viernes, 4 de marzo de 2011

El amor esponsal y su "éxtasis divino"

 
 Tras el velo de la vida, se puede descubrir el amor auténtico, 
más fuerte que la muerte


Ni las conveniencias sociales ni el atractivo físico son garantías del verdadero amor. Kitty, londinense y protagonista de la película “El velo pintado” (John Curran, 2006), lo experimentó pronto en carne propia tras su matrimonio, como si fuera irremediable. Hacia 1920 se había casado sin convencimiento con Walter, bacteriólogo, y le había sido infiel poco después. Forzada por las circunstancias, acepta acompañarle en una aventura de trabajo y de dolor, luchando contra una epidemia de cólera en un remoto pueblo de China.


La vida, ¿un velo de apariencias?

Esta película se basa en una novela que tiene el mismo título: “El velo pintado”, escrita por Somerset Maugham en 1925. Tras la portada de la novela aparece una frase misteriosa: “…El velo pintado al que quienes viven llaman Vida”. Pues bien, esa frase, que da el título al libro, pertenece a un soneto del poeta romántico inglés P.B. Shelley (1792-1822). En el soneto se dice que tras el velo de las apariencias, la vida no esconde amor, sino sólo miedo y oscuridad. Pero en la novela de Maugham, tras el velo de la vida y del amor se puede descubrir un horizonte más profundo y cristiano. Esta novela se llevó al cine primero en 1934 (protagonizada por Greta Garbo) y por segunda vez en nuestros días.


 


            Enfoquemos ahora la figura de Kitty, tal como se presenta y se desarrolla en la película. Ella lucha durante largo tiempo por arrancarse el velo que la encierra dentro de sí. Lo consigue cuando va descubriendo que puede ser útil a los que sufren. Al contacto con el dolor, el amor entre los esposos se purifica, también con el testimonio de las religiosas católicas que cuidan de los enfermos en nombre del Evangelio. Kitty aparece así como una nueva Verónica (=verdadero rostro), la mujer que en la devoción cristiana del via crucis interviene (aunque no se cita en el Evangelio) para enjugar el rostro doliente del Nazareno, y recibe a cambio la imagen de la Santa Faz en su lienzo. Emilia Pardo Bazán recreó esta figura de Berenice en un hermoso relato.
            Kitty vence las meras conveniencias sociales (los respetos humanos) y se vence a sí misma para darse a los demás. Al abrir sus compuertas, ese corazón desvela su anhelo más profundo. “Da la cara” y en el velo de su vida queda impreso el “Rostro” del amor. En ella se cumple a la letra lo que Benedicto XVI explica en su primera encíclica: que en la perspectiva cristiana, el eros, sin destruirse, se transforma por el sacrificio en agapé y se diviniza, poniéndose a la altura del único Redentor; pues él ha redimido, de una vez por todas, el sentido del auténtico amor humano, especialmente del amor matrimonial.




*    *    *
Los griegos llamaron eros al amor entre hombre y mujer. Lo describieron como un arrebato, una “locura divina”, que lleva a un “éxtasis” por encima de la razón.
Considerado más en general, el amor es ante todo para vivirlo, para vivir de él y en él, para dejarse conquistar por él y para conquistarlo día a día. Pero también es un gran tema para reflexionar y dialogar.
La primera encíclica de Benedicto XVI “Deus caritas est” (25-XII-2005) recoge la crítica de que el cristianismo ha matado el eros, el amor, y la rebate, dentro de su propósito global: “Vivir el amor y, así, llevar la luz de Dios al mundo: a esto quisiera invitar con esta Encíclica” (n. 39).
Se trata, por tanto, de poner el amor en el centro de la existencia personal, en el centro de la vida cristiana y de la Iglesia. El amor, que es comunión entre las personas y que se realiza respetando la diversidad de cada uno y contando también con las dificultades.
Quien lee la encíclica sin prejuicios puede encontrarse con tres sorpresas, por lo que respecta al “extasis divino” del amor.


El “eros”, ¿modelo y origen del amor?

Primera sorpresa: el eros puede presentarse como modelo y origen de todo amor. Así lo hace la Biblia al emplear la metáfora del amor esponsal para hablar del amor de Dios por la humanidad.
Cabría preguntar: ¿pero no es más bien el agapé, el amor que da sin esperar nada a cambio, el amor más perfecto? ¿Acaso el Antiguo Testamento no fustiga los excesos y engaños del eros? Ciertamente, pero en ningún caso se niega al eros su característica de pregustar lo infinito, lo eterno; sin olvidar, claro está, la necesidad de dominar el puro instinto, para armonizar el cuerpo y el espíritu. Ambos elementos remiten a la relación con Dios. Porque sin Dios, pretender alcanzar la eternidad en el amor sexual, ha observado Ricard María Carles, sería como buscar todas las palabras de una novela en su tapa, o apoyar un precioso capitel sobre un frágil tallo.
Parece fundamental percibir que lo que presenta la encíclica como modelo de todo amor no es el eros sin más, sino el eros que se esfuerza en convertirse en agapé. Esto, no importa repetirlo, exige ante todo el respeto por la persona y la diversidad entre varón y mujer. Con expresión de Jutta Burggraf, “la comunión goza de las diferencias”.
 
 
 
El árbol de la vida (Marc Chagall, 1948)
 
 

El “eros”, llamado a perfeccionarse en el “agapé”

 
Segunda sorpresa: en el cristianismo el eros se mantiene y se perfecciona. No se trata de que desaparezca la vehemencia del eros cambiándose en la absoluta generosidad del agapé. En realidad, el agapé también necesita recibir; pero resulta que todo lo que recibe se va transformando en capacidad para dar. Esta dinámica sigue el ejemplo y el impulso del amor de Dios, que sin necesitar nada, ama apasionadamente de modo que que en Él no hay resquicio de egoísmo.
 
 
El “eros”, icono del amor de Dios
 
Tercera sorpresa: el eros acaba por ser, en el cristianismo, nada menos que un icono vivo del amor de Dios por la humanidad. Los evangelios presentan a Cristo como el “esposo” de la humanidad, salvada anticipadamente en la Iglesia. Él mismo explica la esencia del amor hablando del grano de trigo que muere para dar fruto, lo que alude a su sacrificio en la Cruz. Por eso, dice la encíclica, agapé es un nombre que en el cristianismo designa la Eucaristía, que es, precisamente la actualización del sacrificio de la Cruz.
Este planteamiento sitúa al amor entre hombre y mujer en el nivel del amor de Cristo, y de la participación de su sacerdocio. Decía Josemaría Escrivá que el lecho matrimonial es como un altar. Con otras palabras: si el Evangelio afirma que el amor “vale más que todos los sacrificios y holocaustos”, es porque en unión con Cristo (sobre todo en la Eucaristía) se convierte en verdadero culto a Dios y se traduce en servicio a la humanidad. Este es el auténtico “éxtasis divino” del amor.
“Amor y siempre más amor, es la solución a cada problema que aparece”, dijo una campeona de la paz y los derechos humanos (Dorothy Day).
 

El verdadero “éxtasis” del amor

 
El verdadero “éxtasis” del amor consiste en salir de sí mismo para encontrarse con el otro, y en esa comunión, abrirse a Dios y a los demás. Ante todo, la relación con Dios (la oración cada día, la Misa del domingo) es imprescindible para descubrir en el cónyuge la imagen divina. De la misma manera, la atención a las necesidades concretas de la esposa o del esposo es imprescindible para una relación auténtica con Dios.
Observa la encíclica que el amor es divino, porque proviene de Dios y a Dios nos une, superando nuestras divisiones. Con palabras de Gustave Thibon, el amor no es contemplarse y saborearse el uno al otro, sino entregarse ambos a las mismas realidades que comprenden y rebasan los límites egoístas del yo, mediante el esfuerzo y el sacrificio. Su amor transforma a los esposos en un “nosotros” cuya fecundidad se abre a la familia y a todas las personas del mundo, especialmente los más necesitados.
El amor de los esposos es, en suma, la fuente continua, el motor y la belleza de su tarea en el mundo. Y todo lo que es fruto del amor alimenta el amor: la preocupación por los demás con detalles concretos, la coherencia entre la fe y la vida, el “estilo cristiano” del hogar, el tiempo dedicado a los hijos.
        Concluyendo, el amor de los esposos está llamado a abrirse a Dios y a los demás. En esta medida puede ser un “modelo” de todo amor, al irse convirtiendo en un reflejo del amor divino. Por eso en el cristianismo el amor de los esposos lleva a rezar y adorar, alcanza la categoría de un verdadero culto a Dios. Es también un servicio eficaz a la humanidad, porque contribuye a aliviar lo que para Teresa de Calcuta era la mayor ignorancia y la mayor miseria: no saber amar.


 Bendita la luz (Maná y Juan Luis Guerra)


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El texto es una composición de dos ya publicados
en “Houston Catholic Worker” mayo-junio 2006, vol. XXVI, n. 3,
y en www.religionenlibertad.com, 10-IV-2008

martes, 1 de marzo de 2011

Nuevas tecnologías y fe cristiana


 
¿Hasta qué punto las nuevas tecnologías digitales pueden asumirse como “medios” para comprender y mejorar la vida actual? ¿Pueden realmente contribuir a mejorar la vida cristiana e incluso comprender mejor la fe? Estos son los temas que se ha planteado Benedicto XVI en su discurso al Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales (28-II-2011). Se trata de una profundización en su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que se celebrará el próximo 5 de junio de 2011.

domingo, 27 de febrero de 2011

Desarrollo y cristianismo


 Caravaggio, Los jugadores de cartas (1595), 
también conocido como Los tramposos


Desde su principio hasta el final, la encíclica Caritas in veritate declara su afirmación más importante: “La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad” (n. 1). “La fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un humanismo cristiano” (n. 78).
    Puede llamar la atención la contundencia con que se expresa esta capacidad plena del Evangelio para impulsar el auténtico desarrollo humano. Esto no equivale a negar la capacidad que otras perspectivas  puedan tener para contribuir al desarrollo en modo alguno.
     Para captar adecuadamente el mensaje y el tono de la encíclica, cabe destacar algunas de sus claves. Articuladas en diversos planos (teológico, cultural, económico-político), esas claves principales pueden desgranarse en los siguientes puntos.
     En primer lugar, la continuidad de esta encíclica con las otras dos, sobre el amor y la esperanza (pues sólo quien tiene una visión completa de la persona, de su capacidad de donarse y proyectarse hacia un don cada vez mayor, puede contribuir a su desarrollo integral).
     En segundo lugar, la continuidad histórica del texto con la encíclica Populorum progressio (1967), de Pablo VI. Este documento giraba en torno al concepto de “desarrollo humano integral”, cuyas raíces pueden encontrarse en la filosofía del “humanismo integral” (Maritain), que impulsó todo un proyecto político de fondo cristiano.
     Los últimos Papas han perfeccionado la visión del “hombre cristiano” —que en último término viene de San Pablo—, por medio de una perspectiva más profundamente antropológica, cristológica y eclesiológica.
     Tercero, Caritas in veritate explica el “desarrollo humano integral” a través de la relación entre la caridad y la verdad. Esta relación ha sido antes que reflexionada por la teología, vivida plenamente por Cristo en su redención, y consumada por el Espíritu Santo a partir de Pentecostés; y como fruto posterior, también vivida por muchos cristianos (los santos) en todos los tiempos.
     La relación entre la caridad y la verdad afecta a todas las personas y grupos humanos, porque es vocación del hombre y de la sociedad, capaz de fundar una ética universal sobre la ley natural. Esa relación entre caridad y verdad puede y debe ser plenamente vivida en la perspectiva cristiana de la Iglesia como familia de Dios, con una misión de reconciliación que implica la promoción humana en todos los niveles. Por eso es necesario estar alerta, para que el ruido de la fiesta del bienestar no impida escuchar la llamada de los excluidos: “Mientras los pobres del mundo siguen llamando a la puerta de la opulencia, el mundo rico corre el riesgo de no escuchar ya estos golpes a su puerta, debido a una conciencia incapaz de reconocer lo humano” (n. 75).
     Sobre ese plano teológico de fondo, la encíclica va desgranando los frutos y la crisis de la globalización (resultado de la encrucijada de la ideología tecnicista, el eclecticismo cultural y el relativismo, una visión mecanicista de la vida, el ateísmo práctico impuesto a veces desde el Estado, etc.), así como las oportunidades (la introducción del principio de la gratuidad y el don en la economía, una orientación personalista y a la vez promotora de la participación, el horizonte de una verdadera “ecología humana” fundada en la fraternidad, etc.) y los desafíos (como el laicismo y el fundamentalismo) que se presentan actualmente.
     Por tanto, los cristianos han de trabajar con sus conciudadanos, conscientes de que “el desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común” (n. 71). Esa rectitud comienza otorgando la primacía a la vida espiritual.
     Se entiende bien que la contribución del cristianismo al desarrollo humano no radica en una única visión cultural y política de las cosas, sino en una transformación interior del corazón humano que, abriéndose al amor verdadero, lo sitúa ante su responsabilidad personal y social, y por tanto ante la libertad y la diversidad, con todas las consecuencias.


Palabras de San Josemaria en Tajamar


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(una primera versión de este texto fue publicada en "La Gaceta", el 11-VIII-2009)

jueves, 24 de febrero de 2011

Eucaristía y compromiso



El camino cristiano es siempre, de algún modo, un revivir personalmente la vida, la muerte y la resurrección de Cristo. Algunos lo han hecho de modo particularmente intenso; así sucedió con muchos africanos en los años noventa, como representa la película “disparando a perros” (Shooting dogs, M. Caton-Jones, 2005; ver reseña), concretamente en Ruanda.
            La acción se desarrolla en un campo de refugiados tutsi, custodiado por un destacamento de la ONU, y rodeado de hutus en actitud más que amenazadora. El director de la escuela del campo es el padre Christopher, que cuenta con un ayudante, Joe, joven maestro británico.
            En la catequesis, Christopher les dice a los niños que Jesús no está solamente en la Eucaristía: “Jesús está en todas las cosas. Está en todos los corazones humanos, en todo lo que vemos, tocamos y sentimos”. Y les va explicando que Jesús sacrificó, en la cruz, su vida por todos nosotros, sólo por un motivo: el amor. Esta escena anuncia el tema de fondo del proceso interior de Cristopher.
            Son enjundiosas las conversaciones entre el sacerdote y el maestro, con frecuencia justo antes de la celebración de la misa.

               En una primera conversación, el maestro le pregunta por qué no dejar la misa para después y organizar mejor  las necesidades de alimentos entre la gente. El sacerdote le contesta que esas personas tienen ante todo necesidad de Dios, y anima a Joe a participar en la Misa. Es impresionante la celebración, sencilla y alegre, con canciones y sobrias danzas, como deben de ser las misas de las comunidades cristianas africanas. También impresiona ver el modo igualmente sencillo y sentido de un bautismo administrado por Christopher –después de hacer de comadrona en el plano natural–, incorporando a un niño a la comunidad de los cristianos. No menos impresionante, en la catequesis con los más jóvenes, resulta la secuencia a raíz de la pregunta de una de ellas sobre si Dios ama también a los que están fuera de la verja, gritando y esperando la ocasión para matarlos a machetazos. Tras un breve silencio, el sacerdote le responde: “Dios no ama todo lo que hacemos. Eso es cosa nuestra. Pero ama a todos sus hijos”.
            En otra ocasión, ante el sacerdote ya revestido para celebrar la Misa, el maestro le espeta que a los asesinos les dará igual que sea sacerdote o blanco.
            –“¿Es que usted desea morir”?
            –“No se trata de eso”, replica Christopher, que inmediatamente deberá arriesgar su vida en busca de medicinas para el recién nacido.
            Mientras tanto, los cadáveres de los que no han tenido la suerte de ser defendidos de los asesinos, yacen no lejos de allí, comidos por los perros…
            Después de una matanza ante sus propios ojos, Joe le pregunta a Christopher:
            – “¿Cuánto dolor puede tolerar un hombre… ¿Podemos encontrar un sentido a tanto dolor?”
            –“Así lo espero”, le responde Christopher.
            –“Ya, Dios lo sabe. Quizá deberíamos preguntarle a él, si es que está todavía por aquí…”.
            Y la respuesta del sacerdote, titubeante: –“Quizá haya llegado la hora de preparar nuestros equipajes…”.
            En la escena siguiente, está Christopher solo. Como si se hubiera enterado de esa conversación, entra Marie, jovencita de la catequesis, para preguntarle al sacerdote si les va a abandonar. Y él le responde que por muchas cosas terribles que sucedan, ellos están en su corazón y estarán hasta su muerte. Es un paso más en el camino interior del sacerdote.
            Después los soldados de la ONU reciben la orden de evacuar a los no ruandeses. Les dan media hora, que el padre Christopher emplea en dar la primera comunión a los niños y jóvenes que había preparado. Mientras, los soldados arrían sus banderas.
            “Según las enseñanzas de la Iglesia –termina el sacerdote– debemos renacer; pero ahora fortalecidos por la Eucaristía, en esta comunidad”. Los soldados abandonan el campamento, no sin haberse negado –como piden algunos de los que se quedan– a disparar sobre los refugiados, al menos sobre los niños, para hacerles la muerte más rápida.
            Joe se sube a uno de los camiones. Pero, al ver a Christopher de pie en tierra, desciende un momento para rogarle que le acompañe:
            –“¿No viene usted?”
– “Debo quedarme”.
–…“¿Por qué hace esto?”
            – “Me preguntaste, Joe, dónde está Dios en todo lo que pasa aquí, en este sufrimiento. Sé exactamente dónde está. Está justo aquí –señala mirando alrededor– con estas gentes, sufriendo. Su amor está aquí, más intenso y profundo que el que yo jamás había experimentado. Y mi corazón está aquí, Joe, mi alma. Si me voy, pienso que nunca volveré a encontrarla. Que seas fiel en todo, Joe”.
No hace falta ya decir que, poco después, Christopher pierde la vida para ayudar a escapar de la masacre a algunos más jóvenes. Y muere manifestando a su asesino un único sentimiento: el amor. No es extraño que se considere como mártir al padre Vjeko Curic, franciscano misionero nacido en Bosnia-Herzegovina, que es la figura real e histórica a quien Christopher pone rostro. “Su sacrificio –dice Maríe al final de la película– fue una prueba de amor. También nosotros deberíamos aprovechar todo el tiempo que se nos ha dado”.
Juan Pablo II destacó el esfuerzo del padre Curic para “rescatar y ayudar a sus semejantes por la gloria de Dios y el amor al prójimo”.
Hoy sigue habiendo muchos sacerdotes y religiosos en todo el mundo, que dan su vida por el mismo ideal, como también muchos fieles laicos lo hacen cada día, aunque no sea en forma violenta, santificando las alegrías y las penas que acompañan siempre el “vivir” en cristiano la vida ordinaria. 
La Eucaristía comporta el compromiso de ocuparse de las necesidades materiales y espirituales de los demás.  Sin eso, como ha escrito Benedicto XVI, la celebración eucarística resultaría fragmentaria. En ocasiones los educadores nos preguntamos cómo pedir ese compromiso -verdaderamente cristiano y con todas sus consecuencias- a los demás, sobre todo a los jóvenes. Habría que empezar asumiéndolo primero nosotros mismos.


(una primera versión fue publicada en www.cope.es, 4-II-2010)

miércoles, 23 de febrero de 2011

De diamantes y catedrales

(Sobre el templo y el trabajo)


 
En su obra inacabada, Ciudadela (reeditada en castellano por Alba, Barcelona 1998), Saint-Éxupéry imagina un pueblo próspero, que tenía unas grandes minas. De allí se extraían las piedras que luego, purificadas, se convertían en diamantes. Con ellos se iba construyendo un templo maravilloso. Y todos vivían para la edificación del templo: “El sudor, las fatigas, el embrutecimiento, se transformaban en diamantes y luz”.


Trabajar y vivir  para algo más grande que uno mismo

Existían por el diamante, no en sí mismo, sino porque les llevaba a engrandecerse y transcenderse (“no vives de las cosas, sino del sentido de las cosas”). Su trabajo de sacar y acarrear las piedras se transformaba en una ofrenda de fiesta. Cada diamante era “un año de trabajo cambiado en estrella”, era “movimiento de amor”. En aquel sacrificio se daban a su dios y a los demás, y recibían todo de ellos. Por eso los diamantes eran el sentido de su vida y de su muerte. Eran como “su arpa para cantar”.


Pero un día se rebelaron: “¡Yo, yo, yo!”, decían, y “rehusaban someterse al diamante”. “Yo”, decían, golpeándose el vientre, como si hubiera alguien ahí dentro. “Lo mismo que si las piedras del templo dijeran: Yo, yo, yo…”.
Ya no querían llegar a ser “otra” cosa que, asumiendo el todo de su vida, les elevara sobre sí mismos. Únicamente querían sentirse alabados por sí mismos, y no por aquello que podían llegar a ser y construir. En lugar del diamante, se proponían a sí mismos como modelo. Pero ahora eran feos, porque sólo eran bellos en el diamante. “Porque las piedras son bellas en el templo. Porque el árbol es bello en el dominio, Porque el río es bello en el imperio. Y se canta al río: ‘Tú, el que nutres nuestros rebaños; tú, sangre lenta de nuestras llanuras; tú, el conductor de nuestros navíos…’ Pero ellos se estimaban (a sí mismos) como mira y como fin. Y se interesaban únicamente en lo que les servía, no en servir a algo más alto que ellos mismos”.
Y por eso… “asesinaron a los príncipes, redujeron a polvo los diamantes para repartírlos entre todos, metieron en los calabozos a los que, buscadores de la verdad, hubieran podido dominarlos un día”. “Ya es hora, decían, que el templo sirva a las piedras”.
“Y todos se marchaban enriquecidos, pensaban ellos, con su pedazo de templo, ¡pero desposeídos de su parte divina y transformados en simples escombros!”



Cada templo es un símbolo de la Iglesia, familia de Dios al servicio de todos

Recordé esta historia, muchas veces repasada, mientras leía la predicación de Benedicto XVI el 19 de abril de 2008, en la catedral de San Patricio, Nueva York (un día yo también recé allí, sumergido entre los rascacielos, al borde de la Quinta Avenida). Una predicación enraizada en las enseñanzas de los apóstoles (especialmente de Pedro) y en la Tradición de los Padres de la Iglesia.
El Papa dijo que la catedral es “casa de oración para todos los pueblos” en medio del trasiego de Manhattan, y que sus vidrieras “ilustran el misterio de la Iglesia misma”, cuando se ven “desde dentro”; aunque los pecados y las debilidades, propias y ajenas, oscurezcan con frecuencia esa visión. Y yo me acordaba de aquél dicho medieval: “La Iglesia, no son las piedras, son los cristianos”. En los templos se representa cómo, desde el corazón de los hombres, el Espíritu Santo alienta la edificación del cosmos bajo la guía segura del “aparejador” del universo (Cristo).
Como aquella catedral, la Iglesia ha sido diseñada con “una unidad nacida de la tensión dinámica de diferentes fuerzas que empujan la arquitectura hacia arriba, orientándola hacia el cielo”; una unidad que se consigue por la conversión y el sacrificio (la entrega) de cada uno, según sus dones, al servicio de todos. Dios quiere que los hombres lleguen a ser espléndidos diamantes, “piedras vivas del templo que Él está levantando justamente ahora en el mundo”. Como “faros de esperanza”, por la penitencia y el perdón, la humildad y la pureza. 




Catedral de San Patricio, Nueva York

Las torres de esa catedral recuerdan “la constante nostalgia del espíritu humano de elevarse hacia Dios”. Aunque han sido superadas físicamente por los rascacielos, no son superables en su significado espiritual. Así les dijo el Papa a los jóvenes el día siguiente en el Yankee Stadium: “La auténtica libertad, la libertad de los hijos de Dios, se encuentra sólo en la renuncia al propio yo”. Sólo con los ojos de una fe vivida nos encontramos realmente a nosotros mismos y adquirimos “la magnífica visión de un mundo transformado por la verdad liberadora del Evangelio”; con una atención preferencial por los más indefensos, como los niños que están aún en el seno materno, los pobres, los necesitados y los sin voz.
Así descubriremos que nuestra vida puede ser valiosa si no como un diamante, al menos como un poco de sal o de luz, en las familias, los trabajos y las culturas, la promoción de los Derechos humanos y la paz, el ecumenismo y el diálogo con las religiones, el ocio y el deporte, la salud y la enfermedad… colaborando para vivificar e iluminar la edificación de ese Templo que no se termina.


Benedicto XVI en la Catedral de Nueva York


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Este texto fue publicado por vez primera en www.religionenlibertad.com, 1-V-2008
y reproducido en el libro "Al hilo de un pontificado: El gran 'sí' de Dios"
ed. Eunsa, 2010

martes, 22 de febrero de 2011

El papel de la Teología en la universidad



Es un hecho que la teología está presente en muchas universidades del mundo (sobre todo en Estados Unidos y Alemania). Prestigiosas facultades de teología ocupan un lugar natural en el concierto de los saberes universitarios.
Si en nuestros países latinos se planteara la presencia de la teología en las universidades públicas, no es difícil imaginar la indignación de laicistas combativos, que pondrían el “grito en el cielo”…
Pero más allá de una cuestión de “corrección política”, cabe preguntarse si la teología tiene un lugar propio en la universidad, y, si es el caso, qué papel le corresponde.
Esta pregunta presupone otra: ¿No es una pretensión ilegítima, –sobre todo por parte de la Iglesia católica– el que la fe esté presente en el diálogo intercultural? ¿No pertenecen la fe y la religión al ámbito de lo no racional, de lo ajeno a la cultura, al mundo de las emociones y sentimientos, que deben quedarse en la esfera de lo privado, dentro de la conciencia de cada uno, y que sólo podrían manifestarse en los templos?
El 23 de junio de 2007 Benedicto XVI se dirigió a los participantes en el Primer Encuentro de Profesores y Rectores de de las Universidades Europeas, reunidos bajo el tema “Un nuevo humanismo para Europa. El papel de las Universidades”. En esa ocasión llamó la atención sobre tres cuestiones interrelacionadas. 


Ayudar a buscar la verdad más plena y la razón más profunda

 En primer lugar recordó que “históricamente, el humanismo se desarrolló en Europa gracias a la interacción fecunda entre las diversas culturas de sus pueblos y la fe cristiana”. Hoy Europa se sitúa ante la crisis de la modernidad. Una crisis que tiene que ver no tanto con la preocupación sobre el hombre y sus anhelos, sino más bien con un humanismo paradójicamente cerrado a la verdad más plena y profunda sobre el hombre, que consiste en su apertura a la trascendencia, su apertura a Dios.
La segunda cuestión que planteó el Papa fue la necesidad de ampliar nuestra idea de racionalidad. Si la razón se limita a la “dimensión meramente empírica” de la realidad (es decir a lo que se ve y se toca, se pesa y se mide), entonces el resultado es irracional, puesto que la razón de por sí está abierta también a otras dimensiones de la realidad, como son, sobre todo, la verdad y el amor.



Facilitar la unidad y la comunicación entre los saberes

A este propósito se preguntó, en tercer lugar, por la aportación del cristianismo al humanismo del futuro. Para denominar el horizonte que el cristianismo plantea, empleó la expresión “civilización del amor”. “Los profesores universitarios, en particular –señaló– están llamados a encarnar la virtud de la caridad intelectual, redescubriendo su primordial vocación a formar las generaciones futuras no sólo mediante la enseñanza, sino también a través del testimonio profético de la propia vida”. A esta vocación del profesor universitario corresponde la vocación de la universidad misma, que, como indica su nombre, debe buscar la unidad y la comunicación entre las diversas disciplinas, sin ceder a la fragmentación propia de las especializaciones. Según el Papa, esto pertenece a la identidad cultural de Europa, y por tanto a su contribución en el diálogo con otras culturas.
Concluía Benedicto XVI que la metodología interdisciplinar en la universidad –que el proceso de Bolonia quiere impulsar– se enriquecerá si cuenta con la colaboración de los teólogos, de modo que la luz del Evangelio pueda esclarecer la cultura contemporánea. 


La teología ayuda a vivir con más coherencia la fe cristiana

Todo ello implica la pregunta por la teología misma, su naturaleza y su método. La teología parte del mundo creado y la vida cristiana. Su objetivo es comprender mejor a Dios para vivir una vida más plena. Decía Benedicto XVI en marzo de 2007 a una delegación de los teólogos de Tubinga que la teología plantea en la universidad la cuestión de la verdad y su sentido para las personas. Plantea las preguntas radicales para la vida del hombre que las ciencias, por su propio método, no pueden resolver. Y, poniéndose a la escucha de la fe cristiana, hace posible la respuesta de la fe en el mundo de hoy.
La teología no ha de ofrecer, pues, una reflexión puramente académica, sino que al modo de los Padres de la Iglesia, ha de ser una expresión de la vida cristiana que facilite un marco de referencia para la pedagogía de la fe y el apostolado. Hoy es necesario aprender, por ejemplo, de San Juan Crisóstomo. Como observaba Benedicto XVI en septiembre de 2007, el Crisóstomo supo poner de relieve la dimensión pastoral de la teología; es decir, “la coherencia entre el pensamiento expresado por la palabra y la vivencia existencial”.
De esta manera –como sugirió más adelante al presentar la teología del Pseudo- Dionisio Areopagita (14-V-2008)– la luz de la verdad y del amor puede iluminar la razón para que descubra la belleza de Dios. La teología auténtica es ciencia y “sabiduría de la cruz”, conocimiento y, más aún, participación del Amor que transforma el mundo. Por eso el modelo de toda teología es la “ciencia de los santos” (audiencia general 21-X-2009). También por eso, los verdaderos teólogos son los que, haciéndose pequeños ante Dios, permiten que Él les toque en el corazón y en la existencia (cf. homilía a la Comisión teológica internacional, 3-XII-2009). Tal es, en efecto, el horizonte de la teología que hoy –y siempre– puede iluminar la cultura contemporánea y servir a la universidad. 



(publicado en www.forumlibertas.com, 10-V-2010)

Celibato y matrimonio


Soleil levant,
C. Monet (1872)

La víspera de la conclusión del Año Sacerdotal (10-VI-2010), un sacerdote eslovaco, misionero en Rusia, le pidió a Benedicto XVI que profundizara en el sentido del celibato sacerdotal. Resultó muy oportuno que inscribiera su pregunta en el contexto de la Eucaristía, raíz de la identidad y del ministerio sacerdotal.
El Papa desarrolló su explicación sobre el sentido del celibato a partir de la Eucaristía y lo relacionó con el matrimonio.
En la Eucaristía –como también al perdonar los pecados– el sacerdote celebra “en la persona de Cristo”, es decir, permitiendo ser asumido por el “yo” de Cristo, que es al que sirve de instrumento.
Esa unificación con el yo de Cristo “atrae” al sacerdote también a la vida nueva de Jesús resucitado. Una vida que está más allá del matrimonio (Mt 22,23-32). Y “en este sentido, el celibato es una anticipación. Trascendamos este tiempo y sigamos adelante, y así nos ‘atraemos’ a nosotros mismos y a nuestro tiempo hacia el mundo de la resurrección, hacia la novedad de Cristo, hacia la vida buena y verdadera”.
Se trata, por tanto, de una anticipación de la vida futura del cielo, hecha posible por la gracia de Dios. Y aquí está, según el Papa, un motivo principal por el que hoy no se entiende el celibato (cabría añadir: no sólo el celibato sacerdotal, sino también el celibato en la vida religiosa y en la condición laical): porque no se piensa ya en el futuro que Dios nos prepara, donde Dios nos espera; “parece suficiente solo el presente de este mundo. Queremos tener solo este mundo, vivir solo en este mundo”. Pero “así cerramos las puertas a la verdadera grandeza de nuestra existencia”. Pues bien –añade Benedicto XVI–, “el sentido del celibato como anticipación del futuro es precisamente abrir estas puertas, hacer más grande el mundo, mostrar la realidad del futuro que es vivido por nosotros ya como presente”.
En otros términos, el sentido del celibato es vivir dando testimonio de la fe cristiana, que implica la vida eterna, la vida propia de Dios; y, con ello, dar testimonio, ante todo,  de “que Dios existe, que Dios tiene que ver con mi vida, que puedo fundar mi vida sobre Cristo, sobre la vida futura”.
Tiene su lógica –seguía explicando– que para los agnósticos el celibato sea un “gran escándalo”, puesto que supone considerar a Dios como realidad y vivir en consecuencia. Este escándalo parece que tiene más peso que la moda de no casarse.
De hecho, “en un cierto sentido, puede sorprender esta crítica permanente contra el celibato, en un tiempo en el que está cada vez más de moda no casarse”. Claro que este no-casarse tiene un significado totalmente distinto al celibato; “porque el no casarse se basa en la voluntad de vivir solo para sí mismos, de no aceptar ningún vínculo definitivo, de tener la vida en todo momento en una autonomía plena, decidir en cada momento qué hacer, qué tomar de la vida; es por tanto un ‘no’ al vínculo, un ‘no’ a la definitividad, un tener la vida sólo para sí mismo”.
En cambio, “el celibato es precisamente lo contrario: es un ‘sí’ definitivo, es un dejarse tomar de la mano por Dios, entregarse en las manos del Señor, en su ‘yo’, y es por tanto un acto de fidelidad y de confianza, un acto que supone también la fidelidad del matrimonio; es precisamente lo contrario de este ‘no’, de esta autonomía que no quiere obligarse, que no quiere entrar en un vínculo; es precisamente el ‘sí’ definitivo que supone, confirma el ‘sí’ definitivo del matrimonio”; es decir, de la forma bíblica y natural de relacionarse el hombre y la mujer que está en la raíz de nuestra cultura. 
En definitiva, “el celibato confirma el ‘sí’ del matrimonio con su ‘sí’ al mundo futuro, y así queremos seguir y hacer presente este escándalo de una fe que pone toda su existencia en Dios”.
En efecto –puede resumirse todo ello–: cuando la fe flaquea, se oscurece la vida futura y con ello surge el fantasma del miedo al compromiso, sea en el celibato, sea en la vida matrimonial, por querer aferrarse y encerrarse en el presente individualista, cerrando los ojos a la belleza y la fuerza de la vida eterna que la fe anuncia e inaugura.
Somos conscientes, observa Benedicto XVI, de que junto a este gran escándalo que produce la fe, y que el mundo no quiere ver, están también “los escándalos secundarios de nuestras insuficiencias, de nuestros pecados, que oscurecen el verdadero y gran escándalo, y hacen pensar: ¡Pero no viven realmente fundados en Dios!”.
   “¡Pero –responde– hay mucha fidelidad!” Y “el celibato, precisamente las críticas lo muestran, es un gran signo de la fe, de la presencia de Dios en el mundo”. Por eso debemos rezar a Dios “para que nos ayude a hacernos libres de los escándalos secundarios” de modo “que se haga presente el gran escándalo de nuestra fe: ¡la confianza, la fuerza de nuestra vida, que se funda en Dios y en Jesucristo!”

(publicado en www.cope.es, 18-VI-10)