miércoles, 21 de septiembre de 2011

La oración en la familia de Dios

 
El Greco, La agonía en Getsemaní (h. 1590)
Museo de arte, Toledo (Ohio)

El Greco contempló la agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní, ese momento de particular intensidad en la oración del Señor. Ahí se condensa, por decirlo así, su amor y obediencia al Padre para el bien de la humanidad; y, por tanto, su disposición a tomar en sus manos el cáliz amargo de la Pasión, que sostiene el ángel. Éste aparece con la túnica dorada de la gloria, también para consolarle.

      La luz de la luna hace brillar la figura de Jesús, ensalzada por la roca que le cubre. Hay una diagonal que baja desde el ángel hasta Jesús y desemboca en los soldados que se disponen a prenderle (abajo a la derecha). Todo ello como expresión de la voluntad del Padre que Jesús está abrazando, en la unidad de amor del Espíritu Santo.

      Bajo el ángel, arrebujados en sus vestidos, están los apóstoles, cercanos pero soñolientos y como empequeñecidos. Han dejado solo al Señor, a pesar de su petición: “Velad y orad”.

      La túnica exterior de Jesús, de color azul, cae al suelo como para indicar su humillación (“kénosis”), el dejar su poderío divino; así queda de relieve el sacrificio (la túnica interior, roja) que Jesús lleva a cabo en su pasión y muerte: su ofrenda al Padre y su servicio salvador a todas las personas del mundo.


*     *     *

El "misterio de las dos voluntades"

     La oración cristiana vive de la oración de Cristo. Como muchos antes que él, Benedicto XVI contempla especialmente, en el volumen segundo de su libro "Jesús de Nazaret", la oración del Señor en el Huerto de Getsemaní, al comienzo de su pasión.

      Según el Evangelio de San Marcos, Jesús rezó, caído en tierra, de esta manera: “Abbá, Padre; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú” (14, 36). El Evangelio de San Juan recoge otras palabras paralelas pronunciadas el Domingo de Ramos: “”Padre, líbrame de esta hora (…). Padre, glorifica tu nombre” (12, 27s).

      Observa Joseph Ratzinger que aquí aparece una contraposición entre dos voluntades: la “voluntad natural” de Jesús como hombre, que se resiste a sufrir; y su voluntad como Hijo que se abandona a la voluntad del Padre.

      Según el Papa, las palabras que recoge San Juan iluminan el misterio de estas “dos voluntades”, pues ponen de relieve la conciencia que Jesús tenía de su misión. Misión que, en último término tiene como fin que Dios sea glorificado (conocido y amado por el hombre, no sólo como desde fuera, sino participando de su vida íntima: en eso consiste, según San Ireneo, propiamente la “vida” del hombre). 

      Escribe Benedicto XVI: “Jesús pronunció las dos peticiones, pero la primera, la de ser ‘librado’, se funde con la segunda, en la que ruega por la glorificación de Dios en la realización de su voluntad; así el conflicto en lo más íntimo de la existencia humana de Jesús se recompone en la unidad” (p. 186). Esto es una importante afirmación, porque apunta a la resolución de ese “misterio de las dos voluntades”, que, de esta manera, no quedan como yuxtapuestas en paralelo, sino unificadas por la obediencia (amorosa) de Jesús.

      Y se pregunta el Papa si bastaría, entonces, decir que esta oración de Jesús implica una distinción entre la voluntad del hombre Jesús y su voluntad como Dios (así se ha visto con frecuencia). El Concilio de Calcedonia (451) estableció que en la única Persona del Hijo de Dios se unían las dos naturalezas, la humana y la divina “sin confusión ni división”. Hoy, señala Benedicto XVI, conviene explicar más profundamente ese misterio, dejar más claro que la voluntad de Jesús no queda absorbida por la de Dios; pues, de ser así, Jesús quedaría como un hombre sin voluntad, dejaría de ser hombre. 



Jesús se identifica con la voluntad del Padre

      Ya en el siglo VII San Máximo el Confesor explicó que la voluntad humana o “natural” de Jesús permanecía como tal, y al mismo tiempo asumía la voluntad divina. Con ello la voluntad humana alcanza su cumplimiento, y no su destrucción. En el pecador, su voluntad natural se resiste a unirse con la voluntad de Dios, y en esa medida esclaviza al propio hombre y lo empequeñece.

      Pues bien, según Benedicto XVI, la voluntad herida del hombre queda restaurada por Jesús: “Jesús restaura la voluntad natural del hombre (…) y restablece así al hombre en su grandeza” (p. 190).

      De esta manera la petición “no se haga mi voluntad sino la tuya”, no manifiesta sin más la oración del “hombre” ante “Dios”; sino que “es realmente una oración del Hijo al Padre, en la que la voluntad natural humana ha sido llevada por entero dentro del Yo del Hijo (…). Pero este ‘Yo’ ha acogido en sí la oposición de la humanidad y la ha transformado, de modo que, ahora, todos nosotros estamos presentes en la obediencia del Hijos, hemos sido incluidos dentro de la condición de hijos” (p. 191). Y esto queda subrayado por el hecho de que Jesús empleara la palabra Abbá, con la que los niños judíos se dirigían al padre de familia (pero en modo alguno a Dios), lo que revela la última esencia de la relación entre Jesús y su Padre. 



 Jesús se ofrece como sacerdote, para darnos la verdadera vida

      Así se entiende bien lo que afirma la Carta a los Hebreos sobre la oración de Jesús en Getsemaní, al decir que Cristo rezó al Padre “a gritos y con lágrimas” (5, 7). Este gritar y suplicar significa, según Benedicto XVI, que Jesús ejerció así su sumo sacerdocio: su obediencia es la que consumó su consagración sacerdotal: “Precisamente en esto, en su auto-donación, (…) Cristo se ha convertido en sacerdote en el verdadero sentido” p. 194).

       La Carta a los Hebreos añade: “… y por su actitud reverente fue escuchado”. Esto quiere decir, para Joseph Ratzinger, no sólo que el Padre envió al ángel para que lo confortara, sino y sobre todo, que lo resucitó. Más aún: no sólo lo salvó personalmente de las consecuencias de la muerte, sino que convirtió la muerte de Jesús en una muerte “por los otros”. Y así la cruz se convirtió en el camino para la gloria de Dios, que es vida de los hombres:

      “Desde la cruz viene a los hombres una vida nueva. En la cruz, Jesús se convierte en fuente de vida para sí y para todos. En la cruz, la muerte queda vencida. El que Jesús fuera escuchado afecta a la humanidad en su conjunto: su obediencia se convierte en vida para todos” (p. 196).

* * *

Esta interpretación de la oración de Getsemaní ilumina la comprensión y vivencia de la oración. Apuntemos aquí tres consecuencias, en relación con la Iglesia, la oración cristiana y la oración misma de Jesús. 



La misión de la Iglesia: gloria de Dios y salvación de los hombres

      El misterio de las “dos voluntades” (de Jesús, como hombre que pide ser salvado y como Hijo, que quiere la gloria del Padre) representa los dos aspectos de la misión de la Iglesia: la salvación de los hombres y la gloria de Dios; aquí se ve que no son dos fines yuxtapuestos. Dios no es un contrincante del hombre, sino su Padre, su creador y su redentor, el que le hace posible vivir plenamente. La salvación del hombre, su vida verdadera, no está “al lado de” y mucho menos “contra” la gloria de Dios; sino que consiste precisamente, como dice San Ireneo, “en” la gloria de Dios. 



La oración del cristiano no es individualista; siempre acontece en la familia de Dios

      De ahí también que cuando un cristiano reza auténticamente, su oración no es en modo alguno individualista o intimista; al contrario, se abre a la oración de la Iglesia entera (que nace y vive de la oración de Jesús), familia de Dios. Por eso la oración de cada cristiano ha de configurarse según la “escuela” de la oración litúrgica (la celebración de la Misa y de los otros sacramentos, y la Liturgia de las Horas). El modelo y el corazón de la oración es siempre la oración del Hijo ante su Padre, intercediendo y ofreciéndose por sus hermanos.

      A este propósito conviene recordar otra oración de Jesús a su Padre, que recoge la Carta a los Hebreos: “Me preparaste un cuerpo; (…) aquí vengo (…) para hacer, oh Dios, tu voluntad” (Hb 10, 5-7; cf. Ps 40, 7). Aquí se manifiesta la actitud sacerdotal de Jesús durante toda su vida (no solamente en su pasión y muerte). Participando de esta actitud, la oración en la vida ordinaria del cristiano (en medio de sus tareas familiares, profesionales y sociales) es manifestación de su “alma sacerdotal” (en palabras de San Josemaría Escrivá).

      El “cuerpo” del que Jesús habla no es sólo su Cuerpo como hombre, sino también su Cuerpo místico, es decir la Iglesia, al que están llamados todas las personas del mundo, particularmente los más sufrientes y necesitados. La Trinidad ha preparado para Cristo ese cuerpo que es la Iglesia, para que, especialmente a través de los cristianos laicos, la vida de Cristo se encarne y vivifique todas las realidades humanas. 



El Espíritu Santo, protagonista íntimo de la oración en el Cuerpo místico  

     En la oración misma de Jesús cabría subrayar la acción del Espíritu Santo. Pues, en efecto, el Espíritu es el que, en último término, actúa de modo que la voluntad humana de Jesús se identifique con la de su Padre (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 475). El Espíritu Santo es también quien unifica y vivifica, por el amor, a todos los cristianos en el Cuerpo místico de Cristo. Y, por tanto, es el que hace, más allá de nuestros pobres esfuerzos pero contando con ellos, que nuestra oración sirva a la gloria de Dios (el resplandor de su amor) y al bien de todos los hombres. 


(una primera versión se publicó en www.analisisdigital.com, el 20-IX-2011)

martes, 20 de septiembre de 2011

Sobre la misión del sacerdote en la Iglesia


Un teólogo de la Universidad de Navarra publica un libro sobre la misión del sacerdote en la Iglesia (entrevista)




El volumen, coordinado por Ramiro Pellitero, tiene en su origen en la jornada académica que organizó la Facultad de Teología en 2010 con motivo del Año Sacerdotal, bajo el título 'El sacerdocio ministerial en la misión de la Iglesia'.


Ramiro Pellitero, teólogo de la Universidad de Navarra, ha coordinado el libro La misión del sacerdote en la Iglesia (EUNSA). “La obra se dirige a los sacerdotes y los que se preparan para el sacerdocio, pero también a cualquier persona que deseen ahondar en el papel del presbítero en la sociedad contemporánea, en el valor de su servicio, centrado en la Eucaristía, y dirigido a promover la unidad y la vitalidad de la fe cristiana, y el amor entre las personas”, explica el profesor Pellitero.

     El volumen tiene en su origen en la jornada académica que organizó la Facultad de Teología en 2010 con motivo del Año Sacerdotal, bajo el título 'El sacerdocio ministerial en la misión de la Iglesia'. Recoge las intervenciones correspondientes a esa jornada, seguidos por otros textos que complementan el tema desde diversas perspectivas.
     Las primeras constituyen los cinco primeros capítulos: “Sacerdocio común y sacerdocio ministerial en la misión de la Iglesia” (Pedro Rodríguez), “Identidad del sacerdocio ministerial: la relacionalidad como clave de comprensión” (Santiago del Cura), “La dimensión profética del ministerio sacerdotal” (Rafael Zornoza Boy), “La presidencia litúrgica, elemento constitutivo del ministerio ordenado (Félix María Arocena) y “La unidad de vida en el sacerdote” (Lucas Francisco Mateo-Seco).
     Los segundos son: “‘Ordo Presbyterorum’ y Presbiterios locales” (José Ramón Villar), “La espiritualidad sacerdotal” (Vicente Bosch), “Aspectos fundamentales de la formación para el sacerdocio ministerial” (Tomás Rincón-Pérez), y “La propuesta vocacional como tarea de los sacerdotes” (Ángel Marzoa).

      El profesor Pellitero es capellán de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Navarra y profesor de la Facultad de Teología y del InstitutoSuperior de Ciencias Religiosas (ISCR) del campus pamplonés. Es autor del blog "Iglesia y Nueva Evangelización" (http://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com).


*     *     *


-En los tiempos que corren, ¿cuál es la misión del sacerdote?
 
La misión del sacerdote se inscribe en la misión de la Iglesia, que consiste en posibilitar el encuentro de Jesucristo con todas las personas. El sacerdote sirve en primer lugar a los cristianos: predica la Palabra de Dios, preside la celebración de los sacramentos (sobre todo la Eucaristía y el perdón de los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia) y promueve la caridad en todos los ámbitos. Como decía el entonces Cardenal Wojtyla
en 1978, el sacerdote se sitúa en el centro del misterio de Cristo, y desde ahí sirve a la verdadera felicidad de los hombres, que sólo puede encontrarse en el amor a Dios y al prójimo.


-En los últimos años ha habido algunos casos de infidelidad a la Iglesia por parte de sacerdotes, como ocurre con los abusos a menores. ¿En qué medida atentan contra la auténtica identidad del sacerdocio? ¿Pueden llegar a ensombrecerla?


Estos abusos cometidos por sacerdotes son, efectivamente, una gran infidelidad a la Iglesia, y antes que nada a las personas que se les confiaron. Y por tanto deben llevar, como ha señalado el Papa, al arrepentimiento sincero, a reparar el daño causado a las víctimas y, por parte de la Iglesia, a un examen de conciencia sobre la formación y la vida de los sacerdotes.

     Ciertamente, estos sucesos ensombrecen la imagen de los sacerdotes, pero no alteran su identidad. Cristo los escoge no porque sean superhombres, perfectos e intachables; sino porque, siendo de carne y hueso, pueden servirle como ministros. El acceso al sacerdocio va unido a la libre opción del que recibe la llamada de Dios. Esto exige del sacerdote una respuesta a lo largo de su vida. Y esa respuesta se apoya en la honradez humana como base de su empeño por la santidad y de su tarea al servicio a todos. Los valores éticos y las virtudes humanas y cristianas brillan en la gran mayoría de los sacerdotes, que se esfuerzan por ser fieles a su misión, desde el principio del cristianismo. Son hombres que no se han sentido “solterones”, sino que, como decía San Josemaría Escrivá de Balaguer, han vivido y viven como “enamorados del Amor, del Hacedor del Amor” (Forja, n. 38).

-Como acaba de decir, este ministerio es un don para servir a los demás. ¿Cuáles son las mayores dificultades con las que se encuentran los sacerdotes para ponerlo en práctica?


En las familias (la Iglesia es una familia), los padres y madres necesitan también de los demás para criar y educar a los hijos; y, como todas las personas cuando caen enfermas o se hace mayores, necesitan de sus hijos. También los sacerdotes necesitan de Dios y de los demás cristianos a quienes ellos deben servir. Los sacerdotes requieren una vida de amistad con Dios (oración) y una formación adecuada, junto con el cariño y el apoyo necesarios para su ministerio. Es una gran responsabilidad de todos los cristianos rezar por los sacerdotes y no dejarles solos. Y es lógico que la sociedad, como se hace en tantos países, reconozca el servicio que los sacerdotes prestan a la educación, a la convivencia y a la paz.

-¿Cómo ha cambiado el cometido de los sacerdotes a lo largo de estos 2.000 años de historia? ¿En qué aspecto se tiene que poner más énfasis actualmente?


Esencialmente la tarea de los sacerdotes, sin la que no existirían la Iglesia ni los cristianos, siempre ha sido la misma: anunciar el Evangelio, celebrar los sacramentos, promover la caridad. En las diversas épocas y culturas se requiere subrayar unos aspectos u otros. A partir del Concilio Vaticano II, en formulación de Juan Pablo II, se redescubre que “el hombre es el camino de la Iglesia”. Esto quiere decir que la Evangelización se dirige a todos los hombres y mujeres, y afecta a todos los ámbitos -espirituales y materiales- de la vida humana.

     Con otras palabras, el anuncio del Evangelio ha de ir acompañado de la promoción humana, pues la persona es un todo compuesto de cuerpo y espíritu y llamado esencialmente a la relación con los demás. Todo esto lo impulsa el sacerdote desde su “lugar”: predicando, celebrando los sacramentos y orientando la vida cristiana de sus hermanos, y así presta un servicio incomparable a la sociedad entera.

     Hoy se ve necesario subrayar el valor de la adoración a Dios (la oración y el culto principalmente en la Eucaristía) y también la preocupación por las necesidades materiales y espirituales de los demás, precisamente como consecuencia de la oración y del culto; en este sentido es fundamental la Doctrina Social de la Iglesia.

-Una de las aportaciones de nuestra era son las nuevas tecnologías. ¿Cree que pueden ser una herramienta útil para los sacerdotes a la hora de predicar el Evangelio?


Como todos los instrumentos humanos que sirven a la comunicación, estas tecnologías pueden ser muy útiles, en la medida en que ayuden “realmente” y no distraigan o entorpezcan la comunicación entre las personas.

     En la tarea sacerdotal, estos medios pueden extender más lejos y antes la Palabra de Dios, aunque no sustituyen la presencia del sacerdote, particularmente en los sacramentos. Pueden servir a la preparación de la fe y mostrar aspectos de la fe que no se expresan fácilmente sólo con palabras que recubren conceptos; pues la fe afecta a todas las esferas de la persona, que vive y reflexiona a partir de sus experiencias, proyectos e ideales, relaciones familiares y sociales, etc.

     Así, estas tecnologías pueden enriquecer la comunicación del Evangelio por medio de imágenes u otros símbolos; por ejemplo, mostrando los frutos de la vida cristiana en las familias, los trabajos, los acontecimientos y el progreso auténtico de las personas y de los pueblos.



(publicado en www.unav.es, 20-IX-2011)

martes, 13 de septiembre de 2011

Primacía de Dios, Eucaristía y coherencia

Juan de Juanes, La Última Cena

Uno de los más importantes pintores del renacimiento español, Juan de Juanes (h. 1510-1579) es el autor del cuadro “La Última Cena” (Museo del Prado). Recoge lo que constituye el centro de la vida y del mensaje de Cristo, y también del cristianismo. En efecto, partir de la Eucaristía, como ha dicho Benedicto XVI en Ancona (Italia), es un modo de reafirmar la primacía de Dios. Y esto, si se vive la Eucaristía con coherencia, abre a la libertad, al bien y al desarrollo social.

      

La primacía de Dios

      Lo primero es lo primero: la primacía de Dios. Observa el Papa cómo en el Evangelio la promesa de la Eucaristía se hacía “palabra dura” de entender para muchos que dejaron de seguir a Jesús. Se resistían a ese don tan grande, cerrándose en sí mismos para no abrirse a Dios; “porque acoger verdaderamente este don quiere decir perderse a sí mismos, dejarse implicar y transformar, hasta vivir de Él” (cf. Rm 14, 8). Pensaban –como nos sucede a nosotros con frecuencia– que serían más libres sin Dios; cuando “en realidad, sólo en la apertura a Dios, en la acogida de su don, somos verdaderamente libres, libres de la esclavitud del pecado que desfigura el rostro del hombre, y capaces de servir al verdadero bien de los hermanos”.

      También en nuestro mundo, señala Benedicto XVI, muchos han dejado aparte a Dios, o lo toleran como una elección privada que no debe interferir en la vida pública. Y así “ciertas ideologías han intentado organizar la sociedad con la fuerza del poder y de la economía”. Pero “la historia nos demuestra, dramáticamente, que el objetivo de asegurar a todos el desarrollo, el bienestar material y la paz prescindiendo de Dios y de su revelación se ha resuelto en un dar a los hombres piedras en lugar de pan”.

      Es verdad que el pan es “fruto del trabajo del hombre”, pero antes es “fruto de la tierra”, regado por la lluvia del cielo, y, por tanto, don de Dios (como pedimos en el Padrenuestro).

     Y no sólo el pan, sino el hombre mismo y su vida dependen primero de Dios: “El hombre es incapaz de darse la vida a sí mismo, él se comprende solo a partir de Dios”. Por eso, “lo que primero debemos recuperar en nuestro mundo y en nuestra vida es la primacía de Dios, porque esta primacía es la que nos permite volver a encontrar la verdad de lo que somos, y es en conocer y seguir la voluntad de Dios donde encontramos nuestro verdadero bien. Dar tiempo y espacio a Dios, para que sea el centro vital de nuestra existencia”. 



Partir de la Eucaristía

     Segundo, para recuperar y reafirmar la primacía de Dios, el Papa propone partir de la Eucaristía: “Aquí Dios se hace tan cercano que se hace nuestro alimento, aquí Dios se hace fuerza en el camino a menudo difícil, aquí se hace presencia amiga que trasforma”. Jesús se convierte en el verdadero pan de vida (cf. Jn 6,32-35). En la Última Cena “Jesús anticipa el acto de amor supremo, en obediencia a la voluntad del Padre: el sacrificio de la Cruz”. De este modo, aquella ejecución violenta queda transformada en un acto de entrega, que vence a la muerte y restaura la belleza del mundo creado.

     Y aún hay más. Jesús se nos da en la Eucaristía para que cada uno nos impliquemos en ella, haciendo de nuestra existencia una vida plena para Dios y para los demás: “Dios se nos da, para abrir nuestra existencia a Él, para implicarla en el misterio de amor de la Cruz, para hacerla partícipe del misterio eterno del que procedemos y para anticipar la nueva condición de la vida plena en Dios, en espera de la cual vivimos”. 



Coherencia en la vida cotidiana

     Tercero y último punto. La Eucaristía, que reafirma la primacía de Dios, pide la coherencia de la vida cotidiana. Para empezar, la Eucaristía “nos arranca de nuestro individualismo, nos comunica el espíritu del Cristo muerto y resucitado, nos conforma a Él; nos une íntimamente a los hermanos en ese misterio de comunión que es la Iglesia” (cf. 1 Co 10,17). Por tanto "una Eucaristía que no se traduzca en amor concretamente practicado está fragmentada en sí misma" (Deus caritas est, 14).

     Ese amor “concreto” se debe traducir en responsabilidad por el desarrollo que tiene por centro a la persona, “especialmente cuando es pobre, enferma o desgraciada”; y, por tanto, en rechazar la indiferencia ante los necesitados: “Quien sabe arrodillarse ante la Eucaristía, quien recibe el cuerpo del Señor no puede no estar atento, en la trama ordinaria de los días, a las situaciones indignas del hombre, y sabe inclinarse en primera persona hacia el necesitado, sabe partir su pan con el hambriento, compartir el agua con el sediento, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al encarcelado”.

     Por eso, sostiene Benedicto XVI que “una espiritualidad eucarística, entonces, es verdadero antídoto contra el individualismo y el egoísmo”: lleva a mejorar las relaciones en las familias; superar los conflictos que disgregan la unidad de la Iglesia y su misión; conciliar el trabajo con el descanso y la atención a la familia; comprometerse para resolver el problema del paro; acoger y ayudar a los más frágiles en la sociedad; afrontar una “nueva capacidad educativa” que testimonie los valores espirituales y culturales; gastarse a favor de “una sociedad más justa y fraterna”.

      Y concluye sabiamente, con toda la tradición cristiana y el Concilio Vaticano II: se trata de “que la vida cotidiana se convierta por tanto en el lugar del culto espiritual”. De esa manera se abre para todos la posibilidad de participar de la vida de Cristo y su entrega a los hombres como ofrenda al Padre (cf. Sacramentum caritatis, 71).

     Una ayuda más para volver sobre los contenidos centrales del mensaje del Papa, reciente aún su visita para la JMJ, y preguntarse si explicamos, y sobre todo vivimos así los cristianos: desde el centro de la Eucaristía, primero Dios y, como consecuencia, bien real, el compromiso por los demás. No es nada complicado. Es, sencillamente, el Evangelio. 






(publicado en www.cope.es, 13-IX-2011)

lunes, 12 de septiembre de 2011

La verdadera pureza

Tintoretto, El lavatorio (h. 1547)

“El Lavatorio” de Tintoretto es un cuadro de escuela veneciana, pintado hacia 1547, que se puede contemplar en el Museo del Prado. Representa la escena que narra San Juan (13, 3 ss.), cuando Jesús lava los pies a sus discípulos, también a Pedro. Éste se resiste al principio, pero enseguida rectifica. Después el Señor les propone que sigan ese ejemplo, y se laven los pies entre ellos. Esto suele interpretarse diciendo que el lavatorio, en primer lugar, expresa la purificación que necesitaban los discípulos, realizada por el misterio de la muerte de Jesús. En segundo lugar, expresa el ejemplo de humildad que Jesús propone a los discípulos. Agunos autores dicen que lo segundo sería una añadidura “moral” a lo primero, e incluso podría oscurecerlo.

      En realidad se trata de dos aspectos muy unidos. Y esto se ve cuando Jesús enuncia su mandamiento nuevo: “Ama
os los unos a los otros como yo os he amado” (v. 34). Pero ¿qué quieren decir propiamente estas palabras?


La purificación que necesitamos

      Comencemos con la purificación o la pureza. Hay dos modos de entender reductivamente la pureza que necesitamos los hombres para unirnos a Dios. Primero, el camino que tomaron las religiones antiguas: habían sentido vivamente la necesidad de purificarse y la resolvieron por medio de una serie de ritos (en la religión judía, por medio de sacrificios de animales). Segundo, para Plotino y después muchos de sus seguidores filósofos (lo que queda en buena parte de la ética oriental), la purificación del hombre consistiría más bien en irse separando de las realidades materiales de este mundo, considerándolas inferiores y despreciables, para ir ascendiendo hasta la unión con el espíritu absoluto.

      Esto lo desarrolla Benedicto XVI en el volumen segundo de su libro Jesús de Nazaret (cap. 3). Sostiene que, según la fe cristiana, lo que nos purifica es el amor de Jesús, que supera los sacrificios de los animales. Además, Jesús no renuncia en modo alguno a su cuerpo, sino que realiza su obra redentora precisamente como Dios encarnado.

      Todo ello, por cierto, tiene una gran importancia para comprender en qué consiste la vida cristiana (vivir la misma vida de Cristo) y cómo la santidad se lleva a cabo en y por medio de las tareas ordinarias familiares, profesionales, culturales. 


     Sin embargo, incluso dentro del cristianismo se han dado malentendidos, como señala el Papa: “”La espiritualidad del siglo XIX ha vuelto a convertir en unilateral el concepto de pureza, reduciéndolo cada vez más a la cuestión del orden en el ámbito sexual, contaminándolo también nuevamente con la desconfianza respecto a la esfera material y al cuerpo”. Y aquí viene lo importante: en la gran aspiración de la humanidad a la pureza, afirma, “lo esencial es estar en su Cuerpo [de Jesús], estar penetrados por su presencia” (pp. 76s).

      Esta perspectiva termina por esclarecer el sentido del lavatorio de los pies de los discípulos, también respecto a la segunda significación: el ejemplo de humildad y entrega que Jesús da a sus discípulos. Porque ¿qué significa “amaos como yo os he amado”? 



EL significado del "mandamiento nuevo"

      Apunta Joseph Ratzinger: “La exigencia de hacer lo que Jesús hizo no es un apéndice moral al misterio y, menos aún, algo en contraste con él” (p. 80). No significa simplemente “amar hasta estar dispuestos a sacrificar la propia vida por el otro” (p. 81). La verdadera novedad se refiere “al nuevo fundamento del ser que se nos ha dado”. Dicho de otro modo: “La novedad solamente puede venir del don de la comunión con Cristo, del vivir en Él” (p. 82). En efecto: esto es lo Cristo nos da con la Eucaristía: la unión con Él y todos los que están con Él. Por eso el “mandamiento nuevo” sólo puede ser entendido y vivido “en” la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.

      Benedicto XVI cita a San Agustín cuando éste explica que Jesús, al proponer en el Sermón de la Montaña la limpieza de corazón (cf. Mt 5, 8), está hablando de ese “corazón puro” que es la unión con Él y que nos va purificando, a medida que nos dejamos sumergir en su misericordia.

      Por eso –prosigue el Papa– Tomás de Aquino escribió que la nueva Ley (la Ley del amor cristiano o de la vida de la gracia) no es una norma nueva, sino la nueva interioridad dada por el mismo Espíritu de Dios. (Es decir: es el Espíritu Santo el que nos hace ser miembros de ese mismo Cuerpo que formamos con Jesús, y nos hace vivir no ya individualmente, sino en la familia de Dios que es la Iglesia, al servicio de las necesidades de los demás).

      De esta manera Benedicto XVI entiende que el lavatorio de los pies “significa la totalidad del servicio salvador de Jesús”: ese amor suyo en el que nos sumerge, y que es “el verdadero lavatorio de purificación para el hombre” (p. 92). 



La verdadera pureza: el amor a Dios y a los demás

      En definitiva, como hemos visto, su argumentación es que la verdadera pureza que trae el cristianismo va más allá de una mera “pureza ritual”, y también de una mera exigencia para la voluntad (una suprema exigencia moral). La verdadera pureza es la del amor a Dios y a los demás, en identificación con Cristo, y por tanto vivido en la Iglesia con todas las consecuencias. Entre ellas está la santificación del propio cuerpo y de las demás nobles realidades humanas, para que ahí se encarne la vida divina, que la recibimos para darla.
 

     Pues bien, esto se realiza concretamente gracias al el sacramento del Bautismo, y por ese segundo bautismo que es la Confesión de los pecados (cf. 1 Jn 8, ss; St 5, 16): “En la confesión el Señor vuelve a lavar siempre nuestros pies sucios y nos prepara para la comunión de mesa con Él” (p. 93).

      Durante la JMJ de Madrid 2011, Benedicto XVI aconsejó a los jóvenes que hicieran crecer la vida en plenitud por medio de la gracia divina. Que se plantearan la santidad generosamente y sin mediocridad. Y que tuvieran presente que “ante nuestras flaquezas, que a veces nos abruman, contamos también con la misericordia del Señor, siempre dispuesto a darnos de nuevo la mano, y que nos ofrece el perdón en el sacramento de la Penitencia” (Discurso en la plaza de Cibeles, 18-VIII-2011).

      De hecho hubo esos días muchos miles de confesiones, y sigue habiéndolas, porque la verdadera pureza de corazón sólo se alcanza dejándose sumergir en el Cuerpo de Cristo, para vivir con Él por los demás. 





(publicado en www.religionconfidencial.com, 11-IX-2011)

jueves, 8 de septiembre de 2011

Vidas con o sin esperanza


La historia de cada uno se entreteje con la de los demás. Queda claro en la película “Vidas contadas” (Jill Sprecher, 2002). La vida no parece justa muchas veces: “La fortuna sonríe a algunos y se ríe de otros” –dice un personaje–, y la felicidad puede convertirse “en una maldición”. Incluso los que tienen fe pueden sentir la tentación de “tirar la toalla” ante las dificultades. Pero es patente el valor tanto de la fe como de la libertad.

      Le cuesta más entenderlo al profesor de Física, acostumbrado a la “irreversibilidad” de las leyes de la materia. Sin embargo, desde el principio intuye que la realidad personal funciona de otra manera; él quiere “lo que todos queremos: vivir la vida, despertarme animado, ser feliz”, y para eso huye “de una vida predecible, del aburrimiento”; aunque se equivoca casi siempre en los medios, y pocas veces se pone en el lugar de los demás.


Un mismo árbol, un solo poema, una familia


      Se ve cómo los gestos de las personas cambian los acontecimientos, para bien (una actitud amable, una sonrisa) o para mal (una venganza, un desprecio). Nuestras decisiones influyen en la vida de los demás. Que “el ser humano necesita de 45 centímetros de espacio personal” debe de ser un consuelo en Manhattan –símbolo por antonomasia de la vida moderna–, donde es difícil evitar mezclarse con los otros. Además hay que contar con que necesitamos tiempo para rectificar, aunque el tiempo también se acaba. “El juez está a la puerta…, consideramos felices a aquellos que resistieron”, dice un predicador en la película. Hasta el final, todo puede arreglarse o estropearse: “A veces –dice otro personaje– la gente tiene suerte: se le concede una segunda oportunidad”. En todo caso, el destino no está escrito, sino que con Machado habría que concluir: “se hace camino al andar”.


      Recordemos cómo para Saint-Éxupéry somos ramas que pertenecemos a un mismo árbol. Y Josemaría Escrivá predicaba que “ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de nuestra libertad”. Por tanto, que “Dios y yo” es lo único importante, es una verdad a medias, como reconocía Newman en una especie de retractación. Y el Concilio Vaticano II proclamó que “Dios quiso santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituirlos en un pueblo”, la familia de Dios (la Iglesia, como germen de la solidaridad entre todos los pueblos).


Aprender de nuevo la esperanza


     En su encíclica sobre la esperanza cristiana (Spe salvi, 30-XI-2007) , Benedicto XVI critica que la edad moderna haya sustituido el “Reino de Dios”, por el “reino del hombre”, entendido el hombre como materia sin libertad. Pero también habla de una necesaria “autocrítica del cristianismo moderno”, para que se comprenda mejor a sí mismo desde sus propias raíces. Cabe preguntarse en este sentido si no habremos caído, muchos cristianos, en el “mito del progreso” (materialista) o en una fe que no ha sido suficientemente pensada y hecha cultura, de manera que hayamos contribuido a la idea de que el mensaje del Evangelio es individualista.


     Afirma el Papa que, en Jesús, Dios “nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto”. Sobre esta base se apoya la fe en el juicio definitivo y el carácter salvador de la esperanza cristiana. Es ciertamente –señala– esperanza para mí, pero siempre es a la vez esperanza para los demás, para los otros.

     En resumidas cuentas, Benedicto XVI dice que los cristianos hemos de aprender de nuevo una “esperanza activa”, que nos lleve a ocuparnos de todos, rechazando el individualismo. Ya 150 años antes de Cristo, dijo Terencio: “Soy humano y nada de lo humano me es ajeno”. En esa misma línea con las luces del cristianismo, escribió Dostoievsky que “todos somos responsables de todo”.

      Al final de “Vidas contadas”, se pregunta si la fe no es “la antítesis de las pruebas” (porque no probaría nada). En su segunda encíclica el Papa, con la tradición cristiana, sostiene que la fe es la “prueba” de lo que no se ve, la “sustancia” de lo que se espera, la llave para la “vida eterna”. Y la fe y la esperanza se prueban y se muestran por el amor. De la esperanza de las personas tocadas por Cristo –señala– “ha brotado esperanza para otros que vivían en la oscuridad y sin esperanza”.



 Publicado en www.analisisdigital.com, 15-XI-2007
Reproducido en "Al hilo de un pontificado: El gran 'sí' de Dios"
ed. Eunsa, 2010 

lunes, 29 de agosto de 2011

Prójimo y próximo

Van Gogh, El buen samaritano (1890)


Romano Guardini falleció en Munich, el 1 de octubre de 1968. En una conferencia pronunciada en esa misma ciudad, en 1956, el ilustre profesor italoalemán explicó la diferencia que, según el Evangelio, hay entre el “prójimo” en apuro y el “próximo”. No se debe entender el prójimo sin más en el sentido del miembro de la propia familia, del amigo o cercano en el grupo social o cultural; es decir, aquél con el que nos unen estrechos vínculos de sangre, intereses o simpatía; porque en realidad, éste pertenece a uno mismo, al dominio de lo propio. En cambio, fuera de ese ámbito, las necesidades de los “ajenos” se interpretan frecuentemente como un desafío al propio bienestar. Sin embargo, en opinión de Guardini y algunos otros, el necesitado no tan “próximo”, tiene una tarea importante dentro del conjunto de la existencia: “defender a los que no sufren –a los sanos, enérgicos, bien acomodados– de los peligros del egoísmo, de la despreocupación, de la dureza, y aun de la crueldad”.


Entonces, ¿quién es el prójimo?


     Con ejemplos bien concretos de la historia reciente, Guardini argumenta diciendo que la frase “ahí hay una persona en apuro; por tanto, debo ayudarla", no es un sentimiento natural o espontáneo, por mucho que lo pretenda la mentalidad común de la época moderna. Y la cuestión estriba en que para ser verdadera la admonición interior que expresa, debe ser percibida ante toda persona: “Es decir, no sólo ante la persona estrechamente ligada a nosotros, simpática, sino también ante aquel que no logra serlo; no sólo ante la persona dotada y hermosa, sino también ante el mediocre, y aun el retrasado; no sólo ante el rico y el cultivado, sino también ante el pobre y el mísero. Si esa frase ha de ser cierta, la admonición debe atravesar por medio de toda distinción, y dirigirse a algo que determine al hombre como tal, sea como sea por lo demás. Y si, no obstante, han de notarse distinciones, entonces, que sea según este principio: Cuanto más pobre y pequeño el hombre, más apremiante es la obligación de ayudarlo”.

     Para aclarar la perspectiva cristiana, hay que recordar ante todo que, con la parábola del buen samaritano, Jesús rompió todas las fronteras de pueblo y grupo social, riqueza y cultura, para enseñar que el primer prójimo es que el necesita de ayuda, sea quien sea, y no como un principio vago o abstracto, sino aquél necesitado que está ante mí, aquí y ahora, porque el Padre del cielo lo ha puesto en el camino de mi vida.



El prójimo no sólo es el próximo

     Pero con eso –observa agudamente Guardini– todavía no se ha comprendido en profundidad el Evangelio; porque Jesús afirma que Él mismo aparece en esos “más pequeños”, más necesitados (Mt 25, 40), precisamente en ellos, que no pueden aducir ninguna de las diversas razones naturales para mover el interés de ayudar: ni admiración, ni simpatía, ni utilidad. En el fondo, todo ello nos está diciendo que Jesús nos ha hecho hermanos de todas las personas del mundo, hijos e hijas de Su Padre. Y desde esta última definición de la persona (hijo de Dios en Cristo) y del mundo (llamado a ser la fraternidad de los hijos de Dios), que señala el horizonte pleno del “mandamiento nuevo” (Jn 2, 8), se decide todo lo definitivo (Mt 25, 34-40).


Abrir los ojos y el corazón 

     Situándose en la línea guardiniana, escribe Benedicto XVI en Jesús de Nazaret (volumen primero): “La fuerza de la renuncia y la responsabilidad por el prójimo y por toda la sociedad surge como fruto de la fe”. Y más adelante “Yo tengo que convertirme en prójimo, de forma que el otro cuente para mí tanto como yo mismo… Tengo que llegar a ser una persona que ama, una persona de corazón abierto que se conmueve ante la necesidad del otro. Entonces encontraré a mí prójimo, o mejor dicho, será él quien me encuentre”. De esta manera, el Evangelio abre a “una nueva universalidad basada en el hecho de que, en mi interior, yo soy hermano de todo aquel que me encuentro y que necesita mi ayuda”.

     ¡Hay a nuestro alrededor, observa el Papa, tantas personas explotadas y maltratadas (como las víctimas de la droga, del tráfico de personas, del turismo sexual), personas destrozadas interiormente, vacías en medio de la riqueza material! Eso nos afecta y nos llama a tener los ojos y el corazón de quien es prójimo, y el valor de amar al prójimo. “Lo conseguiremos –concluye– si somos prójimos desde dentro y cada uno percibe qué tipo de servicio se necesita en mi entorno y en el radio más amplio de mi existencia y cómo puedo prestarlo yo”. Ahí está la verdadera proximidad del prójimo.





Publicado en “Alfa y Omega”, 4-X-2007
Reproducido en el libro "Al hilo de un pontificado: el gran sí de Dios"
ed. Eunsa, 2010

martes, 23 de agosto de 2011

Sin complejos ni mediocridad

Caravaggio, El Descendimiento (1602-1604)


Inspirado en “la Piedad” de Miguel Ángel, Caravaggio muestra el momento en que Cristo va a ser depositado en una losa para ser lavado, ungido y perfumado. Es el cuadro de “El Descendimiento” (1602-1604), una de sus obras más importantes. Destinado para el retablo de un altar en la iglesia romana de la Vallicella, (también conocida como Chiesa Nuova), el cuadro ha sido enviado por la Pinacoteca Vaticana al Museo del Prado para su exposición, con motivo de la JMJ. 



El lenguaje de Caravaggio

      Con inmenso cariño sostienen a Jesús el apóstol San Juan y Nicodemo. En segundo plano están la Virgen, con actitud serena, María Magdalena, secando sus lágrimas, y María de Cleofás, exclamando al cielo. El brazo de Cristo cae sobre la losa y casi la toca con su mano, quizá como alusión a que Él mismo es la piedra angular y fundamento de la Iglesia.

      La obra fue encargada para honrar la memoria de Pietro Vitricce, protector de aquella iglesia. Según los expertos, el rostro de Nicodemo, que mira al espectador, es un retrato del benefactor. De este modo podría estar sugiriendo que Nicodemo guardó el Cuerpo de Cristo, y ahora Pietro, Pedro, lo quiere honrar embelleciendo la celebración de la Eucaristía con ese retablo.

      Cabe recordar también al apóstol Pedro, que fue la primera cabeza visible del Cuerpo místico, y del que ahora hace sus veces, Benedicto XVI. 




No pasar de largo ante el sufrimiento humano

      En el Via Crucis del día 20, contemplando la entrega de Cristo, planteaba el Papa a los jóvenes: “Ante un amor tan desinteresado, llenos de estupor y gratitud, nos preguntamos ahora: ¿Qué haremos nosotros por él? ¿Qué respuesta le daremos?”

      Y contestaba, de acuerdo con San Juan (cf. 1 Jn 3,16): “La pasión de Cristo nos impulsa a cargar sobre nuestros hombros el sufrimiento del mundo, con la certeza de que Dios no es alguien distante o lejano del hombre y sus vicisitudes”. Al contrario –evocaba su argumentación en Spe salvi (n. 39)–, Cristo ha entrado en cada pena y en cada sufrimiento humano, para darle una participación en el amor de Dios, y, con ello, el consuelo y la luz de la esperanza.

      Por eso, les aconsejaba Benedicto XVI: “Vosotros, que sois muy sensibles a la idea de compartir la vida con los demás, no paséis de largo ante el sufrimiento humano, donde Dios os espera para que entreguéis lo mejor de vosotros mismos: vuestra capacidad de amar y de compadecer”. Y les repetía el programa trazado en su segunda encíclica: “Sufrir con el otro, por los otros, sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de la humanidad, cuya pérdida destruiría al hombre mismo”. 




La sabiduría misteriosa de la Cruz
 
      He ahí “la sabiduría misteriosa de la Cruz”: “La cruz no fue el desenlace de un fracaso, sino el modo de expresar la entrega amorosa que llega hasta la donación más inmensa de la propia vida. El Padre quiso amar a los hombres en el abrazo de su Hijo crucificado por amor”. Y de ahí también su significado: “La cruz en su forma y significado representa ese amor del Padre y de Cristo a los hombres. En ella reconocemos el icono del amor supremo, en donde aprendemos a amar lo que Dios ama y como Él lo hace: esta es la Buena Noticia que devuelve la esperanza al mundo”.

      Cristo entrega su vida por amor al Padre y a los hombres. “Su vivir –observaba el Papa al día siguiente durante la Misa en la Catedral de la Almudena (20-VIII-2011)– fue un servicio y su desvivirse una intercesión perenne, poniéndose en nombre de todos ante el Padre como Primogénito de muchos hermanos. El autor de la carta a los Hebreos afirma que con esa entrega perfeccionó para siempre a los que estábamos llamados a compartir su filiación (cf. Hb 10,14). 




Eucaristía y libertad, Iglesia y santidad
 
      De esta entrega de Cristo, la Eucaristía es la expresión real: “El cuerpo desgarrado y la sangre vertida de Cristo, es decir su libertad entregada, se han convertido por los signos eucarísticos en la nueva fuente de la libertad redimida de los hombres”.

      Y todo ello se actualiza en la Iglesia: “Iglesia que es comunidad e institución, familia y misión, creación de Cristo por su Santo Espíritu y a la vez resultado de quienes la conformamos con nuestra santidad y con nuestros pecados. Así lo ha querido Dios, que no tiene reparo en hacer de pobres y pecadores sus amigos e instrumentos para la redención del género humano”.

      La Iglesia es santa y nosotros somos pecadores llamados a ser santos. Hemos de participar de la santidad de la Iglesia para hacerla santa y eficaz en y por nosotros: “La santidad de la Iglesia es ante todo la santidad objetiva de la misma persona de Cristo, de su evangelio y de sus sacramentos, la santidad de aquella fuerza de lo alto que la anima e impulsa. Nosotros debemos ser santos para no crear una contradicción entre el signo que somos y la realidad que queremos significar”. 




Sin complejos ni mediocridad
 
      Contemplando  la entrega de Cristo, Benedicto XVI se dirigía a los seminaristas dándoles consejos bien concretos, que sirven para todo cristiano. Vale la pena transcribir el párrafo entero:

      “Pedidle (…) que os conceda imitarlo en su caridad hasta el extremo para con todos, sin rehuir a los alejados y pecadores, (…) que os enseñe a estar muy cerca de los enfermos y de los pobres, con sencillez y generosidad. Afrontad este reto sin complejos ni mediocridad, antes bien como una bella forma de realizar la vida humana en gratuidad y en servicio, siendo testigos de Dios hecho hombre, mensajeros de la altísima dignidad de la persona humana y, por consiguiente, sus defensores incondicionales. Apoyados en su amor, no os dejéis intimidar por un entorno en el que se pretende excluir a Dios y en el que el poder, el tener o el placer a menudo son los principales criterios por los que se rige la existencia. Puede que os menosprecien, como se suele hacer con quienes evocan metas más altas o desenmascaran los ídolos ante los que hoy muchos se postran. Será entonces cuando una vida hondamente enraizada en Cristo se muestre realmente como una novedad y atraiga con fuerza a quienes de veras buscan a Dios, la verdad y la justicia”.

      Sabiduría de la Cruz, entrega de Cristo, amor a la Iglesia, afán de santidad; caridad “sin complejos ni mediocridad”, sin dejarse intimidar por quienes siguen a los falsos ídolos. Tal es el secreto para atraer, no hacia uno mismo, sino hacia Dios y hacia los demás. Una fórmula infalible, también para suscitar las vocaciones de todo tipo (al ministerio ordenado, a la vida consagrada, al compromiso laical en el matrimonio o en el celibato apostólico) que la Iglesia y el mundo necesitan.



 
(publicado en www.cope.es, 22-VIII-11)