viernes, 12 de junio de 2026

Mensaje de belleza, unidad y acogida

(texto publicado unos días antes de la visita del Papa a España *)

El lema del viaje de León XIV a España es “Alzad la mirada” (Jn 14, 35). Son unas palabras de Jesus a sus discípulos al final del encuentro con la samaritana: “Levantad los ojos y mirad los campos que están dorados para la siega”. Están introducidas por su confidencia: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra”. Expresan que para hacer la voluntad del Padre es necesaria la unión con Cristo, que es Palabra y Vida. Así es como los discípulos podrán participar de su misión, que es suscitar el agua viva (la gracia) del Espíritu Santo en el corazón de las personas y del mundo.

El logo desgrana gráficamente su mensaje: la Virgen María como corazón de un movimiento hacia arriba, al que invitan varias figuras en torno a la belleza de la Sagrada Familia (Barcelona); la puerta de Alcalá (Madrid) como símbolo de la unidad; las aguas y las olas en referencia a la caridad y su reflejo en la acogida (islas Canarias).

Belleza, unidad y acogida representan lo que el sucesor de Pedro desea decir, en los gestos y palabras que escogerá. Marcado por sus raíces agustinianas y su experiencia misionera, su magisterio es una propuesta a los desafíos de la “policrisis” actual. Con esos tres ejes traza pedagógicamente la “ruta de las estrellas”, para orientar una humanidad herida hacia un horizonte de esperanza.

Para León XIV, la vocación cristiana es un “camino de belleza” (via pulchritudinis) que transfigura a la persona. Inspirándose en el evangelio de Juan, el Papa presenta a Jesús como el “Pastor Bello”, que enamora a la vez que revela que la vida es hermosa cuando se le sigue. No es una mera cuestión de estética. La vida cristiana es belleza espiritual que irradia verdad y amor desde la santidad, y que encuentra en la liturgia y el arte canales elocuentes de expresión. Citando a san Agustín, afirma que “la belleza no es otra cosa que amor, y el amor es vida”. Incluso en escenarios de dolor, como los que atraviesan los enfermos o los presos, el papa Prevost invita a reconocer la belleza de la fragilidad humana como un lugar donde brotan “flores maravillosas” de misericordia. Sitúa la “cultura de la vida” como raíz de su propuesta de paz y de justicia social, pues una sociedad solo puede considerarse sana y desarrollada cuando protege la sacralidad de la vida en todas sus fases, desde su concepción hasta su término natural.

El corazón programático de su servicio es el lema “In Illo uno unum” (en Aquel uno –Cristo–, somos uno), basado en la doctrina de san Agustín. Esta unidad no debe entenderse como uniformidad, sino como una “policromía de la unidad” o una “polifonía de la comunión” que valora la diversidad de carismas y culturas. Bajo este principio, el Papa impulsa un renovado celo ecuménico, centrado en el 1700 aniversario del Concilio de Nicea, buscando que la fe compartida en el Credo sea el vínculo que supere el escándalo de las divisiones. Asimismo, presenta la sinodalidad desde su significado de “caminar juntos”, desde la comunión y para la misión de los cristianos, como levadura de unidad y de paz en el mundo.

León XIV sueña con una “Iglesia humilde” y acogedora, pronta para escuchar y curar las heridas, dispuesta a extender, como la columnata de Bernini, sus brazos en espacio abierto para todos, derribando los muros de la indiferencia y del odio. Esta cultura del encuentro y de la acogida se manifiesta especialmente en el cuidado de la “carne sufriente” de los pobres, los migrantes y los refugiados, no como meros objetos de beneficencia, sino como sujetos creativos y versos de “poetas sociales”. En sus viajes, especialmente a África y el Líbano, ha insistido en que una sociedad grande es aquella que rodea de amor a sus miembros más frágiles, reconociendo en el otro no una amenaza, sino un compañero de viaje.

Así, la propuesta de León XIV es una invitación a vivir una fe que se hace gesto y cuerpo, transformando la existencia gris en una vida encendida por el fuego del Espíritu, donde el mundo pueda descubrir que la vida con Cristo es no solo verdad sino también vida y camino de belleza.

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(*) Fue publicado en El Norte de Castilla, 3-VI-202, El Diario Montañés, 4-VI-26 y El Diario de Navarra, 7-V-26.

La Iglesia, signo e instrumento de unidad

En las catequesis que está desarrollando al hilo de los documentos del Concilio Vaticano II, León XIV concluyó
el 13 de mayo la sección correspondiente a la constitución dogmática Lumen gentium (=LG) sobre la Iglesia. 

Podemos presentarla aquí en tres partes: el misterio de la Iglesia y la Iglesia como Pueblo de Dios durante la historia; la jerarquía, los laicos y la vida consagrada; las dimensiones escatológica y mariana de la Iglesia.


La Iglesia, “sacramento de unidad” con Dios y entre los pueblos

Señala el Papa que san Pablo explica el origen de la Iglesia acudiendo al término paulino misterio. “Se trata del plan de Dios que tiene un objetivo: unificar a todas las criaturas gracias a la acción reconciliadora de Jesucristo, acción que se llevó a cabo en su muerte en la cruz” (Audiencia general 18-II-2026). Esto, añade León XIV, se experimenta ante todo en la asamblea reunida para la celebración litúrgica (especialmente la Eucaristía); pues ahí las diversidades se relativizan, nos encontramos juntos y atraídos por el Amor de Cristo, que ha derribado el muro de separación entre personas y grupos sociales (cf. Ef 2,14). Este el misterio cristiano.

Ahora bien, esta convocatoria –observa el Papa– no se limita a un grupo de personas, sino que está destinada a convertirse en experiencia de todos los seres humanos. Esto se indica en la LG cuando dice nada más comenzar: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (n. 1). Y más adelante la llama “sacramento universal de salvación” (n. 48).


Dimensión humana y dimensión divina

En la segunda catequesis (cf. Audiencia general, 4-III-2026), León XIV se fija en la expresión de LG 8: la Iglesia es una “realidad compleja”, por está constituida con su dimensión humana y la divina, sin separación y sin confusión.

La dimensión humana, que se manifiesta también en su organización institucional, salta a la vista, pues, afirma el Papa, “la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos”. Pero además la Iglesia tiene una dimensión divina que “no consiste en una perfección ideal o en una superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es fruto del plan de amor de Dios por la humanidad, realizado en Cristo”.

Y para ilustrar este modo de ser de la Iglesia, el Vaticano II se remite a la vida de Cristo: “La carne de Cristo –dice el Papa–, su rostro, sus gestos y sus palabras manifiestan de modo visible al Dios invisible”. Es el método de Dios.

De ahí que, como señalaba Benedicto XVI, no existe oposición entre el mensaje del Evangelio y la institución o las estructuras eclesiales. “No existe -confirma León XIV– una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia”.

 Leer más (enlace a "Omnes", número de junio 2026)