Como la madre y la luna, la Iglesia concibe en virtud de la semilla vital que recibe y da una luz que ella recibe del sol (Cristo) para hacerla suya.
Los escritores cristianos de los primeros siglos gustaban de
comparar a la Iglesia con la luna, porque la luz que tiene no es propia, sino que la recibe del sol
[1]. La constitución del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia “Lumen gentium” (luz de las gentes) comienza por esas palabras, que no se refieren a la Iglesia sino a Cristo. Él es la luz de los pueblos. Y por eso, el Concilio, expresión de la Iglesia, “reunido en el Espíritu Santo, desea ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura
[2] con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia”.
Para el papa Francisco, es importante percibir que
el centro del cristianismo es Cristo. No somos nosotros y ni siquiera la Iglesia, que de otro modo podría funcionalizarse y convertirse en una ONG. Ella debe ser, según los Padres,
como la luna, que transmite una luz que no es propia. No puede ser “autorreferencial” –es decir, hablar solo de sí misma, vivir para sí misma–, sino
misionera. De otra manera, insiste el papa, dejaría de ser institución divina para pasar a ser obra de hombres (cf.
Discurso en el Encuentro con el Comité del CELAM, Río de Janeiro, 28-VII-2013).