultura, ecumenismo y fidelidad

El sucesor de Pedro ha sido especialmente sensible a la educación y la cultura. Con la proclamación de san John Henry Newman como doctor de la Iglesia, el Papa apuesta por una formación que armonice fe y razón, como un “itinerario de la mente hacia Dios”; como una “luz amable” (Lead, kindly light), frente al riesgo del nihilismo que borra la esperanza. Ante la Inteligencia artificial, propone una alfabetización ética y crítica que proteja la dignidad humana y las relaciones interpersonales, que forme “constelaciones” capaces de diseñar la paz, sin anestesiar el “corazón inquieto” en busca de la verdad.

Este primer año ha coincidido con el 1700 aniversario del Concilio de Nicea, evento que el obispo de Roma ha señalado como brújula para la unidad visible de los cristianos. Ha valorado especialmente el "ecumenismo de la sangre", reconociendo que los mártires de todas las tradiciones ya están unidos en la Cruz del Señor. Su mirada hacia las Iglesias orientales como "tesoros inestimables" refleja un deseo de catolicidad que no uniforma, sino que se enriquece con la diversidad. Y así, es capaz de la armonía que componen las cuerdas de una cítara.

León XIV ha invitado a los sacerdotes y seminaristas a vivir una "fidelidad que genera futuro", entendida como un camino constante de conversión y no como inmovilidad. Una propuesta que sirve para todos los cristianos. En este primer año, el pontífice ha proyectado una Iglesia totalmente sinodal y ministerial, que no se contempla a sí misma, sino que sale al encuentro de una humanidad sedienta de sentido.

Con la mirada puesta en el bimilenario de la Resurrección (2033), nos recuerda que, a pesar de las tinieblas de la historia, "el mal no prevalecerá" porque todos estamos en manos de Dios.

Buscador de sabiduría, diseñador de belleza y coreógrafo de esperanza, de una u otra forma el Papa nos dirá del 6 al 12 de junio en España –Madrid, Barcelona, Montserrat y Canarias– que es posible una humanidad verdaderamente nueva (*).
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(*) Artículo publicado en Diario de Navarra, 7-V-2026

 

miércoles, 6 de mayo de 2026

El mensaje cristiano: vida, misión y belleza

 

B.E. Muriilo, La Anunciación (h. 1660), Museo Del Prado (Madrid)

El Papa presenta la vocación cristiana como un camino de belleza, que transforma la persona mediante el encuentro personal con Cristo y se desborda en comunicar a los demás el amor de Dios a través del testimonio.


León XIV sigue trazando las líneas principales de su hoja de ruta. En medio de su intensa actividad, nos ha recordado que ser cristiano es una llamada, es decir una vocación que se concreta de diversos modos. Lo ha subrayado con motivo de la Jornada mundial de oración por las vocaciones. Y la vocación es para una misión: la misión evangelizadora, en la que todos hemos de participar. Por ello propone relanzar el compromiso evangelizador que impulsó el Papa Francisco, tal como ha dicho en su Carta a los cardenales.


Un camino de belleza


El 26 de abril se celebraba la LXIII Jornada de oración por las vocaciones. Un mes antes (16-III-2026), el Papa había publicado su mensaje, centrado en la vocación cristiana como camino de belleza que nos abre al conocimiento de Dios y a una existencia plenamente vivida en la confianza, y madurada en su compañía.

Todo cristiano está llamado a la santidad (cfr. Lumen gentium 11 y todo el capítulo V) y en ese sentido hablamos de vocación cristiana. El sucesor de Pedro se pronuncia sobre este trasfondo. No se refiere sólo a las vocaciones sacerdotales o de especial consagración, sino también a la vocación cristiana de la mayor parte de los fieles, los laicos. Su mensaje es una confidencia especialmente con los jóvenes, para que encuentren cada uno su vocación concreta dentro del camino cristiano.

La vocación cristiana, explica el Papa, puede entenderse desde su dimensión interior, es decir,“como descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón de cada uno de nosotros”. Jesús es el pastor bueno y bello (cfr. Jn 10: la palabra griega kalós abarca ambos aspectos). Es decir, el pastor perfecto, auténtico y ejemplar, hasta dar la vida por su rebaño, lo que manifiesta el amor mismo de Dios.

“Es el Pastor que cautiva; quien lo mira descubre que la vida es realmente hermosa si lo sigue. Para conocer esta belleza no son suficientes los ojos del cuerpo o criterios estéticos; se necesita contemplación e interioridad. Sólo quien se detiene, escucha, reza y acoge su mirada puede decir con confianza: ‘Me fío, con Él la vida puede ser verdaderamente hermosa, quiero recorrer el camino de esta belleza’. Y lo más extraordinario es que, convirtiéndonos en sus discípulos, a su vez nos volvemos ‘bellos’; su belleza nos transfigura”.

Como escribe el teólogo Pável Florenski, los santos se caracterizan, no solo por la bondad, sino también por “la belleza espiritual deslumbrante que irradia quien vive en Cristo”. Y en esto ve León XIV la revelación más profunda de la vocación: participar de la vida de Cristo, compartir su misión y resplandecer de su misma belleza.

Evoca también el Papa el camino interior –un camino de vida, de fe y de sentido– de san Agustín, tal como lo manifiesta en Las Confesiones. “Más allá de la conciencia de sí mismo, descubre la belleza de la luz divina que lo guía en la oscuridad”. Esto, señala León XIV, muestra la importancia del “cuidado de la interioridad”, que se centra en la oración.

Así es, y se trata de una de las propuestas –junto con la educación para la cultura digital y para la paz– con las que León XIV enriqueció el proyecto del “Pacto educativo global”, lanzado por el Papa Francisco.

Por todo ello, invita a todos a crear contextos favorables para que el don de la vocación pueda ser acogido, alimentado, custodiado y acompañado y así pueda dar fruto abundante.